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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

martes, 26 de julio de 2016

“El libro de las almas” de Víctor Conde

He estado a punto de titular a este post “diferencias irreconciliables”. Creo que es lo que tenemos Víctor Conde y yo en nuestra manera de entender la literatura. Estas diferencias se traducen en los picos y caídas que sufre mi afición a este autor, que me llevan a que, aunque nunca deje de comprarle, me pase grandes periodos de tiempo sin leerle, como demuestra el hecho de que no me haya leído esta antología hasta hoy, y probablemente hubiera seguido retrasando el momento de hacerlo si no hubiera buscado un libro de relatos con el que entretenerme en los tiempos muertos de mis vacaciones, cuando adquirí mi volumen en cuanto salió, allá por el 2010, o sea, hace seis años.

Por cierto que su búsqueda me descubrió la excelente librería Miraguano, pero esa es otra historia.

El caso es que nuestros diferentes puntos de vista hacen que demasiados de los relatos incluidos en esta antología me hayan resultado tan difíciles de leer como poco atractivos, por lo que tal vez no sea la persona mas adecuada para enjuiciarlo.

La excusa argumental para unirlos consiste en las vivencias de Krim la única persona despierta en una inmensa nave generacional cargada con una cantidad inmensa de futuros colonos hibernados. Cada relato viene introducido por un micro relato sobre dichas vivencias y se supone que los relatos principales son los sueños de los durmientes, que Krim escruta para obedecer la directriz de vigilancia onírica impuesta por el Ekukmenen. Algunos de los que he dado en llamar “micro relatos” no son mas que reflexiones de Krim, o tal vez del autor, camufladas como reflexiones del personaje, otras me han parecido pequeñas obras maestras de concisión e ironía, como las que encabezan “Continente lluvioso” y “Empalme en la cinta de Moebius” y el conjunto me ha parecido una vuelta de tuerca interesante al clásico tema de la nave espacial con un único, y solitario, tripulante. Nada que objetar por ahí.

Desde el comienzo, Krim tiene dudas sobre la realidad de los recuerdos o sueños que escruta, evidente manera de soslayar la imposibilidad de muchos, o la incompatibilidad de los universos en que transcurren.


La mujer encrucijada


Especie de steam punk, creo. En este relato y el siguiente, me ha irritado enormemente el uso de palabrería científica a la que no he visto el menor sentido. Entusiasta de la ciencia ficción hard como soy, cuando no entiendo de que me hablan considero que, o bien el autor es un incompetente que no sabe explicarse, o bien me está haciendo perder el tiempo con tonterías sin sentido como las que sueltan en los episodios de Star Trek. Ambos casos me cabrean.

Me disculpo por mi exabrupto, totalmente inmerecido para este pequeño relato, pero que llevaba clavado muy dentro de mi.

Volvamos al relato, que es lo que importa y no mis gilipolleces. Los personajes son arquetipos muy poco interesantes y muy poco trabajados, incluso para las limitaciones esperables en un relato. Esta será una constante en el resto del libro que explicito aquí para no tener que repetirla mas tarde. El argumento no parece ir a ninguna parte hasta el final, pero éste es tan impactante que lo redime, además, atesora sense of wonder y sentido del humor y me ganó para su causa desde las palabras: “monos que giraban manivelas de organillos, mientras sus amos danzaban mostrando sus sombreros

Tigre
 
Hay a quien le recuerda a “El crimen y la gloria del comandante Suzdal”. A mí me ha recordado mas al infausto remake de “El planeta de los simios” que perpetró Tim Burton. Al menos es entretenido. Me remito a “La mujer encrucijada” para mi opinión sobre la palabrería científica.
 
El águila tatuada

Un relato correcto, mas que una sincronía, que hubiera sucedido si… , es del tipo ojalá hubiera sucedido que… , una opinión muy poco favorable del general Custer y del trato recibido por los nativos americanos. Nada que objetar.

Bienvenida al club, señorita Ken

Apoteosis de humor negro sobre los foros y grupos de Internet, en este caso de postulantes al suicidio. Muy divertido.


