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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

sábado, 28 de abril de 2018

Uno de los nuestros



Este post no tiene nada que ver con Martín Scorsese, cineasta al que, por otra parte, admiro. Su reciente premio princesa de Asturias ha estado a punto de hacer que lo dejara en borrador indefinidamente, pero al final me ha podido la vagancia: no he tenido fuerzas para empezar uno nuevo.

Dentro del mundo de la imagen, a veces me encuentro con creadores cuyas señas estéticas de identidad me resultan muy afines, de tal modo que los estímulos visuales y argumentales provocan una salva de disparos neuronales en mi cerebro, reactivando senderos de axones por los que mi pensamiento ha sido condicionado para transitar, siendo la consecuencia final del circuito un chute de endorfinas que me hace exclamar: ¡Este tío es uno de los nuestros!

No tiene que ver con la calidad de lo que estoy viendo, de hecho, algunos de los míos distan mucho de ser artistas, sino con su estilo visual, o las temáticas que eligen.
 


El gran ejemplo estaría en el mundo del cómic. Katsuhiro Otomo es, definitivamente, uno de los míos. Lo demuestra en todas y cada una de las páginas de “Akira”, en casi todas las de “Pesadillas” y en muchas de “Memories”. Hasta en “Steamboy”, que, reconozcámoslo, como película no vale mucho, pero estéticamente es gloria bendita.
Frank Miller y Mike Mignola son de los míos, aunque no es tan exagerado y un caso peculiar es Salvador Sanz: con apenas tres obras, “Legión”,
 
 
"Migrador nocturno”,
 
 
 “Ángela della Morte”
 
 
y un corto de animación, este inquietante autor es uno de los míos.

En el cine, el ejemplo paradigmático es John Carpenter.
 
 
John Carpenter es uno de los míos, por los destellos azulados y metálicos de su fotografía, por usar música electrónica para la ambientación, por los desolados ambientes urbanos de “Rescate en Nueva York”,
 
 
por su simpatía hacia las películas de aventuras de serie B y de artes marciales de “Golpe en la pequeña China”,
por la atmósfera de “La niebla”, por ambientar sus películas en ambientes cerrados y opresivos y por su amor hacia el western.

Hasta es un fan de Howard Hawks.

Curiosamente, es un director que me gusta más por lo que no hace que por lo que hace, pero de eso hablaremos otro día.

No he visto aún “La forma del agua”. En mi opinión, Guillermo del Toro es a veces genial y a veces se queda en sólo visualmente atractivo. En las que para mí son sus mejores obras “Chronos”, “El laberinto del fauno” y “El espinazo del diablo”, no hay nada que lo haga de los míos, pero si lo hay en “Pacific Rim”, en “Blade 2”, en “La cumbre escarlata”, en sus películas de Hellboy, en su serie “The Strain” e incluso en Mimic, que me parece mala de solemnidad.

Me encantan sus artefactos mecánicos, llenos de engranajes, sus insectos, sus cuentos de hadas, sus niños, pálidos o no, sus hombres de negro, sus mundos devastados o en proceso de serlo. Y en los momentos mas insospechados, hasta le noto algo de western.

Ser de los míos no es una garantía de calidad.

En el verano del año pasado me dediqué a ver todas las películas de la serie “Phantasm”, muchas por primera vez.
 
 
 
Me encantan las esferas voladoras, los enanitos, el sepulturero y sus portales dimensionales, además de que transcurran casi íntegramente en pueblos abandonados y destartalados, desiertos, cementerios y grandes mausoleos, por no hablar del patético Reggie, patético por sus intentos de ligar, pero leal a sus amigos hasta la médula, a pesar de verse superado completamente por las circunstancias.
 

Encuentro que “John muere al final” tiene gracia, aunque probablemente lo deba al libro en que se basa.

Don Coscarelli tiene cierta habilidad para rodar escenas de acción, haciéndolo además con pocos medios, se le da bastante bien crear atmósferas y tiene imaginación, pero no creo que nadie le acuse de ser un gran director de cine y, como guionista, es malo de solemnidad, incapaz de dar a sus tramas el menor sentido.

Pero no me cabe duda de que Don Coscarelli es uno de los nuestros.
James Cameron probablemente es uno de los nuestros.

Steven Spielberg, no.

