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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Y para terminar el año ...



Y por ello, que viva la guerra, señores. La guerra que nos cambia y nos cambiará para siempre. Y que nos salvará de la humanidad. Esa humanidad que no nos da nada excepto el círculo cerrado de la vida, excepto el aburrimiento mortal y la cansina banalidad de lo cotidiano, excepto el dolor de los sueños incumplidos, excepto la desesperación de la consciencia de la propia menudencia y falta de significado. La guerra nos ampara de la humanidad en la que tan sólo nos puede esperar el adulterio de la mujer, la traición de los amigos, el desprecio hostil de los gobernantes, la indiferencia de la familia. La guerra nos protege de la humanidad y del cáncer de pulmón, de la neurosis, de la úlcera péptica, de la cirrosis hepática, de la hiperplasia prostática, de las piedras biliares y del infarto que esta humanidad trae consigo; enfermedades a consecuencia de las que la cama del hospital nos priva de los restos de humanidad, mientras que las residencias y hospicios nos quitan los remanentes de dignidad.

Optimistas reflexiones del alférez Pavel Levart de la novela “Víbora”. de Andrzej Sapkowski.

martes, 30 de diciembre de 2014

“Víbora”. de Andrzej Sapkowski



En esta novela, el autor polaco nos traslada a los tiempos de la intervención de la antigua URS en Afganistán, para contarnos la historia de Pavel Levart, un soldado soviético que desarrolla una peligrosa fascinación por una víbora que habita un barranco cercano a su campamento. Una víbora que parece poseer cualidades sobrenaturales, en cuya presencia Levart tiene visiones de las vidas de otros invasores de Afganistán, ya fuera con el ejército de Alejandro Magno o con la intervención inglesa en 1880 y que tal vez guarde un gran tesoro, la muerte o la entrada a otro mundo, difícil es saberlo, puesto que la realidad se distorsiona en su presencia y se confunde con la alucinación o el sueño.

Valga por delante que Sapkowski es un gran escritor, y, si no lo he dicho ya, lo repito es un gran escritor, a secas, no un gran escritor del género fantástico. Sin embargo, en esta breve novela ha habido varias cosas que no me han convencido.

Para empezar, está el uso exagerado de términos militares del ejército soviético: argot militar, abreviaturas y acrónimos. Puesto que la novela originalmente debió ser escrita en polaco, supongo que la inclusión de estos términos no es una característica de la traducción, sino de la obra original. La mayor parte de las veces, se explican la primera vez que se usan, y si no, siempre puede irse uno al glosario que aparece al final del libro, pero eso obliga a que te pases las primeras páginas interrumpiendo continuamente la lectura para ir a consultarlo. Supongo que su utilización obedece a un loable esfuerzo de documentación que pretende dotar de mayor realismo a la ambientación, pero que, en realidad, lo único que consigue es interrumpir continuamente la narración, restándole así fuerza a lo narrado. De todos modos, como ocurre como en muchas novelas de ciencia ficción, esas palabras extrañas que entorpecen la lectura desaparecen misteriosamente cuando llega el clímax y el final de la novela.

Luego, buena parte de la fuerza de Sapkowski está en sus diálogos. No puedo calificar sus diálogos con una palabra diferente de “cojonudos”, sin embargo en esta ocasión el uso del lenguaje que ejercen los protagonistas no me ha parecido acorde con lo que cabría esperar de unos soldados de infantería sin cultura. Cierto, el personaje de Lomonosov es un antiguo profesor universitario, y es este personaje el que más habla y hace mayor alarde de erudición, pero otros personajes, que son descritos como auténticos garrulos, a su debido tiempo, desgranan complicadas frases que, en castellano al menos, me parecen llenas de arcaísmos que recuerdan al siglo de oro. Nada que me hubiera extrañado en boca de Jaskier, de cualquiera de los amigos y enemigos de Geralt de Rivia, o de alemanes de la edad media, pero que aquí no terminan de convencerme.

Los expertos han repetido mil veces que nadie como Sapkowski refleja el polaco actual de las clases populares. Desconozco ese lenguaje, así que puede ser que el que esté confundido sea yo, y que dichos diálogos suenen perfectamente naturales en versión original.

