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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

“La radio de Darwin” de Greg Bear






Esta novela parte de 3 tramas que no tardan en confluir. Por un lado tenemos a Mitch Rafelson, un antropólogo caído en desgracia ante la opinión pública que encuentra en los Alpes los cadáveres de una familia neandertal, la bióloga Kaye Lang que es requerida por las naciones unidas para inspeccionar una fosa común recién descubierta en Georgia y Cristopher Dicken, un epidemiólogo que investiga una nueva enfermedad, conocida como “gripe de Herodes” que provoca una serie de abortos. Como es de esperar las tres tramas acaban confluyendo en lo que en un primer momento parece una de esas típicas historias de epidemias catastróficas.

Hace ya mucho tiempo encontré un artículo de Eduardo Gallego en el que discutía los aspectos científicos de la novela. En su momento no me enteré de mucho, porque me faltaba el contexto. Tenía la intención de releerlo para hacer esta reseña, pero no he podido hacerlo, aunque los enlaces se pueden encontrar, ya no conducen a ningún sitio. En su lugar, encontré uno de Sergio Mars, que se centra menos en los detalles concretos y ofrece una valoración claramente negativa.

Aviso de spoilers: la novela trata el tema de la evolución. Últimamente, me he vuelto muy susceptible con el tema de la evolución. Por decirlo suavemente, creo que ya va siendo hora de dejarse de chorradas y aceptar la cruda realidad y la ciencia ficción tiene buena parte de culpa de que a tantos les cueste aceptarla. Vamos, es que cada vez que se trata el tema, se ofrecen las ideas más peregrinas e improbables y en vez de quejarnos, alabamos la imaginación del autor.

La tesis de la novela es algo así como que, mediante retro virus, se almacenan en el ADN las mutaciones que darán lugar al nacimiento de una nueva especie en una sola generación. Aunque se mencionan mucho las redes neuronales y se habla continuamente de redes, en ningún momento queda claro quién decide y como se deciden cuales son esas mutaciones y porque hay que aplicarlas justamente en ese momento. Bear parece ser consciente de ello, y los personajes no paran de repetir estas preguntas, a las que Kaye Lang nunca responde satisfactoriamente. Tal vez no sea casual que el momento en que más se discute esta tesis sea en una especie de brain storming regada con abundantes dosis de alcohol.

En fin, aparte de este cabreo, yo no soy ningún experto en el tema. Realmente no hay nada de malo en que se debata sobre la evolución. Deberíamos poder debatir sobre cualquier tema y se dice que la propia teoría de la evolución tiene algunos puntos flacos que todavía no se han solventado satisfactoriamente y que enunció el propio Darwin. Eso dicen, al menos, los que se oponen a ella sin ningún motivo racional, aunque no son capaces de especificar cuales son.

Dejemos de lado este debate y centrémonos en la novela. ¿Qué tal está? ¿Entretiene? Pues mitad y mitad. Sigue los códigos y convenciones de los betsellers, inicialmente con cierto talento. Kaye Lang es un personaje interesante, sobre todo por su relación con un marido maníaco depresivo, si no confundo los diagnósticos psicológicos. Mitch Rafelson es carne de betseller, un conjunto de tópicos y lugares comunes, pero bien llevados y Dicken no tiene demasiado interés. Inicialmente, mientras te presenta a los personajes y narra como se organiza la lucha contra la pandemia, engancha completamente. Durante esta parte, además, aprovecha para asestar algunos puñetazos, muy bien dirigidos, contra la industria farmacéutica, la comercialización de la ciencia y la burocracia.

Pero estas virtudes no tardan en echarse a perder. En primer lugar, la trama se transforma, moviéndose del tópico de la investigación forense al tópico del profeta a su pesar, único depositario de la verdad, que tiene que convencer al mundo descreído de su revelación y enfrentarse a los poderes fácticos y a las creencias dogmáticas. No deja de ser otro lugar común, pero es menos entretenido. Aún así, no molesta tanto como podría, porque pronto entra en escena el verdadero gran problema de la novela: la historia de amor.