Hasta aquí todo esto de ser “uno de los nuestros” parecería un modo rebuscado de referirse a algo en el fondo muy normal: un aficionado al fantástico que siente simpatía por los directores de cine fantástico, buenos o no. No es tan sencillo, ¿Cómo encaja en ese patrón Walter Hill? No me inspira simpatía y sospecho que sus puntos de vista son lo más opuestos a los míos que se pueda imaginar. Por de pronto, me parece muy machista.
 
Sin embargo Walter Hill también es de los míos. Incluso sus peores películas me provocan ese chute de endorfinas al que me refería al empezar el post. Bueno, “Dulce venganza” y “El gran despilfarro” no. Puedo entender lo de “Calles de fuego”, por la ambientación urbana y la estética. Defiendo a ultranza “The warrior” (esa apología de lo macarra),
 
“La presa”
y “El tiempo de los intrusos”, por la tensión, la sensación de amenaza y lo que me gustan las historias de personas atrapadas en entornos hostiles. “Forajidos de leyenda” y “Wild Bill” son westerns estimables. “Gerónimo” no tanto, a pesar de sus buenas intenciones. Incluso defiendo “Traición sin límite”. Sus buddy movies son simpáticas, aunque no sean lo mejor del género. Me gustan las películas de profesionales, como “The driver”, pero si sigo enumerando sus películas, llega un momento en que me quedo sin argumentos: ¿Quién puede defender “Johnny el guapo”?

Y sin embargo, para mí funciona. No es objetivo, no es racional, es un rasgo de mi personalidad.
 

domingo, 22 de abril de 2018

No me he olvidado de Leigh Brackett


Si hay alguien bastante asiduo, se habrá dado cuenta de que, aunque suelo reseñar las ediciones de obras de Leigh Brackett que publican “Los libros de Barsoom”, no ha aparecido por aquí “Las brumas de Venus”. No me he olvidado de Leigh Brackett y el motivo por el que no haya aparecido por aquí no tiene nada que ver con que los hombres sean de Marte, las mujeres de Venus y, como “Los libros de Barsoom” han cambiado de planeta, me resista a abrazar mi lado femenino ni ninguna zarandaja parecida.

Tuve en mis manos un ejemplar de “Las brumas de Venus”. Lo hojeé y llegué a la conclusión de que, salvo un relato, quizá dos, ya había leído todo los cuentos incluidos en la antología.

Ha habido autores, especializados en cuentos, a los que he dejado de leer, por culpa del grado de dispersión que tenían su publicación en España. Llegó un momento en que, cuando salía una antología nueva, menos uno o dos, tenía todos sus relatos desperdigados en el resto de libros de mi casa. Me pasó algo parecido con Asimov. Me ha pasado con Lovecraft y me está pasando con Robert E. Howard.

Confío en que, dado el escaso número de recopilaciones suyas publicadas, espero que “Las nieblas de Venus” haya sido una excepción y nunca llegue a pasarme con Leigh Brackett

viernes, 20 de abril de 2018

“La isla de Bowen” de César Mallorquí


Esta va a ser un reseña acomplejada y no precisamente porque hayan pasado seis años desde que se publicó este libro y me decida a leerlo ahora.

“La isla de Bowen” partía con todos los puntos para gustarme mucho. Estoy completamente sintonizado en la frecuencia de la novela. Eché mis dientes literarios leyendo novelas de aventuras de viajes, fundamentalmente de Julio Verne. Tengo por aquellas obras un cariño inconmensurable y “La isla de Bowen” no deja de ser un descomunal homenaje a ese género, en general y a Julio Verne en particular. Además, su autor es muy popular dentro del mundillo de los aficionados a lo fantástico. Soy lector asiduo de su sitio web, “La fraternidad de Babel” y aunque no siempre comparto sus opiniones, siempre las encuentro interesantes y admiro el talante dialogador que muestra con los que le comentan. En mi librería habitual “Estudio en escarlata”, le conocen y dicen que es muy majo. También es admirado por gente a cuyo trabajo tengo un inmenso respeto, como Rodolfo Martínez y creo que precisamente éste dedicó algunos parabienes a “La isla de Bowen”, cosa normal, porque todas las críticas que he leído fueron muy elogiosas.

En estas circunstancias, es casi con vergüenza que confieso que “La isla de Bowen” no me ha gustado lo más mínimo.

