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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

jueves, 27 de noviembre de 2014

“Los cuentos de Rocavarancolia”. de José Antonio Cotrina



            No puedo decir que la idea me ilusionara mucho, una recopilación de micro relatos publicados inicialmente vía twitter, pero Cotrina anda convirtiéndose en uno de mis autores favoritos, la ciudad de Rocavarancolia es uno de los entornos mas fascinantes a los que ha viajado mi imaginación estos últimos años y el precio era ajustado (mínimo un euro, recomendado 2, cuando lo adquirí), no sé si decir que barato, porque es un librito muy corto, de apenas cien páginas.

            En cualquier caso, fue una buena adquisición. Cotrina expande el final del ciclo de la Luna Roja, que, cómo por desgracia para los protagonistas me temía, no fue tan feliz para los protagonistas que quedaron con vida como parecía. Así, les veremos enfrentarse a nuevas amenazas, aumentar sus filas con nuevos cosechados, ahora voluntarios y enfrentarse a nuevos desafíos.

            Rocavarancolia sigue siendo un lugar tan fascinante como recordaba, donde lo maravilloso convive con lo horrible y la crueldad con destellos de inesperada ternura. La brevedad de los capítulos hace que algunos parezcan meros bosquejos de personajes, o de lugares, pero es una falsa impresión. Haya ocurrido por accidente, a medida que los micro relatos sembraban gérmenes de nuevas tramas en la mente del autor, o siguiendo un plan meticulosamente concebido, en el fondo, lo que tenemos aquí es una novela. Poco a poco, las personajes y los apuntes de tramas se van hilvanando en la madeja de una historia, que aunque acaba, deja muchos cabos sueltos, que imagino serán aprovechados en próximas entregas.

            La brevedad de la estructura elegida, obliga a despojar el estilo de todo artificio, separar el grano de la paja e ir directo a lo fundamental. Cotrina sale triunfador con nota del desafío, la escritura es brillante. Por supuesto que no es un libro, perfecto, nada en este mundo lo es, aunque a los fans de la Luna Roja les cueste admitirlo. Algunas veces se echaría en falta más páginas, aunque por otra parte sea refrescante liberarse de la elefantiasis de la literatura fantástica moderna. Es difícil explicarlo sin spoilers, pero el modo en que se convence a un adversario de que cambie de actitud se parece demasiado al modo en que se arregla la crisis principal, es como si ejecutaran el mismo truco dos veces seguidas, eliminando la capacidad de sorpresa.

            Y por último el personaje de Héctor. Aunque a mi, personalmente me gustaba mucho al principio, cuando era un muchacho gordito, torpe y gallina, Héctor brillaba al final de la saga, a pesar del escaso papel que terminaba teniendo en el desenlace, por el empeño en que se aferraba a su humanidad. A pesar de sus transformaciones físicas Héctor no se convertía en un monstruo porque elegía no hacerlo. Ahora se ha convertido en algo así como la conciencia del grupo, no estaría mal sino fuera porque apenas participa en las crisis. Ni lucha, ni aporta ideas, ni su presencia tiene relevancia. Lo único que hace es lamentarse por lo poco ético de las acciones que llevan a cabo, aunque no ofrezca alternativas. Si no se enmienda pronto, a los lectores les va a empezar a parecer un llorón insoportable.

viernes, 21 de noviembre de 2014

“¿Quién anda por aquí?”. de Bob Shaw.


Me acabo de dar cuenta de que me he acabado este libro y no sé a que viene el título, y eso que es una traslación literal del original en ingles “Who goes here?”. Es la historia de Warren Peace, un hombre que despierta, podríamos decir que nace, en la oficina de reclutamiento de la Legión del Espacio. Puesto que los reclutas se alistaban en la Legión Extranjera para olvidar, en el lejano futuro ese olvido es literal, mediante borrado de cerebro. Ese borrado, normalmente solo afecta a unos pocos días, o al motivo por el que se alistaron, pero Warren Peace no recuerda nada, es un amnésico total, lo que hace suponer a todo el mundo que ha llevado una monstruosa vida de crimen y depravación.