Aunque hay algo de amor a primera vista, esta no empieza mal, diría que incluso es ligeramente creíble, hasta que los protagonistas echan el primer polvo. Entonces se va directamente al garete y con ella todo el interés de la novela. De pronto, los diálogos se convierten en un intercambio de cursiladas inaguantable, que avergonzaría a las lectoras de novelas rosas. En ese momento, los actos de los personajes abandonan cualquier pretensión de credibilidad. Sinceramente, ni siquiera un prototipo de psicópata urbano como yo es capaz de creerse que alguien se comporte así. Se quejaba Sergio Mars de que Bear es incapaz de comprender como piensan los científicos, pero es que, a tenor de lo leído, es incapaz de comprender como piensa una persona normal.

En medio de una situación tan terrible como la que se nos está describiendo, no es creíble que dos personas que apenas se conocen desde hace un par de meses, sabiendo que conllevará el ostracismo social, la inevitabilidad de un aborto previo y que, hasta ese momento, ningún otro embarazo de infectados ha llegado a buen término, decidan tener un hijo voluntariamente, de un modo tan alegre e irresponsable, sin más que medio minuto de dudas. Él, porque ella no tiene ninguna y lo propone con una frialdad tan despiadada que me habría echo salir corriendo y telefonear a un psiquiátrico.

Ese es el momento en que Bear me pierde totalmente. Por motivos obvios, necesitaba que sus personajes tuvieran un hijo, así que los fuerza a emparejarse y procrear. Lo hacen porque la trama lo exige, no porque sea la consecuencia natural de lo que nos ha mostrado de sus personalidades, porque no lo es, justamente es lo contrario. Para mayor mal, este giro de la trama que tiene indiscutibles posibilidades dramáticas, es totalmente desperdiciado. Cualquiera que haya vivido las angustias de ser padre primerizo de un bebe sano y normal, se sorprenderá de lo poco interesante que es leer el desarrollo de la gestación de un niño de una nueva especie. Solo en la descripción del parto en sí, hay algo de emotividad y algún asomo de la autenticidad de la que carece completamente la novela.

El remate es cuanto te das cuenta de que todavía te quedan cien páginas de libro y no sabes en que las va a emplear el autor. La puntilla es que no las emplea en absolutamente nada. Hay un momento en que el, digamos, villano de la historia, se entera de que los protagonistas han sido padres y parece que va a poner en marcha un pérfido plan. Te dices ¿cómo es posible que lo vaya a hacer ahora? ¡Si solo quedan 30 páginas! No te preocupes, no lo hace. ¿Lo hará en la continuación? No puedo asegurarlo, el salto temporal al epílogo parece indicar lo contrario. Bear incluso desaprovecha oportunidades dramáticas evidentes, como hacer un paralelismo entre la pareja de neandertales y la de protagonistas, al no hacer coincidir el clímax de los sueños de Mitch (que por lo demás no pintan nada en la historia) con la persecución a la que los somete el gobierno, pero lo peor es que lo hace para sustituir estas interesantes posibilidades por … nada en absoluto.

En fin, podría seguir desgañitándome por otros disparates de la trama antifaces y cromatóforos incluidos, pero no tiene sentido. Es evidente que es una novela demasiado larga y está dando lugar a una reseña ya demasiado larga. Bear es un escritor interesante y pensaba leerme “Los niños de Darwin” relativamente pronto, para no olvidarme de lo leído, pero visto lo visto, tal vez deba replanteármelo.











viernes, 18 de diciembre de 2015

“Uthred el pagano” de Bernard Cornwell




Séptima entrega de las andanzas de Uthred de Bebbanburg. Séptima, se dice pronto. Los años no pasan en balde, Uthred ya tiene 52 y, entre este libro y el anterior, tres personajes secundarios de toda la vida han pasado a mejor vida por causas naturales. A pesar de ello y de una cierta cojera, no podemos decir que Uthred se haya vuelto más sabio.