No sé si será porque se trata de una novela juvenil y yo ya estoy muy mayor, pero he sido incapaz de entrar en su juego y es algo que no me ha ocurrido con otras novelas juveniles, o incluso infantiles. En vez de homenajear las viejas novelas de aventuras, César Mallorquí ha abrazado sus códigos con tal fidelidad, que incluso ha mimetizado sus defectos, extirpando de su novela la menor traza de originalidad.

Para mí, lo peor son los personajes. Si fueran un decorado, diría que son “de cartón piedra”. Estoy habituado a leer novelas en las que los autores se centran en la acción y se despreocupan de sus personajes, pero no recuerdo cuando fue la última ocasión en que me creí menos al elenco de una obra. Todos me resultan impostados, diseñados específicamente para caerme bien o resultar entrañables. En mi caso ocurrió lo contrario, me parecen tópicos, parodias de personajes igual de tópicos, pero más carismáticos y sus diálogos me resultan antinaturales y falsos.

El caso es particularmente grave, porque son cosas en las que estoy acostumbrado a hacer la vista gorda, pero que en “La isla de Bowen” me atormentan, al no ofrecerme su lectura nada que lo compense.

El protagonista principal, el profesor Zarco, parece una imitación del profesor Challenger. No es un juicio personal, un personaje secundario lo reconoce casi al comienzo de la novela, aunque se apresure a comunicarnos que, a pesar de su mal genio “tiene un corazón de oro”.

Suspiro.

Menos mal que me lo avisan, de no ser así no habría podido seguir leyendo sus aventuras y la sorpresa me habría provocado un ataque al corazón cuando por fin se comporta noblemente.

Bien, al profesor Challenger, digo a Zarco, le piden ayuda la mujer y la hija de otro explorado, un colega/rival, que ha desaparecido mientras investigaba las reliquias encontradas en la tumba del santo que da nombre a la isla de la novela. Recluta como fotógrafo personal a un triste muchacho acomplejado por sus recuerdos de la primera guerra mundial y emprende una búsqueda que habrá de llevarles al Ártico, perseguidos por un millonario muy interesado en el metal del que se componen las reliquias.

Haré un inciso para comentar que, si un héroe ha de medirse por la talla de sus enemigos Zarco no es que sea Superman, es que no le llega a la suela de los zapatos a Superlópez. Si los protagonistas ya resultan poco carismáticos, el villano es pura abstracción platónica, una mera convención, necesaria para el desarrollo de la historia.

Tras doscientas páginas de rutinaria intriga, empieza un viaje igualmente rutinario, tan carente de interés como de sorpresas, que termina en una aventura con toques de ciencia ficción.

Lo diré por tercera vez: la novela me ha resultado rutinaria. Recuerdo que cuando empezó el juego del gato y el ratón con el malvado millonario, suspiré (he suspirado mucho mientra leía esta novela) y pensé que para que se molestaban. Llegaría un momento en que mediante una estratagema astuta, los buenos parecerían haberle dado esquinazo durante casi la mitad de la novela, pero luego, justo antes del final, serían aprisionados por él, que les habría encontrado, por supuesto, por culpa de una traición. ¿Imaginan lo que ocurrió? ¡Spoiler!

Resumiendo diré, que no he encontrado nada destacable en esta lectura. El estilo es muy sencillo, no sé si es porque está pensada para una obra juvenil o es una opción estilística. Despojar la escritura de todo artificio literario, reduciéndola a lo esencial, es algo en realidad muy difícil, que cuando se hace bien da un resultado espectacular. En mi opinión, no es el caso de “La isla de Bowen”, que estilísticamente me ha resultado carente de interés. Como los personajes y como la historia. Estoy seguro de haber disfrutado de libros mucho peores, pero eran divertidos, emocionantes, o sorprendentes, o sus giros inesperados me tenían en vilo, o sus descripciones me maravillaban o tenían alguna característica que me hiciera perdonar sus defectos. “La isla de Bowen” no tiene ningún defecto gordo, pero tampoco ninguna virtud. Su lectura me ha resultado insulsa, indiferente.