De igual modo, las duras palabras de Vika, en las páginas 81 y 82, me han resultado demasiado panfletarias. ¿De verdad la gente habla así en un café? Yo creía que sólo se hacía en los mítines y entrevistas por televisión.

Por último, Sapkowski es un autor de una cultura impresionante y, por una vez, eso está a punto de convertirse en un obstáculo para la lectura. La página 138 consiste en una enumeración de monedas antiguas, la 139, de joyas y estatuas. Está currado, tiene ritmo, provoca un cierto placer estético, pero es monótono y cansino. Ese exceso de erudición también se deja notar en las partes de la novela que transcurren en los días de Alejandro Magno o en el siglo XIX, cuando se describe la situación política y militar de Afganistán, parece que se esté consultando algún libro antiguo de historia militar. Se citan un montón de líderes, lugares geográficos y pueblos y ya está. A menos que seas un experto en la historia del país no sacarás mucho en claro, porque no sabes quien es quien, ni cuantas provincias hay ni que importancia estratégica tienen los sitios de los que hablan. Lo más que se entiende es que, tanto los macedonios como los ingleses creyeron tenerlo todo ya ganado, y poco después, la situación se fue al garete.

En lo que se refiere a la descripción del ambiente bélico en Afganistán, si cambias la nacionalidad de los bandos, el opio por el hachís y la jungla por las montañas, recuerda mucho a la que hacen las películas de Estados Unidos de la guerra del Vietnam. En ambos casos tenemos soldados enviados a luchar a un país lejano, en una guerra carente de apoyo popular en la que su país no pinta nada, enfrentados a un enemigo fanático, sádico, cruel y sanguinario, soportado por una tercera potencia (Estados Unidos en este caso). Soldados que cuando vuelven a casa traumatizados se encuentran con el rechazo de sus paisanos, cuando no son considerados directamente culpables de la guerra y su fracaso.

No hay duda de la simpatía que Sapkowski muestra por estos soldados, no así por sus líderes, pero eso no les exime de comportamientos monstruosos. No hay en ésta novela blancos y negros. Al contrario que en las películas que antes mencioné, aquí si aparece el enemigo, en la genial escena de las negociaciones con el líder local. A pesar de algún fanático, este enemigo resulta tan terrenal como los propios protagonistas.

Estamos ante una novela anti belicista, en la que la guerra es mostrada con toda su crudeza, toda su confusión y todo su horror. Los mismos personajes que a veces muestran una inmensa humanidad, pueden hacer luego auténticas barbaridades. Sapkowski ni les juzga ni les absuelve, así es como son las cosas en la guerra, parece querer decir. El único pecado contra el que arremete es el conformismo, del que Pavel Levart acumula no poco. En comparación con otros personajes de Sapkowski es un personaje muy gris, no es ni un rebelde ni un libre pensador. Ni siquiera un pícaro con buen corazón, sólo es un mero superviviente que hace lo que se le ordena, procura no destacar y apechuga con el daño psíquico que dicha aquiescencia le va causando.

Como se ve por el espacio que he dedicado en mis comentarios, considero que la parte relativa a la guerra de Afganistán me ha resultado mucho más interesante que la parte fantástica, a pesar de que ésta se desarrolle con una profesionalidad rayana en la maestría. Las subtramas relativas a las invasiones realizadas por otros imperios, más que nada, estorban, o lo harían en manos menos expertas. Me dan la impresión de que sirven para aumentar el número de páginas hasta unas dimensiones que permitan su publicación en formato de novela. El librito tiene un cierto aire a relato alargado.

