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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

“La radio de Darwin” de Greg Bear






Esta novela parte de 3 tramas que no tardan en confluir. Por un lado tenemos a Mitch Rafelson, un antropólogo caído en desgracia ante la opinión pública que encuentra en los Alpes los cadáveres de una familia neandertal, la bióloga Kaye Lang que es requerida por las naciones unidas para inspeccionar una fosa común recién descubierta en Georgia y Cristopher Dicken, un epidemiólogo que investiga una nueva enfermedad, conocida como “gripe de Herodes” que provoca una serie de abortos. Como es de esperar las tres tramas acaban confluyendo en lo que en un primer momento parece una de esas típicas historias de epidemias catastróficas.

Hace ya mucho tiempo encontré un artículo de Eduardo Gallego en el que discutía los aspectos científicos de la novela. En su momento no me enteré de mucho, porque me faltaba el contexto. Tenía la intención de releerlo para hacer esta reseña, pero no he podido hacerlo, aunque los enlaces se pueden encontrar, ya no conducen a ningún sitio. En su lugar, encontré uno de Sergio Mars, que se centra menos en los detalles concretos y ofrece una valoración claramente negativa.

Aviso de spoilers: la novela trata el tema de la evolución. Últimamente, me he vuelto muy susceptible con el tema de la evolución. Por decirlo suavemente, creo que ya va siendo hora de dejarse de chorradas y aceptar la cruda realidad y la ciencia ficción tiene buena parte de culpa de que a tantos les cueste aceptarla. Vamos, es que cada vez que se trata el tema, se ofrecen las ideas más peregrinas e improbables y en vez de quejarnos, alabamos la imaginación del autor.

La tesis de la novela es algo así como que, mediante retro virus, se almacenan en el ADN las mutaciones que darán lugar al nacimiento de una nueva especie en una sola generación. Aunque se mencionan mucho las redes neuronales y se habla continuamente de redes, en ningún momento queda claro quién decide y como se deciden cuales son esas mutaciones y porque hay que aplicarlas justamente en ese momento. Bear parece ser consciente de ello, y los personajes no paran de repetir estas preguntas, a las que Kaye Lang nunca responde satisfactoriamente. Tal vez no sea casual que el momento en que más se discute esta tesis sea en una especie de brain storming regada con abundantes dosis de alcohol.

En fin, aparte de este cabreo, yo no soy ningún experto en el tema. Realmente no hay nada de malo en que se debata sobre la evolución. Deberíamos poder debatir sobre cualquier tema y se dice que la propia teoría de la evolución tiene algunos puntos flacos que todavía no se han solventado satisfactoriamente y que enunció el propio Darwin. Eso dicen, al menos, los que se oponen a ella sin ningún motivo racional, aunque no son capaces de especificar cuales son.

Dejemos de lado este debate y centrémonos en la novela. ¿Qué tal está? ¿Entretiene? Pues mitad y mitad. Sigue los códigos y convenciones de los betsellers, inicialmente con cierto talento. Kaye Lang es un personaje interesante, sobre todo por su relación con un marido maníaco depresivo, si no confundo los diagnósticos psicológicos. Mitch Rafelson es carne de betseller, un conjunto de tópicos y lugares comunes, pero bien llevados y Dicken no tiene demasiado interés. Inicialmente, mientras te presenta a los personajes y narra como se organiza la lucha contra la pandemia, engancha completamente. Durante esta parte, además, aprovecha para asestar algunos puñetazos, muy bien dirigidos, contra la industria farmacéutica, la comercialización de la ciencia y la burocracia.

Pero estas virtudes no tardan en echarse a perder. En primer lugar, la trama se transforma, moviéndose del tópico de la investigación forense al tópico del profeta a su pesar, único depositario de la verdad, que tiene que convencer al mundo descreído de su revelación y enfrentarse a los poderes fácticos y a las creencias dogmáticas. No deja de ser otro lugar común, pero es menos entretenido. Aún así, no molesta tanto como podría, porque pronto entra en escena el verdadero gran problema de la novela: la historia de amor.

Aunque hay algo de amor a primera vista, esta no empieza mal, diría que incluso es ligeramente creíble, hasta que los protagonistas echan el primer polvo. Entonces se va directamente al garete y con ella todo el interés de la novela. De pronto, los diálogos se convierten en un intercambio de cursiladas inaguantable, que avergonzaría a las lectoras de novelas rosas. En ese momento, los actos de los personajes abandonan cualquier pretensión de credibilidad. Sinceramente, ni siquiera un prototipo de psicópata urbano como yo es capaz de creerse que alguien se comporte así. Se quejaba Sergio Mars de que Bear es incapaz de comprender como piensan los científicos, pero es que, a tenor de lo leído, es incapaz de comprender como piensa una persona normal.

En medio de una situación tan terrible como la que se nos está describiendo, no es creíble que dos personas que apenas se conocen desde hace un par de meses, sabiendo que conllevará el ostracismo social, la inevitabilidad de un aborto previo y que, hasta ese momento, ningún otro embarazo de infectados ha llegado a buen término, decidan tener un hijo voluntariamente, de un modo tan alegre e irresponsable, sin más que medio minuto de dudas. Él, porque ella no tiene ninguna y lo propone con una frialdad tan despiadada que me habría echo salir corriendo y telefonear a un psiquiátrico.

Ese es el momento en que Bear me pierde totalmente. Por motivos obvios, necesitaba que sus personajes tuvieran un hijo, así que los fuerza a emparejarse y procrear. Lo hacen porque la trama lo exige, no porque sea la consecuencia natural de lo que nos ha mostrado de sus personalidades, porque no lo es, justamente es lo contrario. Para mayor mal, este giro de la trama que tiene indiscutibles posibilidades dramáticas, es totalmente desperdiciado. Cualquiera que haya vivido las angustias de ser padre primerizo de un bebe sano y normal, se sorprenderá de lo poco interesante que es leer el desarrollo de la gestación de un niño de una nueva especie. Solo en la descripción del parto en sí, hay algo de emotividad y algún asomo de la autenticidad de la que carece completamente la novela.

El remate es cuanto te das cuenta de que todavía te quedan cien páginas de libro y no sabes en que las va a emplear el autor. La puntilla es que no las emplea en absolutamente nada. Hay un momento en que el, digamos, villano de la historia, se entera de que los protagonistas han sido padres y parece que va a poner en marcha un pérfido plan. Te dices ¿cómo es posible que lo vaya a hacer ahora? ¡Si solo quedan 30 páginas! No te preocupes, no lo hace. ¿Lo hará en la continuación? No puedo asegurarlo, el salto temporal al epílogo parece indicar lo contrario. Bear incluso desaprovecha oportunidades dramáticas evidentes, como hacer un paralelismo entre la pareja de neandertales y la de protagonistas, al no hacer coincidir el clímax de los sueños de Mitch (que por lo demás no pintan nada en la historia) con la persecución a la que los somete el gobierno, pero lo peor es que lo hace para sustituir estas interesantes posibilidades por … nada en absoluto.

En fin, podría seguir desgañitándome por otros disparates de la trama antifaces y cromatóforos incluidos, pero no tiene sentido. Es evidente que es una novela demasiado larga y está dando lugar a una reseña ya demasiado larga. Bear es un escritor interesante y pensaba leerme “Los niños de Darwin” relativamente pronto, para no olvidarme de lo leído, pero visto lo visto, tal vez deba replanteármelo.











viernes, 18 de diciembre de 2015

“Uthred el pagano” de Bernard Cornwell




Séptima entrega de las andanzas de Uthred de Bebbanburg. Séptima, se dice pronto. Los años no pasan en balde, Uthred ya tiene 52 y, entre este libro y el anterior, tres personajes secundarios de toda la vida han pasado a mejor vida por causas naturales. A pesar de ello y de una cierta cojera, no podemos decir que Uthred se haya vuelto más sabio.

La novela sigue un esquema muy similar a la de otras de la saga. Fundamentalmente por culpa de su mala cabeza y los curas, Uthred sufre una terrible humillación, pierde casi todas sus posesiones y se convierte en un fugitivo, pero no se amilana y no tarda en reunir un pequeño ejército alrededor suyo, que, cuando llegue la hora de la verdad y la enésima invasión danesa, se convertirá en la última esperanza de los sajones.

Como ya digo, poca originalidad hay en ella. El lector veterano encontrará lo mismo que ha ido encontrando en las anteriores entregas de la saga, que no es poco. Sigue siendo un libro terriblemente entretenido y atesora las mismas virtudes y defectos que ellas. Por el camino se ha perdido algo de frescura y vitalismo, lo que es comprensible, cuando el protagonista, para los criterios de la época es ya un anciano.