Lo mejor que puedo decir de esta anodina novela, es que es más breve de lo que parece, así que no se hace larga. Su lectura me llevó poco más de una semana y no aburre, porque, aunque ninguna de ellas sea memorable, no dejan de pasar cosas y va de menos a más: las cosas que pasan son cada vez más graves y todo suma, en un continuo crescendo que hace que la historia esté a punto de interesarme en su tramo final.

En fin, no se si me habré expresado de un modo demasiado visceral, espero no haber ofendido a nadie, pero esta es mi opinión personal.












PD: Un defecto menor, en el fondo irrelevante, que no soy capaz de pasar por alto, es el asunto del Capitán Nemo. Hay varias referencias al Capitán Nemo a lo largo de la novela. Se habla un poco de él y se encuentran sus rastros. ¿Por qué lo considero un defecto? ¡Porque no pinta nada en toda la novela! Es absolutamente irrelevante. Lo mismo podrían haberse eliminado esas páginas sin que afectaran a la trama en lo más mínimo. No es enervante, no es un número de páginas alto, pero ¿A santo de que viene esto? Supongo que César Mallorquí debe ser un gran fan de “20.000 leguas de viaje submarino”, pero si lo que quería era hacerle un homenaje, haberlo metido en la trama y si no encajaba, por ejemplo porque debería estar muerto en las fechas en las que transcurre, con cualquier guiño habría bastado, sin necesidad de escribir tanto en vano.

sábado, 14 de abril de 2018

“Space brothers” de Chuya Koyama





Vamos a hablar de cómics, más específicamente de manga. Durante los últimos dos años he andado leyendo esta obra (en inglés por supuesto, ya que no se ha publicado en España) El nombre del autor está mal escrito, pero soy incapaz de encontrar el carácter de la u con esa especie de barra encima que debe llevar.

No sé si calificar este manga como de “ciencia ficción”. Transcurre en un futuro tan cercano que ya está sólo a siete años. La tecnología y la ambientación de la serie son indistinguibles de la del mundo actual. Quizá lo único que diferencia el mundo de “Space brothers” del nuestro, es que, en el manga, la humanidad no ha perdido la pasión por la exploración espacial. Los despliegues de los medios de comunicación alrededor de los lanzamientos y de los propios astronautas parecen más dignos de la época del programa Apolo que de la actual y, en determinado momento un personaje dice algo así: “En el mundo actual, ya sólo quedan dos clases de héroes, los futbolistas y los astronautas”.

El 9 de Julio del 2006, el mismo día que Zidane propinó un cabezazo al italiano Materazzi, el niño Namba Mutta y su hermano pequeño Hibito, creen ver un OVNI volando hacia la luna. Los dos hechos tendrán una gran importancia en la vida de Mutta. El avistamiento del OVNI insuflará a la pareja la pasión por el espacio y la astronáutica. Diecinueve años después, en el 2025, Hibito está a punto de convertirse en el primer japonés en pisar la luna, mientras que Mutta es un ingeniero automovilístico que parece haber renunciado a sus sueños infantiles de convertirse en astronauta. Sin embargo, cuando es despedido de su trabajo, después de propinar un cabezazo a su jefe porque esté osó meterse con su hermano pequeño, decide inscribirse en el programa de entrenamiento de la JAXA.

¿Habéis visto alguna vez uno de esos animes deportivos o de artes marciales en los que el protagonista se pasa la vida entrenando y entrenando? Pues “Space brothers” es algo muy parecido, sólo que los protagonistas entrenan y entrenan, no para llegar a ser el hombre más fuerte del mundo, sino para convertirse en astronautas. Protagonistas, en plural, porque aunque Namba Mutta es el personaje que más capítulos protagoniza, el reparto se va extendiendo y abarca cada vez más y más personajes. Hibito (cuyo aspecto físico no deja de recordarme a Tintín),
 
 
 
sus compañeros de promoción, Kenji, padre de familia, que no tarda en convertirse en su mejor amigo, la guapa Serika, cuya ambición es trabajar en la obsoleta estación internacional y de la que Mutta está perdidamente enamorado, otros aspirantes a astronautas, astronautas veteranos, ingenieros, instructores, regentes de bares y cualquier pariente y amigo de los anteriores se van incorporando progresivamente.

