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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

jueves, 26 de octubre de 2017

"Neuromante" de William Gibson



Hay libros que sólo deberían leerse en un momento determinado. “Neuromante” se publicó en 1984 y se convirtió en una obra de culto. Prácticamente, creó un subgénero de la ciencia ficción, el cyberpunk, cuya influencia traspasó la literatura para convertirse en un fenómeno cultural. Se ha repetido hasta la saciedad que en ella aparece por primera vez la palabra “cyberespacio”, aunque la realidad es que William Gibson y la había usado en algunos relatos anteriores. David Pringle incluye “Neuromante” entre sus “100 mejores novelas de ciencia ficción” y no escatima halagos hacia ella.

Todo eso me pilló muy joven, más que adolescente todavía era un niño. Excepto cuando la escribe Rodolfo Martínez, la cyberpunk nunca ha supuesto el menor interés para mí, ausencia de sense of wonder, supongo. Desde mi desconocimiento, tengo el prejuicio de que el género no ha evolucionado, sino que sigue repitiendo los mismos clichés que ya se han vuelto tópicos, incluso en el cine y la televisión y me he cansado de oír y leer comentarios del estilo de “Neuromante está bien, pero el resto de la obra de Gibson me ha decepcionado".

Con estos mimbres, es comprensible que haya tardado tanto en acercarme a la novela. ¿Qué me he encontrado? Sin duda, su gran baza es la ambientación, pero lo que en su día fue novedoso, hoy ya no llama la atención, excepto por esos impretendidos toques retro que aparecen aquí y allá, unos disquetes, algún láser disc, unas cabinas de teléfonos…

La trama es bastante entretenida: un hacker al que unos jefes rencorosos desposeyeron de su medio de vida, inhabilitándolo para operar cerebralmente en la red, es reclutado por un tipo misterioso para que realice una serie de asaltos, junto con una guardaespaldas cyborg, a cambio de su restauración, terminando en una estación espacial regida por aristócratas decadentes, en medio de un conflicto entre inteligencias artificiales.

A pesar de ello, tarda demasiado en arrancar y cuando lo hace, tarda en ponerse interesante. Durante demasiadas páginas Case y Molly, los protagonistas, se limitan a deambular por el mundo sin objetivo claro. Gibson prefiere sugerir a explicar, lo que es bueno, pero se mantiene siempre en el filo de la navaja de la incomprensibilidad. A mi mismo, en ocasiones, me costaba seguir el hilo, aunque debo confesar que no he prestado a esta novela la atención debida. A ello no ayuda lo ya comentado, momentos que en su día debieron resultar brillantes y originales, como cuando Case queda atrapado en un mundo virtual, han devenido en tópicos.

Si la trama no me llamaba la atención, tampoco lo hacían los personajes. Rara vez siento empatía por los personajes drogadictos y autodestructivos como Case, pero no es imposible y aunque no la sienta, pueden resultarme interesantes. No es el caso, Case tiene el carisma de un tempano de hielo, nada en su personalidad me resulta atractivo. Molly tiene bastante más carácter, si, a fin de cuenta es peleona, leal y activa sexualmente, a pesar de lo cual termina convertida en una dama en apuros durante el clímax de la obra.

Literariamente, Gibson apuesta demasiado por descripciones chocantes, repletas de imágenes raras, como el famoso cielo del color de una televisión no sintonizada, que las más de las veces encuentro farragosas y, a menudo, difíciles de entender.

Así que me temo que no me he convertido en uno de los admiradores de William Gibson y no es probables que vuelva a él.

