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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

jueves, 28 de febrero de 2019

“Normal” de Warren Ellis.


Warren Ellis es un prolífico guionista de comics. Siempre que se publica una novela de un guionista de comics que conozco, siento curiosidad por saber como será. En el caso de Warren Ellis mi curiosidad era doble. En primer lugar, porque es un guionista al que sigo desde hace años, incluso utilizo una imagen de Spider Jerusalem en mi whatsupp (aplicación que utilizo desde hace muy pocos meses). Siempre entretenido, Warren Ellis es a veces genial, a veces infame. Siente preferencia por las ideas alocadas, la ciencia ficción y las teorías conspirativas. También la magia, las catástrofes, los estallidos de ultra violencia y los personajes chulescos e insensibles que fardan de su eficiencia.

La segunda razón por la que sentía curiosidad es que la narrativa de Warren Ellis es muy cinematográfica, tiende a prescindir de los textos de apoyo y a volcar todo su peso en los diálogos y las escenas mudas. Es decir, es de lo menos literario que se pueda pensar.

Aún así, a lo tonto, a lo tonto, esta es ya la tercera novela de Warren Ellis que se publica en España.

La acción transcurre en una especie de hospital psiquiátrico especializado en tratar a prospectores de futuro, gente que trata de anticiparse a futuros problemas mundiales y proponer soluciones, que inevitablemente, terminan volviéndose locos, ante lo horrible del futuro que aguarda a la humanidad.

El protagonista es un interno recién llegado al centro, que es testigo de la brusca desaparición de otro, en el interior, cerrado a cal y canto, de su propia habitación, dejando como único rastro un montón de insectos.

¿Una novela policíaca? ¿Un típico caso de habitación cerrada?

Si y no. En realidad, el misterio importa muy poco a Warren Ellis. La supuesta investigación supone una excusa para concatenar entre si una serie de diálogos entre varios de los enfermos, en los que ellos pueden exhibir sus puntos de vista y su personalidad, que es lo que realmente interesa a Ellis, como en muchos de sus one-shots y limitadas. Los diálogos son divertidos, las ideas que se plantean son bastante alocadas y la resolución del caso es satisfactoria, sin exagerar.

En esta incursión en el mundo literario, Warren Ellis mantiene un buen pulso narrativo y no pierde la atención del lector, pero no profundiza en ninguno de los aspectos tratados, la trama es apenas un esbozo y abandona a los personajes bruscamente cuando se cansa de ellos para pasar al siguiente. Además, ignoro si es cosa de la traducción o si el problema es del propio autor, pero sus metáforas y símiles suenan raros y con poco sentido. Aunque estos inconvenientes no pasan desapercibidos, el ritmo es tan vertiginoso que el lector apenas tienen tiempo de fijarse en ellos.

A la fluidez del relato constituye su poca extensión, porque esto, más que un libro, es un relato. Parece que el mercado editorial empieza a moverse sólo entre dos extremos: los mamotretos de varias toneladas, a menudo pertenecientes a sagas de la longitud de enciclopedias y la encuadernación de extractos de antologías. Normalmente, lo consideraría una ventaja. Siempre estaré a favor de la brevedad, pero en este caso la relación precio / (calidad X cantidad) no sale rentable.

viernes, 22 de febrero de 2019

“Imperio / Crónicas del multiverso” de Víctor Conde



Continuación de “Crónicas del multiverso” en la que el monje guerrero Jan Delvián y la capitana independiente Lina Kolbrand vuelven a cruzar sus destinos.