No se puede decir que sea un manga trepidante (a Mutta le llevará bastante más de doscientos capítulos salir al espacio) Es conveniente leerse varios capítulos seguidos cada vez, porque en uno sólo no suele pasar mucho. Un montón de capítulos suelen consistir en el proceso que le lleva a un personaje tomar una decisión, ver las cosas desde un punto de vista diferente o tener algún tipo de revelación, eso sí, todo muy bien contado, aunque algunos mecanismos de guión terminan volviéndose repetitivos (flashback del pasado, generalmente la infancia, regresamos al presente en el que el personaje de turno se ve en una disyuntiva, nuevo flashback en el que se hace ya evidente el paralelismo entre la situación del pasado y la actual, regreso al presente, el protagonista toma la decisión contraria a la que se esperaba de él y lo justifica con alguna referencia a ese pasado, que sólo conoce el lector. Cuantas veces habré visto esto …)

También es atrozmente sentimental, es una serie basada más en los sentimientos que en la acción y algunos lectores pueden objetar que se esquiven demasiado los aspectos técnicos, mientras que las pruebas a las que se enfrentan Namba Mutta y sus compañeros se parecen más a yincanas para fomentar el trabajo en equipo que a la preparación de un astronauta. También podrían objetar que las reflexiones y revelaciones de los protagonistas, parecen sacadas de un manual de auto-ayuda o una galleta de la fortuna.

Estaba tan preocupado por acertar con la decisión que querían mis examinadores que las dudas me incapacitaban para actuar. Esto duró hasta que decidí concentrarme en extraer las mejor preparación posible de mi entrenamiento y despreocuparme de lo que opinaran mis profesores

Cosas así.

Por otro lado, los personajes son muy buenos, todos destilan humanidad, a veces exacerbada, empezando por el inolvidable Mutta, inseguro metepatas con corazón de oro y flor en el culo, al que es imposible no querer
 
y lo mismo ocurre con casi todos los demás. Locos soñadores, llenos de flaquezas, en pos de sus sueños imposibles.

Hay dos características que definen perfectamente a “Space brothers”. Una es el afán de superación personal. El manga es la crónica de la lucha diaria de los protagonistas por superar sus limitaciones y lograr sus sueños. Koyama parece decir que no hay sueño que no se pueda lograr, siempre que uno se esfuerce y trabaje como un descosido para lograrlo.

(Ya mencioné antes los libros de auto-ayuda)

La otra característica es la pasión por la astronáutica. Porque, en última instancia, eso es “Space brothers” una larga y apasionada oda de amor por la exploración espacial.
PD: Existe una serie de dibujos animados y una película de imagen real, del 2012. No he visto ninguna de las dos, pero sé que en la película hay un cameo de Buzz Aldrin, interpretándose a sí mismo. Para aquellos que quieran echarle un vistazo, dejo este enlace aquí
 

miércoles, 11 de abril de 2018

“El libro de los piratas” de Howard Pyle


Este agradable libro se compone de un ensayo en el que se cuenta a grandes rasgos la historia de la piratería, seguido de un conjunto de relatos sobre piratas. Piratas del Caribe, si.



Por lo que sé (me he visto tres o cuatro documentales) el ensayo es fundamentalmente correcto y muestra menos prejuicios de los que muestran los documentales. Los cuentos son un pequeño batiburrillo, unos son pequeñas novelas y otros son la crónica de algún lance naval, real o imaginario, aderezados con múltiples búsquedas de tesoros. En uno de ellos, por ejemplo, se narra una versión bastante descafeinada del enfrentamiento entre Barbanegra y Robert Maynard.

 Antes que éste, los únicos textos que conocía de Howard Pyle eran sus libros sobre Robin Hood y los caballeros del rey Arturo, publicados en la inolvidable colección “Tus libros”. Como escritor, Howard Pyle es mediocre, aunque su estilo arcaico no carece de encanto. ¿Cuántos años han pasado, querido lector, desde la última vez que leíste que el narrador se refiera al protagonista, repetidamente, como “nuestro héroe”? Pyle exhibe ese tipo de ticks que me retrotraen a mi infancia. Pertenece a una época en la que incluso los escritores más mediocres eran gente de gran cultura, que se habían criado leyendo los clásicos, no con películas y series de televisión, medio contra los que no tengo nada, vive Dios, pero esa educación les daba, al menos, un uso más que competente del lenguaje.