Pero, ¿qué hubiera pasado si la hubiera leído en el momento de su publicación? Si mi frágil yo adolescente hubiera estado expuesto al impacto de su creatividad, puede que ahora estuviera escribiendo una reseña muy diferente.

viernes, 20 de octubre de 2017

“Mobtel” de Rafa Marín


Esta novela juvenil de Rafa Marín empieza con un autodeclarado mcGuffin de primera categoría, su joven protagonista Tomás, herido y escondido en un depósito de agua. Cumple su cometido, incita a seguir leyendo, pero puede dar una impresión equivocada de la novela. “Mobtel” es principalmente la historia de un chaval español viviendo en Inglaterra y buscándose la vida, lo que se complica mucho cuando su madre tiene que volver a España para cuidar de su abuela paterna. La trama criminal tarda mucho en aparecer y, aunque correcta, tampoco es gran cosa.

Es mérito innegable de su autor que un lector tan alejado como soy yo de su público potencial haya podido disfrutarla sin problemas. “Mobtel” está bien escrita, es entretenida y contiene algunas reflexiones muy interesantes sobre el paso del tiempo y las relaciones entre las personas. Los personajes son sólidos y perfilados con brevedad y eficacia. El principal Tomás, que además es el narrador, es simpático y pronto se hace querer por el lector. La única pega es que en ocasiones resulta demasiado adulto, en vez de un adolescente parece una persona madura figurándose lo que pensará un adolescente y, aunque supongo que es inevitable, a través de él resuena la típica voz del narrador sentencioso de las obras de Rafa Marín, tan aficionado a explicar las grandes verdades de la vida y a terminar todas sus disertaciones con un retruécano, un juego de palabras, o alguna otra gracia.

Lectura muy agradable, no me quejo de lo que es, sino de lo que no es. Los momentos de humor, por ejemplo, son simpáticos, consiguen que el lector esboce una sonrisa, pero no una carcajada. Ocurre lo mismo con todo, los momentos de acción son entretenidos, pero no te tienen con el corazón en un puño, los momentos sentimentales no te harán llorar. En una buena novela y me ha gustado leerla , pero pienso que podría haber estado mejor.

lunes, 16 de octubre de 2017

“Rachel rising” de Terry Moore


Me considero un gran aficionado al cómic. No suelo postear sobre ello, por la sencilla razón de que tardo mucho menos en leer un cómic. que un libro, lo que se traduce en que si reseñara cada cómic. que me leo, mi vida privada consistiría únicamente en actualizar este blog. Lo que no me daría tiempo para leer cómics, pero eso es otra historia …

El puente del 12 de Octubre me ha dejado mas tiempo libre y he decidido saltarme esta norma.
El caso es que tenía un gran agujero en mi curriculum lector, no había leído nada de Terry Moore, autor de culto desde que publicara “Strangers in Paradise”. No he empezado con esta obra, como sería lógico y he preferido tirarme a algo más comercial.
“Rachel Rising”, teóricamente, cuenta la historia de una joven que, después de ser asesinada, se levanta de su tumba anónima en medio de un bosque, decidida a buscar a su asesino.
Premisa impactante, ¿verdad? ¡PUES ES MENTIRA! “Rachel Rising” no va de eso. En realidad va de una niña, llamada Zoe, que no para de matar gente. Las motivaciones son complejas, en realidad no es exactamente una niña y muchos de sus asesinatos, no todos, están justificados. En prácticamente cada capítulo, Zoe mata a alguien. El resto de las páginas se ocupan con alguna escena de los supuestos protagonistas conversando, sin hacer nada y con algún acontecimiento ominoso, generalmente un ridículo ritual de brujería o algún presagio. Para terminar, cada capítulo termina con un golpe de efecto que te incita a leer el siguiente, a pesar de que la historia global no ha avanzado nada.
Me ha parecido un Seinfield siniestro, una serie que no va sobre nada y en la que, en el fondo, no pasa nada. ¿Nunca has estado enganchado a alguna serie de televisión que en cada capítulo te tiene comiéndote las uñas, pero, cuando terminan, te das cuenta de que, en el fondo, no ha pasado nada? Pues eso es “Rachel Rising”.
Aunque eso sí, muy bien contado. Terry Moore es un gran dibujante, aunque me da la sensación de que todos sus personajes se parecen mucho, un gran dialoguista y un gran narrador, que sabe capturar la atención del lector en cada episodio, aunque la historia global no se dirija hacia ninguna parte. Su habilidad narrativa, es parte del problema en el fondo. Pongamos por ejemplo que quiere presentar a un nuevo personaje y quiere que su aparición resulte impactante. Pues hacer que aparezca le lleva tres o cuatro páginas, mínimo y sí, resulta impactante, pero en el número queda poco espacio para algo más.
Para colmo de males, da la sensación de que Terry Moore se hartó de la serie, o ésta empezó a darle problemas económicos, y la termina de cualquier manera, en un número final bastante bueno, pero que deja un montón de cabos sueltos, entre ellos unos cuantos personajes que han aparecido intermitentemente por la trama, sin llegar a pintar nada en ella y que entra en conflicto con lo que se iba preparando en los números anteriores.
Lo que mas me sorprende es que Terry Moore se supone que es un autor independiente y alabado por la crítica y este cómic. casi lo podía haber escrito Brian Michael Bendis.¡Que viva el decompressive storytelling!
Me lo he pasado muy bien, pero es una lectura que me ha dejado muy frío. El caso es que, algún día, volveré a leer algo de Terry Moore, porque es un gran dibujante y un gran narrador.