Tras una serie de lecturas mayormente insatisfactorias, “Imperio” ha resultado ser justo el libro que necesitaba leer y que ha reanimado mi entusiasmo. Los lectores que se aventuren por sus páginas encontrarán las escenas de acción más espectaculares, los escenarios más asombrosos y conceptos a cual más asombroso y desquiciado, muchos de los cuales darían para relatos o para sus propias novelas. Esos lectores asistirán a enfrentamientos con monstruos que se guían por radar o telepatía, a violentas carreras de exoesqueletos robóticos, a batallas espaciales (muchas batallas espaciales), duelos con espadas y rituales esotéricos, que transcurren en las ruinas de ciudades alienígenas, en megalópolis verticales, en ciudades equilibradas sobre un eje, como los dos platos de una balanza, o colgadas de acantilados, en edificios que se sostienen en el aire, sin cimientos, planetas eternamente cubiertos por brumas y nieblas de las que sobresalen gigantescas estatuas, en las cimas de sus montañas y el interior de enanas rojas y agujeros negros. Escenarios en los que confluyen inteligencias inorgánicas que se moldean a si mismas, obsesionadas con la locura, intervencionismo temporal, materializaciones físicas de elementos de realidad virtual, ecosistemas basados en la luz y la energía, el despertar de un Dios y alambicadas teorías sobre la evolución y el destino del universo.

Esta novela es un derroche de creatividad, una inyección en vena de sentido de maravilla en estado puro. Me he entusiasmado mucho con este libro, que quede bien claro, por si alguno de los párrafos posteriores crean alguna duda sobre ello.

Y es que uno se va volviendo un cascarrabias y noto que últimamente, en mis reseñas, me concentró más en lo que no me ha gustado de un libro que en lo que sí, lo que puede dar lugar a confusión sobre mi auténtica opinión.

Habiendo dejado claro ese punto, vayamos con lo que no me ha gustado.

Para empezar, este libro es muy dependiente de “Crónicas del multiverso”, la novela con la que Víctor Conde ganó el premio Minotauro, en una época en la que su prestigio todavía no era una broma entre los aficionados a la literatura fantástica. También tiene múltiples referencias a “El tercer nombre del emperador”. Puede seguirse sin haber leído esta última, pero no tiene mucho sentido leerla si no has leído “Crónicas del multiverso”.

Hacia el final, Víctor Conde toma una decisión muy arriesgada. El clímax de la novela, la batalla final o como queramos llamarlo, se presenta como la rememoración de un espectador, narrada desde el futuro, en tono de gesta heroica. Víctor Conde ha empleado mucho esfuerzo en bucear en los arquetipos de la mitología heroica que se remontan a Homero. El fruto principal de ese trabajo es su novela “La Orfíada”. Tengo la sensación de que, inconsciente o conscientemente, esa investigación se ha filtrado en la presente. Jan Delvián llega a reconocerse a sí mismo como heredero de una larga tradición de héroes legendarios. El autor está en su derecho a hacer lo que quiera y el capítulo está bien escrito, pero el cambio de perspectiva y de lenguaje a mí me ha resultado negativo, distanciándome de lo relatado en el momento más inadecuado posible.

Para remate, el último de los epílogos… A ver, es un epílogo, o sea, algo que aparece cuando ya ha concluido lo principal. Pero aparece después de varios epílogos más relacionados con la trama. O sea que uno ya está un poco cansado: la novela está terminada y requeterminada y se empeña en continuar y continua con un … yo que sé. Fui incapaz de seguir prestando atención a esas divagaciones sobre el final del universo. El recuerdo de “La redención del tiempo” todavía está fresco en mi memoria, el final de “Imperio” parece más meditado que aquel cúmulo de insensateces, me gustaría volver a leerlo, pero la verdad es que, mientras lo leía, lo pasé por encima, consciente de que ya no afectaría para nada a los protagonistas. Además, creo que para entenderlo del todo hay que leer la cronología que viene al final.

Lamento decir que eso ocurre en algún otro momento. La descripción final del ecosistema de la enana roja, por ejemplo. Es un ecosistema muy imaginativo, el autor se lo ha currado, pero su relación con los personajes es tan tangencial, que no sentí el menor interés por ella. Creo que sólo se describe para encajar con ese epílogo y esa cronología que tan poco me interesaron. El autor tiene tantas ideas que contar, que algunas las mete con calzador y no consigue hacerlas interesantes. Ni comprensibles.