Además, aunque pequeño su talento existe. Hace un buen uso de imágenes que no por tópicas resultan menos efectivas, como el entierro de un tesoro en una noche de luna llena o el ataque que sufre un barco en una noche, por el contrario, oscura como boca de lobo, creando algún que otro pasaje memorable.



 

Pero no es por el dominio del verbo de Pyle por lo que “El libro de los piratas” resulta memorable. Pyle, además de escritor, era ilustrador y sus libros estaban profusamente ilustrados, constituyendo una amalgama de imagen y texto. Las entrañables ediciones de “Tus libros” hubieron de renunciar a la mayoría de las ilustraciones, pero Valdemar ha hecho un gran trabajo reuniéndolas e incluyéndolas. He oído decir que fue en realidad Howard Pyle quien creó el mito de Robin Hood tal como lo conocemos (mallas, carcaj de cazador, una pluma en el sombrero…) pero nadie discute que Howard Pyle fue quien creó el “uniforme” de los piratas, que fueron sus ilustraciones las que forjaron la imagen de los piratas que ha quedado grabada en la imaginación popular. Dichas ilustraciones son excelentes y son el mayor atractivo del libro. Suele decirse que una imagen vale más que mil palabras. Este libro es la demostración práctica.









sábado, 7 de abril de 2018

“La epopeya de los amantes” de Miguel Santander


Para epopeya la que he tenido que pasar yo para leer este libro. Obtuve mi ejemplar electrónica de la propia universidad politécnica de Cataluña. Como suelo hacer con mis adquisiciones electrónicas, lo pasé a mi ereader, comprobé que el fichero se abría correctamente (empezaba con un índice que hojee por encima).  Luego lo copie en disco duro externo y luego … me olvidé.

Cuando finalmente me puse a leerlo habían pasado años. Me encontré con que la portada y el índice se leían estupendamente, pero, ¡Oh maleficio cruel!, el libro parecía estar constituido únicamente del índice. Los apartados del índice estaban colocados en las páginas a las que apuntaban. Pasar una página del índice implicaba pasar veinte o treinta páginas del libro y cuando finalmente llegué al final de él, me encontraba con el final del libro.

Consulté la copia del disco duro externo y pasaba lo mismo. Tuve que aceptar el hecho de que mi copia de la historia de Miguel Santander era defectuosa. ¡Estas cosas no pasaban con las ediciones en papel! Supongo que podría quejarme a la UPC, pero no sabía a quien dirigir mis airados emails. Además, como ya dije, habían pasado años y tenía el palpito de que ya había terminado cualquier posible periodo de garantía.

Pasados los sudores fríos, las maldiciones y los puñetazos sobre la mesa y sobre mi muslo, que hay que ver lo que duelen, pasados, quizá varios días, tuve la brillante idea de utilizar el Calibre y convertir mi epub en un rtf, que es un formato menos moderno, pero que me gusta mas, por lo poco que ocupa y lo compatible que es con casi todo. ¡Bingo! En el fichero resultante si que se encontraba la historia que pretendía leer.

Alivio e inquietud. Al final, todo había acabado bien, pero había menoscabado mi fe en el formato electrónico. Soy un gran fan de él, si todo lo que he leído en formato electrónico lo tuviera en papel, para dejar espacio a los libros, ya habría tenido que salir de mi casa, en la que por cierto, las torres de libros amenazan con derrumbarse sobre mi cabeza y derrumbar el suelo sobre la de mi vecino de abajo, que es una loca airada que me cae bastante mal. El formato electrónico, sin embargo, te deja sujeto a estás malas pasadas. ¿Quién sabe en que estado se encuentran todas las novelas que duermen el sueño de los justos en mi reader, esperando la pulsación que las convoque? ¿Cuántos de los ejemplares que creo poseer serán en realidad otro puñado de ceros y unos enloquecidos? ¿A quién reclamar si la situación se repite?

Supongo que, en realidad, la situación es idéntica a aquella en la que se ve cualquiera que compre por correo, salvo que con un ejemplar físico es más fácil percatarte de su mal estado, aunque no te lo leas hasta años después. Y no es un pensamiento que me tranquilice mucho. Me acuerdo perfectamente de “Los ordenadores no discuten” de Gordon Dickson y no quiero acabar en el corredor de la muerte.