Eso si, el clímax final, casi cien páginas, aunque con letra y espaciado muy grande, es una de las batallas más desesperadas que haya vivido su veterano protagonista.

A Uthred el pagano deberían empezar a llamarle, Uthred el inmortal.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Aviso de Spoilers

Aunque no lo he encontrado escrito y reconocido oficialmente por ningún sitio, el recién salido comic "The witcher: Hijas del zorro" es una adaptación de parte de la novela de Andrzej Sapkowski, "Estación de tormentas", del mismo protagonista. Así que los que no la hayáis leído todavía, quedáis avisados.

jueves, 3 de diciembre de 2015

“Aceptación” de Jeff Vandermeer


Finalmente he terminado esta serie. El tercer volumen de esta saga está compuesto por cuatro líneas argumentales, que transcurren en paralelo. Una consiste, básicamente, en la vida de la psicóloga, rememorada escrupulosamente en el momento de su muerte por ella misma o por el área X. La segunda sería la narración, desde el punto de vista de Saúl, el farero, de los días previos a la creación del área X. Las otras dos, narran las andanzas por dicho lugar de Control y Pájaro fantasma, el duplicado de la bióloga. En el fondo, estas dos últimas son la misma, puesto que van a todas partes juntos, pero como tienen capítulos individuales, con el nombre de cada personaje al comienzo, las he contado como dos.

 Las aventuras de Control y Pájaro Fantasma son una sucesión de sustos varios y encuentros con monstruos, que aportan los mejores cliffhangers al libro. La historia de Saúl es una típica historia de terror, sobre una persona infectado por una fuerza sobrenatural que se va apoderando poco a poco de él. Salvo por el relato de su expedición personal y secreta al área X, la trama de la antigua directora de Southern Reach es puramente informativa y no tiene entidad por si misma. Su objetivo es revelarnos lo que se escondía detrás de muchos detalles desconcertantes del segundo libro, pero apenas tiene progresión dramática.

Si esta trilogía ha llegado a generar frikis propios, esta será la trama que más les apasionará. Gracias a ella, podrán enterarse de secretos tan trascendentales como en que circunstancias se tomó la foto del farero, en qué momento y situación la directora copia el mensaje de la torre en el falso armario de su despacho, cuando empezó a tomar notas en cualquier parte y cuando dejó de hacerlo. En fin, ya se ve, cuestiones que en el fondo a nadie le importan un pimiento, pero que son más fáciles de iluminar que los auténticos misterios del área X que se formularon en “Aniquilación”. También en esto me ha recordado a muchas series de televisión, que cuando no saben como hacer avanzar el argumento, la emprenden con detallados flashbacks del pasado de los personajes.

Con tanta subtrama, el libro no escapa al síndrome de George R.R. Martín, es decir, algunos capítulos son puro relleno que están ahí metidos porque tocaba el capítulo del personaje tal, aunque todavía no vaya a ocurrirle nada, pero dicho síndrome se encuentra bajo mínimos. Hay que reconocer que “Aceptación” es endiabladamente entretenido y que Vandermeer demuestra un dominio de la narración más que notable. Su estilo sigue sin gustarme, le gustan las cosas poco claras. Prefiere sugerir en vez de explicar. Sugiere tanto que la mayor parte del tiempo no se sabe lo que sugiere. En vez de decirte lo que siente un personaje, carga el texto de metáforas que deberían transmitir al lector la sensaciones del personaje. Es un autor de esa generación que piensa que cuanto menos se entienda lo que dice, mas artístico será, así que se explaya en frases complicadas y metáforas raras. Abundan las oraciones grandilocuentes que parecen decir algo muy profundo, cuando en el fondo no dicen nada, que tan queridas le eran a Alfred E. Van Vogt y a Frank Herbert.

Dicho esto, resulta paradójico que el estilo sea el mayor atractivo del libro. Como ya creo haber dicho alguna vez, hay muchas maneras de escribir bien y que no me guste como lo hace Vandermeer no quita que lo haga muy bien. En una panorama tan adocenado como el de la ciencia ficción anglosajona, en el que, al menos lo poco que nos llega parece haber sido devorado por el cánon betsellero, de tal forma que todos los libros podrían haber sido escritos por el mismo autor, resulta refrescante encontrar a uno contracorriente, con una voz propia expresada en un estilo muy personal. Aunque ese estilo no me guste mucho.

Claro que en realidad, tal vez esto no sea exactamente ciencia ficción, pero no tengo ganas de ponerme a discutir sobre ello. Y en realidad, de ciencia ficción anglosajona para adultos, no nos llega absolutamente nada.

 Los grandes perjudicados son los personajes. Tras el inmenso trabajo de caracterización que supuso el segundo libro, Control en este no pinta absolutamente nada, es una figura indefensa arrastrada de un lado a otro, que por algún motivo se aferra a las hojas de la tésis del terroir de Whitby. Los otros son similares o peores. Todos quedan bastante desdibujados y esquematizados. Ni siquiera quedan claras las motivaciones de la psicóloga, a pesar de que,en buena medida, el libro consiste en contarnos su vida.

El final es tan brusco que te hace volver a una librería, para comprobar si a tu ejemplar le faltaban páginas. Los finales abiertos son un clásico pero las tramas de Control y Pájaro fantasma terminan sin que haya sensación de culminación o conclusión. Si al autor le diera la gana, podría seguir sacando continuaciones eternamente, aunque, afortunadamente, no parezca ser el caso. Las de Saúl y la psicóloga si terminan, pero claro, ya sabíamos como iban a terminar desde que empieza el libro.
Al contrario de lo que expuse en la crítica de “Aniquiliación” si se esclarecen algunos enigmas sobre el área X, poca cosa en el fondo, Vandermeer usa de comodín el tema de que los alienígenas son incomprensibles para justificar la falta de sentido de su, por otra parte, emocionante libro. Lamento sin embargo que dichas explicaciones lleguen por intervención divina, se cuelen en las cabezas de los protagonistas, aparentemente solas o por la intervención del área X, pero no porque ellos las descubran por sí mismos. Algunas de dichas explicaciones están muy cogidas por los pelos, o son directamente absurdas, como todo el tema de la lámpara del faro. Con todo, además de entretenido, el libro contiene algunos momentos excelentes, fragmentos con auténtico sense of wonder y terror a partes iguales. Posee un innegable atractivo, que pese a todo, no me llega a convencer del todo.

Hace mucho tiempo que es una acusación común que muchos escritores de ciencia ficción se escudan bajo la etiqueta de “literatura de ideas”, para encubrir su pobreza literaria. No entraré a valorar este argumento, perfectamente válido, pero tener ideas es algo más que inventarse unos extraterrestres extraños o un mundo con unas leyes desconcertantes. Tener ideas puede ser, simplemente, imaginar como son unos personajes y como reaccionan ante unas circunstancias que también has imaginado. Tener una historia que contar. No sé si esta trilogía es ciencia ficción, pero eso es algo que no he hallado en ella. Esta trilogía me ha demostrado que la riqueza literaria no puede justificar ni encubrir la pobreza de ideas.

jueves, 26 de noviembre de 2015

"Muere el cesar" de Talbot Mundy


 
Hubo un momento en que parecía que no podía dejar de oír hablar de Talbot Mundy. Parecía que había sido fuente de inspiración para Robert E. Howard y Leigh Brackett, e incluso Robert A. Henlein hablaba bien de él. Y por supuesto, en las páginas dedicadas a él en Internet le ponían por las nubes. Por eso, cuando empezaron a publicarse obras suyas, me lancé sobre ellas. Adquirí el primer ejemplar del serial de “Tros de Samotracia” (era barato) y “El león de Petra”. Mi decepción no pudo ser mayor.
 
Ambas se caracterizaban por un exceso de protagonismo del protagonista. Tenían a un personaje principal, supuestamente carismático, que se paseaba de un lado a otro, exhibiendo, también supuestamente su inteligencia. Admiro mas la inteligencia que la fuerza física, pero aquellos héroes me hacían añorar los personajes de Howard. Mantenían el buen humor ante la adversidad, así como una actitud de superioridad moral en ocasiones bastante hipócrita, y parecían carecer del menor objetivo. Y la historia con ellos. Tros hacia algo al final, pero James Grim se comportaba sin la más mínima lógica. Desafío a cualquiera a que me explique que demonios era lo que pretendía en “El león de Petra”, como esperaba conseguirlo, que consiguió finalmente y como lo consiguió. Una trama confusa y carente de objetivos, que no parecía ir a ninguna y que de repente se acababa, igual que podía haberlo hecho un rato antes. Con ese recuerdo tuve que pasar de adquirir “Jimgrim y el diablo de Lud” recientemente publicado por “Los libros de Barsoon”.
 