El uso que Víctor Conde hace de las diferentes subtramas no termina de convencerme. Introduce a un personaje nuevo justo antes de comenzar el último tramo, (bueno, en realidad lo recupera de “Crónicas del multiverso”) Como odio que me hagan eso y que error más grande de planificación me parece. Mientras el resto de los personajes están envueltos en una crisis intergaláctica de colosales dimensiones, la parte del libro dedicada a Lina Kolbrand no parece tener nada que ver con el resto, hasta que es discretamente apartada en el rincón más remoto del argumento, en espera de su espectacular reaparición final. Pero mucho más grave me parece lo del personaje de Altea. Diré lo menos posible por el tema de los spoilers, pero es un personaje, en principio, muy importante en la novela. Un buen número de páginas se dedican a su relación con Jan y sus peripecias juntos. La escena de su primer duelo de ¿entrenamiento? es magistral. Sin embargo, llegados al final, consigno con sorpresa que su relevancia es completamente nula. Nada de lo que hace o dice resulta de importancia ni tiene consecuencias. Al final, la novela habría sido casi la misma si no hubiera aparecido. ¿Qué pinta en ella entonces?

Por último, el texto está salpicado de notas a pie de página. Esas notas a pie de página, no es que puedan ser perfectamente ignoradas, sin que por ello peligre la inteligibilidad de la historia si no que DEBEN SER IGNORADAS. Su único fin parece ser interrumpir la lectura, porque no aportan información relevante, útil o interesante. Si no lo he soñado, recuerdo haber leído a Rodolfo Martínez quejándose de la costumbre de Jack Vance de incluir notas a pie de página en sus obras, diciendo que jamás se debe de interrumpir de ese modo la narración y que si la información que aparece en las notas es importante, el autor tiene que buscarse la vida para incluirla en lo narrado, sin forzar esas interrupciones. Jack Vance al menos decía cosas curiosas. No sé que puede haber movido a Víctor Conde a incluirlas. Hasta donde me alcanzan mis lecturas, son las peores notas a pie de página que jamás un autor haya incluido en su propia novela.

Vaya, parece que mi yo cascarrabias y egocéntrico ha vuelto a tomar el control y he dedicado casi más tiempo a lo que no me ha gustado que a lo que sí. Bueno, concluiré que no es una obra adecuada para todos los paladares, pero si que es muy emocionante y adictiva. Ratifico mis palabras: un derroche de creatividad, una inyección en vena de sentido de maravilla en estado puro.

viernes, 1 de febrero de 2019

“El pirata” de Walter Scott


Walter Scott pertenece a un selecto grupo de autores que adoro. Gente como Robert Louis Stevenson, Jack London, Mark Twain o incluso Edgar Allan Poe, que, durante mi infancia, se suponía que debían ser leídos por los niños o, al menos, los adolescentes. “Ivanhoe” me reveló que las versiones cercanas al original eran muy superiores a las adaptaciones condensadas, con páginas de cómic, de las que yo solía alimentarme. “Quentin Durward” pareció desmentir esta afirmación, puesto que no pude terminarla, aunque algún día quiero volver a darle una oportunidad. “El talismán”, aunque con algunas escenas de una teatralidad ofensiva, volvió a encandilarme. Antes de morir, quería darle otra oportunidad a “Quentin Durward”, a “Rob Roy” y, por supuesto a la obra que nos ocupa.

Que ya anuncio que me ha resultado decepcionante.

“El pirata” transcurre en las islas Shetland, en el mar del norte. Sus principales protagonistas son Mertoun y Cleveland. El uno es el hijo de un emigrante extranjero, casi un ermitaño, tan misterioso como aparentemente rico y el otro el superviviente de un naufragio, al que el primero rescata en la orilla del mar. Cleveland parece relevar a Mertoun del afecto de un señor local y de sus dos bellas hijas, lo que lleva a una inevitable rivalidad, pero Cleveland, el pirata que da título a la novela, guarda sus propios secretos.

En general, “El pirata” me ha resultado almibarada, mojigata y grandilocuente. A pesar de ello, no carece de páginas buenas, incluso magníficas y, quieras que no, he sido capaz de acabarla, así que vamos a profundizar en las razones de mi disgusto.

