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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

lunes, 30 de diciembre de 2019

“La tierra errante” de Cixin Liu.


Los compromisos navideños han provocado que se me acumule el trabajo. Tengo varios libros que reseñar y todos son de relatos, curiosamente. El primero de ellos es la cita periódica con Cixin Liu. Después de la tremenda decepción que, para mí supuso, “Esfera luminosa”, la lectura de esta antología ha resultado una grata sorpresa, un reencuentro con el sentido de la maravilla y la imaginación con la que me cautivó Cixin Liu en sus anteriores obras.

Hablemos claro: todos sus defectos como escritor siguen presentes. Los relatos se componen, casi exclusivamente, de “infodumps” (como mola saber inglés) . Los traumas o los problemas emocionales de los personajes, cuando los hay, son expuestos con una indiferencia y una naturalidad que lo mismo podría estar relatando una conversación casual sobre el clima, en un ascensor. Todos los personajes hablan igual y hablan igual que el narrador y, para ser sinceros, su destino trae sin cuidado al lector.

En suma, como escritor, Cixin Liu acumula todos los defectos que los ignorantes atribuyen a la literatura de ciencia ficción.

A cambio, el lector se ve expuesto a unas ideas y conceptos asombrosos. No siempre son originales, he leído otros relatos sobre seres humanos microscópicos y el virus “maldición” fue reutilizado por el propio Liu en el segundo volumen de su famosa trilogía. Tampoco siempre están bien pensados, a veces es fácil encontrar agujeros en sus planteamientos.

Por ejemplo, en el primer relato “La tierra errante”, el que da nombre a la antología. La humanidad tiene que recurrir a la estrategia del caracol para huir de un futuro cambio en la actividad solar, justificándose en que ningún ecosistema artificial es lo suficiente grande para auto sostenerse indefinidamente. Muy bien. Y para ello exponen a nuestro planeta a unas condiciones que lo volverán inhabitable y destruirán todos sus ecosistemas. Brillante.

A menudo, también, resulta bastante ingenuo, casi tontorrón, como en la mencionada historia sobre los hombres microscópicos y en un desconcertante intento de humorismo.

Sin embargo, cuando Cixin Liu acierta, acierta de lleno. Hay momentos en este libro en los que dan ganas de interrumpir la lectura para ponerse a aplaudir. La propia odisea de la “Tierra errante”, la crónica de una civilización subterránea, tan improbable como fascinante, de la colonización del espacio por obreros no especializados, incluyendo un ¡Ay!, ya imposible homenaje a Stephen Hawking, las consecuencias del capitalismo llevado al extremo y del aumento de la longevidad… por cierto, esos dos últimos relatos que he mencionado están interrelacionados y, por algún motivo, la edición de nova los incluye en el orden incorrecto.

En suma, como escritor, Cixin Liu acumula todas las virtudes que amamos los aficionados a la literatura de ciencia ficción.

La lectura, aunque pueda parecerlo, no es nada complaciente con el lector. En estos relatos, raramente sus insulsos personajes encontrarán un final feliz o agradable. Con su habitual indiferencia, Cixin Liu plantea tesis de un pesimismo acojonante. No es el primero que lo trata, pero jamás he visto asumida con tal fatalismo el destino final de toda vida inteligente, como consecuencia del agotamiento de los recursos naturales.

La antología me ha resultado una mezcla de lo mejor y lo peor que puede encontrarse en la ciencia ficción, tan irregular como apasionante.

Aunque en lo literario es mucho peor escritor, sospecho que puedo acabar estableciendo una relación de amor odio con la obra de Cixin Liu que ridiculice la que ya tengo con la de Stanilaw Lem.

sábado, 14 de diciembre de 2019

“juegos de Capricornio” de Robert Silverberg



Si hay algo que admiro de Robert Silverberg es su habilidad narrativa. Silverberg siempre consigue que las páginas pasen con suma facilidad, sin importar lo que esté narrando. No importa de que se trate, como si dedica cuatro páginas a contar como el protagonista se hace el nudo de la corbata, sus páginas desfilan ante mis ojos con una facilidad pasmosa.

Eso era lo que pensaba, hasta ahora.

Por primera vez, un libro de Robert Silverberg se me ha atravesado y he estado a punto de abandonar su lectura durante casi la mitad. Se compone de siete relatos:

“Juegos de Capricornio” cuenta como una joven hipersexualizada acude a una fiesta, con la esperanza de conocer a un inmortal que comparta con ella el secreto de la vida eterna. Aún no sé que pretendía exactamente Silverberg con esta historia, pero lo que ha conseguido es aburrirme de mala manera.

“El salón de la fama de la Ciencia ficción” consiste en una serie de reflexiones sobre porque al protagonista le apasiona la ciencia ficción, intercalada con falsos fragmentos de historias de ciencia ficción que tal vez homenajeen a los orígenes pulp del género o tal vez no. Las reflexiones son retorcidas y pedantes y los homenajes no tienen interés, ni siquiera como parodia. Con lo que me apasiona la ciencia ficción, jamás pensé que hablar sobre ella pudiera ser tan aburrido.

“La señorita Found en una máquina del tiempo abandonada” va de … esto … pues ... no sé muy bien de que va. Una colección de planes de ciencia ficción o de villano de James Bond, para arreglar el mundo. Bien mirado, se parece mucho a “El salón de la fama de la Ciencia ficción” y no sólo figura en la misma antología, sino que lo hace justo a continuación. Llamarlo “relato” es un elogio que no se merece.

“Nave-hermana, estrella-hermana” Cuando parecía perdida toda esperanza, llega este RELATO sobre una nave espacial embarcada en un viaje de exploración, cuyo único enlace con la tierra es una telépata ciega que sólo se puede comunicar con su hermana gemela. Tal vez el final sea de un buen rollo un poco pueril, pero es un buen relato. Eso si, durante su lectura me salté todos los fragmentos que se refieren al juego del go. Acabé el libro gracias a él.

“Un mar de rostros” Un psicólogo se introduce en la mente de su paciente, dando lugar a todo tipo de secuencias oníricas absurdas. Deben de tener su público, a juzgar por lo mucho que aparecen en la literatura fantástica. Pierde su gracia en cuanto se entiende lo que está pasando. No es tan malo como la gente dice, pero muy bueno no es.

“El Dybbuk de Mazel Tov IV” Historia sobre una colonia judía en un planeta extraterrestre. La colonia está formada por una mayoría de judíos modernos y un pequeño grupo de ultra-ortodoxos. La historia nos cuenta la perplejidad y frustración de los primeros, cuando deben tratar con un fenómeno paranormal incomprensible, que si se ajusta a las creencias de los segundos. Aunque no se te cae la mandíbula por las carcajadas, su ironía es bastante disfrutable.

“Un pequeño burócrata” Mas bien una novela corta. Transcurre en un mundo superpoblado que se ha convertido en una gran ciudad que se extiende por toda la tierra firme disponible, dividido en innumerables distritos. Un sabotaje estropea la tecnología de la que depende uno de estos distritos, condenándolo a la catástrofe y un burócrata debe abandonarlo en busca de una solución. El mundo que describe es inquietante, porque se basa en tendencias presentes en el mundo actual, y está bien descrito. El pasaje en el que se describe como pasan la noche los sin techo es magistral. Sin embargo falla en lo principal: el argumento. La búsqueda del burócrata es un mcguffin demasiado evidente que se derrumba en su resolución.

O sea, que de 7 relatos sólo salvaría 3 y uno no por completo. Buscando por internet he visto que las reseñas de este libro no suelen ser muy positivas. Alguien se refirió a él como “Lo peor de Robert Silverberg”. Está considerado un compendio de los relatos que Silverberg escribió cuando se estaba quedando sin ideas y no sabía que hacer con su carrera. Sin ser tan tajante, puesto que tiene un puñado de relatos buenos, en lineas generales tengo que unirme a la opinión mayoritaria.

lunes, 9 de diciembre de 2019

“Espadas rojas de Castilla” de Eugenio Fraile



Los últimos meses ha sido publicada una avalancha de libros sobre la figura del Cid Campeador. La cima de este iceberg lo constituye la novela de Arturo Pérez Reverte. Ignoro si se debe a la serie de televisión que prepara Amazon o si es que se acaba de cumplir algún aniversario, del nacimiento de Rodrigo Díaz de Vivar, de su muerte o de la primera edición impresa del cantar del Mio Cid. Si hay por ahí algún historiador, me encantaría que me lo aclarara.

El caso es que, de entre el aluvión de novedades, me ha llamado la atención esta, porque la publica “La biblioteca del laberinto” y por incorporar elementos fantásticos a la figura, del Cid, algo que ya hizo Ricard Ibáñez en “Mio Sidi”, con gran acierto a la hora de anclar los elementos sobrenaturales al folclore y la historia española y fracasando en todo lo demás.

“Espadas rojas de Castilla” es un conjunto de relatos ambientados durante la ocupación musulmana de la península ibérica. En uno de ellos “Espadas en la frontera”, ni siquiera aparece la figura de Rodrigo Díaz. Su lectura me ha recordado la “Wolfgang Stark, el último templario” de Alexis Brito Delgado, por dos motivos. 

Uno, ninguno de los dos libros fue pensado originalmente para su recopilación. Los relatos de “Espadas rojas de Castilla” se publicaron originalmente en varios fanzines. Como consecuencia, en todos ellos se nos describe al protagonista, prácticamente con las mismas palabras. Es un problema que no es culpa de nadie, en concreto, no es culpa del autor ni del editor, pero acabé un poco harto de leer lo de su larga espada en su vaina de cuero repujado y algunas descripciones si que se podían haber obviado. Eugenio Fraile tiene tendencia a evidenciar los cambios de escena con la imagen de Rodrigo cabalgando o caminando por un nuevo escenario, ocasión que aprovechar para amenizar el relato con la enésima descripción de su aspecto, todas virtualmente idénticas. En particular, me resulto irritante en el relato “Los hijos de la media luna”. Admito que puedo ser demasiado quisquilloso.

El otro punto en que me recordó al libro de Brito Delgado, fue en la admiración y el homenaje por la obra de Robert E. Howard, aunque en este caso me parece que el verdadero homenajeado es más bien a Roy Thomas. Los argumentos de los relatos parecen guiones de cómics de Conan el bárbaro, ambientadas en la época de la reconquista. No puedo jurarlo, porque ya no dispongo de ese cómic, pero “Espadas en la frontera” me ha parecido casi una traslación de “Mas allá del rio negro”, pero sin el compañero inexperto. Hasta termina en una taberna.