Lo mejor, para mi gusto, las páginas en las que se desglosa el destino de los soldados supervivientes de la historia, a muchos de los cuales, referenciados a lo largo de la misma apenas con un nombre. Da igual que no sepamos quien demonios eran, sus destinos son lo suficientemente dolorosos. Hay en ellos, y en las reflexiones sobre la evolución de la URS y posteriormente Rusia, demasiada realidad cómo para dejar indiferente al lector.

jueves, 25 de diciembre de 2014

“La fragua de Dios”. de Greg Bear


 
No hay mucho peligro en revelar los detalles del argumento de “La fragua de Dios” La publicidad y la introducción de Domingo Santos ya nos revelan que se trata de una novela sobre el fin del mundo, así que el desenlace parece inevitable. En concreto, la amenaza a la que se enfrenta nuestro planeta es una invasión de máquinas auto replicables, capaces de desguazarlo para convertirlo en un número casi infinito de copias de sí mismas. O algo así, porque en realidad, los medios de los que se valen esas máquinas pueden no encajar mucho.

Las escenas finales, en las que se narra la destrucción de la Tierra y, en particular del parque Yosemite, son escalofriantes y muy creíbles, aunque en mi caso pierden algo de impacto al no conocer en absoluto la geografía de dicho parque, a lo que añadiría que en esas escenas en particular me ha parecido notar algunos errores de traducción, los únicos en la novela claramente perceptibles para un lector casual. Sin embargo, a pesar de la impactantes de esas imágenes, en esta ocasión no es en el espectáculo y el sense of womder donde Greg Bear apuesta el valor de su narración, sino en los personajes.

La novela se centra en como un grupo de personas, y, en general, toda la humanidad, afronta la inminente destrucción de la Tierra y lo hace con lo que a mí me ha parecido un sorprendente realismo. Una vez hecha pública la noticia, el revuelo inicial es casi inexistente, la gente sigue con sus vidas, incapaz de reaccionar ante la enormidad de los hechos y poco a poco van pasando de la incredulidad a la desesperación y la aceptación. Bear centra su interés en los personajes y, en esta ocasión, sale ganador. Los defectos en la caracterización de los mismos que suelen acompañar su obra, están ausentes en esta ocasión. Las reacciones de todos resultan creíbles y coherentes con lo que se ha descrito de sus personalidades. Quizá la menos verosímil sea la del presidente de los estados unidos, que es uno de los motores de la trama y el acontecimiento de la novela que mas impactó a los lectores de dicho país. A mí en cambio, me resulta algo forzada, me da la impresión de ser ese tipo de acciones irracionales e infundadas que los ateos atribuimos siempre a los no creyentes, como si la creencia en un ser supremo supusiera la erradicación inmediata del sentido común. No lo sé, no puedo jurarlo.

No me entiendan mal, tampoco puede negarse que Bear está siguiendo paso a paso la Biblia de los escritores de bestsellers, sección catastrofismo, sin embargo, dentro de los límites y restricciones auto impuestas, consigue llenar a sus personajes de la suficiente humanidad para que lo que ocurre resulte conmovedor y emocionante, haciendo olvidar pequeños defectos de trama, por ejemplo, las razones que se esgrimen para que los destructores de planetas envíen diferentes emisarios a parlamentar con los humanos son de lo mas endeble.

Esta novela está considerada una de las mejores que se han escrito sobre el fin del mundo. También es una de las más populares de Greg Bear, lo que supone decir bastante. Después de leerla, debo reconocer que no me extraña. Curiosamente, en la introducción, Domingo Santos le describe como un autor joven y prometedor. Esta novela se publicó en España durante mi adolescencia, sino me equivoco, pero durante toda mi vida adulta he considerado a Grez Bear como un autor ya consolidado, con un montón de premios. En aquella juventud, supuestamente inmadura, Greg Bear era un escritor más sólido, literariamente hablando, de aquel en que se convertiría al alcanzar la madurez.

Como curiosidad, añadiré en último lugar que existe una secuela “Anvil of Stars” en la que creo que los supervivientes de la Tierra se toman la revancha y que, como no, permanece inédita en España.