Continente lluvioso

El continente por encima del contenido. Un día cualquiera en la vida de una mujer contemporánea, en el que no ocurre nada en espacial. Admirable la sinceridad del autor, que lo advierte desde el tercer párrafo: en este relato no va a pasar nada. No utiliza esas palabras, sino otras mas complejas, como hará en el resto del cuento. Esa es su supuesta gracia, el lenguaje barroco, las oraciones complejas, formadas por múltiples subordinadas y plagadas de metáforas y símiles. La propia narradora lo explica en su momento:

“A mí siempre me han puesto las palabras esos vapores modulados que nos salen de los pulmones manchados de cultura. Me gustan los exabruptos y las fricativas, sobre todo si su significado es tan breve como su duración.”
Pues eso. Esas palabras definen lo que cabe esperar de este ejercicio de estilo. Reconozco que a ratos me ha resultado fascinante, pero en general lo he encontrado tedioso.
Empalme en la cinta de Moebius

Historia de viajes en el tiempo bastante original a costa de un peculiar método de aplicar la pena capital. Además, sale Ada Lovelace, a la que rindo culto como todo buen informático. Interesante y entretenida, no estoy seguro de haber entendido bien el final. ¿Porqué me resulta tan fácil enrollarme cuando un relato no me gusta y me cuesta tanto con los que sí?


La última tentación

La teología y la metafísica me aburren, así que no puedo encontrar menos interesante la incompatibilidad entre la omnisciencia y la omnipotencia de Dios, aunque si que me ha gustado el modo en que humaniza a Jesús y sus discípulos.


Ysobelt y los visionautas

Que difícil me resulta hablar sobre este relato. Por un lado, la imaginación que despliega es portentosa, está lleno de imágenes, conceptos e ideas fabulosas, e incluso tiene un tonillo poético y metafórico muy interesante. Todos estos puntos fuertes, sin embargo, en vez de sumarse se anulan entre sí. Me da la impresión de que Víctor Conde está tan empeñado en asombrar al lector sacándose un nuevo conejo de la chistera cada pocas páginas que se olvida de lo fundamental, la historia que debería estar contando, así que el argumento naufraga por los cuatro costados hasta parecer la traslación literaria de una experiencia con el LSD.
 
Tiene una referencia a “La mujer encrucijada” que me pillo por sorpresa, a pesar de lo evidente.

Eso sí, las emisiones radiofónicas que jalonan la trama son muy divertidas.


Afilada hoja de madera

Después de la anterior, resulta agradable una historia que se entiende, aunque le sobre un poco de palabrería en las escenas bélicas. Triste, dramática y aterradora, su única pega son un par de escenas narradas de un modo excesivamente efectista y que no es demasiado original. A mi, sin ir mas lejos, me ha recordado una escena de la novela de Frederick Pohl “Homo Plus” y a un capítulo de “Mas allá del límite”.


Quince horas de cielo sobre Damasco

Entretenida historia de mundos virtuales, donde Víctor Conde vuelve a desplegar su imaginación (ah, esas mansiones piratas lanzándose cañonazos unas a otras) El final no es gran cosa, pero es coherente y efectivo.


Cartas a V2

Me rindo. Soy incapaz de entender este cuento, no sé qué es lo que he leído, cual era la intención del autor al escribirlo ni si la logró o no, y lo que es peor, no me importa. Minutos malgastados de mi vida.


Llegados a la hora de hacer balance tengo que remitirme al tema de las diferencia irreconciliables. Es indudable que Víctor Conde debe haber dedicado una cantidad considerable de esfuerzo a escribir “Continente lluvioso”, “Ysobelt y los visionautas” y “Cartas a v cuadrado” y supongo que estará orgulloso de su trabajo pues supongo que lo escrito es lo que esperaba conseguir, pero lo logrado no podría interesarme menos y mi criterio es mas estético que racional. No soporto la sintaxis retorcida, el abuso de neologismos o la ausencia de una lógica argumental que no sea onírica. Todos estos puntos normalmente los señalaría como defectos imperdonables y desde mi punto de vista lo son, pero son defectos buscados intencionadamente, integrados en la personalidad estilística de su autor y presentes en numerosas otras obras.

Algunos relatos me han gustado, algunos incluso mucho, otros me han parecido auténticas tomaduras de pelo. Aprecio la tremenda imaginación y el sentido de maravilla de Víctor Conde y en ocasiones, su narrativa, y pienso seguir comprándole, aunque no le lea, pero demasiado a menudo me hace bostezar con textos a los que no encuentro el menor sentido. Sospecho que el problema no está en el fabricante ni en el producto, sino en que el producto no es adecuado para mí.


















martes, 12 de julio de 2016

“El planeta de Shakespeare” de Clifford D. Simak



Disto mucho de ser un experto en este autor. Conservo un recuerdo idealizado de “Estación de tránsito” leída durante la adolescencia. He leído varias veces el relato que venía incluido en el volumen 2 de la antología de Brian Aldiss “Imperios galácticos” y la novela “La autopista de la eternidad” me pareció malísima. Internet le define como un autor de ciencia ficción “pastoril” que transcurre en entornos idílicos e idealiza la vida rural, lo que no me resulta demasiado atrayente.