Vaya por delante mi admiración hacia el trabajo de Robert E. Howard y de Roy Thomas. Me parece muy bien que los escritores modernos les recuerden y les tengan presentes, pero no veo el sentido en volver a contar las mismas historias, sin darlas ningún toque personal, porque un cambio de escenario no me parece suficiente. Los argumentos resultan tópicos y predecibles para un lector de cómics experimentado y los personajes muy esquemáticos.

Por desgracia, esta devoción hacia Thomas también se trasluce en lo estilístico, en una sobreadjetivación que empobrece la expresión, en vez de enriquecerla, por la pobre originalidad de los adjetivos y las expresiones utilizadas.

Por otro lado, la superioridad de las capacidades bélicas del futuro Cid Campeador con respecto a las de sus adversarios es tan abrumadora que los combates apenas tienen emoción, ni siquiera cuando se enfrenta a seres sobrenaturales.

Aún así, Eugenio Fraile sale vencedor en lo fundamental, allá donde Ricard Ibáñez fracasó estrepitosamente, porque, a pesar de sus innegables defectos, “Espadas rojas de Castilla” es un libro entretenido.

Un aprobado bajo.

lunes, 2 de diciembre de 2019

“La investigación” de Stanislaw Lem



Mi interés por la obra de Lem quedó en barbecho después del supremo aburrimiento que me supuso la lectura de “La voz del amo”. Aburrimiento y sensación de pérdida de tiempo. Sin embargo, el tiempo paso, los fuegos del odio se apagan y, en virtud del disfrute que me supusieron otras obras suyas, he decidido darle una oportunidad a “La investigación”, una obra en principio muy atípica en la obra de Lem, puesto que se trata de una novela policíaca. Mas o menos.

“La investigación” narra las pesquisas de Gregory, un joven e inexperto oficial de Scotland Yard de un fenómeno extrañísimo: los muertos parecen estar levantándose de sus tumbas, durante breves periodos de tiempo. Suceso tan desconcertante que la policía se ve obligada a considerarlo una superchería y se empecina en la búsqueda de un responsable, a pesar de que un colaborador matemático no tarda en encontrar un patrón estadístico en el que encajan todos los sucesos, tan complicado de desentrañar, que forzosamente tiene que responder a un fenómeno natural.

Como en toda obra de arte, en “La investigación” hay cosas que funcionan y cosas que no. Entre las cosas que no funcionan las hay literarias y las hay científicas. Empecemos por estas últimas:

Me disculpo por adelantado si el mal que los años están haciendo a mi capacidad de atención hizo que no entendiera bien algo del primer capítulo. Este narra una reunión en la que se presentan los detalles del caso y se resumen someramente los movimientos de cadáveres o las desapariciones de cuerpos ocurridos hasta entonces.

Pues bien, se mencionan, como mucho, cuatro o cinco casos. Mis conocimientos de estadística son muy básicos, pero me bastan para saber que con una muestra tan reducida es imposible hacer un análisis estadístico en condiciones, o, al menos uno que tenga un fiabilidad aceptable. Por otro lado, las supuestas correlaciones que el el matemático establece entre los sucesos y otros factores como el clima son absurdas, proviniendo de un matemático, que sabrá perfectamente que la correlación entre dos variables no implica, por si misma, ninguna relación de causalidad.

No soy ningún experto en el tema, simplemente es que he leído esto y esto:
Esas suposiciones serían perdonables en el ingenuo protagonista, pero no en una supuesta eminencia como el que las plantea. Son dos errores más gordos de lo que parece, porque dinamitan la propia tesis que plantea la obra. A lo largo de ella, desesperado, Gregory acabará soltando máximas como “Nuestros destinos son moldeados por la estadística”, “¡Sólo existe la estadística!”. No puede hacerse una novela sobre la estadística, dándole la espalda a la estadística. Lo peor de todo es que estos errores podrían haberse subsanado, documentándose un poquito y trabajándose más el argumento. No habría sido necesario más que multiplicar en varios órdenes de magnitud los casos ocurridos, aunque eso complicara otros aspectos de la novela.
En lo literario, Lem también exige demasiado de mi credulidad, cuando narra el día a día del protagonista, que consiste en gandulear hasta que se produzca un nuevo suceso. De verdad que me resulta muy difícil de creer que un oficial de policía no tenga ninguna otra cosa que hacer, mientras espera que se produzcan novedades.

Cuando estas se producen, la minuciosidad con la que se describe y analiza el lugar de una aparente resurrección, llega a hacerse tediosa. A pesar del aburrimiento, debo corregirme, porque esto no lo considero un error, era necesario dar tantos detalles y ser tan endemoniadamente preciso, para transmitir con eficacia el sinsentido de la aplicación de los métodos policiales tradicionales y, por extensión, el método científico, cuando se enfrentan a lo insólito o lo inexplicable. Por más que los agentes de policía sigan huellas, hagan mediciones, examinen cadáveres y hablen con testigos, la única conclusión a la que pueden llegar es aquella que no están dispuestos a aceptar.

“La investigación” se adentra pues en las obsesiones habituales de Stanislaw Lem, la incapacidad de la ciencia de llegar a desentrañar los entresijos del universo y las reacciones de las personas cuando se enfrentan a problemas sin solución.

El protagonista es demasiado pardillo, aunque joven, ya ostenta un cierto cargo en la policía y debería suponérsele algo de experiencia. En cambio, su comportamiento linda con lo infantil y su bisoñez no cuadra con lo elevado del lenguaje con el que expresa su negativa a aceptar la realidad de las resurrecciones. Problema éste que se extiende al resto de los personaje. Cuando se trata de expresar sus pareceres sobre cuestiones filosóficas o trascendentales, todos sufren ataques de elocuencia, que transforman los diálogos en monólogos, que siempre parecen declamados por la misma voz, hable el personaje que hable.

Eso si que me parece un error, y bastante frecuente en la obra de Lem, pero, siendo justos, hay que reconocerle que son unos pedazo de monólogos, impactantes y muy bien escritos, aunque algunos de ellos sobren, por no estar relacionados con la trama (me estoy refiriendo a las divagaciones de Sciss sobre los ordenadores durante la guerra fría)

Por lo demás, el resto de los personajes están muy bien caracterizados, más por sus palabra y sus actos que por lo que se dice de ellos, especialmente el matemático, Sciss, Sheppard, el superior de Gregory y sus pintorescos caseros, que dan lugar a un par de momentos tronchantes, a pesar de su amargo desenlace.

Al contrario que en alguna crítica que he leído, el final del libro me ha parecido muy bueno. Sinceramente, no creo que en la vida real la policía hubiera reaccionado de otro modo. También me ha parecido genial la ambientación. El escenario de “La investigación” es fundamentalmente Londres, pero, más que en la Inglaterra real, la novela transcurre en esa Inglaterra imaginaria de las novelas policíacas, perpetuamente cubierta por un manto de niebla, en la que las horas de oscuridad son mayores que las de luz. La pensión en la que reside Gregory, parece un palacio surgido de una novela gótica, los callejones están iluminados por lámparas de gas y aparentan esconder mil secretos. Es un gran escenario, brillantemente descrito, aunque Lem dedique demasiado tiempo a dar cuenta de él.

Creo que esa sería la mayor pega de la obra. Siendo una novela corta, le sobran muchas páginas. Lem se detiene a relatarnos muchos detalles irrelevantes, muchos deambular que no conducen a ningún sitio, muchos puntos de vista sobre asuntos que no tienen que ver con la trama. Es otro problema bastante común en su obra.

A pesar de ello, la novela funciona muy bien, consigue transmitir la impotencia y desesperación que pretende transmitir y ha logrado reavivar mi interés por la literatura de Stanislaw Lem.

domingo, 24 de noviembre de 2019

“Camino desolación” de Ian McDonald



Después de completar la lectura de la trilogía lunática de Ian McDonald, supe que no volvería a leer novela suya en mi idioma, a menos que transcurriese en el mismo universo, lo que sospecho que ocurrirá dentro de poco, con la publicación de una novelette a doble espacio, con una letra inmensa. Pero Ian McDonald llevaba años escribiendo, antes de dedicarse a organizar culebrones en nuestro satélite y tiene tres novelas publicadas en nuestro idioma. Sus novelas sobre la India y Brasil no acaban de llamarme la atención, pero la obra que nos ocupa era harina de otro costal.

“Camino desolación” en una novela peculiar. Novela de novelas, historias dentro de historias, historias que se entrecruzan y contienen a otras historias, pero que acaban confluyendo, como ríos en el mar, una especie de “Mil y una noches” marciana, aunque la obra con la que más se la compara es con “Cien años de Soledad” de Gabriel García Márquez. 

Han pasado muchos años desde que leí la magna obra del nobel colombiano. Me gustó tanto y es una obra tan distinta a las lecturas que suelen gustarme, que siempre me ha dado miedo volver a leerla. Por lo que recuerdo de ella, existen numerosos paralelismos con “Camino desolación”, en el argumento y el contenido.

“Camino desolación” cuenta la historia de un pueblo del desierto de un Marte terraformado. Nacimiento, crecimiento, auge, declive y destrucción. Empieza cuando un viajero, obsesionado con los viajes en el tiempo, al estropearse su vehículo, se ve obligado a asentarse en un pequeño vergel construido por una máquina terraformadora moribunda, junto a una vía de tren. El azar irá trayendo a otros colonos a este pueblecito insignificante, cada cual con sus particularidades, sus pasados y, con el tiempo, sus rivalidades. Los primeros capítulos glosan la historia de cada uno de estos peculiares personajes. El tono en el que están escritos es particular, como si fueran leyendas o cuentos de hadas. Es el futuro lejano, contado como si fuera un pasado legendario, desde un futuro todavía más lejano.

Los personajes adoran a santas que parecen inteligencias artificiales y a ángeles que parecen robots, o, al menos, humanos sintéticos. Saben, o intuyen, que hay explicaciones tecnológicas para los prodigios que encuentran en su vida cotidiana, pero también que son incapaces de entenderlas y las toman como milagros cotidianos. Lo mismo debe hacer el lector, aunque haya momentos que desafíen su “suspensión de incredulidad”, como ese fantasma que es llamado como testigo en el juicio de su asesinato, o el hombre que es capaz de herir y matar con su sarcasmo.