            Bob Shaw nos regala en esta novelita una pieza de ciencia ficción humorística. La contraportada la compara con Fredric Brown y Robert Sheckley, que debían de ser los ejemplos más representativos en el momento de su publicación, pero, sobre todo en su primera parte, recuerda más al Harry Harrison de “Bill, héroe galáctico”. En ella Bob Shaw reparte unos cuantos derechazos a la tradición militarista e imperialista de su país.

            Warren Peace es un personaje bufo, a pesar del terrible pasado que se le supone, no es más que un inocente desamparado en un universo hostil, al que la mala suerte le persigue, metiéndole en accidentes y situaciones embarazosas una y otra vez. Algunos de los mejores gags no tienen prácticamente nada que ver con lo fantástico, como el incidente con el niño en el cine o el de la cabina telefónica. En algunos casi se podría imaginar a Peter Sellers en el lugar del protagonista, llevando el caos a todas partes, a pesar de sus buenas intenciones.

            Quede para los aficionados al psicoanálisis la cualidad neutra de Peace, que no sólo no muestra ningún interés por el sexo, sino que al final parece abrazar con alegría el abandono de su naturaleza sexual y que, en este lejano futuro, las relaciones homosexuales estén mal vistas socialmente.

            No existe la menor profundidad en ninguno de los personajes, ni falta que hace. Todo está supeditado a la trama, tan trepidante como delirante, cómo es de esperar en este tipo de lecturas. Quede para el recuerdo ese memorable hallazgo del retrete de señoras que esconde una máquina del tiempo, con el que Bob Shaw se adelantó en décadas a “Frecuently ask questions about time travel”. La novela cumple con lo que se propone, un divertimiento ligero que entretiene, lo que no es poco. No llega a las alturas alcanzadas posteriormente por Terry Pratchet o por Douglas Adams en sus mejores momentos, pero es una novela que se recuerda con una sonrisa.


“La rubia de ojos negros”. de Benjamín Black.


La mortalidad es una putada. Si son ustedes personas adultas me comprenden perfectamente. Al ineludible final, a las perdidas inevitables de nuestros seres queridos, los lectores compulsivos tenemos que añadir la de nuestros escritores favoritos. Por eso, los innumerables fans de Philip Marlowe pueden estar de enhorabuena: después de tantos años desde la muerte de Raymond Chandler, llega a las librerías un nuevo caso del desengañado detective, que se diría firmado por la misma mano.

Hace algún tiempo, plasmé aquí la opinión conjunta que me había merecido la lectura de todas las historias de Marlowe. Puede suscribir, palabra a palabra, todo lo que escribí en aquella ocasión, para esta novela. La habilidad de Benjamín Black, también conocido como John Banville, nuestro flamante príncipe de Asturias, para resucitar el estilo de Chandler linda con lo nigromántico. No se queda en lo superficial, la trama, sino que es capaz de recrear la prosa de Chandler, su personalísima voz, no por imitada menos especial. Su música, en suma. Si no apareciera el nombre del autor, bajo el título uno creería encontrarse ante un manuscrito perdido de Chandler que sus herederos han encontrado en una caja polvorienta.

La calidad de “La rubia de ojos negros” resulta inferior a la de “El largo adiós”, algo inevitable. Ligeramente por debajo de “Adiós muñeca” y “La dama del lago” y por encima de “Playback”. Lo único que la distingue de las obras de Chandler es que en estas apenas hay referencias a las anteriores aventuras de Marlowe, y aquí, las referencias a “El largo adiós”, son continuas. Incluso podría decirse que se trata de una secuela de esta, a ubicar cronológicamente entre ella y “Playback”.