Podemos decir que las espadas estaban en alto con “El planeta de Shakespeare” y que su lectura debía decidir si profundizaría o no en este autor en el futuro.

La primera decepción llega cuando me encuentro que la acción no transcurre en un planeta poblado por los personajes de las obras de Shakespeare, ni tampoco son la aventuras intergalácticas de un William Shakespeare abducido por extraterrestres.

Vayamos por partes. Tenemos una nave espacial, que viaja a velocidades relativistas, cuya consciencia está formada por las personalidades de tres personas, que partió hace un millar de años a buscar mundos habitables. Un accidente acabó con toda su tripulación criogenizada salvo uno, al que descongelan cuando por fin encuentran un mundo habitable. Da la casualidad de que en este mundo hay un portal de teleportación perteneciente a una red de transporte creada por seres desconocidos, ese portal sin embargo, está cerrado por el extremo del planeta, de modo que los que llegan a él, no pueden marcharse, como le ocurrió a un humano que consignó sus pensamientos en los espacios en blanco de una edición de las obras completas de Shakespeare. Ése es el Shakespeare del relato.

Hay mas: Ruinas misteriosas, un alienígena llamado Carnivore por motivos obvios, de buen corazón y no demasiado despierto y mas sorpresas que no revelaré por si algún día les da por leer esta novela. Ninguna de las muchas ideas que se exponen se desarrolla con mucha profundidad, Simak salta de una a la siguiente sin preocuparse demasiado. No es un especulador ni un científico, aunque tiene algo de poeta. Se limita a barajar las convenciones del género, dándoles un ligero toque personal.

El estilo es transparente, sin artificios dotado de una sorprendente serenidad. Algunos pasajes me han resultado intensamente líricos, como la descripción del entierro de los tripulantes de la nave en un planeta deshabitado. Los personajes son sencillos, escasamente caracterizados, algunos incluso caricaturescos y probablemente es intencionado, porque todo tiene un aire de fábula. Aunque tienen sus mezquindades y mantienen sus diferencias entre ellos, les une una especie de camaradería que cruza la barrera entre especies y entre máquinas. En “El planeta de Shakespeare” un robot puede asistir a un moribundo y velar su cadáver, un humano preocuparse de no herir los sentimientos de un ser que podría considerarse una bestia asesina y, aunque la comunicación sea imposible, se pueden establecer lazos de camaradería con unos seres con el aspecto y el tamaño de babosas. El momento cumbre de la novela, es, en mi opinión, la comunión mental del protagonista humano con una forma de vida extrañísima e incomprensible. A mi entender, Simak parece abogar por una especie de fraternidad entre todas las formas de vida y acepta una definición muy flexible de lo que es la vida. En un mensaje optimista, que muchos calificarán de ingenuo, pero con el que no cuesta nada simpatizar y que resulta refrescante, dado el pesimismo que campa por la ciencia ficción últimamente.

A pesar de este aparente buen rollismo, el misterio y la acción están presentes. La novela es corta y está plagada de acontecimientos, así que el aburrimiento no es una opción. Sin embargo, no carece de defectos. Abundan las digresiones filosóficas sobre el tiempo, el universo y su propósito, algunas interesantes, las mas, aburridas. Los diálogos entre las tres personalidades que componen la personalidad de la nave se vuelven progresivamente tediosos. El mas largo de ellos, que prácticamente cierra la novela, es un auténtico dolor de muelas que no le recomiendo a nadie.

Además, los acontecimientos se suceden unos a otros sin ningún tipo de lógica interna. El final, un tanto precipitado, ocurre porque sí, da un final a los frentes abiertos, pero no explica ninguno de los misterios. Uno de los personajes se planeta si no cometen un error al intentar imponer un sentido a las cosas, que carecen de información suficiente como para intentar comprender lo que ha ocurrido realmente. Buen intento, señor Simak, pero no me engaña, es usted el que no es capaz de dar sentido a su propia historia, así que no trate de engañarme dándoselas de profundo, que le he pillado. He leído a escritores que tratan sobre la imposibilidad de comprender el cosmos y usted no ha disparado contra ese blanco en toda la novela.

 Conclusión, una novela entretenida, bien escrita, con algunos momentos bonitos. También un disparate argumental sin pies ni cabeza. Las espadas siguen en alto para Clifford D. Simak.