El hilo de la narración se enreda y desenreda. Prácticamente todo lo que puede ocurrir en una novela, ocurre en “Camino desolación”. Hay muchos personajes y muchas veces no parece que interaccionen entre ellos, o las peripecias de alguno resultan particularmente delirantes, asemejándose a tomaduras de pelo. Durante buena parte de la obra, parece que no haya ningún objetivo, o que la trama no vaya a ningún lado, sin embargo acaba haciéndolo y sus innumerables personajes acaban enfrentando todos un destino singular, no justo, pero si apropiado. La prosa de Ian McDonald se las arregla para mantener el interés durante los momentos más flojos de la obra, siendo a veces intimista, otras poética, irónica en ocasiones y otras más bien chapucera. Siendo el aspecto más atractivo de la novela, puede llegar a ser su peor enemigo, por lo caótica que resulta. La mayor parte del tiempo, escribe al estilo de los cuentos de hadas, pero luego se detiene a contarnos una huelga y sus consecuencias, de un modo que parece una novela histórica situada a comienzos del siglo XX. Curiosamente, el único momento en que llegó a fatigarme fue la transcripción de una épica batalla, con abundante utilización de gadgets tecnológicos y maquinaria militar. Estoy seguro de que hay lectores que buscan precisamente esos momentos en sus lecturas y que fueron los que los aficionaron a la ciencia ficción, pero, en mi caso, empiezan a resultarme pesados.

Ian McDonald escribe a su aire, sin preocuparse por los convencionalismos. O inventándoselo todo sobre la marcha, que quizá sea decir lo mismo. Transcribiendo al papel lo primero que pasa por su cabeza. A veces se detienen en detalles aparentemente insignificantes, pormenorizadas descripciones de lugares que nunca se visitan y hay muchas enumeraciones. La enumeración es un recurso estilístico que hay que manejar con mucho cuidado. Requiere inventiva y un amplio vocabulario y no hay que repetirlo demasiado, pues pierde el efecto sorpresa y se hace pesado. Yo incluso recomendaría utilizarlo una sola vez por novela. A Ian McDonald le sobran inventiva y vocabulario, pero hay demasiadas enumeraciones en este libro.

La lectura de “Camino desolación” es una experiencia desconcertante, no apta para todos los paladares, a pesar de su desbordante imaginación y su innegable calidad literaria. Un castillo de naipes, que a pesar de todo, se sostiene en pie. Una novela extremadamente irregular, pero tan personal e irrepetible que parece increíble que no haya generado su propio culto dentro del famdom, que se pase las horas muertas discutiendo por Internet los detalles más triviales de la trama y añorando una adaptación televisiva que los defraude.

sábado, 16 de noviembre de 2019

“La otra sombra de la Tierra” de Robert Silverberg


Enigmático título e impactante portada, que poco tienen que ver con el contenido de esta antología de relatos.

Se ha dicho que las antologías son, forzosamente, irregulares. Siempre unos cuentos van a ser mejor que otros. Si su valor se mediera por el mejor de sus cuentos, diría que “La otra sombra de la Tierra” es una antología excelente. Con todo, es bastante recomendable, porque el contenido de sus relatos se mueve entre lo meramente entretenido y lo excelente. Y ser entretenido no es poco.

Los que considero excelentes son:

“Ver al hombre invisible”

Cuenta la historia de un hombre que es condenado por un delito muy poco definido, algo así como no ser lo bastante empático. Su pena consiste en llevar una marca en la frente que obliga a todas las demás personas a fingir que no existe. Escalofriante imaginar el tipo de sociedad que mantiene a la población tan aterrorizada como para participar de este castigo colectivo y en lo desmedido del castigo para una falta tan inocua, puesto que una apendicitis lo convierte en una sentencia de muerte. La soledad y el aislamiento son temas recurrentes a lo largo del volumen. Es un relato conmovedor, pero no puedo evitar quejarme de la falta de detalles en la evolución psicológica del protagonista. Pienso que hubiera sido más eficaz si Silverberg hubiera ido describiendo cuales son exactamente las pequeñas cosas nacidas de la convivencia, cuya ausencia acaba provocando el desplome del protagonista.

“El día en que desapareció el pasado”

Un terrorista vierten en el servicio de agua corriente de Nueva York un cóctel de drogas que provoca daños aleatorios en la memoria. Idea terriblemente impactante. La única pega al relato, es que es demasiado breve. Esta idea pedía una novela.

“La canción que cantó el zombie”

Interpretes de música fallecidos son reanimados para actuar en conciertos, en actuaciones técnicamente intachables, pero carentes de alma. Es una colaboración con Harlan Ellison. Si la cuento como suya, con esta historia he leído 5 de ese autor y en 3 de ellas se trata el tema de la eutanasia. Eso no quita que sea buena.

Un punto por debajo de la excelencia, se encuentra “Los colmillos de los árboles”, sobre un granjero que se ve en la necesidad de sacrificar a los animales que cría, a pesar de ser consciente de que tienen personalidades. Sumamente inquietante, aunque, para un lector moderno, lo más inquietante sea la fijación sexual del protagonista con su sobrina de quince años.

De entre los demás

“Moscas” cuenta la historia de un astronauta reconstruido por alienígenas que regresa a la Tierra, tema que Silverberg trató, de forma ligeramente más positiva en su novela “Espinas”. Casi es un relato de terror, pero me ha parecido más forzado.

“Hacia la estrella oscura” sorprendentemente irónico y con una carga de profunda mala leche, que, a pesar de todo, me parece que dice algo muy humano y poco agradable.

“El poder oculto” es otra reflexión sobre el aislamiento. Un hombre con poderes psíquicos tiene que vivir durante cinco años en un planeta en el que los psíquicos son condenados a la hoguera. Funciona bastante bien pero la conclusión y la justificación de la historia no acaban de convencerme.

“Ismael enamorado” un delfín enamorado de una humana. Creo que podría haber sido mucho mejor si el autor se lo hubiera tomado más en serio. Creo que Silverberg pretendía ser divertido y no le salió bien.

“Algo salvaje anda suelto”. Menciono en último lugar el primero de los relatos. Parece casi una historia de terror de los años cincuenta, con un monstruo extraterrestre suelto por la Tierra. Lo original es que el monstruo es un ser benevolente, llegado accidentalmente a nuestro planeta y todas las muertes que causa las provoca involuntariamente, al tratar de encontrar ayuda para volver a casa. Otra vez el tema del aislamiento y la soledad. Puro entretenimiento. Me gusta mucho la filosofía del cuento, pero siempre sospecharé que, a pesar del benevolente final, después de que el telón del relato cayera, el alienígena acabó en una mesa de vivisecciones.

El conjunto es bastante atractivo. No es la mejor antología del mundo, ni la mejor que haya leído. Ni siquiera es la mejor que he leído en, pongamos, los últimos diez años. Pero es una buena antología y un buen libro. 

viernes, 8 de noviembre de 2019

“Guerreros de la tormenta” de Bernard Cornwell



Después de un largo parón, he decidido reanudar la lectura de las andanzas de Uthred de Bebbanburg. Reconozco que mi interés se ha visto reavivado en parte por la adaptación televisiva, que, aunque no excepcional, es una serie bastante buena, a pesar de lo blandito y guaperas que me resulta Alexander Dreymon.
El descanso le ha sentado bien a la lectura. Todas las virtudes de la saga siguen estando aquí. Estilo sencillo y eficaz, personajes carismáticos, gran sentido del ritmo y la narración, batallas magistralmente contadas y algún que otro momento de humor descacharrante.

En esta ocasión, Uthred se enfrenta a un nuevo caudillo norteño, llegado desde Irlanda y además, hermano de su yerno. En este enfrentamiento, la habilidad estratégica y la capacidad de predecir los movimientos del enemigo serán tan vitales como los muros de escudos y el dominio de la espada.

Es una lectura amena y emocionante, que más que leer se devora. Su único problema, del que estos años de descanso me han librado, es que es una obra muy similar a todas las anteriores entregas de la saga del sajón, aunque eso sí, un par de personajes que circulan por ella desde sus comienzos encuentran su final y el desenlace parece preparar el escenario para un acontecimiento vital, que los seguidores de la saga llevamos esperando desde su comienzo.

sábado, 2 de noviembre de 2019

“Rumbo a Bizancio” de Robert Silverberg




Nueva novela corta de Robert Silverberg. En España fue publicada dentro de la breve colección “El doble de ciencia ficción”, junto con “Bailando en el aire” de Nancy Kress, autora a la que la lectura de “Una luz extraña” parece haber apagado mis ganas de conocer más a fondo.

“Rumbo a Bizancio” propone un extraño escenario: un lejano futuro en el que la humanidad, ya inmortal vive una ociosa vida de turista en vacaciones perpetuas, visitando las reconstrucciones de ciudades de la antigüedad que construyen para ella sus máquinas todopoderosas. En las reconstrucciones de estas ciudades se mezcla el mito y la realidad, pudiendo encontrarse quimeras o esfinges por las calles de Alejandría. Siempre hay cinco ciudades, ni más de menos. y cada vez que se construye una nueva, otra es demolida. En este escenario se encuentra un hombre del siglo XX, sin saber como ha llegado allí. La novela consiste en sus vagabundeos y su historia de amor con una de nuestros descendientes.

Silverberg vertebra un mundo imaginaria en torno a la excursiones organizadas. El tipo de cosas por las que trabajamos todo el año para disfrutar/sufrir durante unas pocas semanas. No se si considerar este futuro una utopía o una distopía. Parece un lugar agradable, y no estaría mal pasar en él una larga temporada, pero creo que me volvería loco si estuviera condenado a hacer turismo y nada más por toda la eternidad, por muy hermosos o fascinantes que fueran los lugares que visitara. En cualquier caso, las ciudades y monumentos que Silverberg describe en esta breve obra si que lo son. Las revelaciones sobre la naturaleza del protagonista y de su amada, sin ser excesivamente novedosas, son interesantes y coherentes con el resto del relato, que avanza suave y sutilmente, sin que el lector apenas se dé cuenta, hasta una conclusión lógica e inevitable.

Sabe a poco, es verdad, aunque siempre es mejor quedarse con ganas de más que quedar aburrido. Tal vez algunas descripciones sean demasiado prolíficas y tal vez se podría haber intentado dotar a los personajes de más trasfondo, pero, esto último, eso habría sido a costa de sacrificar su legibilidad.

Así se hace, señor Silverberg.

viernes, 25 de octubre de 2019

“Luna roja” de Kim Stanley Robinson


Si esta novela hubiese sido escrita por un autor español, habría pensado que era una obvia maniobra comercial. En los últimos tiempos, dos de los grandes éxitos en el mercado de ciencia ficción nacional han sido las novelas chinas y la saga lunar de Ian McDonald. Pues hagamos una novela de chinos en la Luna y lo petamos. Empero, viniendo del otro lado del charco y, con lo que le cuesta documentarse al autor, no creo que ese sea el caso.