Parece masoquismo que le diera una tercera oportunidad, pero me atrajo la sinopsis. La historia de una conjura para acabar con el emperador Cómodo, popularizado por películas como “Gladiador” y “La caída del imperio romano” en la que “la traición va a sacar lo peor” de todos los implicados.
 
Esta novela está escrita como si se tratara de una obra de teatro. Este comentario no es original, me lo ha inspirado a la reseña de uno de los libros de Tros de Samotracia, que leí para documentarme, pero al leerla me di cuenta de que también se aplicaba perfectamente a esta novela. Consiste en una sucesión de escenas, o más bien de conversaciones, en las que los protagonistas entran y salen de escena. Eso le da bastante ritmo, aunque tiene como consecuencia una falta completa de acción. No hay una mísera pelea. Los asesinatos, cuando ocurren, lo hacen fuera de foco, de modo que el espectador no los contempla directamente. El, digamos, protagonista principal, un noble romano que pierde a su padre y sus posesiones en una de las purgas del emperador, se convierte en un bandido legendario, sin que sepamos como, puesto que una elipsis abarca desde el momento en que decide hacerlo hasta que nos lo encontramos de incógnito en Roma y ya mitificado.
 
O sea, que como novela de aventuras, tiene una grave carencia de percances, peligros y combates. Es decir, de aventuras. Por el contrario, la recreación de los ambientes en que se desenvuelven sus personajes, la mayor parte históricos, es vívida y colorida, aunque ignoro si se corresponde con la realidad y los diálogos que componen el setenta por ciento del libro me han parecido muy bien escritos. En resumen, es una lectura amena e interesante, aunque en ningún caso imprescindible. A pesar de sus virtudes, no deja una huella profunda, pero tal vez me haya convencido para darle otra oportunidad a su autor.


sábado, 21 de noviembre de 2015

China Mieville en "Babelia"


 
Esta mañana, en el suplemento literario de los sábados del diario "El pais" ha aparecido una lista de "16 autores británicos que devorar". Para mi sorpresa, he descubierto que China Mieville se encontraba en esa lista. Repasemos con perplejidad lo que se dice en su entrada.
 
"La ciencia-ficción, género denigrado en sus primeras décadas, cobró rápidamente una merecida aristocracia literaria. Hoy su prestigio es indiscutible y China Mieville es uno de sus representantes más destacados. "
 
Como comienzo no está mal. Me ha dado una alegría descubrir que hoy en día, el prestigio de la ciencia ficción es algo indiscutible. Es la primera noticia que tengo. Hace algunos años, una encuesta desveló que era el género literario peor valorado por los lectores, solo superado por las novelas románticas, con las que ahora anda mezclándose. También es cierto que dicha valoración suele deberse a lectores que jamás han leído una novela de ciencia ficción, porque no les gusta. Justo lo mismo que me ocurre a mi con las novelas románticas. De todos modos, lo de incluir a Mieville también es peculiar, el tipo que el término "Weird fiction" porque no estaba satisfecho con "Science fiction" para definir su trabajo.
 
Continuemos.
 
"Dentro de ese campo, la obra de Miéville abarca varios géneros: el horror, la distopía, los universos paralelos, los vampiros y zombis. Ficciones que Miéville opone a la de Tolkien, autor que juzga reaccionario. "
 
¡Ah, coño! Es que la ciencia ficción no es un género, es un campo. Eso lo explica todo. Aunque la aparición de vampiros y zombis sigue dejándome perplejo. El género fantástico es más grande que la ciencia ficción, más grande que el terror e incluso mas grande que los culebrones medievales con algún toque de magia. Incluso se puede decir que, en el fondo, toda la ficción es fantasía. Pero el caso es que, aunque a muchos autores les gusta mezclarlos, son géneros diferentes. Admito lo de zombies, puesto que ahora se llaman infectados y no se les cae la carne a cachos y lo de vampiros, si por ejemplo hablamos de depredadores alienígenas chupa sangres, pero no los he visto por la obra de Mieville, aunque si a esos que se queman con la luz del sol y los matan con estacas en el pecho, que creo son los que tenía en mente el autor del artículo. Y por supuesto, nunca he oído que Tolkien fuera un escritor de ciencia ficción.
 
Esto de hacer distinciones a mucha gente les parece ridículo, como los nacionalismos, separa en lugar de unir a los fans, pero no lo es tanto como parece. Por ejemplo, la ciencia ficción es mi género favorito, pero el terror no suele interesarme y los aficionados a la fantasía épica se sublevarían de ver sus libros etiquetados como ciencia ficción. Si no se lo creen, miren el revuelo que se armó en la blog esfera cuando en "El sueño de los dioses" de Javier Negrete, quedó definitivamente claro que no había magia y que los dioses no eran tales.
 
"Sus novelas más notables son El Rey Rata, El azogue, Kraken y, sobre todo, Embassytown y La ciudad y la ciudad, donde teorías lingüísticas influyen o determinan la organización de una sociedad futura."
 
Una selección curiosa de las mejores novelas de China Mieville. Creo poder decir sin temor a equivocarme, ni a levantar ningún tipo de polémica que "El rey rata" es indiscutidamente la peor de las novelas de China Mieville, una obra primeriza y torpe, que sin embargo se las apañó para publicar. "El azogue" es mas bien un relato largo o novelette y estoy seguro de que tiene muchos de calidad similar. Con una excepción, "Kraken" no recibió críticas demasiado buenas en Internet cuando se publicó en España. Aunque me lo pasé muy bien con ella, la mía no fue la excepción. Completamente de acuerdo en lo que dice de "Embassytown" y "La ciudad y la ciudad" aunque lo que dice las teorías lingüísticas, de ser cierto, solo se aplica a "Ciudad embajada" que es el título con el que se publicó en España.
 
En fin me alegra que se haga referencia a un escritor que sigo y admiro en un medio "mainstream". Espero que esto sea una seña de reconocimiento a su obra y que sirva para nuevas páginas surgidas de sus dedos sigan llegando puntualmente a mi país. Personalmente yo sueño con una publicación de su obra breve, aunque no hay que olvidar que gran parte de su obra está descatalogada actualmente y resulta difícil de encontrar, pero el caso es que sigo teniendo la impresión de que, los que escriben en estos medio generalistas lo hacen de oído, basándose en referencias sacadas de Internet. O dicho en otras palabras, que no tienen ni puta idea de lo que dicen

“Los cuentos de Rocavarancolia 2” de José Antonio Cotrina




Ya hacía tiempo que José Antonio Cotrina no liberaba alguno de sus relatos por Internet. Fiel a su cita con la noche de Halloween, nos llega una nueva entrega de Rocavarancolia, la ciudad que se ha convertido en uno de los lugares imaginarios mas fascinantes que ha dado la literatura fantástica, al menos para mí.

Soy incapaz de ser imparcial con Rocavarancolia. Dentro de poco, seré incapaz de serlo con el propio Cotrina, pero este ejemplar me ha resultado un poco decepcionante. La historia no está mal, es entretenida y hay algunos fragmentos impactantes, pero tiene dos problemas claros.

El primero es que buena parte del embrujo del “Ciclo de la luna roja” residía en su escenario, en la enigmática, melancólica y amenazante ciudad en la que transcurre y en sus habitantes, tan terribles como fascinantes. Buena parte de esta novela, o de esta colección de relatos relacionados, transcurre en los mundos rivales de Rocavarancolia, que se describen muy someramente, o bien no se describen en absoluto y los villanos que los habitan no son nada del otro mundo.

En segundo lugar, el anterior volumen de cuentos gozaba de una cierta autonomía, contaba una historia que terminaba, aunque presentara personajes y tramas que iban a seguir dando de que hablar. No es el cao de éste, que queda brutalmente cortado, dejando la conclusión en el aire.

En resumen, me parece un claro exponente del síndrome del “libro intermedio” que afecta a tantas sagas y trilogías.

viernes, 13 de noviembre de 2015

“Terraformar la Tierra” de Jack Williamson


Después de que un meteorito se estrelle en la Tierra, los únicos supervivientes son un reducido grupo de personas, refugiados en una estación lunar. Esta estación es una especie de arca de Noé, que atesora muestras de tejidos de todo tipo de animales y seres humanos, semillas y tesoros artísticos. A lo largo de miles y miles de años, los descendientes de los supervivientes, clonados y educados por reproducciones holográficas de sus ancestros, generadas por un ordenador maestro, acometerán la tarea de restaurar la vida en la tierra. Al igual que en el primer capítulo de Futurama, los clones protagonistas verán resurgir la civilización en la Tierra, solo para volver a extinguirse una y otra vez.
 
