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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

sábado, 30 de marzo de 2019

Grandes directores malos: Baltasar Kormákur


Recupero brevemente esta sección, con la novedad de referirme a un director todavía vivo y en activo. Baltasar Kormákur es un actor y director islandés., de quién me acabo de dar cuenta de que he visto un buen puñado de películas. “Las marismas”, “Medidas extremas”, “Verdades ocultas”, “Inhale”, “Contraband”, “Two guns”, “Everest” y “A la deriva”. Lo que voy a decir se basa en estas, no he visto “101 Reykjavik” ni “El mar”. Con la excepción de “Medidas extremas” que me pareció un thriller más que correcto, en sus películas se muestra como un cineasta por encima de la media del cine actual. Sus personajes están bien definidos y sus argumentos son correctos, sin errores de bulto. No toma al espectador por tonto. Su cine resulta entretenido, pero ¡ay! deja muy poco poso.

Cada vez que he terminado una película suya mi estado de ánimo es satisfecho, pero no entusiasmado. Con el tiempo, termino olvidándolas. Al revisar su filmografía, me ha resultado sorprenderte descubrir que son del mismo director y que muchas de ellas ya las habías visto.

Me recuerda mucho un comentario que leí sobre Joseph H. Lewis, que decía de este maestros de la serie b, que jamás hizo una película mala, pero nunca rodó una obra maestra. Baltasar Kormáku aún está a tiempo de rodar su “El demonio de las armas”.

sábado, 23 de marzo de 2019

“Herederos del tiempo” de Adrian Tchaikovsky



A pesar de su apellido de compositor ruso de música clásica, Adrian Tchaikovsky es un abogado y escritor inglés. La mayor parte de su obra está orientada hacia la fantasía, aunque su mayor éxito lo ha conseguido con su primera incursión en la ciencia ficción, este “Herederos del tiempo” que ha terminado siendo su primera novela publicada en España. Es un autor bastante seguido en los blogs y sitios web que suelo visitar, por lo que tengo la sensación de que había bastante expectación por su obra y, sinceramente, opino que esta novela habría tenido más repercusión si se hubiera distribuido de forma más clásica. No me sorprendería que “Spiderlight”, cuya publicación también está prevista para este año, terminara ganándola en recaudación.

En “Herederos del tiempo” un virus diseñado para acelerar la evolución en un planeta terraformado tiene un éxito inesperado sobre las arañas. La novela se compone de dos tramas paralelas. En una seguimos las desventuras de la tripulación de una nave arca que transporta los últimos restos de la humanidad, supervivientes de una guerra fratricida. En la otra seguimos el ascenso de la civilización arácnida. Unos capítulos están escritos en el pretérito tradicional y otros en presente. Aunque separadas por grandes espacios de tiempo, los personajes de las arañas protagonistas tienen siempre los mismos nombres (Portia, Viola...) y personalidades similares, lo que está relacionado con las características de su especie.

He leído a mucha gente quejarse de la parte de los humanos. No es para tanto. La historia de la Gilgamesh es amena y tiene un cierto regusto pulp que la hace simpática. Pero, en “Herederos del tiempo” las estrellas de la función son, definitivamente, las arañas.

Tchaikovsky consigue que el lector se sumerja en el interior de una forma de vida completamente extraña y describir su sociedad y su biología desde dentro. Una forma de vida en la que el lenguaje y gran parte de la percepción se realizan por el tacto, en la que no existen las relaciones familiares, tal y como nosotros las entendemos, totalmente ajena a la nuestra, aunque en ocasiones, sorprendentemente parecida.

Estoy seguro de que habrá algún crítico que se quejará de que en demasiadas ocasiones.