viernes, 19 de diciembre de 2014

“Música en la sangre”. de Greg Bear


            Vergil Ulam un biotecnólogo que trabaja en la creación de biochips y proyectos militares, trata de crear computadores biológicos celulares, manipulando los genes de linfocitos obtenidos de su propia sangre. Cuando sus empleadores le obligan a destruir su proyecto, decide inocularse los linfocitos modificados, con la esperanza de poder evadir la seguridad en su lugar de trabajo sin ser detectado, y poder continuar sus trabajos en otra parte. Cualquier lector entrenado puede deducir que no va a ser una buena idea.
            Hay varias cosas de esta novela (o el relato que expande), independientemente de su calidad, que conviene resaltar. Una, que está considerada la primera aparición de la nanotecnología en la ciencia ficción. Es más, se la considera una obra visionaria, puesto que antecede por un año a la edición en 1986 del libro “Engines of Creation” de Eric Drexler, libro que define la idea de nanomáquina tal y como se le reconoce hoy en día, y que suele marcar el comienzo de la utilización de tal concepto de nanomáquina, como un argumento narrativo recurrente en la ciencia ficción.
            La exhibición de erudición que acaban de leer, está directamente sacada de la wikipedia.
            Lo segundo que llama la atención es lo mucho que se parece el argumento, al menos en un principio, al episodio 15 “Una nueva raza”, de la primera temporada del revival de “Más allá del limite” (En inglés Outer limits 1x15 The new breed) Tras realizar una búsqueda por Internet, para ver si es una adaptación, no parece serlo oficialmente, pero hay miles de post y comentarios del estilo: “Esto es una adaptación de Música en la sangre”. “¿Habrán pagado algo a Greg Bear por esto? Aparentemente no.
            Por último, no se lo van a creer, algunos pasajes, a su vez, me han recordado a la novela inacabada de Mark Twain “3000 años entre los microbios”, de reciente publicación en España a cargo de la biblioteca del laberinto, como si la novela de Bear fuera la versión sería de la de Samuel Clemens. Supongo que estoy hilando demasiado fino, debido al escaso periodo de tiempo que ha mediado entre las dos lecturas, aunque en Estados Unidos los estudiantes de literatura seguro que se saben de memoria la obra de Twain.
            Volvamos a la novela. Como decía es una expansión de un relato. Y se nota. Sin haberlo leído, creo que puedo decir hasta donde llegó exactamente el relato, y cual es la parte nueva, aunque seguro que rehizo el cuento original, porque el tiempo no pasa en balde. Ubicaría el comienzo de la expansión en el instante en que el inquietante cuento de terror que hemos estado leyendo se convierte en una novela de catástrofes. Como en todas las novelas de catástrofes, el protagonismo pasa a repartirse entre varios supervivientes de la misma.
Ahí comienzan los problemas. Vergil Ulam era un personaje no muy agradable pero pasablemente caracterizado. No ocurre lo mismo con los nuevos protagonistas. Tanto la muchacha “algo lenta” como los dos hermanos que se pasean por unos estados unidos transformados por los noocitos, que así dan en llamar a los linfocitos conscientes de la trama, son personajes bastante esquemáticos, especialmente los dos hermanos, cuya presencia es totalmente gratuita. La única función de sus capítulos es servir de separación entre los de Suzy y los del doctor Bernard, único personaje de la novela con algo de profundidad psicológica y humanidad. Aunque reconozco que las descripciones del paisaje alienígena en que se ha convertido Estados Unidos son fascinantes, estos dos hermanos no despiertan la menor empatía, lo que les ocurre no resulta emocionante, ni interesante y, al final, simplemente desaparecen, como si Greg Bear se hubiera olvidado de ello o hubiera perdido el interés en dichos personajes, como de echo le ocurre al lector.
            Bueno, podríamos decir que no es tan grave, a fin de cuentas no ocupan tantas páginas, pero si tenemos en cuenta que es una novela corta, la cosa pinta peor. ¿No será que Greg Bear necesitaba alcanzar un cierto número de páginas para que el libro se publicara como novela?
            Aún así, puede que esté montando un circo con esto de los personajes. No están peor caracterizados que los de cualquier novela de Michael Chricton. Probablemente lo estén más. Es lo que se espera en este tipo de novelas. También lo es el estilo, funcional y con mucha influencia cinematográfica, típico de Bear, pero menos trabajado que en otras ocasiones, quizá por tratarse de una obra más primeriza.
            Hacia el final, el argumento da un vuelco más que inesperado, casi metafísico, que a mi me resulta muy poco creíble. Se que realmente existen estudios sobre la física de la información, pero, aún así, creo que los escritores de ciencia ficción llevan entendiendo algo mal desde los tiempos de Schrödinger, probablemente porque ese error les da mas juego narrativo. La narración explora entonces dilemas éticos y filosóficos, con cantidades aplastantes de sense of wonder, uno de los puntos fuertes de Bear y alcanza un climático final. O finales.
            Es una pequeña joyita, una píldora de alta densidad especulativa, que además resulta muy entretenida. A pesar de ello y de que agradezco su brevedad, los temas tratados son de tan altos vuelos que habrían requerido un mayor desarrollo, echo en falta más profundidad y menos pasear por ciudades desiertas, más realismo y menos experiencias oníricas tipo Matrix o la escena final de 2001 y, sobre todo una estructura narrativa y unos personajes más sólidos.
            Para acabar, un comentario triste. Una parte destacable de la acción transcurre en  pleno World Trace Center. Es habitual que la ciencia ficción quede desfasada. Ojalá no lo hubiera sido de una forma tan salvaje y sangrienta.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Ya a la venta "Tanguy y Laverdure"



