"Jimgrim y el diablo de Ludd" por Talbot Mundy



Talbot Mundy fue uno de los escritores de aventuras más populares de comienzos del siglo XX, ya se ha pasado por este blog en alguna ocasión, como también lo ha hecho James S Grim, conocido entre los árabes como Jimgrim, un americano, inverosímil mayor honorario del ejército británico, que vive sus aventuras en Palestina, a principios del siglo XX. El volumen se compone de dos novelas: “El iblis de Ludd” y “Los diecisiete ladrones de EL Kalil”. En la primera, Jimgrin intenta exculpar a un amigo de la responsabilidad de un robo de armas y para ello se enfrenta al cabecilla del crimen en la región de Ludd, un misterioso y siniestro brujo, aficionado a bailar bajo la luna. En la segunda, orquesta una mascarada para evitar una masacre de la población Judía de El kalil, propiciada por otra mascarada.

Dice la contraportada que tanto “El iblis de ludd” omo “Los diecisiete ladrones de EL Kalil” son dos novelas de primera clase que dejarán el mejor sabor de boca incluso a los paladres literarios más exigentes.

Me temo que no estoy de acuerdo, aunque las novelas me han parecido muy simpáticas, lo que no es sinónimo de buenas.

Hay en las dos novelas un cierto desenfado: En “El iblis de Ludd”, la escena en la que el falso brujo intenta asustar a un Jimgrim prisionero, al que cree un árabe y Jimgrim finge estar aterrorizado, es divertidísima: hay un momento en que el pobre Jimgrim ya no sabe que hacer para parecer más asustado y el “diablo de Ludd” , a pesar de ello, no parece satisfecho. Para los parámetros actuales, me han parecido novelas claramente juveniles, sobre todo la primera, que me ha permitido reencontrarme con aquel niño que fui que leía aventuras de “Los tres investigadores” y otros detectives infantiles. Como en aquellas historias, el villano es un fraude y lo aparentemente inexplicable, una superchería. Jimgrim tiene un grupo de aliados que, como en aquellas novelas, se separan y se vuelven a juntar, aparentemente al azar, lo que les permite tener encontronazos con sus enemigos, ser capturados y luego evadirse cuando al argumento le conviene.

La segunda me ha parecido menos disfrutable. Su principal problema, que no el único, es que Jimgrim se echa un Watson por montera, James Ramsdem, que no pierde ocasión para martirizar al lector con sus halagos al protagonista. Ojo, que no tengo nada en contra de los puntos de vista de James S. Grim, de hecho los elogios de Ramsdem se centran en que nunca juzga a nadie, acepta a todo el mundo como es y siempre consigue sacar lo mejor de todos, pero tanta santurronería encubierta y tanto hacer la pelota al personaje principal, se acaba haciendo cansado.

Los otros problemas son la ausencia de una auténtica sensación de reto o amenaza. Aunque se pueda estar quedando sin tiempo para evitar una masacre y aparentemente no consiga nada, Jimgrim parece mas molesto que apurado y el narrador tampoco parece tomarse la situación en serio. Sus adversarios no es que no den miedo, es que directamente son ridículos o cómicos. Toda la narración se subordina a las supuestas demostraciones de carisma e ingenio de James S. Grim, que, la verdad, no está a la altura y resulta un personaje muy soso y no particularmente inteligente.

Un volumen sólo apto para nostálgicos.

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