Hay un par de cosas que advertir a los posibles lectores de este libro. Lo primero, es que en realidad no es una novela, es una colección de relatos relacionados. Pasada la introducción, en la que se nos cuenta el desastre que acaba con la vida en la Tierra, en cada uno de los relatos se nos cuenta como se cría una nueva generación de clones, como organizan un expedición a la Tierra … y habitualmente como mueren todos sus participantes. Afortunadamente para el lector, la parte en la que se cuenta como crece cada nueva generación se va adelgazando progresivamente, porque siempre se cuenta mas o menos lo mismo y siempre se establecen las mismas parejas y relaciones entre los clones
 
Lo segundo que hay saber, es que, a pesar de la presencia de la palabra “Terraformar” en el título, el proceso de terraformación en si jamás se nos describe con detalle. Los fans de las novelas de Kim Stanley Robinson que busquen algo similar, pero en la propia Tierra, que se abstengan de su lectura. Lo único que hacen los protagonistas es lanzar unas cuantas “bombas de semillas” por la atmósfera y, un par de miles de años después, la nueva generación se encuentra con un vergel.
 
El interés de los relatos es desigual, pero creciente. Los primeros son muy sosos, básicamente, como ya dije, los protagonistas descienden a la Tierra y mueren, pero, poco a poco, van ganando en complejidad e interés. La segunda parte “Ingenieros de la creación” es en mi opinión, la mejor. Un conmovedor relato sobre el abandono y la soledad, envuelto en una bella historia de amor. “Agentes de la Luna” aunque ubicada en la Tierra, es una space opera clásica, a la que sólo le falta el alzamiento final contra la tiranía. El final elegido, por lo trágico, cambia todo el tono del relato. “La Tierra definitiva” y “Adiós a la Tierra” componen una novela independiente, en la que los protagonistas afrontan la extrañeza de un futuro muy, muy lejano, en el que ellos mismos se han convertido en poco más que animales de compañía para la súper evolucionada humanidad de la época, a la que luego sobrevivirán. En estas dos últimas partes hay conceptos e ideas muy atractivos y sugerentes, pero estropeados por explicaciones y desenlaces manidos y sin atractivo.
 
A pesar de haber sido escrito en el 2001, este libro desprende un aroma a la ciencia ficción de la edad dorada, de los tiempos previos al advenimiento de la trinidad Asimov-Clarke-Henlein. La ciencia que aparece es ingenua y en todo similar a la magia. Está escrito en un estilo directo y sencillo, tal vez demasiado sencillo, aunque en ocasiones de una elegancia y belleza deslumbrante.
 
Por el contrario, los personajes resultan lo menos interesante con diferencia. Apenas esbozados o desarrollados, todos ellos tienen muy poco carácter, muy poca personalidad y, normalmente, no despiertan preocupación por su destino. El caso paradigmático son los clones femeninos, Tanya y Dian, tan irrelevantes en la trama que acaban desapareciendo por completo del libro. Seguro que hay incluso quien se indigna por ello, aunque lo mismo ocurre con Arne, que es un hombre. Sorprendente, por cierto, que el ordenador maestro siga clonando a Arne, cuando es más un obstáculo que un activo en la misión. El narrador, Duncan, es un personaje cuya única función es esa, ser el narrador y Navarro tampoco es demasiado interesante. En el fondo, Casey, el polizón, el chino de piel negra es el único personaje retratado con cuidado en el libro y carga sobre sus espaldas con los mejores pasajes del mismo, entre los que se encuentra la imprevista consumación de su historia de amor con el clon de su amada Mona, lograda a través del tiempo y el espacio.

Es un libro agradable de leer, casi diría bonito, con alguna historia muy buena, pero opino que el autor no fue capaz de extraer toda su profundidad al atractivo material del que partía.
 

domingo, 8 de noviembre de 2015

"Los codices del apocalilpsis" de Elio Quiroga


La reciente publicación del premio Minotauro “Los que sueñan” del canario Elio Quiroga ha hecho que me interese por su obra. “La hora fría” era la única película suya que había visto hasta hace poco, en su momento me gustó mucho, a pesar de que recurriera al manido recurso del loco para precipitar el clímax y de que no se supiera de donde demonios salían aquellos bichos transparentes. “Fotos” me pareció una marcianada, a ratos torpe, pero con algunas secuencias fascinantes y un final estremecedor, que hacia que se te atragantara la diversión previa. “Nodo” me pareció visualmente fascinante, pero completamente lastrada por un guión torpe, que echaba a perder sus hallazgos.

De entre sus tres novelas previamente publicadas, “Los códices del apocalipsis” era la que mas parecía encajar con mis propios intereses. Lo primero que me llama la atención, es la excelente portada de Joe Day y el no menos excelente diseño de cubierta, que resembla el exterior de un libro antiguo, de esos que podrían encontrarse en la biblioteca de “El nombre de la Rosa”. Como poco, el aspecto exterior es muy atractivo.

La trama, atención con los spoilers, se centra en una pareja de ex amantes, todavía jóvenes, guapos e inteligentes, ella lingüista, él ex ingeniero de la NASA, que intentan esclarecer el asesinato del padre de ella, mientras son perseguido por todo tipo de organizaciones secretas, gubernamentales o no. Pronto descubrirán que todo está relacionado con unos misteriosos objetos de procedencia medieval, facturados con tecnología de la época, pero con un diseño que desafía a la ciencia moderna. Para colmo, alguno de ellos ha aparecido en la órbita de la Tierra.

La memoria te juega muy malas pasadas, así que no puedo estar seguro de ello al cien por cien, pero recuerdo que en una entrevista a Rodolfo Martínez, con motivo de su propio premio Minotauro, “Los sicarios de Dios” el comentó haber seguido la estrategia de ir introduciendo los elementos fantásticos de modo muy paulatino, de modo que el lector ajeno al género crea estar leyendo una tópica intriga de moda y, cuando se de cuenta de que en su lugar está con una de estas “cosas raras” esté ya tan metido en la historia que no sea capaz de abandonarla.

Elio Quiroga parece haber seguido la misma estrategia en esta novela. Sigue fielmente las reglas de los betsellers al uso, a saber diversas tramas y personajes en paralelo, capítulos muy cortos, que permitan interrumpir cómodamente su lectura en el transporte público, amplias dosis de erudición, sobre todo en los aspectos mas irrelevantes de la trama (de ser posible cada capítulo tiene que empezar con la descripción de un lugar real y venir acompañada de una breve nota histórica) y una narrativa muy cinematográfica. Viniendo de un director de cine seria muy fácil pensar que está poniendo en letra impresa la película para la que jamás conseguirá financiación, pero la trama es demasiado extensa, como poco tendría que ser una serie de televisión.

Los elementos fantásticos, aunque de hecho inauguran la novela, tardan en hacerse evidentes, tiran de toda la mitología conspirativa, desde el área 51 hasta los secretos del vaticano y entroncan más con la ciencia ficción que con el terror. Para mi disgusto, y eso es algo personal, utilizan algunos de los tópicos del fantástico a los que mas manía tengo, pero eso es materia para un post que deberá ser escrito en otra ocasión.

El punto fuerte de la novela, es la imaginación y la capacidad de fabulación del autor. Los pasajes atractivos y fascinantes abundan en ella y Elio Quiroga consigue hacérnoslos creíbles. Sus misteriosas sectas, sus códigos ocultos en todos los libros sagrados, sus profetas, sus puertas dimensionales, sus viajes a la luna no oficiales, sus alienígenas, componen un tejido variado y sugerente, con no pocos momentos de maravilla.

El problema principal es la sumisión a las reglas de la literatura de consumo. Por ejemplo, no parece cogerle nunca el tranquillo a los capítulos cortos, estos son, a menudo, demasiado cortos, dando la impresión de narración precipitada, que se corta abrúptamente, cuando no de completa irrelevancia. Algunos de los personajes secundarios, son totalmente prescindibles, el detective Will Beato, en concreto, no aporta nada de importancia a la novela. Las escenas de acción, que hay bastantes, están contadas sin ninguna garra ni emoción. La supuesta investigación de la pareja protagonista, está contada sin intriga ni interés, como detectives, son malísimos, porque realmente no investigan, simplemente se limitan a leer los documentos que caen en sus manos, o a escuchar los testimonios de los testigos implicados, La narración hubiera sido mas ágil si Elio Quiroga hubiera conseguido que los protagonistas dieran por sí mismos con sus tremebundas revelaciones, gracias a su ingenio y supuesta inteligencia, pero la prisas por exponerlas o la falta de pericia lo impiden, forzando a que las revelaciones tengan que ser reveladas y a interrumpir el curso de la acción durante muchas páginas, con esos documentos o testimonios, que, aunque interesantes, mantienen interrumpido el curso de la historia.