La novela sigue un esquema muy similar a la de otras de la saga. Fundamentalmente por culpa de su mala cabeza y los curas, Uthred sufre una terrible humillación, pierde casi todas sus posesiones y se convierte en un fugitivo, pero no se amilana y no tarda en reunir un pequeño ejército alrededor suyo, que, cuando llegue la hora de la verdad y la enésima invasión danesa, se convertirá en la última esperanza de los sajones.

Como ya digo, poca originalidad hay en ella. El lector veterano encontrará lo mismo que ha ido encontrando en las anteriores entregas de la saga, que no es poco. Sigue siendo un libro terriblemente entretenido y atesora las mismas virtudes y defectos que ellas. Por el camino se ha perdido algo de frescura y vitalismo, lo que es comprensible, cuando el protagonista, para los criterios de la época es ya un anciano.

Eso si, el clímax final, casi cien páginas, aunque con letra y espaciado muy grande, es una de las batallas más desesperadas que haya vivido su veterano protagonista.

A Uthred el pagano deberían empezar a llamarle, Uthred el inmortal.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Aviso de Spoilers

Aunque no lo he encontrado escrito y reconocido oficialmente por ningún sitio, el recién salido comic "The witcher: Hijas del zorro" es una adaptación de parte de la novela de Andrzej Sapkowski, "Estación de tormentas", del mismo protagonista. Así que los que no la hayáis leído todavía, quedáis avisados.

jueves, 3 de diciembre de 2015

“Aceptación” de Jeff Vandermeer


Finalmente he terminado esta serie. El tercer volumen de esta saga está compuesto por cuatro líneas argumentales, que transcurren en paralelo. Una consiste, básicamente, en la vida de la psicóloga, rememorada escrupulosamente en el momento de su muerte por ella misma o por el área X. La segunda sería la narración, desde el punto de vista de Saúl, el farero, de los días previos a la creación del área X. Las otras dos, narran las andanzas por dicho lugar de Control y Pájaro fantasma, el duplicado de la bióloga. En el fondo, estas dos últimas son la misma, puesto que van a todas partes juntos, pero como tienen capítulos individuales, con el nombre de cada personaje al comienzo, las he contado como dos.

 Las aventuras de Control y Pájaro Fantasma son una sucesión de sustos varios y encuentros con monstruos, que aportan los mejores cliffhangers al libro. La historia de Saúl es una típica historia de terror, sobre una persona infectado por una fuerza sobrenatural que se va apoderando poco a poco de él. Salvo por el relato de su expedición personal y secreta al área X, la trama de la antigua directora de Southern Reach es puramente informativa y no tiene entidad por si misma. Su objetivo es revelarnos lo que se escondía detrás de muchos detalles desconcertantes del segundo libro, pero apenas tiene progresión dramática.

Si esta trilogía ha llegado a generar frikis propios, esta será la trama que más les apasionará. Gracias a ella, podrán enterarse de secretos tan trascendentales como en que circunstancias se tomó la foto del farero, en qué momento y situación la directora copia el mensaje de la torre en el falso armario de su despacho, cuando empezó a tomar notas en cualquier parte y cuando dejó de hacerlo. En fin, ya se ve, cuestiones que en el fondo a nadie le importan un pimiento, pero que son más fáciles de iluminar que los auténticos misterios del área X que se formularon en “Aniquilación”. También en esto me ha recordado a muchas series de televisión, que cuando no saben como hacer avanzar el argumento, la emprenden con detallados flashbacks del pasado de los personajes.