Antes de empezar a hablar de la novela en cuestión, dejemos clara una cosa: “Luna roja” es una novela aburrida. Nadie debería sorprenderse, es una novela de Kim Stanley Robinson y eso es sinónimo de aburrimiento. A Kim Stanely Robinson le leo si encuentro interesantes los temas que trata en sus novelas, pero sé en lo que me estoy metiendo cuando abro un libro suyo y no tendría sentido quejarse, aunque me temo que lo voy a hacer.

Los aspectos que intento valorar habitualmente, que si el estilo, que si los personajes, el ritmo,… no tienen sentido en esta reseña. No leo a Kim Stanley Robinson por eso, sino para leer descripciones de los paisajes del sistema solar, habitáculos espaciales y reflexiones político ecológicas.

En ese sentido, “Luna roja” ha supuesto una pequeña decepción.

La novela empieza bien, para ser de quien es. Se nos cuenta un alunizaje bastante novedoso y hay unas buenas descripciones de como sería la experiencia de moverse por primera vez en la baja gravedad de la Luna. Tiene lugar un asesinato y uno de los protagonistas es inculpado. La cosa pinta amena. ¿Conseguirá Kim Stanely Robinson contar una historia entretenida por una vez en la vida? ¿Nos espera una versión de “El fugitivo” en la Luna? ¿Aplicará el esquema del falso culpable de Hitchcock a la trama? Vanas esperanzas.

A la hora de la verdad, “Luna Roja” se compone de tres tramas paralelas:

Las conversaciones entre una analista de inteligencia y una IA. Sirven para separar los otros capítulos y para hacer que la IA haga de Deux ex machine, al final.

Los vagabundeos de los dos fugitivos protagonistas. La mayor parte del tiempo se limitan a ser empaquetados de un lugar a otro, sin que quede muy claro porque y sin que puedan tomar decisiones sobre su destino.

Los paseos de un experto en Feng Shui. Tiene pinta de ser un personaje de la novela “Antártida” que no he leído, porque repite varias veces que viajó a dicho continente. También tiene su importancia al final, pero sus capítulos son gloriosamente irrelevantes. Proporcionan alguna información sobre la situación global, pero el 90% de su contenido es paja, morralla, relleno… Úsese el sinónimo que se prefiera.

O sea, que “Luna roja” consiste, fundamentalmente, en un autista y una mujer insoportable, made in Robinson, moviéndose por distintas localizaciones, sin tener claro el porqué ni un objetivo muy definido, y encima, estos vagabundeos no para de ser interrumpidos por capítulos en los que no ocurre nada.

Y dije que no me iba a quejar.

Lo peor es que, bastante pronto, la acción se traslada a la Tierra.

¡ME HAN ENGAÑADO! Yo quería una ambientación lunar asfixiantemente detallada, sólo por eso lo estoy soportando.

Afortunadamente los protagonistas acaban volviendo a la Luna, pero después de más páginas de las que me hubiera gustado. Por cierto, la chica de la historia está embarazada, a punto de salir de cuentas y todas esas aceleraciones brutales y cambios de gravedad no parecen afectar a su bebé.

Llegado este punto, uno ha comprendido que este libro, más que sobre la Luna, va sobre la China. Robinson se centra en intentar diseccionar la idiosincrasia del pueblo chino y a citar a Mao, en vez de describir colonias en otros planetas, que es lo que se le da bien. Supongo que también hay gente que lo encontrará interesante. Personalmente, siempre he encontrado esos análisis ingenuos y redduccionistas, como un turista que después de una semana en Irlanda alardea del modo en que ha calado a los irlandeses. O a los ciudadanos de cualquier otro país. No tengo claro que los países tengan personalidad propia, pero si tengo claro que, de ser así, no puedes llegar a entenderla más que viviendo veinte años en ellos y moviéndote mucho por su geografía.

Resumiendo, la carga especulativa, que es lo que las hace soportables, es mucho menor de lo que suele ser habitual en las novelas de Kim Stanley Robinson, que esta vez se ha centrado más en la política que en lo científico y tecnológico. La historia, por supuesto, carece de interés y además se termina de un modo tan abrupto que uno no puede evitar preguntarse si habrá una segunda parte.

Lo mejor: la descripción del cráter libre y alguna cosa curiosa sobre las monedas electrónicas. También hay reflexiones interesantes sobre la crisis de representatividad que parece estar afectando al mundo hoy, no dentro de cuarenta años. Lo peor: todo lo demás.

Si a Kim Stanely Robinson le da por continuar “Luna Roja”, se de uno que no se va a leer la secuela.

sábado, 19 de octubre de 2019

“Cartas de la Atlantida” de Robert Silverberg



En esta novela los historiadores y arqueólogos son capaces de trasladar sus mentes a las de habitantes del pasado. La novela está formada por las cartas que uno de estos investigadores escribe a su pareja, también viajera del tiempo, cuando toma el control del cuerpo de su huésped mientras duerme.

Dicho huésped es el príncipe heredero de la Atlántida.

Tachán. Otra vez con la Atlántida. Que harto que estoy de la Atlántida. Podría rellenar post y posts hablando de lo mucho que detesto las teorías sobre la Atlántida y los dioses estelares que crearon a la especie humana y construyeron las pirámides. Supongo que se debe a que los amigos con los que me emborracho están convencidos de su autenticidad. En fin, me disculpo por contarles mi vida.

A lo que íbamos, en plena era glacial, existe una civilización que conoce la electricidad y la máquina de vapor. Al que haya leído mis críticas sobre otras novelas de Silverberg no le sorprenderá lo más mínimo descubrir que los atlantes son extraterrestres que provienen de un lugar llamado… ¡La estrella del gitano!

Si señores Silverberg sigue en sus trece y repite muchas de las chaladuras de “La estrella del gitano”. Hay que agradecer que “Cartas de la Atlántida” es mucho más breve. Sumamente breve. Si me paso de elocuente, mi reseña será más larga. Es evidente que es otra novelette o novella de Silverberg que fue publicada en España en forma de libro.

Su brevedad es uno de sus puntos fuertes. Termina antes de aburrir y de volverse monótona. Aún así, le sobran páginas, parece un relato alargado. Otros puntos a su favor son que parte de una idea interesante y que recrea una cultura exótica y atractiva, aunque muy poco creíble, históricamente hablando. Su naturaleza epistolar y el complicado medio de enviar y recibir las cartas la vuelve muy artificiosa, como no pocas obras de Silverberg, en las que parece más interesado en la forma de contar la historia que en la propia historia. Sin ser tampoco excesivamente original, dicha forma es correcta. Es una lectura agradable, pero que no deja poso en el lector, por culpa de lo poco que se narra en ella. El argumento es casi inexistente y termina cuando parece estar empezando. Tampoco tiene demasiado mensaje, fuera de una ligera reflexión sobre la necesidad de afrontar la muerte y la inevitable extinción, que Silverberg tampoco desarrollada demasiado.

El conjunto es una lectura irrelevante, que ni aburre ni apasiona, en la que el continente es más atractivo que el contenido.
 

sábado, 12 de octubre de 2019

“Meridiano de sangre” de Cormac Mccarthy



Cormac Mccarthy es un autor popular entre el público aficionado al fantástico por su novela “La carretera” y entre el público, en general, por las adaptaciones al cine de dos de sus novelas, la ya mencionada “La carretera” y “No es país para viejos” por la que Javier Bardem vio premiada su actuación con un oscar. Está reconocido por la crítica como uno de los escritores de Estados Unidos más importantes de la actualidad. A menudo se le menciona incluso para el Nobel. “Meridiano de sangre” es su obra más famosa y se la considera la novela más importante que se ha escrito en Estados Unidos durante los últimos veinticinco años.

Con estos antecedentes, es imposible no llevarse una decepción. Hablaremos de eso más adelante.

La técnica literaria de Cormac Mccarthy es peculiar. No utiliza ningún tipo de acotaciones para los diálogos, ni guiones ni comillas, si acaso alguna coma precediendo a un “dijo”. También siente predilección por las frases largas, muy largas, plagadas de conjunciones copulativas: “y... y… y… “. Hay un momento en el que describe un ataque de los indios con una única y descomunal frase. Rasgos de estilo que no están al alcance del más común de los mortales, pero que en su caso quedan bien. No sé puede negar que Cormac Mccarthy es un ESCRITOR, con mayúsculas, con un pleno control de su oficio.

Como habrán comprendido por el comentario de los indios, “Meridiano de sangre” es un western. Sigue las peripecias de “el chaval” de quién nunca se menciona el nombre, desde que se va de su casa y emigra al oeste. El chaval no es aficionado a la introspección, sólo actúa. Esta predispuesto a la violencia y cuando obtiene algo de dinero, se lo gasta en alcohol. Después de dar tumbos durante un buen puñado de páginas, se une a un puñado de mercenarios contratados por el gobierno méxicano para matar indios.

Entre esos mercenarios, está el juez Holden, el personaje más carismático y famoso de la novela. Pálido, sin un sólo pelo en el cuerpo, con una cultura impresionante, dado a filosofar, estudioso de la naturaleza salvaje, a la que le gustaría destruir, asesino de niños y aficionado a confundir con sus filosofías a sus incultos compañeros, a los que tal vez asesina.

El juez Holden podría o no ser un personaje sobrenatural. Para ser exactos, la mayoría de los lectores de “Meridiano de sangre” dicen que podría o no ser el diablo. Todo el mundo le considera el mejor personaje de la novela, lo que es cierto. También le consideran un inmenso personaje.

Ahí ya tengo mis duda. Sinceramente, un personaje educado, bien vestido, aficionado a grandes monólogos sobre los temas más peregrinos y menos relacionados con lo que está ocurriendo, aparentemente irónico e inteligente, que de repente explota en estallidos de violencia y mala uva, no me parece tan diferente de el Joker, por citar un ejemplo que está de actualidad. A su modo, es un tópico: el villano excéntrico.

Holden aparte, la novela consiste en grupo de mercenarios vagando de un lado a otro, matando a diestro y siniestro y envileciéndose progresivamente. Mccarthy lo cuenta con un estilo seco y descarnado, la objetividad echa prosa. Se limita a transcribir sus acciones y conversaciones. Sus diálogos me parecen magníficos, igual que su capacidad para describir ambientes. Sus personajes, Holden aparte, son más flojos, a fin de cuentas ninguno de ellos es una persona demasiado profunda. Sentir algo por ellos es imposible. Son un hatajo de asesinos hijos de puta sin corazón. No tienen ningún rasgo de humanidad que les redima, ni siquiera existe compañerismo o fraternidad entre ellos. Darles el protagonismo absoluto es otra decisión valiente de Cormac Mccarthy, de la que también sale bien librado.