La pareja principal, Daniel Hudson y Bianca Dinovi, son lo más flojo de la novela, son personajes totalmente planos, carentes del menor carisma, debido a lo cual no resulta fácil identificarse con ellos. Lo que convierte la conexión emocional del lector es una auténtica misión imposible.

Por último, en el apocalíptico clímax de la historia, la narración no está a la altura de lo narrado. Lo que está ocurriendo es catastrófico, tremebundo, asistimos a la mayor de las hecatombes de la historia, pero se nos cuenta de un modo desganado, carente de emoción, al igual que los heroicos esfuerzos finales de los personajes positivos por atajarla. Es como si el autor se hubiera cansado del libro y lo único que quisiera fuera terminarlo ya, del modo que fuera. La cursileria de las últimas páginas es tan exagerada, que parece paródica, ahí el autor está dando lo que cree que el público espera de él, aunque ni él mismo se lo crea.

Para terminar, señalaré lo que a mi me parecen alguno errores de cajón, aunque soy muy despistado y puede habérseme escapado algo. La primera vez que aparece Bianca Dinovi, capítulo 3 de la primera parte, se refieren a ella como Bianca Stewart, lo que es claramente un gazapo, porque por lo que se nos cuenta después jamás ha estado casada. Poco después, en el capítulo 6 Daniel Hudson habla de una ex esposa y de una hija, que desaparecen misteriosamente de la novela, incluso se nos dice claramente que rompió originalmente con Bianca porque quería concentrarse en su carrera y huía de todas las relaciones con asomos de seriedad. Este tipo de meteduras de pata deberían detectarse en una revisión de la novela, parecen indignas de una edición profesional.

Por último, dejo que aparezca mi frikismo científico. En determinado momento, se habla de los misteriosos artefactos que dan cuerpo a la novela como “máquinas de movimiento perpetuo” cuando tal cosa no existe, ya que contradiría el principio de conservación de la energía. En otro, se refieren a ellas como “péndulos”. Que alguien me explique como leches puede funcionar un péndulo en ausencia de gravedad.
En fin, no descarto adquirir alguna otra de las novelas del autor, porque su capacidad de inventiva me ha gustado, así como la meticulosidad con la que aborda la construcción de sus tramas, pero a pesar de sus elementos de interés, creo que “Los códices del apocalipsis” falla en lo más importante, en contar una historia y contarla bien.






viernes, 30 de octubre de 2015

Primer paso inevitable

Copio:

"Tras estudiar la propuesta que nos hiciste llegar respondiendo a nuestra convocatoria te escribimos para comunicarte que, lamentablemente, pensamos que no encaja actualmente en nuestra línea editorial.

Te agradecemos la confianza que has depositado en Ediciones --- y te deseamos mucha suerte en todos tus futuros proyectos.

Saludos"

La verdd es que se han molestado en contestar, que no es poco y su tacto es irreprochable.

viernes, 23 de octubre de 2015

Trilogía "Vikingo" de Tim Severin






Veleidades tecnológicas han estado a punto de conseguir que esta reseña jamás fuera escrita y me han arrebatado el apoyo del corrector ortográfico. Pido por adelantado excusas ante cualquier falta de ortografía que se me escape. La saga "Vikingo" de Tim Severin, se compone de tres volúmenes: "El hijo de Odín", "Hermano de sangre" y "El hombre del rey". En ellos se nos cuenta la vida de Thorgils Leiffson, hijo del legendario Leiff el afortunado. Thorgils es un personaje guiado por una insaciable sed de conocimientos, que le llevan a explorar los más remotos confines de los dominios nórdicos de la época.

Thorgils nace en Islandia, se cria en Groenlandia, participa en los intentos de colonización de Vinland (Canadá al parecer) , vuelve repetidas veces a Islandia, participa en la batalla de Clontarf, es testigo de la muerte de Brian Boru y, tras la derrota, es esclavo en Irlanda. Visita Inglaterra, conoce fugazmene a Canuto el grande y se ve involucrado en alguna de sus guerras, es varego o varengo, como dice el libro, en Bizancio, donde conoce a Harald Hardrada, a cuyo servicio estará, mas o menos, hasta que, ya con sesenta años, presencie su muerte. En resumen, una vida muy ajetreada y llena de experiencias.

Si la novela histórica nace del matrimonio entre la información y la acción, en esta serie es la primera la que se ve privilegiada. Tim Severin se revela más como un divulgador que como un narrador. Los que acudan a esa serie buscando algo similar a las vibrantes andanzas de Uhtred de Benbangurd pueden llevarse un chasco. El ritmo es mucho mas pausado y apenas hay una progresión dramática, se trata de una sucesión de anécdotas, aparentemente interminable, que fuera de que le ocurren a la misma persona, guardan poca relación entre si.

El esquema que siguen es siempre el mismo. Thorgils llega a una nueva región. Conoce a alguien que le instruye en algún tema que resulte de interés al autor, como puede ser el funcionamiento de un Althing, la caza y la cetreria en la edad media, la acuñación de moneda, las tácticas de combate cuerpo a cuerpo, la fabricación de máquinas de guerra y un largo etcétera. Una vez finalizada la pequeña conferencia, ocurre alguna calamidad, pequeña o grande, hay alguna muerte y Thorgils ha de trasladarse a su sitio.

El caso es que Severin se explica bastante bien, con lo que estas charlas se leen con agrado y aunque no es un fino estilista, de hecho su prosa es totalmente funcional, resulta de agradable lectura y no se hace pesado, a lo que contribuyen las infinitas peripecias que le ocurren a su viajero protagonista. Aunque no es un guerrero, Thorgils se envuelto en un montón de batallas, peleas y asesinatos, además de naufragios, negociaciones, misiones de espionaje y fugas. Cierto que estos azares no están narrados con demasiada garra, pero la cantidad compensa la falta de calidad. Por desgracia, algunas de sus experiencias parecen metidas con calzador, en concreto la aparición de Macbeth en el tercer tomo, es como si el autor no pudiera resistirse a montar un cara a cara entre Thorgils y todos los personajes importantes de la época, aunque su aparición resulte puramente anecdótica y no se aporte ninguna información original sobre ellos. Thorgils tampoco es un personaje demasiado atractivo, básicamente es un mero observador, que hace de testigo a los hechos que Tim Severin quiere poner en conocimiento del lector.

Para animar un poco las cosas, hay unos ligeros toques fantásticos. Thorgils posee la "segunda visión" tiene sueños proféticos y ve visiones y fantasmas. Por desgracia, esto significa que un buen montón de sus preceptores le instruyen en la magia y la hechicería y, yo al menos, he encontrado muy poco interesantes sus múltiples experiencias chamánicas.

Estando avisados y salvando esos pequeños peros que acabo de señalar, me han resultado una lectura amena e interesante, que dibuja un extenso fresco, no solo del mundo vikingo, sino de la edad media de la época.

O eso habria dicho hace unos años. Por aquel entonces pensaba, que todo los datos que leía en una novela histórica, tenian por fuerza que ser ciertos. Por desgracia, Carlos Rilova Jericó, en su excelento sitio lanovelaantihistorica.wordpress.com ha acabado con esa ilusión y, como no soy historiador ni domino el tema, no sé si la información recibida es correcta o es un cúmulo de sandeces. Lo que se cuenta sobre las expediciones a Vinland concuerda con lo que ya sabía, así como lo que se cuenta de la batalla de Clontarg concuerda con la exposición que vi en el museo de Dublín durante estas vacaciones de verano, pero no puedo decir mucho más.

Disfrutaba mas de la lectura cuando vivia en la ignorancia.



domingo, 18 de octubre de 2015

“Autoridad” de Jeff Vandermeer



Segunda entrega de la saga “Southern Reach”. Cambiamos de enfoque, salimos de la zona X y nos centramos en John Rodríguez (prefiere que le llamen Control), hijo y nieto de espías y nuevo director de la organización, sustituyendo a la psicóloga que descubrimos que fue el anterior.

Excepto esta última, el resto de miembros de la expedición protagonista de “Aniquilación”, han reaparecido en similar estado que los de la penúltima. Eso permite que Control pueda entrevistarse una y otra vez con la bióloga y tener esos brillantes diálogos tan habituales en algunas series de televisión, cortos, misteriosos y, en los que por encima de todo, no debe decirse absolutamente nada importante ni revelador.

Entre entrevista y entrevista, Control visita las instalaciones de Southern Reach, conoce a los que trabajan allí, se pelea con la ayudante de la psicóloga, hace footing, da de comer a su gato y recuerda a su infancia, a sus padres y a su abuelo.