Con tanta subtrama, el libro no escapa al síndrome de George R.R. Martín, es decir, algunos capítulos son puro relleno que están ahí metidos porque tocaba el capítulo del personaje tal, aunque todavía no vaya a ocurrirle nada, pero dicho síndrome se encuentra bajo mínimos. Hay que reconocer que “Aceptación” es endiabladamente entretenido y que Vandermeer demuestra un dominio de la narración más que notable. Su estilo sigue sin gustarme, le gustan las cosas poco claras. Prefiere sugerir en vez de explicar. Sugiere tanto que la mayor parte del tiempo no se sabe lo que sugiere. En vez de decirte lo que siente un personaje, carga el texto de metáforas que deberían transmitir al lector la sensaciones del personaje. Es un autor de esa generación que piensa que cuanto menos se entienda lo que dice, mas artístico será, así que se explaya en frases complicadas y metáforas raras. Abundan las oraciones grandilocuentes que parecen decir algo muy profundo, cuando en el fondo no dicen nada, que tan queridas le eran a Alfred E. Van Vogt y a Frank Herbert.

Dicho esto, resulta paradójico que el estilo sea el mayor atractivo del libro. Como ya creo haber dicho alguna vez, hay muchas maneras de escribir bien y que no me guste como lo hace Vandermeer no quita que lo haga muy bien. En una panorama tan adocenado como el de la ciencia ficción anglosajona, en el que, al menos lo poco que nos llega parece haber sido devorado por el cánon betsellero, de tal forma que todos los libros podrían haber sido escritos por el mismo autor, resulta refrescante encontrar a uno contracorriente, con una voz propia expresada en un estilo muy personal. Aunque ese estilo no me guste mucho.

Claro que en realidad, tal vez esto no sea exactamente ciencia ficción, pero no tengo ganas de ponerme a discutir sobre ello. Y en realidad, de ciencia ficción anglosajona para adultos, no nos llega absolutamente nada.

 Los grandes perjudicados son los personajes. Tras el inmenso trabajo de caracterización que supuso el segundo libro, Control en este no pinta absolutamente nada, es una figura indefensa arrastrada de un lado a otro, que por algún motivo se aferra a las hojas de la tésis del terroir de Whitby. Los otros son similares o peores. Todos quedan bastante desdibujados y esquematizados. Ni siquiera quedan claras las motivaciones de la psicóloga, a pesar de que,en buena medida, el libro consiste en contarnos su vida.

El final es tan brusco que te hace volver a una librería, para comprobar si a tu ejemplar le faltaban páginas. Los finales abiertos son un clásico pero las tramas de Control y Pájaro fantasma terminan sin que haya sensación de culminación o conclusión. Si al autor le diera la gana, podría seguir sacando continuaciones eternamente, aunque, afortunadamente, no parezca ser el caso. Las de Saúl y la psicóloga si terminan, pero claro, ya sabíamos como iban a terminar desde que empieza el libro.
Al contrario de lo que expuse en la crítica de “Aniquiliación” si se esclarecen algunos enigmas sobre el área X, poca cosa en el fondo, Vandermeer usa de comodín el tema de que los alienígenas son incomprensibles para justificar la falta de sentido de su, por otra parte, emocionante libro. Lamento sin embargo que dichas explicaciones lleguen por intervención divina, se cuelen en las cabezas de los protagonistas, aparentemente solas o por la intervención del área X, pero no porque ellos las descubran por sí mismos. Algunas de dichas explicaciones están muy cogidas por los pelos, o son directamente absurdas, como todo el tema de la lámpara del faro. Con todo, además de entretenido, el libro contiene algunos momentos excelentes, fragmentos con auténtico sense of wonder y terror a partes iguales. Posee un innegable atractivo, que pese a todo, no me llega a convencer del todo.

Hace mucho tiempo que es una acusación común que muchos escritores de ciencia ficción se escudan bajo la etiqueta de “literatura de ideas”, para encubrir su pobreza literaria. No entraré a valorar este argumento, perfectamente válido, pero tener ideas es algo más que inventarse unos extraterrestres extraños o un mundo con unas leyes desconcertantes. Tener ideas puede ser, simplemente, imaginar como son unos personajes y como reaccionan ante unas circunstancias que también has imaginado. Tener una historia que contar. No sé si esta trilogía es ciencia ficción, pero eso es algo que no he hallado en ella. Esta trilogía me ha demostrado que la riqueza literaria no puede justificar ni encubrir la pobreza de ideas.