Después de esta ingrata experiencia, me encontraba terriblemente mal dispuesto hacia el libro y era difícil que me impresionase. No está mal, empieza con una supuesta leyenda sumeria, narrada de modo muy convincente, de la cual acabaremos conociendo el origen con detalle, según avanza la lectura. Dar muchos detalles es estropearla, sólo comentaré que el protagonista y narrador es Nikola Tesla y que es una historia de viajes en el tiempo. Está bastante bien, el modo en que Miguel Santander logra encajar su ficción sobre los hechos reales de la vida de Tesla es brillante y hace un uso muy ingenioso de las convenciones de las narraciones sobre viajes en el tiempo. Nada muy novedoso, pero bien realizado.

Por poner pegas, o quizás por el resquemor que me han dejado mis problemas, diría que encontré la historia algo falta de vidilla. La he disfrutado del modo en que dice el tópico que se admiran los mecanismos de relojerías. La exactitud y la precisión con la que encajan las piezas del mecanismo, produce un cierto deleite estético, pero no una conexión emocional. Miguel Santander no ha logrado provocarme empatía por las tribulaciones de su ficticio Tesla, ni conseguir que estas me emocionen ni me perturben, al menos, no tanto como lo ha hecho conseguir leerlas,

jueves, 5 de abril de 2018

“Artemisa” de Andy Weir


En su segunda novela, Andy Weir abandona parcialmente las historias de supervivencia en el espacio, para contar las peripecias de una joven contrabandista de una colonia lunar. A Jazz Bashara, le ofrecen un encargo, totalmente ilegal por supuesto, que se sale de su rutina habitual, pero tan bien pagado que no puede permitirse rechazarlo. No creo que a nadie le sorprenda demasiado que dicho trabajo se acabará torciendo, que las cosas irán terriblemente mal, habrá algún asesinato y Jazz se convertirá en el objetivo de mucha gente con mala leche.

O sea, una antología de los tópicos del hard boiled, pero EN LA LUNA.

“Artemisa” es una novela sin pretensiones, muy agradable de leer. A su favor juegan su sentido del humor, su corta extensión y un endiablado sentido del ritmo. Andy Weir contiene su pasión por los detalles y no aturde tanto al lector con las complejidades de los mecanismos de renovación de atmósfera y las estrategias para ahorrar batería, lo que puede que decepcione a algunos fans de “El marciano”. Aún así, quién preste atención aprenderá más de lo que desearía sobre la complejidades de soldar en el vacío y se encontrará una serie de rompecabezas interesantes.

No tengo nada en contra de los relatos-problema, ni siquiera de las novelas-problema, pero, aunque estas historias son las que han dado la fama a Andy Weir, creo que no termina de cogerle el puntillo a la técnica. Para que esto funcione hay que tomarse el tiempo necesario para presentar adecuadamente las piezas del rompecabezas al lector, de forma que este comprenda bien el problema y llegue a interesarse por la solución o incluso pensar una propia. Andy Weir sigue en cambio la política de que la cantidad prima sobre la calidad, pasa directamente del planteamiento a la solución, simplificando en demasía el primero y dando demasiados detalles de la segunda. Con todo, noto una cierta mejoría con respecto a “El marciano”. Incluso tiene el acierto de incluir una escena al principio, aparentemente sólo para ayudar a la ambientación, que prepara el camino para comprender la estrategia que Jazz seguirá, hacia el final.

La narración en primera persona impone que la protagonista esté presente en cada escena, a pesar de lo cual hay un nutrido reparto de secundarios. Son personajes tópicos, pero carismáticos, que logran hacerse simpáticos con facilidad, incluyendo a la marisabidilla protagonista. No parece que Andy Weir vaya a pasar a la historia por sus personajes, pero hace un trabajo decente y consigue un aprobado, eso si raspado, en la difícil tarea de sacar adelante un protagonista de sexo opuesto al suyo. Sin embargo, Jazz resulta demasiado analítica. Afronta cada situación como si fuera un acertijo a desentraña o un examen que aprobar. ¡Incluso una pelea a puño limpio! Y por supuesto, le da tiempo a analizar, pensar y actuar a mayor velocidad que un asesino profesional. También abusa de muletillas que pueden resultar cargantes. Cada dos por tres Jazz exclama ¡Eh! Y se justifica por una conducta que puede resultarle vergonzosa. ¡Eh, soy una patriota! ¡Eh, soy una chica! Quizá se supone que está contando la historia a sus colegas en un bar. He leído que “Artemisa” gana mucho en audio-libro (y un amigo con un nivel de inglés impresionante me dijo lo mismo de “El marciano”)

Por último señalar que Andy Weir debe esforzarse más en encontrar modos de contar las cosas, o corre el riesgo de convertirse en una parodia de sí mismo. El gag a costa de los cotilleos de la familia real Saudí es idéntico a varios de los que salpican “El marciano”.