Evasión

Escribir en mi blog exige una cierta tranquilidad, la tranquilidad de que puedo darme el lujo de gastar tiempo en mis aficiones, de que en medio del batiburrillo de confusión y malas noticias de cada día, merece la pena emplear algo de tiempo para exponer mis opiniones, normalmente sobre novela, a través del gran escaparte de internet.

Sinceramente, estos últimos días estoy perdiendo esa tranquilidad. Parece que, en España, nos dirigimos directos, sino a una guerra civil, al menos a OTRA crisis económica, cuando decir que hemos salido de la anterior es mucho decir. En estas circunstancia ¿a quién pude importarle lo que opino de la última novela de marcianitos que he leído? Parecería que lo único de lo que se puede hablar es del GRAN TEMA omnipresente. A mi mismo, empieza a obsesionarme cuanto más durará mi propio puesto de trabajo, aunque en este terreno sea mi propio peor enemigo.

En este ambiente, este blog más que un medio de expresión, o una diversión, está empezando a convertirse en un medio de evasión, un modo de abstraerme de la realidad que me rodea.

jueves, 12 de octubre de 2017

“Cena en el palacio de la discordia” de Tim Powers




Ignoro si está en los planes de Gigamesh reeditar esta novela, pero he tenido la fortuna de encontrarla en mi biblioteca.

Antes que nada, un minuto de silencio. Una nota a pie de página en la bibliografía indica que su información ha sido proporcionada por Juan Carlos Planells. Hacia seis años que nada me recordaba su nombre. El mundo puede ser un lugar muy perro y el tiempo no espera a nadie.

En fin...

Imagino que “Cena en el palacio de la discordia” debe ser considerada una obra menor de Tim Powers. Como mínimo, su extensión es bastante reducida y es una obra atípica. Para empezar, tiene un único protagonista, la trama es lineal y no transcurre en ningún momento de la historia, ni siquiera en el presente, sino en un futuro post nuclear. Además, no busca su inspiración en el pasado, en el folclore o en la ciencia. Eso elimina algo del placer intelectual que suponen las obras de Tim Powers: no hay encaje de bolillos para insertar las peripecias de los protagonistas en medio de acontecimientos reales, ni explicaciones descabelladas a acontecimientos históricos, ni reinterpretaciones peculiares de mitos y creencias. Por una vez en la vida, Tim Powers no intenta rehacer nuestro mundo.

¿Qué nos queda entonces?