Chandler era un gran escritor. Esta novela parece de Chandler, como consecuencia es un muy buen libro. Lo único que echo de menos es algún tipo de toque personal. Me hace preguntarme como deben de ser los libros de creación propia de Benjamín Black. O los de John Banville.


miércoles, 12 de noviembre de 2014

“Edén”. De Stanislaw Lem




Una nave espacial se estrella en un planeta alienígena. Su tripulación intentará repararla, a la vez que exploran el planeta y tratan de comprenderlo. Hasta aquí bastante típico. Lo primero que llama la atención es que a los personajes no se les conoce por su nombre de pila, sino por el nombre de su especialidad. Así tenemos al coordinador, el físico, el cibernético, el químico, el médico… Esto es un poco más raro, pero Lem también hizo lo mismo en “El invencible”. Sin embargo, es el primer defecto de la novela. Los protagonistas son muy poco carismáticos. Son hombre de ciencia bien entrenados y resueltos, que se consideran a si mismos capaces de afrontar cualquier situación y resolver cualquier enigma. El médico, como no, es el mas humano de todos y el único consciente desde el principio de sus limitaciones, los demás, al contrario, pueden llegar a resultar inhumanos por su dedicación, especialmente el coordinador, el líder, pero tampoco sin exagerar. Esta no es una novela de personajes, si eres uno de esos lectores que, ante todo, requiere de unos personajes carismáticos a los que amar u odiar, búscate otro libro.

El planeta está habitado y su especie preponderante pronto les resultará incomprensible. Era de esperar. Uno ya lleva varias novelas de Lem y se hubiera dado cuenta de que consideraba el diálogo entre especies como imposible, aunque no lo hubiera leído en algún artículo por Internet. Se puede decir que era el autor de la incomunicación extraterrestre. Sin embargo, esta vez no desarrolla su tesis de una manera tan conmovedora como en “Solaris” ni tan exhaustiva como en “Fiasco”. Los protagonistas pasan páginas y páginas paseando por un planeta que  no comprenden, aventurando hipótesis interesantes que el médico se apresura a criticar con el irrebatible argumento de que los prejuicios y preconcepciones humanas no se pueden aplicar a otros mundos. Lem no transmite sensación de impotencia o frustración, si es que eso era lo que pretendía. Todo es demasiado vago y poco interesante. Se trata de una novela anterior a las que he mencionado, y parece como si aún estuviera dándole vueltas a las ideas que posteriormente desarrollaría con mayor éxito.

Junto con las excursiones, los náufragos del espacio pasan mucho tiempo reparando su nave. Estas reparaciones son descritas con gran detalle y abundantes términos técnicos. Soy incapaz de decir si son científicamente plausibles o no, pero carecen de interés. Aún así no son el principal problema, el principal problema son las largas descripciones de los paisajes del planeta Edén y de las obras de sus habitantes. Copan la mitad o tres cuartas partes de la novela, y son bastante aburridas. Si eres de los que consideraban tediosas las detalladas descripciones de H.P. Lovecraft de sus monstruos y ciudades de pesadillas, éste tampoco es tu libro, porque son como diez veces peores.



También son fascinantes, todo hay que decirlo. Transmiten genialmente la impresión de una biología y una inteligencia que nos es del todo ajena. La imaginación de Lem parecía no tener límites y éste si es un libro para los adictos a esa cosa tan difícil de definir que llaman “sense of wonder”. O efecto atiza.

Algunos de los momentos de la obra son inolvidables. El miedo y la confusión cuando los protagonistas se ven envueltos en un tumulto o estampida, la frialdad, casi crueldad con la que se le revela su destino a cierto personaje. Es difícil hablar sin revelar spoilers.


 Al contrario que en otras ocasiones, al final de la novela se llega a una especie de revelación de lo que podría estar pasando, aunque los protagonistas son conscientes de que podrían estar equivocándose, debido a la imposibilidad de desprenderse de su bagaje terrestre. Esta revelación me resulta insuficiente. Aunque es una idea brillante e interesante, se dedica poco espacio a desarrollarla. Lem no consigue hacerla real al lector, no pasa de la teoría a la práctica, se nos dice que explica casi todo, pero no cómo lo explica. En el fondo, lo mismo hubiera dado que, en vez de una nueva ciencia de la información (ahhh lo he soltado), hubiera dicho que todo era obra de un mago, no pone ejemplos de cómo se aplica, no consigue hacernos creer lo imposible, que es lo peor que se puede decir de un escritor de literatura fantástica.

Una nóvela interesante, distinta de lo que estamos acostumbrados a leer en la ciencia ficción anglosajona, pero no por ello de mayor calidad. Sólo apta para los fans irreductibles de su autor.