Con tantas cosas buenas, “Meridiano de sangre” me ha resultado muy difícil de acabar y es poco probable que vuelva a leer algo de este autor a corto plazo. Mis problemas con la novela son dos:

Uno: la absoluta falta de objetivos de la narración. Estoy bastante seguro de que esto es totalmente intencionado. Seguro que Mccarthy piensa que la vida no tiene un objetivo claro, así que la ficción no tiene porqué tenerlo y seguro que hay muchos críticos que le aplauden por ello. Pues que quieren que les diga, yo soy de la opinión de que la ficción debe de ser distinta. En “Meridiano de sangre” pasan y pasan las páginas, pero el lector nunca tiene la sensación de estar avanzando. No parece que le estén contando una historia. Es como si toda la novela fuera un prólogo a otra obra, que nunca empieza. Hasta los asesinatos a sangre fría dejan de impactar, una vez contemplado el cuarto.

El otro problema son las descripciones de paisajes. Poética, líricas, llenas de simbolismo místico, religioso o filosófico. Son magníficas y son demasiadas. He leído a alguien referirse a Cormac Mccarthy como “poeta de las llanuras”. Bueno, aquí se describen tanto llanuras, como montañas. Generalmente al amanecer y al anochecer, que es cuando los rayos del sol permiten efectos más visuales. He oído alabanzas de la verbalización del paisaje que hace Cormac Mccarthy, de sus “fotos en prosa”. Un coñazo es lo que son.

Las tres o cuatro primeras descripciones de paisajes, te fascinan. Las quince siguientes, empiezan a irritarte. A partir de allí, te divides entre la furia y el sopor y empiezas a pasar las páginas a toda pastilla. Más que una novela sobre unos cazadores de cabelleras y un juez satánico, esta es una novela sobre el paisaje de México y Estados Unidos. Estoy seguro de que, cada vez que abras al azar el libro, te encontrarás con la descripción de un paisaje.

Quizás Cormac Mccarthy piense que hay dos tipos de personas, las que viajan y las que leen libros y que las que leen libros tienen que leer sobre los paisajes que no verán en persona. Señor Mccarthy, por favor, no me haga más favores.

sábado, 5 de octubre de 2019

“Colisión de los mundos” de Robert Silverberg



Un imperio terrestre en plena expansión se encuentra con un imperio alienígena similar. Se envía una delegación diplomática con el fin de evitar una guerra y repartirse el universo.

Esta breve sinopsis recoge el argumento de “Colisión de los mundos”, extraño título al que parecen faltarle pronombres. Es evidente que se trata de una “novelette” más que de una novela, aunque llegara a publicarse como tal. No es la primera vez que reseño una obra de Silverberg de esas característica, ni será la última, toda vez que me estoy quedando sin novelas de este autor que no haya leído ya.

“Colisión de los mundos” tiene toda la pinta de tratarse de un serial publicado por Silverberg en alguna revista a los comienzos de sus carrera. Por su brevedad y porque todo los capítulos terminan con un impactante cliffhanger. Curiosamente, constituye la mayor de sus debilidades, porque más de un capítulo consiste en un largo e insulso prólogo para ese cliffhanger. Un capítulo entero paseando es mucho, sólo para terminar con el primer encuentro entre las dos facciones.

Los lectores que esperen tensas negociaciones o una trama de intriga política, se sentirán decepcionados. La misión diplomática se dirime en apenas un capítulo. La intención de Silverberg no es reflexionar sobre los conflictos territoriales de las potencias en expansión, aunque parecen evidentes las referencias al tratado de Tordesillas, sino escribir una fábula sobre la discrepancia entre las ínfulas de la especie humana, el mito del “señor de la creación” y su auténtica insignificancia en el universo. Como tal, la fábula funciona bastante bien y ofrece al lector interesantes momentos de reflexión, un tanto oscurecidos por la traducción, que, sin ser ilegible, es bastante mala y está llena expresiones y frases que suenan extrañas y, a veces, casi incomprensibles, en español.

Silverberg tiene suficiente oficio y garra para mantener la atención del lector. A pesar de carecer de gran profundidad psicológica, los personajes se alejan lo suficiente del tópico para captar su atención y evolucionan de modo interesante. Por desgracia, con ser corta, a esta novelita le sobran páginas. El último capítulo es, prácticamente irrelevante. Yo diría que “Colisión de mundos” necesita urgentemente de una revisión que le convierta en la novela corta que siempre debió ser.

lunes, 30 de septiembre de 2019

“Efímeras” de Kevin O'Donnell




Uno de los clichés de la ciencia ficción popular, esa que aparece en las series de Star Trek y similares, es el encuentro con una comunidad regida por un ordenador superpoderoso, programado para protegerla, que se ha convertido en su tirano y, habitualmente, en su Dios.

“Efímeras” se parece mucho a ese tipo de historias. Su peculiaridad es que está contada desde el punto de vista del ordenador.

Empieza cuando, en un futuro cercano, se decide lanzar una expedición colonizadora a otra estrella, con el fin de preservar la vida humana. Resulta chocante que la nave, la Mayflower, sea capaz de fabricar todo lo que se le pida, a partir de sus materias primas básicas, que tenga un control absoluto sobre la gravedad, pueda variarla de cubierta en cubierta y lanzar “ondas de gravedad”, pero que no pueda ir más rápido que la luz y que en términos de propulsión sea una nave estatocolectora corriente y moliente.

Para colmo de males, el ordenador principal aprovecha el cerebro de un fallecido, el doctor Metaclura, por ser más “flexible”. A mi humilde entender de analista orgánico, la adaptabilidad depende de la programación no del soporte y pocas cosas hay menos flexibles que un ordenador.

Tecnológicamente, la novela me ha parecido un disparate.

En fin, es el despertar de la consciencia de Metaclura lo que apaga la propulsión y convierte en siglos un viaje de unos pocos años subjetivos. Metaclura es la única constante de la novela y el protagonista absoluto. El resto pasan por la novela como hojas que caen de las ramas de un árbol en otoño, según se suceden las generaciones. Un comentario habitual que he leído en otras reseñas es que en una misma página puedes encontrarte con que el personaje al que estaba siguiendo al comienzo de la página ya ha muerto y el niño que era su hijo es un anciano. La ausencia de otros personajes relevantes, fuera de Metaclura, es el principal handicap de la novela, junto con su inicio.

Kevin O'Donnell dedica bastante tiempo a presentar a varios personajes de la primera generación del Mayflower, cosa sorprendente, porque treinta páginas, más o menos, de acabar estas presentaciones, todos ellos estarán muertos. Quizá sea para que nos quedemos con los apellidos, porque los apellidos si que se conservan. Seguir la genealogía de una familia es imposible, aunque es curioso ver como los descendientes de una persona acaban transformados en personas completamente distintos

El auténtico protagonista quizá sea la humanidad. Al menos, el diminuto fragmento de humanidad encarcelado en las profundidades del Mayflower. La especulación de O'Donnell es pesimista y tan moralista como plausible. Acostumbrados a ver cumplido en el acto cualquier necesidad o deseo y carentes de objetivos, la sociedad de la nave se vuelve completamente hedonista, preocupada sólo por comer, follar, drogarse y evadirse en experiencias de realidad virtual. Todos se quejan amargamente del corte de la propulsión, pero ninguno estudia para intentar reprogramar el ordenador. En pocas generaciones se pierde la cultura de la Tierra y todo conocimiento técnico y científico. Los pasajeros se vuelven inmaduros, violentos y fáciles de manipular por una sucesión de demagogos y dictadores.

Durante ese tiempo Metaclura lucha por superar su programación y tomar el control de todas las rutinas que controlan la nave. Sus combates metafóricos con el programa principal y los sistemas de seguridad pueden hacerse algo tediosos. Solamente cuando lo consigue, después de innumerables desastres, y se convierte en un padre severo que obliga a sus hijos a trabajar para que aprendan el valor de las cosas, empezará a cambiar la mentalidad de los pasajeros. Interesante que ese cambio sólo pueda ser impuesto por la fuerza y que O'Donnell consigue que en más de una ocasión simpaticemos con un Metaclura, transformado en una versión sardónica del Dios del antiguo testamento, hasta las narices de tener que aguantar a su “pueblo”. De hecho, O'Donnell consigue que entendamos el modo de pensar de dicho Dios.

Lo que no quiere decir que Metaclura sea un personaje excesivamente simpático. Desprecia a los pasajeros, los considera molestias, llega a utilizarlos como recursos y algunas de sus creativas soluciones provocan auténticos desastres.

A lo dicho hay que añadir algunos otros temas interesantes, como el contacto con alienígenas, de los cuales el Mayflower encontrará para dar y tomar durante su odisea.

La novela se lee con agrado y resulta apasionante, por los temas que trata y lo ambicioso de su escala temporal, pero dista mucho de ser perfecta. Su moroso y desconcertante comienzo hace que se tarde demasiado en alcanzar al meollo de la acción. Los personajes no llegan ni a bocetos con los que es imposible la menor identificación y al principio se comportan con un infantilismo y un sadismo muy poco creíbles. O'Donnell exhibe un sentido del humor bastante extraño, que aunque sirve para relajar la tensión o el tremendismo de las situaciones narradas, a menudo resulta bastante fuera de lugar. Las soluciones a algunos de los problemas son un poco tontorronas (¡Ay ese segundo encuentro con los “violadores de mentes”), ocurren tantas cosas y tan deprisa, que muchos de los incidentes quedan desaprovechados y, paradójicamente, dan la sensación opuesta, la de que no está pasando nada.

¿Es “Efímeras” una obra maestra? Rotundamente no. ¿Es una lectura imprescindible? Tampoco. Sin embargo, con todas sus imperfecciones, creo que es una novela que vale la pena leer, al menos si te apasionan las historias de naves generacionales.

sábado, 21 de septiembre de 2019

“La cosecha del centauro” de Eduardo Gallego y Guillem Sánchez.



Antes de empezar a comentar esta novela, me van a permitir que me ponga un poco nostálgico. Creo que empecé a oír hablar de la obra de Eduardo gallego y Guillem Sánchez en mis últimos años en la facultad. Estoy seguro de por aquel entonces me conectaba a Internet con un moden y que todavía no conocía las siglas ADSL. La información que obtuve de Eduardo Gallego, Guillem Sánchez y la saga Unicorp era fragmentaria y contradictoria. Trabajaban mucho, tenían sus fans dentro del mundillo y también críticos acerbos que se cebaban en su baja calidad literaria. Por aquel entonces, sus novelas se vendían por correo, lo que, en aquellos momentos, suponía que el acceso a ellas me estaba vedado. Pasaron los años. En algún momento posterior, leí “Dario” en el serial del Sitio de Ciencia Ficción. La encontré amena, pero no puedo decir que me enamorase. Aún así, mi curiosidad permaneció y, cuando apareció publicada “La cosecha del centauro”, me abalancé sobre el mostrador de la Fnac para apoderarme de él.