El placer de narrar. La aventura pura y dura. “Cena en el palacio de la discordia” es una novela basada en la acción, de corta extensión extensión (son 238 páginas y transcurre en apenas diez días) en la que difícilmente podrían caber mas peripecias y que, a pesar de ello, en ningún momento causa la sensación de apresuramiento o compresión. A cada acontecimiento y cada incidente se le dedica el tiempo justo, ni más ni menos.

Narra la historia de Gregorio Rivas, un músico de un club nocturno que antaño había trabajado como “redentor”, lo que ahora llamaríamos un “desprogramador”, aunque no es exactamente lo mismo. Oficio que consiste en secuestrar a jóvenes adeptos del culto de Norton Jaybush. Dicho culto, más que una secta, es un auténtico estado. Para realizar sus misiones los redentores tienen que infiltrarse en su país, uniéndose al culto y compartiendo sus sacramentos, lo que incluye una imposición de manos que deja a los adeptos reducidos a idiotas babeantes.

Rivas era el mejor en este peligroso trabajo, gracias a lo aprendido cuando él mismo formó parte del culto Jaybush. Ya retirado, es contratado a cambio de una cantidad exorbitante por el padre de Urania, su primer amor para que la rescate, pues se ha unido a los Jay. Durante esta búsqueda, a Gregorio le ocurrirá, como ya he dicho, de todo. Todo saldrá mal, quebrantará sus propias reglas, correrá todo los riesgos que juró no correr y vivirá un auténtico calvario, físico y psíquico, que incluye alguna mutilación.

A pesar de la corta extensión, Powers tiene tiempo de desarrollar un mundo complejo, con algunos escenarios y personajes fascinantes. El “hemoglobin”, por ejemplo, es una creación cien por cien powersiana, de esas que uno piensa que sólo se le pueden ocurrir a Tim Powers y lo mismo ocurre con el propio Norton Jaybush, cuya verdadera naturaleza y el modo en que se revela, son uno de los grandes aciertos de la novela. El final es emocionante. El epílogo, o último capítulo, según se interprete, puede parecer que queda abierto o que cierra perfectamente la historia, con Gregorio Rivas convirtiéndose en la encarnación del heroísmo según Frank Miller. A mi, la verdad, me ha gustado.

Si hay algo que no me ha convencido, sin embargo, ha sido la evolución de Gregorio Rivas. Se supone que es un egocéntrico que sólo piensa en sí mismo que recupera la humanidad a fuerza de traumas y pesares. El problema es que nunca parece tan egoísta. Lo único que nos apunta esa naturaleza es que procura esquivar a las chicas con las que rompe y que regatea por el rescate de la supuesta mujer de su vida. Una vez en marcha, aunque discuta sus motivos y tenga dudas, se comporta como cabría esperar de un héroe arquetípico, cosa que, en el fondo, el personaje es. Eso deja su supuesta evolución en nada. Es difícil que el lector duda de su respuesta, cuando es tentado por el mal, ya que lleva toda la novela viéndolo tomar decisiones éticamente correctas, que lo único que hacen es perjudicarlo.

Si en mi reseña de “La última partida”, me quejaba de que las obras de Tim Powers seguían un patrón que se estaba volviendo predecible, leer “Cena en el palacio de la discordia” ha resultado una experiencia refrescante, pues en ella todavía no han aparecido los esquemas que mas tarde jalonarán sus obras. No hay la primera escena, que aparentemente no tiene nada que ver con el resto del libro y que tardaremos mucho en comprender, ni la ruptura con la pareja justo antes del clímax del libro, por ejemplo. En vez de seguir una formula definida, Tim Powers se suelta el pelo y se deja llevar por el placer de narrar.

A la altura de “Esencia oscura”, aunque para mi gusto un poquito mejor, “Cena en el palacio de la discordia” es, ciertamente, una novela menor, mucho menos compleja y ambiciosa que las que habrían de seguirla, pero muy entretenida y para mi gusto, completamente disfrutable.