Eso es todo durante la mayor parte del libro. Sólo en las últimas cincuenta páginas ocurre algo importante. Pueden saltarse todas las anteriores y leerse solo las últimas. Bueno, mejor pueden evitar leer el libro.

“Aniquilación” era un libro corto, sin casi personajes, en el que no pasaba casi nada. “Autoridad” es mas largo, tiene más personajes, y pasa mucho menos. Y lo de los personajes es discutible. Salen bastantes personas, pero la mayoría son meros comparsas y los que tienen algo de autenticidad, son ignorados. Por ejemplo, Cheney un científico brillante que arruinó su carrera al quedar asociado a una agencia gubernamental desprestigiada y en decadencia. Suena real, hay gente así, pero antes de haber acabado de presentarlo, ya está saliendo de la historia. Por el contrario, sale mucho Whitby, cuyo comportamiento es tan excéntrico que no tiene ningún sentido.

De Grace, la ayudante de dirección y los juegos de poder que libran ella y Control, mejor no hablemos, las estrategia a las que ambos recurren no es que sean absurdas o estúpidas, son infantiles. La aparente derrota final de Control es la mayor tontería que he leído en mucho tiempo, se basa en el conocimiento de una mentira, que solo ellos dos conocen que se realizó y que a nadie le importa.

El único personaje que, aparentemente, rezuma algo de vida, es el propio Control, pero eso es discutible. Podríamos decir que es un personaje bien definido, porque se incluyen flashbacks de su infancia, su adolescencia y sus relaciones con su padre, su madre y su abuelo paterno. Y se nos cuentan sus sueños. El caso es que todo ese trasfondo no nos ayuda a comprenderlo mejor. El punto crucial es cuando, acorralado por Grace, recuerda un suceso traumático que marcó su vida. Es una buena escena, funciona, es dramática y tiene emoción, pero lo que descubrimos no parece realmente encajar con la personalidad de Control y nada de lo revelado nos ilumina sobre sus motivaciones. ¿Por qué hace lo que hace? Seamos sinceros, porque a Jeff Vandermeer le da la gana.

Hay un fragmento, cuando Control está leyendo las entrevistas de reclutamiento de la expedición del libro anterior que dice: “el resto de reclutas habían sido imparables, géiseres imposibles de contener: auténticas máquinas parloteantes de lanzar clichés y carcajadas nerviosas. Personas que, en comparación, eran incapaces de morderse la lengua. Cuatro mil seiscientas veintitrés palabras; siete mil ciento cincuenta y cuatro. Y la auténtica campeona: la lingüista, que se había echado atrás en el último momento, con una marca de doce mil setecientas cuarenta y tres palabras que incluían sus respuestas y el relato heroicamente prolongado de un recuerdo de niñez, «tan entretenido como tener que sacar una piedra del riñón por la polla», tal y como alguien había anotado en uno de los márgenes.

Parece que en ese párrafo, el autor esté haciendo autocrítica. Casi todo lo que dice se podría aplicar, punto por punto a esta novela, que, como ya he dicho, incluye muchos recuerdos de niñez de su protagonista. Su mayor mérito, es que consigue que una novela en la que no pasa prácticamente nada, no se haga aburrida, al menos en mi caso, pues he encontrado por Internet muchos comentarios de gente que expresaba pareceres totalmente opuestos. En fin, si “Aniquilación” me decepcionó ligeramente, “Autoridad” confirma y ahonda esa decepción. Vandermeer se va consagrando como un especialista empaquetador, cuyos regalos, debajo de un envoltorio muy bonito, no contienen absolutamente nada.

viernes, 16 de octubre de 2015

“Cristales de fuego” de José Antonio Suárez

El lector que aborde esta novela encontrará un universo complejo, nada menos que cuatro especies alienígenas, más humanos, en el poder y un argumento tan complejo como dicho universo, que incluye una crisis política y militar intergaláctica, conspiraciones dentro de conspiraciones, mucho politiqueo, elucubraciones sobre el origen de la vida, el funcionamientos interno del universo, cantidades ingentes de sátira y unos personajes protagonistas muy alejados de los estereotipos del space-opera.

Todo ello narrado con un ritmo endiablado, que puede llegar incluso a cansar al lector y comprimido en apenas 200 páginas.

Es decir nada con lo que no esté ya familiarizado el lector habitual de José Antonio Suárez.

Las pegas son las habituales, el autor toca muchos palos, una multitud de ellos y la narración apresurada impide desarrollarlos todos adecuadamente. Prima la cantidad sobre la calidad. Por ejemplo, a pesar del esfuerzo que hace por no caer en lugares comunes y ceder el protagonismo a pobres diablos, en vez de a héroes apolíneos, los personajes no dejan de ser meros esbozos. El modo de hablar de todos ellos es prácticamente el mismo y coincide con el del narrador. Las teorías cosmogónicas, apenas se insinúan. Abundan las escenas de acción, hay muchas batallas espaciales, por ejemplo, pero son penosas. Pienso en concreto en una persecución que debería ser trepidante, pero está narrada tan escuetamente que no consigue captar la atención del lector.

El fuerte narrativo del autor es su sentido del ritmo. El lector se ve arrastrado por una catarata interminable de sorpresas y giros imprevistos, que le hacen preguntarse eternamente que será lo que sucederá a continuación, y pasmarse ante la siguiente revelación. Así una y otra vez. Contra todo pronóstico, José Antonio Suárez consigue cerrar correctamente todas las tramas y darle un final satisfactorio al libro.

Como decía, nada nuevo para el lector habitual de la obra del autor. El aspecto más destacable de esta novela es el narrado elegido: un escritor de novelas históricas, que alcanzó el éxito como escritor de franquicia, escribiendo novelas de elfos galácticos. Novelas que odiaba, lo que le hacia tratar con malhumor y borderia a sus fans. Uno de ellos, después de que muriera, se las apañó para transferir su personalidad almacenada electrónicamente al cuerpo de un tapir, reconstruido por ingeniería genética, capaz de hablar y cuyo cerebro es utilizado como refuerzo por el ordenador de la nave de los protagonistas.

Cuesta explicarlo ¿eh? Resumiendo, el narrador es un tapir deslenguado, fumador, bebedor y eternamente hambriento. Este personaje memorable da mucho juego, permitiendo introducir más humor del habitual en las obras de José Antonio Suárez. Pero no demasiado. No puedo dejar de pensar que está un poco desaprovechado y que la mayor parte del tiempo solo es el típico narrador omnisciente, aunque un poco más cínico.

En resumen, una obra típica de José Antonio Suárez, mejor que la media del autor. Diría que es de las mejores que ha escrito, aunque, dada la uniformidad de su obra, tampoco se lleva mucho con las peores.

Creo que ya lo he dicho, pero no sé que voy a escribir la próxima vez que me lea una novela de José Antonio Suárez.


jueves, 8 de octubre de 2015

“Justicia auxiliar” de Ann Leckie



Ann Leckie consiguió hacer realidad en el 2013 el sueño húmedo de todos los aspirantes a escritores de ciencia ficción. Con su primera novela cosechó un gran éxito, ganó los premios Hugo, Nebula, Arthur Clarke y BSFA y entregó un nuevo universo para el disfrute, memorización y escrupuloso análisis de esos fans ávidos de exotismo y secuelos que proliferan por el fandom.

Para aquellos que no se conozcan ya el argumento, que serán pocos, “Justicia auxiliar” transcurre en un escenario galáctico en el que existe un imperio, el Radch, en continua expansión militarista, que no para de anexionarse nuevos sistemas y culturas.

Las naves de guerra del Radch están regidas por inteligencias artificiales con consciencia de sí mismas y emociones. Muchas de estas naves utilizan “auxiliares”. Los auxiliares son seres humanos, habitualmente capturados en campañas militares, cuya personalidad ha sido eliminada, es decir, han sido ASESINADOS y convertidos en periféricos de esas IAS. Los auxiliares, sin embargo, tienen cierto grado de autonomía y personalidad propios, la mente de la nave se compone de la suma de sus partes, incluyendo a los auxiliares.

En sus dos primeros tercios, la novela se compone de dos líneas argumentales paralelas, ambas narradas en primera persona. Una transcurre en el presente. La nave “Justicia de Toren” fue destruida. Lo único que queda de ella es una auxiliar, Esk Una, que busca venganza contra la suprema autoridad del Radcht. La segunda transcurre en el pasado, y nos cuenta los hechos que llevaron a la destrucción de la nave.