La recreación de este mundo arácnido es... sorprendente, fantástica. Me quedo sin adjetivos. La narración está llena de efectos ¡atiza! , como le gusta denominarlos a Rodolfo Martínez. Si las arañas son pasmosas, las hormigas no se quedan atrás. Para mi gusto, la parte del libro que narra el conflicto entre ambas especies se ha ganado a pulso un lugar en el Olimpo de los mejores momentos del género. Poco a poco, las arañas van comprendiendo su mundo, haciendo frente a nuevos peligros a nuevos desafíos y a conflictos internos, algunos de los cuales parecen un reflejo de nuestra propia historia y otros no. Y poco a poco, las arañas se van ganando el corazoncito del lector, con su sed insaciable de conocimientos, sus ansías de exploración y su capacidad para cuestionárselo todo, incluso a ellas mismas.

Al contrario que los seres humanos, las arañas de “Herederos del tiempo” tienen un Dios que se comunica con ellas, o lo intenta, alentándolas continuamente a progresar y mejorar sus capacidades científicas y tecnológicas y ni siquiera ese Dios se librará de su cuestionamiento, ni conseguirá imponerles su voluntad.

Puestos a buscarle alguna pega, vicio que encuentro irresistible, diré que el virus “evolucionador” por muy de diseño que sea, me resulta demasiado eficaz, sus efectos son tan grandes que lindan con la magia y que el final me ha parecido demasiado fácil, quizá algo improvisado. Aunque sin duda, el viaje para llegar a él haya valido la pena.

Una de las cosas más bonitas de la ciencia ficción, que raramente encuentro cuando leo ficción de otros géneros, es su capacidad de dirigir mi atención hacia temas en los que nunca antes me había fijado, desvelándome lo apasionantes que pueden llegar a ser cosas que consideraba aburridas o sin interés. Antes de leer “Herederos del tiempo”, nunca hubiera imaginado que las arañas pudieran ser tan fascinantes.

jueves, 14 de marzo de 2019

Ecos, homenajes, guiños…


Nada me molesta más en las reseñas, ya sean de novela, cine o cómic, que la ceguera de considerar una obra sólo como la suma de sus influencias, en vez de intentar analizar el valor que tienen por sí mismas. Es algo muy extendido y, lo triste, es que a veces se hace con buena intención. En el cómic, todo dibujante parece ser una amalgama de Jack Kirby, Mike Mignola y Frank Miller. No hay cineasta comercial, con un mínimo de profesionalidad, que no muestre “ecos” de Sergio Leone, salvo, en el género del terror, los múltiples aprendices de John Carpenter. En la literatura fantástica todo era Lovecraft, Tolkien y Howard. Cualquier drama de época centrado en las intrigas cortesanas es ahora juego de tronos. (cualquier día, alguien dirá que “Falcon Crest” era “Juego de Tronos” en la actualidad. El día en que digan que “Yo, Claudio” era “Juego de tronos” en la antigua Roma, cogeré un hacha y saldré en las noticias)

Hay autores que entran en el juego y efectivamente se dedican a llenar sus obras de guiños, a continuar a sus ídolos o a recrear sus temas o tramas en ambientes diferentes. Nada que objetar, no juzgo a los creadores si no a los reseñadores, que no se les ocurre nada más interesante que comentar que a lo que les recuerda un libro o una novela. Lo que les recuerda a ellos, porque muchas veces se empeñan en ver homenajes o influencias a obras que son culturalmente imposibles. Cada persona es la suma de sus influencias. Y de su cultura y su educación, su vida personal, del momento histórico en que nació… Pero sí, es la suma de sus influencias. Especialmente los supuestos críticos, empeñados en compartir SUS influencias, que no las del autor de la obra que reseñan.

Por supuesto que yo no estoy libre de ese pecado. Esta diatriba a venido al caso porque estoy leyendo “Herederos del tiempo” de Adrian Tchaikovsky. Cuando empecé a leer pensé: La historia de una civilización de arañas inteligentes, en paralelo con unos humanos con problemas de supervivencia… ¡Esto es “Un abismo en el cielo”!. Aunque empañado por los años, tengo un magnífico recuerdo de esta novela de Vernor Vinge, pero “Herederos del tiempo” no tiene nada que ver con ella. Lo que más recuerdo de “Un abismo en el cielo” era la historia de los humanos y el concepto del “enfoque” mientras que en “Herederos del tiempo” lo mejor es la parte de las arañas.