Con su lectura, acabo de concluir toda la obra traducida al castellano de Tim Powers, así que me declaro a mi mismo gran maestre de la orden del poder y me otorgo la medalla del lector impenitente e incrédulo.

viernes, 6 de octubre de 2017

“Ese mundo desaparecido” de Dennis Lehane


Años después del trágico final de “Vivir de noche” Joe Coughlin acude a su cita con el destino en “Ese mundo desaparecido”. Mafioso retirado que ya ejerce sólo de consigliere, padre afectuoso y entregado, su vida empieza a volverse patas arriba cuando empieza a tener visiones de un niño fantasmal, que podría ser tanto el espíritu del hijo que esperaba su mujer cuando fue asesinada como él mismo, durante su infancia. Poco después, recibe el soplo de que alguien pretende matarlo. A la vez que avanza en las indagaciones de su propio asesinato, la paz que reinaba entre las diferentes bandas de Tampa se quebrará y sus calles volverán a teñirse de sangre.

El final de "Vivir de noche" parece el de un cuento de hadas, comparado con el de este libro.
Las virtudes que encontré en “Vivir de noche” siguen presentes en “Ese mundo desaparecido”, aunque quizá su calidad esté haya disminuido un punto. Bajo la aparente sencillez de la escritura de Dennis Lehane se esconde un gran constructor de personajes y un magnífico dialoguista, que atrapa al lector con suma facilidad, a pesar de su profundo pesimismo. Por si estas virtudes fueran pocas, en esta novela utiliza recursos del género fantástico, a los que me referiré más adelante. He estado a punto de incluir entre la etiquetas de este post “Terror”.

Cualquiera que haya visto “Mystic River” sabrá que hay mucho de tragedia en la narrativa de Dennis Lehane. “Ese mundo desaparecido” es, en el fondo, justamente eso, una tragedia presidida por la muerte. La fatalidad, el destino o como queramos llamarlo, lleva a la muerte a prácticamente todo el reparto, a menudo en contra de los deseos de los propios verdugos, como algo inevitable contra lo que no se puede luchar.

La muerte está siempre presente en el relato, acechando y obsesionando a todos los protagonistas, al igual que la violencia, pero en el universo Lehane, la violencia es como en la vida real: deja secuelas. Nadie escapa a las consecuencias de sus actos y, tanto las víctimas como sus verdugos, quedan marcados para el resto de sus vidas.

Sin embargo, hay algunas pequeñas pegas que poner a “Ese mundo desaparecido”. Primero, la intriga, por llamarlo de algún modo, es bastante previsible. Segundo, hay algunos fragmentos en los que he detectado lo que yo llamaría un “exceso de virtuosismo”. Uno es la visita que hace Joe al peculiar director de una agencia de asesinos a sueldo, en una casa flotante. Es un fragmento escalofriante, pero muy exagerado y ,a la postre, baldío. Es como si Dennis Lehane se hubiera propuesto en él demostrar todo lo lejos que es capaz de llegar, en cuanto a crear atmósferas amenazantes y personajes siniestros. Lo consigue, hasta cierto punto, aunque a mí no me parezca creíble, pero no tiene consecuencias. Ese tipo tan horrible no vuelve a salir en la novela y casi no se le vuelve a mencionar. ¿A qué ha venido entonces todo este capítulo?

El otro es el capítulo que narra la historia del doctor Lenox, mientras éste hace un reconocimiento a Joe. Con sinceridad, es un capítulo magnífico. Merecería ser publicado individualmente en una antología de relatos de fantasmas y llevarse todos los premios habidos y por haber a relatos de terror, pero, una vez más, no tiene nada que ver con el resto de la trama.

“Ese mundo desaparecido” es una novela bastante breve. ¿Consideró Dennis Lehane que necesitaba una ración de “paginitis” para mejorar su suerte editorial o tuvo un ataque del conocido síndrome de “Mira mamá, que bien escribo”?

En fin, no son consideraciones muy importantes. Sus defectos, no quitan que sea un libro muy bueno.