En fin, quizá me haya extendido más de lo debido y me haya puesto demasiado serio, a cuenta de una novela que lo único que pretende es hacer pasar un rato agradable y que, en mi caso, lo consiguió plenamente. En los blogs que sigo, últimamente se utiliza demasiado el adjetivo “palomitero”. “Artemisa” es un libro “palomitero”, pero mientras que el cine “palomitero” actual se basa en la exaltación del espectáculo y la capacidad de repartir mamporros de sus protagonistas, en “Artemisa” se basa en la exaltación de la inteligencia y el ingenio.

Otra opinión: dreamofelvex

domingo, 1 de abril de 2018

“La vieja guardia” de John Scalzi


En el futuro de la novela, la raza humana se encuentra en plena fiebre colonizadora de otros mundos, sin embargo los requisitos para colonizar son muy estrictos, sólo están permitidos a los ciudadanos de países derrotados en un conflicto reciente, sin embargo se ofrece a las personas mayores de Estados Unidos la posibilidad de alistarse en las fuerzas de defensa colonial, alentados por el secreto a voces de que debe de existir algún método de rejuvenecimiento, pues no tendría sentido formar un ejército exclusivamente con ancianos.

La novela sigue a uno de estos ancianos durante su reclutamiento, rejuvenecimiento, entrenamiento y varias batallas.

La idea principal es simpática, la novela se lee con agrado y ha dado lugar a una serie bastante extensa, con cinco entregas ya publicadas en España.

El principal problema de “La vieja guardia” es que casi carece de argumento. Al protagonista, John Perry, le ocurre lo mínimo indispensable para desarrollar la idea principal. El foco no está puesto en contar sus peripecias, sino en describir como se cambia de cuerpo a los ancianos, las habilidades de sus nuevos cuerpos artificiales, un poco de los alienígenas a los que se enfrentan y ya está.

Convertir el argumento en una excusa para desarrollar una idea o describir un escenario es algo común en la literatura fantástica, sobre todo en la ciencia ficción, pero, cuando se hace bien, la historia que se cuenta resulta tan atractivo como el escenario que se está describiendo. O se consigue, al menos, que no te des cuenta de la completa falta de interés de lo que te están contando. No es el caso de “La vieja guardia”.

Los personajes tampoco son nada del otro mundo. El principal rasgo de la personalidad de John Perry, es que hace comentarios irónicos o chistes. En la nave en la que parte de la Tierra se hace amigo de otros reclutas que se caracterizan por … nada que yo recuerde. Cada vez que uno abría la boca tenía que buscar la página en la que lo presentaron, porque no había modo de recordarlos. Eso quita bastante dramatismo a sus muertes.

Tampoco se puede decir que la novela tenga mucha emoción. Hay pocas batallas y, las que hay, están contadas con poca habilidad.

La imagen global del libro es bastante mediocre. Resulta sorprendente que fuera el embrión de una larga saga y hace que me resulte imposible comprender los comentarios, habitualmente elogiosos, que he encontrado por internet. Me temo que son fruto de gente a que la premisa le resultó tan atrayente que le perdonaron a la novela el resto de sus pecados. Y eso es, fundamentalmente, este libro: la exposición de una premisa.

Dicho esto, he leído cosas bastante peores. “La vieja guardia” es una novela bastante amena, con algunas ideas curiosas, aunque no demasiado originales y con un sentido del humor que la hace fácil de digerir, aunque, como siempre, muy exagerado por sus fans. No me reí en ningún momento de su lectura y, sinceramente, no creo que nadie se ria con ella, aunque es verdad que, en una única ocasión, la novela casi lo consigue conmigo. Pero si que me hizo sonreír a menudo.

No condeno a la saga ni a su autor al olvido, pero espero que mejore bastante en las siguiente entregas.