“El pirata” está escrita como si de una obra de teatro se tratara. La trama avanza a golpe de escenas. Se empieza describiendo el escenario de la escena y a los personajes dentro de ese escenario. Luego los personajes empiezan a hablar y se definen a través de estos diálogos, en los que expresan su estado de ánimo y sus sentimiento, en larguísimos monólogos. Desde el noble de mas rancio abolengo hasta el mas mísero mendigo, todos los personajes se expresan con un lenguaje culto y alambicado, salpicado por poemas y versos, lleno de dobles sentidos, metáforas, símiles y una sintaxis de lo más retorcida, que hace difícil seguirlos. Salvando las distancias, o los abismos, a veces me recuerdan a los diálogos de Shakespeare. A veces son magníficos, pero generalmente son aburridos y siempre cansan.

Siguiendo la naturaleza teatral del texto, las escenas de acción, las peleas o las batallas, que aunque muy pocas las hay, transcurren normalmente fuera de foco, o no se describen o se contempla a través de una ventana. Aunque esas escenas tardan bastante en aparecer, porque, no nos engañemos, “El pirata” es una novela romántica y de una cursilería inmensa.

La trama tarda mucho en arrancar. Medio libro aproximadamente. Walter Scott hace cosas como dedicar diez páginas, nada mas y nada menos, para presentar a un secundario cómico que tendrá una importancia absolutamente nula en la trama, aunque, eso sí, al menos empieza el siguiente capítulo disculpándose por ello. Coloca lo que podría se un buen comienzo en la página 36 y un personaje tan fundamental como Cleveland, no aparece hasta la 76. Hace un uso abusivo de la adjetivación, digno de un escritor novato, empeñándose en realzar a todas horas las virtudes de sus protagonistas positivos, sobrepasando incluso al del pobre Robert E. Howard. Por último, malgasta continuamente el tiempo en admoniciones y pensamientos devotos y el argumento tiene algún agujero de cañón. ¿Cómo es posible que dos personas que fueron amantes se reencuentren, no se reconozcan (y eso que una de ellas sigue usando el mismo nombre) y luego en el desenlace se traten como si siempre hubieran conocido sus identidades?
En fin, todo este tipo de cosas hizo que estuviera a punto de cerrar el libro para siempre, durante cada uno de los minutos que duró su lectura.

¿Porqué no lo hice?

Bueno, las descripciones de las islas Shetland son interesantes, que no fascinantes, cuando Walter Scott se pone poético consigue que no se entienda lo que describe. Tengo la sensación de que otros autores habrían sabido aprovechar mejor un escenario tan atractivo.

Del interés histórico de la época que describe, no hablaré. No tengo conocimientos, pero el propio Scott reconoce en la introducción que se inventó las costumbres de la época, extrapolando de las actuales.

Los comportamientos son muy exagerados y teatrales, pero en ocasiones es teatro “del bueno” y algunas de las escenas son muy impactantes. De igual modo, a veces sus engolados diálogos son magníficos. También lo es el modo en el que sutilmente, muda el protagonismo de la novela de Mertoun a Cleveland, sin que el lector se de cuenta o le importe.

Walter Scott muestra una mano maestra en la creación de personajes, sobre todo los secundarios, especialmente aquellos que podríamos llamar “del pueblo llano”, aunque el mejor de todos ellos no pertenezca a este tipo: Norna de Fitful-Head, la sibila, quizá demente, medio embaucadora, medio bruja que mueve los hilos de la novela y que es, en el fondo, su auténtica protagonista. El título de este libro daría una mejor descripción de su contenido si en vez de ser “El pirata” fuera “La hechicera”, o algo parecido.

Complétense los puntos positivos con una ironía inteligente y más que disfrutable y comprenderán que consiguiera acabarme este libro. Llámese genio o talento, no cabe duda que Scott lo poseía y esa cualidad inasible es la que salva la lectura.

Pero no es probable que vuelva pronto a leer una novela suya.