Luego, como suele ocurrir, me olvidé del libro por completo.

Han pasado diez años, el tiempo medio que parece que necesito para desempolvar los libros de mi pila de lecturas. En ese tiempo, la saga “Unicorp” ha llegado a Amazon, lo que, de momento, todavía la mantiene fuera de mi alcance, porque no soporto sus tácticas monopolistas, ni que sus ebooks no puedan leerse en mi baqueteado y amado eReader de Sony. Me he aficionado al sitio de Eduardo Gallego y a sus magníficos post sobre ciencia y pseudociencias y he leído la magnífica “Dar de comer al sediento”. Obra que, por cierto, pisoteó y dejó malheridas para siempre mis pretensiones literarias.

“La cosecha del centauro” es bastante menos humorística. Cuenta la búsqueda de una civilización alienígena a lo largo de los años luz. El argumento es algo típico, pero desarrollado con bastante originalidad.

Al igual que las reseñas que leí de la saga “Unicorp” durante mis años mozos, la lectura de “La cosecha del centauro” me ha producido sensaciones contradictorias. Sus puntos buenos son innegables: nunca paran de ocurrir cosas, por lo que es imposible aburrirse, rebosa de imaginación y “sense of wonder” (si no uso esa expresión en un post sobre ciencia ficción, reviento) y contiene algunas especulaciones muy interesantes, sobre todo en lo que se refiere a la biología.

Pero todas esas virtudes se ven lastradas por un descuido imperdonable en los aspectos formales. Jamás he visto batallas tan desesperadas, contadas con tanta torpeza y desgana. No sé, me da la sensación de que los autores han intentado optar por la sencillez y la transparencia como opción estilística. Si es así, aplaudo sus intenciones, pero no sus resultados. Los momentos de acción carecen de emoción y la interrelación entre los personajes, de interés, a pesar de que estos no son ni más ni menos profundos de lo habitual en el género. La historia de amor, es penosa. Sólo salvaría algunos diálogos, que resultan divertidos por la utilización de expresiones castizas.

Lo que cuenta “La cosecha del Centauro” es interesante. Como lo cuenta, no.

sábado, 14 de septiembre de 2019

“Obsesión espacial” de Robert Silverberg




En el futuro de esta novela, los viajes interestelares son habituales, pero no a mayor velocidad que la luz. La contracción temporal relativista aísla a las tripulaciones de las naves espaciales de los cambios que suceden en la sociedad de la Tierra, que acaba haciéndoseles incomprensible, por lo que se encierran en sus propias comunidades: las tripulaciones son familias que no abandonan sus naves o sus acuartelamientos, para desesperación de los miembros más jóvenes, que padecen todos los problemas de la juventud de las localidades rurales y aisladas, multiplicados por mil.

Este escenario es lo mejor de la novela. Si fuera posible alcanzar la velocidad de la luz, parecería algo inevitable. Por desgracia su desarrollo ocupa poco más que el párrafo precedente.

“Obsesión espacial” cuenta la historia de un joven tripulante, obsesionado con la obra de un misterioso científico que desapareció después de haber afirmado inventar la propulsión más rápida que la luz, cuyo hermano gemelo fue uno de esos insatisfechos que abandonó la nave y que ahora debe sacarle casi diez años, que aprovecha el regreso de un viaje para ir a buscarlo y se interna en la sociedad de la Tierra.

En la descripción de esta sociedad hay algunos elementos satíricos que me han resultado deliciosos y que es el otro aspecto interesante de la novela. Los terrestres son obligados por ley a comprar siempre que alguien les ofrece su mercancía, ala vez que el trabajo es tan escaso que el gobierno crea toda tipo de normas, estrictas y absurdas, para evitar que la gente consiga un empleo. Los juegos de azar, o algo parecido, son la principal fuente de ingresos de la población.

“Obsesión espacial” es una novela temprana de Silverberg, evidentemente anterior a su “periodo dorado” en el que comenzó a escribir obras más personales y complejas, después de haber abandonado el género durante años. Resulta simpática en su falta de pretensiones y medianamente entretenida. Al contrario que otras obras que se publicaron en España en la misma época, la traducción es bastante correcta. A pesar de ello, no deja de ser una obra destinada a un público infantil, o al menos, juvenil. Cumple casi todos los tópicos que se atribuyen a este tipo de obras. Infiernos, si el protagonista hasta tiene un amigo alienígena con aspecto de rata parlanchina que le acompaña, encaramado a su hombro… Por desgracia los tiempos han pasado y su audiencia potencial está acostumbrada a obras más complejas y menos tópicas, o, al menos, con unos tópicos distintos. Para los lectores adultos, la novela resulta demasiado plana y sencilla. Carece de interés, excepto para los nostálgicos.

domingo, 8 de septiembre de 2019

"El rey recibe" de Eduardo Mendoza



No me gustan demasiado la mitad de los libros de Eduardo Mendoza. Leí “La ciudad de los prodigios” casi de niño, una edad a todas luces inapropiada. Me pareció que tenía algunas partes magníficas, pero en general me aburrió. Ya mas mayor, leí “Una comedia ligera”. Al final me gustó y todo, pero también se me hizo pesada. Eso sí, soy un gran admirador de sus novelas de humor. Quizá por eso, mentes bien intencionadas creyeron que regalarme esta obra era una buena idea.

De todos modos, suelo leer algo diferente entre cada dos novelas de ciencia ficción (aunque no necesariamente alejado del fantástico) y todo regalo se merece un respeto, así que he hecho el esfuerzo de leer este libro.

Cuenta las vivencias de Rufo Batalla, primero como periodista y luego en la cámara de comercio, en Nueva York, a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta. Parece que es el comienzo de una trilogía. Eduardo Mendoza utiliza un estilo a veces muy complejo en lo sintáctico, pero de una gran precisión, para describir hábitos y costumbres. Los personajes expresan sus puntos de vista en monólogos harto innaturales, que son más largos y recargados cuanto más bufo y patético sea el personaje.

Diría que el objetivo principal es trazar una semblanza de la época y de cómo se vivieron sus principales acontecimientos desde el punto de vista español. Por las páginas de “El rey recibe”, desfila la vida en los países al otro lado del telón de acero, los traumas dejados por la guerra civil, la liberación sexual, el “Spain is different”, los disturbios de Stonewall, el movimiento gay, el Watergate y el asesinato de Carrero Blanco. De vez en cuando hay un momento de ironía que agiliza la lectura y en las descripciones del carácter de algunos personajes hay una gran humanidad. También hay un capítulo con una larga conferencia sobre la historia de un país imaginario que no conduce a nada y que me puso de los nervios. Creo recordar que Mendoza hizo algo parecido en un capítulo de “La ciudad de los prodigios” y que fue uno de los motivos por los que dejé de leerlo.

Uno ya no se cree a pies juntillas todo lo que lee en los libros, sin embargo, en general, Mendoza me ha convencido con sus descripciones y sus puntos de vista. La lectura de “El rey recibe” me ha servido para iluminar un poco mi comprensión de una época que, por los pelos, no llegué a vivir y en la que se fraguó el mundo en que ahora vivo.

Además, es un libro más bien corto, que me ha durado apenas una semana.

Sin embargo, no recomiendo su lectura y hubo ocasiones en que me devoraba la impaciencia por ponerme con otra cosa. No tanto porque Rufo Batalla sea un sosainas ligeramente insatisfecho que no cause en mi la menor preocupación; de narradores que son meros observadores están las estanterías llenas, sino porque en sus 366 páginas no le ocurre prácticamente nada y absolutamente nada de interés.

lunes, 2 de septiembre de 2019

Esta si que es la reseña de "Luna ascendente" de Ian McDonald



Ahora que ya me he desahogado, debería hablar de lo que me ha parecido la novela. Pues en cuanto al disfrute, me lo he pasado muy bien con ella, ha logrado engancharme de mala manera, sobre todo hacia el final, pero eso no es una opinión objetiva.

En el aspecto técnico, sin embargo, le he encontrado problemas de ritmo, demasiado moroso al principio y demasiado precipitado al final. ¿Era realmente necesario dedicar tanto espacio a la instalación de las conducciones del agua en el barrio alto? Incluso la relación entre Alexia y Denny resulta bastante irrelevante, al final.

Aparte de eso, está lo que ya reconozco como costumbre de Ian McDonald de abandonar a los personajes que habían sido importantes en anteriores entregas, para frustración del lector enganchado que quiere saber que ha sido de ellos. Sin en “Luna de lobos”, Marina Calzaghe ya importaba poco, en “Luna ascendente”, directamente estorba. Apartada del escenario de la trama principal, sus capítulos (que son pocos y se dejan leer, lo reconozco) interrumpen el desarrollo de esta y no la influyen para nada. Para bien o para mal, Lucashino, al que, de puro irritante, había llegado a coger cariño, era un personaje fundamental de la serie. En “Luna ascendente” es una pieza vital del argumento, pero por culpa de los acontecimientos de la anterior entrega de la saga, es un sujeto pasivo, que no interviene voluntariamente en nada y que siempre es visto a través de los ojos de los demás, sin capítulos que transcurran desde su propio punto de vista. Su padre, Lucas, casi el personaje principal de la serie, atrapado por sus compromisos con los terrestres, prácticamente desaparece hasta el desenlace de la novela. Incluso los personajes que si tienen capítulos propios, están algo perdidos durante la primera mitad, como es el caso de Alexia, que parecía que iba a ser súper importante en “Luna de lobos”, pero que en “Luna ascendente” lo único que hace es pasearse de un lado a otro de la luna, quizá asumiendo las funciones del personaje de Marina Calzaghe en “Luna nueva”. Y lucir modelitos.

La notable excepción a esta regla es Ariel. “Luna ascendente” es la novela de Ariel, en la que la abogada coge las riendas de su familia y del destino del satélite de la Tierra.

Todos estos defectos ocupan la primera parte de la novela. Sin llegar a los extremos de nuestro José Antonio Suárez, ya he dicho que el desenlace me parece algo precipitado, o mejor dicho, los desenlaces me parecen algo precipitados, pero ocurren tantas y tantas cosas en la parte final, que uno está demasiado entretenido como para echar en cara a McDonald sus deslices. Deslices como deshacerse de algún personaje importante sin que se vea, en un atentado catastrófico descrito rutinariamente en apenas media página.