En los fragmentos que transcurren en el pasado Leckie se las arregla para transmitir la idea de una mente formada por múltiples yoes, narrando en primera persona sucesos que están ocurriendo a la vez en diferentes lugares. Es un recurso sencillo y elegante, que cumple a la perfección su objetivo, sin resultar lioso.

Otro aspecto curioso, es que en la cultura del Radch el género se considera irrelevante, por lo que la narradora no utiliza pronombres ni calificativos de género, o mejor dicho, sólo utiliza el género femenino, independientemente del sexo de la persona a la que se refieran. Supongo que lo que Leckie quiere decir, es que los hombres y las mujeres somos en el fondo lo mismo. El punto álgido de este discurso llega cuando la protagonista llega a una estación espacial perteneciente al Radch y reflexiona sobre que por fin puede dejar de intentar diferenciar el sexo de las personas con las que trata (al parecer, al ser una IA le cuesta distinguirlo) y sobre como los indicios que lo delatan, los diferentes tipos de peinados, vestuario e incluso anatomía, son culturales y no significan nada.

Ese es un momento particularmente logrado de la novela, pero mi opinión sobre lo de los pronombres, adjetivos y calificativos es ambivalente. Cuando al principio de la trama situada en el pasado, el personaje de la suma sacerdotisa resulta ser un hombre, se produce, o al menos en mi caso se produjo, uno de esos momentos de chasco que tanto le gustan a Miquel Barceló y que me hizo replantearme alguno de mis prejuicios, pero el resto del tiempo me resultó, más que nada un incordio menor. Para visualizar a alguien en mi mente tengo que imaginármelo como hombre o como mujer. O como andrógino, pero ese no es el caso, simplemente no se nos cuenta a que sexo pertenecen. Pasado un tiempo, mi mente empezó a ignorar los pronombres y calificativos de género y a imaginarme a los personajes de acuerdo a los roles preestablecidos en la sociedad actual, por ejemplo a los guardias y policías como hombres, independientemente de lo que dijeran.

Por lo demás, otro de los temas que recorren la novela es el viejo conflicto militar entre la conciencia y la obediencia. Se supone que, en un ejército, el deber sacrosanto de un oficial es respetar la cadena de mando y cumplir las órdenes, pero ¿Qué pasa cuando esas órdenes contradicen la ética? En el fondo el conflicto no existe, lo que una persona moral debe hacer es desobedecer, pero vivir la situación es mucho más complicado que pontificar sobre ella, sobre todo cuando las consecuencias de la desobediencia son un consejo de guerra, o más probablemente, una ejecución sumaria e inmediata. Leckie explora con sensibilidad este conflicto, incluyendo las consecuencias, los remordimientos, el derrumbamiento de la autoestima y las creencias, pero no me parece que lo haga con mucha profundidad y eso se extiende a toda la novela, los temas que trata son explorados con más corrección que ingenio y profundidad.

La novela se lee con facilidad y está convincentemente bien escrita, desde mi punto de vista, que parece que no es compartido por la mayor parte de la población mundial, entretiene, pero no entusiasma. Fuera del tema del género, lo único que me ha parecido original es la naturaleza del villano de la pieza, que no revelaré para no estropear la revelación más interesante de la historia.

Dicho esto, no quiero dar la impresión de estar haciendo una valoración negativa, es una novela agradable y ha sido una lectura amena, pero el éxito que arrastra me parece totalmente desproporcionado. Uno esperaría encontrarse un mundo la exposición de un universo tan complejo y apasionante como “Dune”, una historia tan emocionante como “Marea estelar”, una especulación de altos vuelos como “Ciudad Permutación” o “Visión ciega” o que sé yo, la intensidad emocional que había en los mejores relatos de Theodore Sturgeon y Harlan Ellison. En su lugar se encuentra con una space opera que no está mal, pero que no es la octava maravilla del mundo. ¿Tan flojas fueron las publicaciones de ciencia ficción en el 2013 como para que, como todo parece indicar "Justicia auxiliar" fuera lo mejor del año? ¿Me estaré volviendo un abuelo cebolleta? Recuerdo que hace veinte años, todos los meses se publicaban en España obras de un calibre similar a esta y, cada cierto tiempo, algunas mucho mejores. ¿Será la ciencia ficción la que ha perdido su magia o será mi propia capacidad de asombro la que se está extinguiendo?

domingo, 27 de septiembre de 2015

Todo parece correcto en "La herida"

Pues sí, ECC Comics ha publicado un nuevo tomo de "The unwritten" y, en principio, no parece haber nada de lo que quejarse. Esto no debería ser noticia, pero como he convertido en costumbre maldecir en hebreo cada vez que se publica un nuevo tomo, supuse que, cuando nada parece ir mal, también deberia indicarlo.

El tomo recopilatorio con los últimos números de la serie salió en USA en Mayo del 2015. ¿Significará esto que algún dia veremos en España los tres tomos que faltan y la novela gráfica "Tommy Taylor and the Ship that Sank Twice " Me gustaría creerlo, pero no puedo hacerlo.

viernes, 18 de septiembre de 2015

“Por sendas estrelladas” de Fredric Brown



Poseer ya “Universo de locos” y “Marciano vete a casa”, este último en la magnífica edición de Bibliopolis, me hizo prescindir de la adquisición del tomo de las obras completas de ciencia ficción Fredric Brown que las contenía, aunque ello supuso prescindir también de esta novela. Finalmente, he recurrido a Internet para solventar esta cuenta pendiente.

“Por sendas estrelladas” es una novela sorprendentemente amarga. No hay en ella ni rastro de la ironía de “Universo de locos”, “Marciano vete a casa” o incluso “El granuja espacial”. La historia empieza en 1997, en un 1997 imaginado más de cincuenta años antes, que seria indistinguible de nuestro presente de no ser porque tienen helitaxis, vuelos en cohetes y la informática no ha alcanzado la omnipresencia de la actualidad. Bueno, en realidad, se parece más a los años cincuenta. Donde si acierta por completo es en el descrédito, el abandono y la desidia en que ha caído la exploración espacial. En ese sentido, la clarividencia de Brown es desconcertante, acierta plenamente en la pérdida de interés que sufrió el gran público, después de que, con la llegada a la Luna, los estados unidos dieran por ganada la carrera espacial, y el derrumbamiento de la unión soviética hiciera desaparecer la motivación política.

Cuenta los esfuerzos realizados para poner en marcha el proyecto de la primera expedición a Júpiter, llevados a cabo, fundamentalmente, por su protagonista, un antiguo astronauta, de casi sesenta años, que perdió una pierda y se vio apartado de la exploración, pero que nunca ha dejado de ser un “loco de las estrellas”.

No es una novela perfecta, tiene multitud de defectos fáciles de señalar. El modo en que, justo al principio, Max,  así se llama el protagonista, se las apaña para desarticular la carrera de un político corrupto, ganándose  un futuro puesto en el proyecto Júpiter, es completamente peliculero, de tan fácil que le resulta, se hace imposible de creer. Increíbles también, resultan los personajes femeninos, por lo tremendamente positivos que son. Además, es una novela muy corta, y sin embargo le sobran muchas páginas. Brown se eterniza describiéndonos una serie inacabable de maniobras políticas. Probablemente sean una descripción muy exacta del funcionamiento de la administración de Estados Unidos, pero en ningún momento captan la atención del lector y las maniobras de los protagonistas a veces resultan hasta infantiles. También resultan excesivos, por lo largos, un par de monólogos de Max, en los que este describe sus puntos de vista sobre cuestiones filosóficas o científicas (a partir de cierto nivel ambas materias se mezclan con facilidad). Probablemente esté exponiendo los puntos de vista del propio Fredric Brown y pueden resultar apasionantes para los estudiosos de su obra, puesto que su elegante pluma solía evitar este tipo de fregados y dejar que sus historias hablaran por si mismas, pero, si su intención era tratar extenderse en estos temas, debió haber buscado un modo mas ameno de hacerlo.

Demonios, probablemente, ni siquiera sea una buena novela. Sin embargo, es una novel apasionante y dura, porque narra la frustración total de las esperanzas del protagonista, y con ellas las del lector. Hay tres mojones que llevan al final de libro, tres auténticos disparos metafóricos en la cara de lector. Después de muchas páginas en las que las cosas han ido viento en popa y parece una de esas novelas de Henlein en las que los protagonistas son tan listos que todo les sale bien, llega el primero. Bueno, se ve venir, se iba preparando y algún exceso de sentimentalismo le hace perder fuerza, pero entonces llega el segundo.

Es difícil de describir, hacerlo estropearía la lectura de la novela. No hay absolutamente nada en lo leído previamente que te prepare para cruzar ese segundo mojón. Es una sorpresa total, que trastoca por completo la idea que tenías de Max y sin embargo, encaja completamente con lo que ya sabíamos. Es algo tan triste, tan patético, que querrías que no fuera verdad y, sin embargo, es completamente humano. Es una revelación genial, que justifica la lectura de una novela bastante floja.