Si alguno de ustedes pasa asiduamente por este blog, se habrá encontrado a menudo breves avisos de las publicaciones de los tomos de Buck Danny. Pues, bien, olvídenlos porque ahora ha llegado Michel Tanguy. Si son de esos infelices que desconocen todo de este cómic, les diré que las diferencias entre ambos cómics son nacionales, técnicas y cualitativas. Buck Danny es americano, Michel Tanguy francés. Buck Danny pilota apaches, Michel Tanguy mirages. Buck Danny vive en portaaviones, Michel Tanguy en bases militares. El amigo torpe, sentimental y payaso que sirve de complemento cómico en las aventuras de Buck Danny es bajito y pelirrojo, mientras que el de Michel Tanguy es delgaducho. Pero lo que las diferencia, por encima de todo, es la calidad. El cómic de Michel Tanguy es todo lo que el de Buck Danny es, sólo que mejor. Charlier era ya un guionista mas experimentado y profesional, y la diferencia en la calidad del dibujo (los primeros números de Michel Tanguy están dibujados por Uderzo) es abismal.

Como curiosidad añadiré que existe una película de Michel Tanguy, en la que, por algún misterio, le pusieron un bigotito a él y a Laverdure les cambiaron los nombres. Se llama “Los caballeros del cielo”. Es muy mala, pero técnica y visualmente es acojonante.

viernes, 12 de diciembre de 2014

“La casa de la colina negra”. de José Antonio Cotrina



            Si “El ciclo de la luna roja  y “La canción secreta del mundo” son obras pensadas para un público juvenil que pueden ser perfectamente disfrutadas por un público adulto, sobre todo la segunda, no ocurre lo mismo con “La casa de la colina negra”. Primera novela del autor orientada hacia este tipo de público, los fans más encallecidos de Cotrina pueden encontrarla descafeinada. Los aspectos lúgubres y siniestros están mucho más comedidos, hay menos dramatismo y la habitual matanza de personajes secundarios brilla por su ausencia.

            En su favor hay que decir que elude el “colegueo” no comete el error de tratar como tonta a su audiencia potencial, y que también evita el sentimentalismo barato, a pesar de que los personajes se prestaban a los autocompasivos “¿porqué nadie me entiende?” y el “¿porqué todo el mundo me odia?” tan habituales en la ficción orientada a adolescentes. El uso del lenguaje es sencillo, sin defectos ni alardes, podríamos etiquetarlo como “transparente”, no habría nada sino supiera que Cotrina puede hacerlo mejor.

            Ubicada en el mismo universo que “La canción secreta del mundo” y “Las fuentes perdidas”, resulta mucho menos fascinante, aunque este plagada de innumerables aciertos, como son el origen de la amenaza a la que se enfrentan los protagonistas y la sorprendente y excelente revelación final sobre la naturaleza de uno de los adversarios. Hay algunas evocaciones interesantes, muchos personajes prometedores, a los que podría sacárseles mucho partido, pero que no se desarrollan, en particular la propia casa que da título a la novela, pero todo ello se sacrifica en nombre de la acción.