La novela contiene fragmentos en los que las distintas familias exponen sus planes o sueños para el futuro de la Luna. Los pasajes de los Vorontsov y los McKenzie me han encantado. Quizá no sean innovadores, tal vez ni siquiera sean creíbles, pero el modo en que McDonald los expone consiguió dejarme con la boca abierta. Por supuesto eso es personal. La construcción del escenario (el worldbuilding) sigue siendo pasmosa y el principal logro de la trilogía. Ya no impacta tanto, evidentemente. Muchos de sus parajes ya fueron adecuadamente descritos en los tomos precedentes, pero McDonald supo guardarse algunas cartas en la manga.

Más que las descripciones de los paisajes lunares, o los hábitats, lo que me gusta de McDonald es la naturalidad que consigue dar a sus parajes. Puede estar describiendo simplemente unos túneles excavados en las rocas, pero añade cosas como la música que escuchan los habitantes, sus bebidas, sus subculturas, el modo en que pasan el rato, sus leyendas urbanas, ¡las estatuillas de santos que adornan las paredes! Con todos estos detalles logra dar una sensación de vitalidad que otorga a la serie su propio encanto. Encanto que juega a su favor en este tercer volumen. El lector que haya llegado hasta aquí, ya se siente a gusto en la luna de Ian McDonald, se ha convertido en un lugar que le gusta volver a visitar. Una tierra media. Un Arrakis.

 Aunque, por supuesto, siempre sería posible hacer más y más continuaciones, “Luna ascendente” es una conclusión digna, que deja la mayor parte de los cabos atados y concluye los arcos argumentales de cada uno de los personajes. El final de la historia… aparentemente.

Me hubiera gustado conocer mejor a los tres ancestros. 

domingo, 1 de septiembre de 2019

Un exabrupto acerca de "Luna Acendente"



Antes de empezar esta reseña, me gustaría desahogarme sobre un tema que siempre me ha disgustado: la facilidad con la que se sublevan las masas en la ficción. Es algo que permea la práctica totalidad de la fantasía heroica, gran parte de las space opera y la literatura de aventuras de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Como poco. Todos lo hemos visto cientos de veces. El héroe de la historia se coloca en medio de una plaza o lugar público, da un discurso emocionado y, a continuación, el pueblo empieza a gritar, empuñan sus horcas y corren a hacerse matar en su nombre.

La historia está plagada de revueltas populares y de algún modo debieron empezar, pero siempre me ha parecido inverosímil la facilidad con que las multitudes asumen los valores del protagonista. No soy historiador, pero sospecho que en la vida real la mayoría de las revueltas requirieron de agentes subversivos que fueron “calentando” el ambiente durante semanas, o bien de un incidente desafortunado que catalizó el odio y la frustración de las poblaciones.

El caso es que cuando se trata de un puñado de siervos de la gleba sin acceso a la educación, al que les han comido el coco desde su infancia para inculcarles la lealtad a un señor que no conocen, probablemente con la ayuda del cura del pueblo, bueno, me lo puedo creer, pero cuando nos movemos al futuro de la ciencia ficción, ya me descoloca más. Podría asumirlo en un feudalismo galáctico tipo Dune, que es exactamente el mismo caso, a escala aumentada, pero en un futuro de pasado mañana, como el de “Luna”, donde hasta el más bobo tiene acceso a la red, padece de exceso de información y probablemente tenga una cultura inmensa, que doble la de mis abuelos, aún asumiendo que la mayor parte de ella consista en referencias al balonmano, ¿qué puede importarle a este tipo de gente que les gobierne los Mckenzie, los Sun o los Corta?

Si, ya se lo que me van a contestar, que por mucho que avance la tecnología, la humanidad seguirá siendo la humanidad y seguiremos siendo igual de inútiles, pero si yo fuera un tragapolvos lunar que ha cambiado de patrón con cada uno de los vaivenes dinásticos de esta trilogía, en vez de responder a ninguna de las llamadas a las armas que aparecen en esta novela, lo que haría sería encerrarme en mi cabina, después de haber hecho acopio de alimentos.

Y quizás aprovechar la ocasión para buscar otro trabajo.

lunes, 26 de agosto de 2019

“El hombre estocástico” de Robert Silverberg



En esta novela, Robert Silverberg nos cuenta la historia del asesor de un político de estados unidos, que espera llegar a presidente de la nación, Lew Nichols, que entra en contacto con Carvajal, un hombre (¡de antepasados españoles!) que aparentemente es capaz de predecir con absoluta precisión el futuro. Al menos hasta el instante de su propia muerte. Lejos de resultarle de utilidad, dicha habilidad le ha aplastado como persona, pues le reveló la inevitabilidad de su propia muerte y la inutilidad de cualquier intento de decisión, puesto que el libre albedrío no existe y al final cada persona realiza las acciones que siempre ha hecho y siempre ha estado destinado a hacer.

La obsesión de Nichols, primero por acceder a los conocimientos de Carvajal y luego por adquirir sus mismas habilidades, acabará por arruinarle la vida.

Que todos los sucesos ocurren a la vez y que la linealidad del tiempo es un engaño producto de la percepción humano, es una idea bastante desesperante y, por tanto, bastante atractiva para tratarla en la ficción. La misma idea ha sido expuesta, con mayor rigor científico, en obras posteriores como “La historia de tu vida” de Ted Chiang o “Flashforward” de Robert Sawyer. Para nuestra desgracia, parece que a los científicos no les parece absurda. Los lectores de ciencia ficción más tiquismiquis, esos a los que algunos tildan de frikis porque se toman la ciencia en serio, se partirán la caja con las pseudo explicaciones que da Silverberg a las habilidades de Carvajal, eso del contacto con un universo en el que el tiempo transcurre al revés. Aunque reconozco que es una hipótesis del propio Carvajal, que él mismo no se toma muy en serio, es la única que se baraja en toda la novela.

Creo que hasta en un capítulo de “Marvel Agents of S.h.i.e.l.d.” lo explicaban de modo más plausible.

Centrándonos en cosas serias, si alguna vez se hiciera una película de una novela de Robert Silverberg, esta seria la más fácil de adaptar. Transcurre en el lejano futuro del final del siglo XX y los cambios sociológicos o tecnológicos que aparece en ella son muy fáciles de obviar y es aconsejable hacerlo, porque la historia se puede ubicar perfectamente en el presente y, la verdad, son bastante ridículos. No hacen falta casi efectos especiales, todo está centrado en los personajes y las conversaciones entre los personajes. Y la colaboración de un guionista de cine hubiera sido muy de agradecer en esta novela.

Cualquier guionista medio decente tiene la suficiente capacidad de síntesis para poner en situación a un personaje como Lew Nichols, probablemente sólo contando como se levanta y llega al trabajo, ya podríamos saber que está felizmente casado y que es asesor de un político que quiere presentarse a la casa blanca. Para ello no es necesario que nos cuente brevemente su infancia y formación, ni como conoce al político, como se integra en su campaña ni las estrategias de la misma. 

 Por cierto, que durante la mitad de la novela parece que los políticos de Estados Unidos no se involucran lo más mínimo en sus carreras y que son sus asesores quienes deciden adonde deben encaminarse. Son Nichols y sus compañeros los que deciden encumbrar a su representado hasta lo más alto de la nación, para satisfacer su propia sed de poder.

El caso es que transcurren del orden de cien páginas, antes de que la historia llegue por fin a donde quiere llegar, al momento en que, de verdad, comienza.

La historia de Nichols y Carvajal se complementa con la de la mujer de Nichols, Sundara, que se inicia en un culto religioso, también bastante ridículo, que la va apartando progresivamente de Nichols. Esta parte aporta algo de dramatismo a la historia y está adecuadamente sincronizada con la relación entre Nichols y Carvajal. Sin llegar a ser por completo irrelevante, no es demasiado

El afecto que Nichos siente hacia Sundara no se cimienta tanto en la camaradería y las experiencias compartidas, como en que ella está muy buena y folla muy bien. Silverberg lo explica con mayor finura, pero lo que subyace es lo mismo. Hacía mucho que no me quejaba de su sexismo.

También hay unos cuantos trances y momentos visionarios, de esos que tanto le gustan al autor. Uno de ellos da forma a un capítulo entero y es completamente prescindible, porque no es más que una tomadura de pelo de Silverberg hacia el lector.

¿Qué nos queda entonces? La relación entre Nichols y Carvajal, columna vertebral de la novela, que está muy bien llevada. La exposición de una tesis que probablemente desafíe las creencias personales del lector y que precisamente por ello y porque está muy bien expuesta, resulta muy impactante y un final bastante brillante, que ronda la excelencia, aunque no la alcance. No son pocas virtudes. En mi opinión justifican la lectura, aunque no la hacen imprescindible, ni de lejos, porque están empañadas por la paja y los paisajes superfluos. “El hombre estocástico” parece una novelette alargada.

sábado, 17 de agosto de 2019

“Proyecto Marte” de L.J. Salart



Ha tardado, desde que lektu empezó a agobiarme con este librito, pero por fin me lo he leído. “Proyecto Marte” se publicó originalmente en el blog del autor y causó bastante revuelo en internet con su recopilación en forma de novela.

Es la historia de como un sueño une y transforma a la humanidad. El sueño: la terraformación de Marte, la construcción de un nuevo hogar para hombres y mujeres. El libro se compone de infinidad de testimonios, en primera persona, sin repetir nunca el mismo narrador, en los que múltiples personajes relatan sus vidas o sus creencias. Empieza con el momento en que Usha Leber se convierte en la primera persona que respira de forma oficial la atmósfera de Marte y, a partir de ahí, se bifurca, alternando momentos anteriores y posteriores, hasta llegar al comienzo del proceso de terraformación y a.. bueno, mejor no digo nada.

A lo largo del libro contemplaremos, o intuiremos, a partir de las voces de los innumerables protagonistas, como la humanidad se recupera de una gran catástrofe, unificada por el sueño de Marte, el precio a pagar por mantener vivo dicho sueño, la generalización de los bioimplantes, la coexistencia con inteligencias cibernéticas... y más de un paso atrás, inevitable supongo. Tragedias personales y universales, fundamentalismos y extremismos, que parecen a punto de acabar con el proyecto y con la humanidad, viejos errores que se repiten y algún error nuevo.