Después de esto, el desconsolado lector se agarraría a un clavo ardiente por un atisbo de final feliz, y parece que Brown se lo va a dar. Parece que va a recurrir a un misticismo bobo de telefilme de sobremesa o serie de televisión para toda la familia. Craso error. En su lugar, llega el tercer pistoletazo en la cabeza. No hay atajos, no hay esperanza, solo la cruda realidad, tras la caída, la pérdida final de todas las ilusiones y esperanzas.

No, en realidad no. La perdida, aunque inconmensurable, no es total, porque Max mantiene un círculo de seres queridos que le apoyan y en última instancia, ponen a salvo lo que queda de él. Finalmente, será la fraternidad la que le salve y, en una conclusión tan triste como conmovedora, Max alcanza la paz al renunciar a sus sueños individuales, pero manteniendo a la vez su fe en la humanidad y en el futuro.

Ojalá yo pudiera decir lo mismo.

Tal vez, este libro hubiera quedado mejor como relato, aligerándolo de páginas y eliminando algunas subtramas, como ese tercer pistoletazo final, al menos en ciencia ficción, Brown fue mejor escritor de relatos que de novelas. Incluso hay algunos paralelismo, en el tono, que no en el argumento, con “Las verdes colinas de la tierra”, desolación y amargura en estado puro, embotelladas para su consumo en un puñado de líneas. He tenido que ser deliberadamente críptico para no revelar ninguno de los mejores momentos de la trama. Como les decía, no es una buena novela, pero es conmovedora y apasionante.

viernes, 11 de septiembre de 2015

“Éxodo estelar” de Alfred E. Van Vogt



Las maravillas de Internet han hecho llegar a mis manos otra novela de este autor, cuando ya creía completo el repaso de sus obras publicadas en castellano. Ojalá no lo hubiera hecho.

La cosa empieza bien, con lo que parece ser la historia del conflicto entre la primera y la segunda generación de una nave generacional, rumbo a colonizar el espacio. Los tripulantes originales quieren seguir con su misión, mientras que los nacidos en la nave quieren volver a la Tierra. Este conflicto viene ejemplarizado por el que ocurre entre el capitán de la nave y su propio hijo. El argumento promete, sobre todo para un fan de las historias de naves generacionales como yo (inciso, me duele mucho no haber sido capaz nunca de encontrar “Dentro del leviatán” de Richard Paul Russo)

La cosa, por desgracia, degenera rápidamente en una especie de lista de los reyes godos del espacio. Asistimos impotentes y cada vez más desinteresados a una serie interminables de conspiraciones y golpes de mano, en los que a lo largo de generaciones, mas o menos, cada capitán de la nave accede al poder al deshacerse del anterior y es depuesto por el siguiente.

Tal vez esta parte de la novela sea uno de esos Fix-up a los que tan aficionado era el autor. En cualquier caso, las estrategias son muy evidentes y resulta imposible empalizar con ninguno de los contendientes, así que la cosa carece de emoción y los encuentros con civilizaciones alienígenas no ayudan, en dos de tres los tripulantes de la Esperanza de la humanidad se limitan a alejarse tras verlos.

Para alegría de todos, después de más de cien páginas, la enumeración de los reyes godos termina y por fin tenemos un reparto estable. La novela mejora mucho, Van Vogt despliega su imaginación y su mayor virtud, su vertiginoso sentido del ritmo y de la intriga, que convertirían lo que queda de la novela en algo muy entretenido, si esta terminara de entenderse. Los motivos por los que no lo hace son varios:

1)      La traducción, atribuida a Francisco Cazorla Olmo  es penosa. Muchas oraciones parecen sintácticamente incorrectas, las formas de los verbos no coinciden con los sujetos, hay atributos sin sentido, desórdenes varios…
2)      La ciencia de Van Vogt carece de la más mínima consistencia. Ojo, no me estoy quejando de que no tenga sentido científicamente, que no creo que lo tenga, sino de eso tan manido de que todo universo de ficción debe tener sus propias reglas y debe ceñirse a ellas, para resultar creíble. A Van Vogt la credibilidad le importaba una higa. Sus personajes son más listos que nadie, son capaces de salirse con la suya, en el último momento, gracias a un aparato mágico que acaban de inventar medio minuto atrás, cuyo funcionamiento deja al lector perplejo, porque parece servir para casi todo (tiene preferencia por los controles remotos) y se basa en un descubrimiento que acaban de hacer, que les ha revelado la Última Verdad Suprema sobre el universo, que es descrita en tres líneas sin sentido.
3)      Por último, el propio Van Vogt procuraba que no se le entendiera. En el fondo Van Vogt era un escritor con poca chicha, su único interés, que no debe ser menospreciado era dotar a sus historias de un ritmo enloquecido y plagarlas de giros inesperados. Consciente o inconscientemente, para paliar sus carencias científicas e imaginativas, hacia gala de un lenguaje grandilocuente y artificioso, propio del líder de una secta, que bajo su apariencia trascendente, ocultaba la mayor de las vacuidades. Tanta retórica absurda también entorpece la lectura.

De la originalidad y profundidad psicológica de los personajes, ya ni hablo.

Conclusión: un libro olvidable, con una primera parte lamentable y una segunda entretenida, pero cuyos defectos no permiten disfrutarla plenamente.

jueves, 27 de agosto de 2015

“La carta 44 1: Velocidad de escape” de Charles Soule y Alberto Jiménez Alburquerque



Este cómic cuenta como el recién elegido presidente de los estados unidos encuentra en su mesa del despacho oval una carta de su predecesor en la que le informa de que siete años atrás, la NASA detectó un artefacto de origen extraterrestre en el cinturón de asteroides, una nave o una estación espacial, que se envió una nave a investigar y que ésta está a punto de llegar.

A partir de aquí, la narración se estructura en dos líneas paralelas, la que cuenta la historia del presidente y la que cuenta las peripecias de los astronautas.

La publicidad intenta relacionar la obra con “Expediente X”, “Contact”, “Gravity” o “El marciano”. Creo haber leído en algún sitio a Charles Soule definiéndola, con mucho más acierto, como una mezcla entre “Cita con Rama” y “El ala oeste de la casa blanca”.

A juzgar por la reacciones que he leído en Internet, el cómic ha sido muy bien recibido por su público potencial. El guionista se gana el corazón de los aficionados ala ciencia ficción con un par de nombres bien elegidos: la nave de la NASA se llama “Clarke”, el módulo de exploración “Bowman”. Con la ayuda de su socio, el dibujante español Alberto Jiménez Alburquerque, nos regala con una sorpresa muy bien ejecutada en el primer capítulo. Por desgracia muy poco más puedo decir de bueno.

La trama que transcurre en el espacio es muy tópica, poco interesante y en ningún momento consigue atrapar la atención del lector, fuera por algunos detalles curiosos de las relaciones entre los astronautas, sus relaciones sexuales y una sorpresa interesante con la que se cierra el volumen.

La trama sobre el presidente de los estados unidos es tan apasionante como decepcionante. Uno piensa que utilizar como protagonista al mismísimo cabecilla de la nación más poderosa del mundo serviría para especular sobre el enorme impacto que la revelación de vida extraterrestre más avanzada que nosotros y en nuestro propio sistema podría tener sobre el mundo, la de crisis políticas, económicas, culturales y religiosas que podría desencadenar. En lugar de ello, Charles Soule desaprovecha su propia idea para endilgarnos una trama conspirativa mecánica y repetitiva, que no llega a la suela de los zapatos a los peores momentos de la ya mencionada “Expediente X”, con lo que no pretendo ensalzar la serie de televisión, sino denigrar el comic.

El dibujo de nuestro compatriota, tosco y caricaturesco, no ayuda en lo más mínimo. Hay dibujantes muy espectaculares y otros que son grandes narradores. Los hay que dibujan muy bien las máquinas, o los paisajes, o son maestros de la anatomía. Que son geniales en las escenas de acción, o que son capaces de dar a sus personajes una gran expresividad, Alberto Jiménez Alburquerque todavía no sé en lo que es bueno y no muestra una especial sintonía con Soule que haga que el resultado final supere la suma de sus partes.

En resumen, una idea muy atractiva, desarrollada del peor modo posible. Queda por ver si mejorará en sucesivos volúmenes, como parte de una historia mayor, que solo pueda juzgarse con justicia en su totalidad, o al menos cuando vaya por la mitad, pero si esto fuera el episodio piloto, no sé yo si produciría la serie.