            Demasiada acción para mi gusto. Los protagonistas están demasiado ocupados peleando, huyendo de monstruos y esquivando trampas mortales que no tienen tiempo de interactuar o dar mayor sentido a la trama. Parece mentira que precisamente yo esté escribiendo esto. Quizá me esté volviendo demasiado viejo, pero el cinematográfico clímax final, en el que incluso hay una escena tomada directamente de “Indiana Jones y el templo maldito”, se me hizo demasiado largo. Para mi gusto, a Cotrina no acaban de quedarle bien las escenas de combates, que siempre le quedan como un cruce entre las películas de kung-fu y los enfrentamientos entre superhéroes. Aunque probablemente sea esta parte la que disfrute más un público más joven.

            Para eterna desgracia, el final no es tal final. Entendámonos, la trama principal de la novela acaba y acaba muy correctamente, pero hay otra que ha estado gravitando como espada de Damocles sobre las cabezas de los protagonistas y que a ratos se posesionaba de la trama, que no sólo no concluye, sino que se enseñorea de las últimas páginas, configurando un auténtico cliff-hanger que sigue todavía irresuelto, aunque puede que no por mucho tiempo más, creo que Cotrina ya prepara la segunda parte.

            En cualquier caso, consideraciones aparte, tampoco puede decirse que sea una mala novela, siempre que el lector maduro no mantenga muy altas las expectativas. Su lectura proporciona un rato agradable y bastante emocionante.

viernes, 5 de diciembre de 2014

“Luna de locos”. de José Antonio Cotrina


“Luna de locos”  me ha parecido una historia en la que el escenario lo es casi todo. Nabucco, una remota luna convertida en un inmenso desguace de naves espaciales, con sus cielos cubiertos continuamente por tormentas, habitada únicamente por robots y por presidiarios condenados a cadena perpetua, que han obtenido este destino en un sorteo. Un mundo tóxico que matará inevitablemente a sus habitantes, cuya existencia es prolongada mediante tratamientos médicos experimentales, para los que la locura es un destino inevitable. Un ambiente asfixiante, bastante horrible y también (¿porqué no?) fascinante.

            Gran parte de la novelette es la descripción de Nabucco y la descripción de sus tres habitantes, ya ancianos. Aquí empieza el problema y es que los tres personajes resultan totalmente inverosímiles, no porque estén locos, sino por lo llamativo de sus locuras. Uno traza pinturas rupestres sobre la superficie de las naves espaciales abandonadas, otro, obsesionado con las matemáticas, traza modelos de los grandes acontecimientos históricos que luego convierte en música. El último, escribe compulsivamente relatos sobre alter egos de sí mismos que fracasan siempre en los empeños que se proponen.

            Más que locuras son manías. Curiosas, bonitas y (otra vez) fascinantes pero no creíbles. Los personajes quedan desdibujados, se convierten quizá en metáforas, aunque ignoro en metáforas de qué. No hay en ellos profundidad psicológica y es algo que se echa en falta, en una historia protagonizada por locos. Se evidencia, particularmente, en la evolución de Constanza, el loco escritor, el personaje que sirve de narrador durante gran parte de la obra. Para ser exactos, en su falta de evolución. Le seguimos durante su llegada a la luna, sirviendo de medio para conocer el escenario y a los otros personajes y, de pronto, sin ninguna explicación, se vuelve loco y se pone a escribir.

            Esta falta de credibilidad imposibilita la empatía con los pobres diablos y le resta emoción a su lucha y sacrificio, aparte que las razones para que se embarquen en dicho sacrificio resultan forzadas e inverosímiles, a menos que asumamos que están locos y que la locura justifica todos sus actos.

            Las secuencias de batallas no son nada del otro mundo, un buen uso del lenguaje consigue salvarlas, pero no hay ni épica ni emoción en ellas. El final es bonito, conmovedor, redime en parte todo lo narrado hasta entonces, pero, aún así, a pesar de su corta longitud y de cierto gozo estético, no puedo quitarme de encima la sensación de que esta novelita me haya resultado en gran medida una pérdida de tiempo.