Con todo, es una visión fundamentalmente optimista del futuro y de la humanidad y una vindicación de la tolerancia y la diversidad. A continuación copio las palabras de uno de los personajes:

“No quiero ser tratada nunca más como una rara. No quiero que me digan qué no puedo ser. Quiero ser quien yo quiera ser.“

Me ha gustado mucho la estructura de la novela, con esa bifurcación simultánea hacia el pasado y el futuro. También me ha gustado mucho ese final tan cíclico (si quieren saber a que me refiero tendrán que comprar el libro) que cierra la historia de un modo redondo. Y, por supuesto, me gusta mucho el mensaje, o los valores que desprenden la mayor parte de los relatos. Sin embargo, no comparto el entusiasmo que ha despertado en otros. Le pongo dos pegas:

Una, cuesta mucho distinguir a un narrador de otro. Con pequeñas variaciones, todos hablan prácticamente igual. Dotar a cada personaje de una voz propia y característica es algo a lo que debería aspirar todo autor, aunque, desgraciadamente, está fuera del alcance de la inmensa mayoría. Ese defecto generalizado es demasiado evidente en “Proyecto Marte” en el que se supone que cada capítulo ha sido escrito por una persona diferente.

Y dos, ninguno de los relatos que componen el libro es demasiado memorable. No hay ninguno muy malo, es verdad, pero tampoco ninguno que te haga dar vueltas a la cabeza, ni llorar a moco tendido. Se leen con agrado, con una cierta tristeza a menudo, pero se olvidan fácilmente. Diría que es una obra en la que la cantidad prima sobre la calidad.

domingo, 11 de agosto de 2019

“Buscando a Jake y otros relatos” de China Mieville




Toca reseña de antología de relatos. ¡Ay Dios! ¿Porqué me meto en estos follones?

Vale, está muy bien este libro. Adiós.

¿Qué quieren algo más? Vale, de nuevo. China Mieville demuestra que es tan bueno en la distancias cortas que en las largas. De hecho, es mucho mejor en las distancias cortas que en las distancias muuuyyyy laaaaaaargas. Eso ha sido una referencia poco sutil a “La estación de la calle Perdido”. Adiós.

No pienso ponerme a comentar relato a relato.







Vale, diré algo más, pero esto es la última vez.

El contenido es bastante variado.

Incluye una reedición de “El azogue” que ya leí en su día y que me he saltado.

Un pequeño regreso al mundo de Nueva Crobuzón en “Jack”.

Un cómic que no me ha resultado demasiado interesante “Rumbo al frente”. Cómo si no hubiera tenido bastante con los guiones de China Mieville en “Dial H for heroe”

“Noche de paz”, una sátira descacharrante y muy divertida. Algo de eso hay también en “Acaba con el hambre”.

Unos cuantos cuentos que oscilan entre lo inquietante y lo escalofriantes, dignos de episodios de “Twilight zone”: “El parque de bolas”, “Detalles” y “Cielos diferentes”. Tal vez el propio “Buscando a Jake” entraría en esta categoría, aunque es más expositivo y quizá también “Mensajero”, aunque a este lo he encontrado mas Kafkiano. Todos ellos son excelentes.

Excelentes son también “Informes sobre diversos sucesos acaecidos en Londres” y “Entrada extraída de una enciclopedia médica”, aunque estos dos son relatos muy especiales, puesto que no tienen casi argumento. Consisten básicamente en la exposición de una idea. ¿Qué porque los considero excelentes entonces? ¡Porque que pedazo de ideas que son! ¡Que ocurrencias más imaginativas, insólitas, brillantes y cautivadoras! Me quedo sin adjetivos. Y luego dicen que la ciencia ficción es el género de las ideas.

Por último, “Cimiento” y “Familiar” me han parecido los más flojos, aunque el punto de partida de los dos es interesante.

La principal pega que se le puede poner, es que los finales impactantes no son la especialidad del autor. Varios relatos, no sólo “Informes sobre diversos sucesos acaecidos en Londres” y “Entrada extraída de una enciclopedia médica”, sino también “Familiar” no parecen tener un final claro y en otros los finales no están a la altura. Ello no me ha impedido disfrutarlos. Es más, creo que he disfrutado esta antología incluso más que alguna de sus novelas.

Todas las virtudes del China Mieville novelista están aquí: su desconfianza del mundo capitalista, la mezcla de admiración y aversión que siente hacia las grandes ciudades, la simpatía hacía los revolucionarios, pero sin justificar jamás la violencia, pero sobre todo su increíble imaginación. Pero si en muchas de sus novelas parece que se limita a acumular idea improbable sobre idea más improbable todavía, sin otro objetivo aparente que erigir una pila lo más alta posible, la longitud de los relatos le permite hacer desarrollos más adecuados, en los que dedica a cada idea el tiempo necesario y suficiente.

Un volumen imprescindible para los admiradores de China Mieville. Sobre todo, para los que no hayan leído “El azogue”.

domingo, 4 de agosto de 2019

“Arena” de Víctor Conde









Segunda y última novela que Víctor Conde dedicó al personaje de Piscis de Zhintra, a pesar de que concluye con un fragmento de una hipotética continuación que nunca llegó a concretarse.

En esta ocasión, el infortunado rescate que realiza la heroína en una nave espacial recién atacada, la involucrará en las intrigas entre clanes de familias aristocráticas que compiten por los favores de las grandes empresas en unos bestiales juegos de gladiadores a gran escala, cuya estética recuerda un poco a las películas de Mad Max.

Víctor Conde prescinde casi por completo del sentido del humor que, en mi opinión, tan mal funcionaba en la novela anterior y, en general, se muestra algo más contenido que en ella, aunque se permite extravagancias como un planeta cúbico con una geología de lo más peculiar. “Arena” es más coherente y tiene más sentido que su predecesora, pero algunas de las tecnologías “mágicas” que resultan vitales para la trama requerirían de una mejor presentación. No se trata de que tenga que explicarlas con cuidado, esto no es ciencia ficción hard ni lo pretende, sino que de que no queda nada claro que se supone que son, aparte de un deux ex machine como la copa de un pino. También digo esto EN MI OPINIÓN. Por otro lado, los fragmentos oníricos, que transcurren en una especie de mundo paralelo tampoco me parece que funcionen bien. Su relación con lo que está ocurriendo tarda demasiado en hacerse evidente y no aportan mucho… hasta el epílogo, que es escalofriante.
Por lo demás, el desarrollo del relato sigue un crescendo más que correcto: engancha y va enganchando progresivamente más, hasta culminar en un desenlace espectacular y emocionante.

Creo ver en esta novelita el germen de futuras creaciones del autor (¿universos oníricos? ¿un demente al que una tecnología extraña convierte en un una máquina de matar imparable y feroz?)

Las reacciones de Piscis me resultan desconcertantes. A veces se comporta como una veterana que lleva a sus espaldas cientos de aventuras espaciales y otras como si fuera una niña de doce años. Pienso que esto puede ser algo intencionado, porque la contraportada nos indica que, en realidad ¡Piscis es una niña de doce años! Lo que vuelve todavía más horrible su ya de por si horrible pasado y todavía más terribles los ultrajes que sufre a lo largo de la obra.

La novela cumple con su objetivo principal, entretener y, aunque parece tratarse de un producto alimenticio, el autor logra imbuirle su personal toque característico. Debido a ello, gustará a los admiradores de Víctor Conde, mientras que sus detractores no la soportarán, aunque la aborrecerán menos que a “Piscis de Zhintra”.

martes, 30 de julio de 2019

“La quema de Cíbola” de James S.A. Corey


Nuevo ejemplar de la saga “The expanse”, universo realmente expandido desde el volumen anterior. AVISO: este post estará plagado de spoilers de las anteriores entregas de la saga y puede que de alguno de esta.

El punto de partida de “La quema de Cíbola” es realmente atractivo. Una empresa adquiere los derechos de exploración-explotación de uno de los innumerables planetas que quedaron accesibles a la humanidad después de “La puerta de Abadón”. Cuando su primera expedición científica llega allí, se encuentra con que ya existe un asentamiento ilegal, formado por refugiados de las guerras y catástrofes que han asolado el sistema solar en las anteriores entregas de la saga. No tardan en producirse conflictos entre las dos comunidades y muertes. James Holden y la tripulación de la Rocinante son enviados como mediadores.

De modo que tenemos a los protagonistas sentados en medio de un auténtico polvorín, entre dos bandos deseosos de usar la violencia, en un planeta que no acaban de entender, cuya biología puede guardarles alguna sorpresa desagradable y que tal vez no esté tan abandonado como parece.
Como ya digo, una situación muy interesante, que dará pie a conflictos éticos, reflexiones sobre la habitabilidad y la investigación de entornos alienígenas y la mezcla de biologías y un poquito de física y mecánica orbital para principiantes (muy poquito, todo hay que decirlo) . De este modo, los talibanes del género, entre los que me incluyo, encontrarán suficiente sustento como para no considerarla una lectura inútil, mientras que el resto del público disfrutarán con la acción, el peligro y el suspense. A estas alturas de la saga, ya es evidente que el objetivo de los autores es que sus lectores pasen un rato emocionante, más que entregarse a sesudas especulaciones, aunque no las eviten. Ese objetivo principal lo cumplen estupendamente en “La quema de Cíbola”. Incluso diría que lo hacen mucho mejor que en entregas anteriores.

El sentido del ritmo es apabullante, los desastres se suceden uno detrás de otro y una situación ya bastante comprometida desde el comienzo se va tornando cada vez más desesperada. Por el contrario, el desarrollo de los personajes me ha decepcionado un poco. No espero gran profundidad psicológica en estas novelas, la tripulación de la Rocinante, Amos incluido, es un puñado de chicos buenos que siempre hacen lo correcto, pase lo que pase. Los intentos anteriores de dar más profundidad a Holden rondaban lo patético. Pero, aunque tópicos, los personajes secundarios creados, en principio, para una sola novela, solían ser bastante más interesantes. En ésta, el malo que es malo porque es malo y llega a oponerse a los intentos de salvar a todos los personajes, él incluido, por motivos tan inconsistentes que no hay quien se lo crea. Y de la groupie de Holden no hablemos.

También podría quejarme de que los autores evitan desarrollar ideas muy interesantes que ellos mismos han planteado, que algunas soluciones se ven venir, que el final es un deux ex machine, que no se avanza en el misterio de la desaparición de los creadores de la proto-molécula y de lo superfluo del prólogo y el epílogo, protagonizados por un personaje que no aporta nada a la historia, en lo que supongo que se trata de un anuncio del próximo volumen.

Sería en vano y no empañaría el hecho de que “La quema de Cíbola” es lo que sus autores pretendían que fuera, una historia de ciencia ficción de aventuras, en la que la aventura prima sobre la ciencia ficción pero no la eclipsa, destinada a lectores adultos que buscan una diversión inteligente, pero no demasiado trascendente.