Luego pensé: la historia de una civilización alienígena. Eso me recuerda a la saga Cheela de Robert L. Forward, al “Crisol del tiempo” de John Brunner, a la novela “Incandescence” de Greg Egan, todavía inédita en España (2019 va a ser otro año sin que se publique nada nuevo de Greg Egan en España ¿Cuántos van ya?). Todas ellas obras que tienen en común que yo no las he leído. Ahora que lo pienso, igual es una temática que no me interesa demasiado.

Pero entonces tuve una revelación. A lo que más me recuerda "Herederos del tiempo”, es al argumento del manga “Terra Formars” (Del que sólo leí el primer tomo y me pareció muy malo, pero no tanto como la lamentable película de Takeshi Miike) ¡Es como si Adrian Tchaikovsky se hubiera empeñado en tomarse el argumento en serio y contarlo bien, cambiando a las cucarachas por arañas!

Cosa que no me planteo ni por un momento. Estas referencias que surgen en mi cerebro, hablan de mí y de mis aficiones, pero no tienen nada que ver con las intenciones o ambiciones de Adrian Tchaikovsky.

Al menos, al volcarlas en este post mis lectores se librarán de encontrarlas en la reseña, cuando la escriba.

Me decía a mi mismo que ya no tenía humor para este tipo de posts ombliguistas que escribo cuando no tengo nada que reseñar, pero se ve que me equivocaba.

jueves, 7 de marzo de 2019

“La deriva” de José Antonio Cotrina


“La deriva” se trata de una de esas novelas de Cotrina orientadas a un público juvenil, que pueden ser perfectamente disfrutadas por un lector adulto. Mucho más breve que “La canción secreta del mundo” y con menos intriga y acción, pero también apasionante, a su modo. José Antonio Cotrina ha escrito la novela post apocalíptica más original que he leído, merced a su insólito narrador: Daniel, el fantasma de un adolescente que murió cuando cayeron las bombas.

A través de los ojos de Daniel asistiremos al comienzo de su “segunda vida”, su adaptación a la prolongación de su existencia y sus relaciones con otros fantasmas y, con el tiempo, al renacimiento de la civilización. o a su comienzo. También tendremos, hasta cierto punto, el inevitable triángulo amoroso, aunque la relación con uno de sus vértices esté hecha más de ensoñación que de realidad. Y es que, aunque tiene el aspecto de un chico, Daniel no es tan crio como parece, a fin de cuentas tiene más de cien años. Al comienzo de la novela se encuentra sumido en un estado melancólico y depresivo. A medida que pasan sus páginas, gracias al revulsivo que supone el contacto con los vivos, evoluciona de pasivo a activo, recobra el entusiasmo y va tomando cada vez más iniciativas hasta revolucionar toda su sociedad de ultratumba.

Si, no se me escapa la ironía, esta es la historia de como un muerto recupera la ilusión y las ganas de vivir (y también una historia de amor, de fraternidad y de guerra) Algo de lo que también había en “La canción secreta del mundo”: la reivindicación de la alegría de vivir y el sentido de la existencia, a pesar de su brevedad e insignificancia.

Está escrita con el buen hacer acostumbrado del autor. El hecho de que esté destinada a un público juvenil, también como de costumbre, no impide que haya escenas violentas cuando debe haberlas, ni que masacre sin piedad a personajes, vivos y muertos.

Lo peor para mí, son curiosamente, las escenas de acción, tipo enfrentamiento entre súper héroes, que no acaban de convencerme y que algún personaje secundario está tan poco perfilado que, cuando reaparecen por segunda o tercera vez y se les menciona solamente por su nombre, no se sabe de quien están hablando.

Lo mejor, muchas cosas. Para mi gusto, el capítulo “Un mar de estrellas” cuando Daniel se sumerge en la consciencia de Melmoth. Una preciosidad oigan, sólo por esas pocas páginas me hubiera valido la pena desembolsar el importe de todo el libro, me ha parecido un momento de quitarse el sombrero. Y el final, por supuesto. Es el final “feliz” más escalofriante que he leído.