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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

viernes, 19 de diciembre de 2014

“Música en la sangre”. de Greg Bear


            Vergil Ulam un biotecnólogo que trabaja en la creación de biochips y proyectos militares, trata de crear computadores biológicos celulares, manipulando los genes de linfocitos obtenidos de su propia sangre. Cuando sus empleadores le obligan a destruir su proyecto, decide inocularse los linfocitos modificados, con la esperanza de poder evadir la seguridad en su lugar de trabajo sin ser detectado, y poder continuar sus trabajos en otra parte. Cualquier lector entrenado puede deducir que no va a ser una buena idea.
            Hay varias cosas de esta novela (o el relato que expande), independientemente de su calidad, que conviene resaltar. Una, que está considerada la primera aparición de la nanotecnología en la ciencia ficción. Es más, se la considera una obra visionaria, puesto que antecede por un año a la edición en 1986 del libro “Engines of Creation” de Eric Drexler, libro que define la idea de nanomáquina tal y como se le reconoce hoy en día, y que suele marcar el comienzo de la utilización de tal concepto de nanomáquina, como un argumento narrativo recurrente en la ciencia ficción.
            La exhibición de erudición que acaban de leer, está directamente sacada de la wikipedia.
            Lo segundo que llama la atención es lo mucho que se parece el argumento, al menos en un principio, al episodio 15 “Una nueva raza”, de la primera temporada del revival de “Más allá del limite” (En inglés Outer limits 1x15 The new breed) Tras realizar una búsqueda por Internet, para ver si es una adaptación, no parece serlo oficialmente, pero hay miles de post y comentarios del estilo: “Esto es una adaptación de Música en la sangre”. “¿Habrán pagado algo a Greg Bear por esto? Aparentemente no.
            Por último, no se lo van a creer, algunos pasajes, a su vez, me han recordado a la novela inacabada de Mark Twain “3000 años entre los microbios”, de reciente publicación en España a cargo de la biblioteca del laberinto, como si la novela de Bear fuera la versión sería de la de Samuel Clemens. Supongo que estoy hilando demasiado fino, debido al escaso periodo de tiempo que ha mediado entre las dos lecturas, aunque en Estados Unidos los estudiantes de literatura seguro que se saben de memoria la obra de Twain.
            Volvamos a la novela. Como decía es una expansión de un relato. Y se nota. Sin haberlo leído, creo que puedo decir hasta donde llegó exactamente el relato, y cual es la parte nueva, aunque seguro que rehizo el cuento original, porque el tiempo no pasa en balde. Ubicaría el comienzo de la expansión en el instante en que el inquietante cuento de terror que hemos estado leyendo se convierte en una novela de catástrofes. Como en todas las novelas de catástrofes, el protagonismo pasa a repartirse entre varios supervivientes de la misma.
Ahí comienzan los problemas. Vergil Ulam era un personaje no muy agradable pero pasablemente caracterizado. No ocurre lo mismo con los nuevos protagonistas. Tanto la muchacha “algo lenta” como los dos hermanos que se pasean por unos estados unidos transformados por los noocitos, que así dan en llamar a los linfocitos conscientes de la trama, son personajes bastante esquemáticos, especialmente los dos hermanos, cuya presencia es totalmente gratuita. La única función de sus capítulos es servir de separación entre los de Suzy y los del doctor Bernard, único personaje de la novela con algo de profundidad psicológica y humanidad. Aunque reconozco que las descripciones del paisaje alienígena en que se ha convertido Estados Unidos son fascinantes, estos dos hermanos no despiertan la menor empatía, lo que les ocurre no resulta emocionante, ni interesante y, al final, simplemente desaparecen, como si Greg Bear se hubiera olvidado de ello o hubiera perdido el interés en dichos personajes, como de echo le ocurre al lector.
            Bueno, podríamos decir que no es tan grave, a fin de cuentas no ocupan tantas páginas, pero si tenemos en cuenta que es una novela corta, la cosa pinta peor. ¿No será que Greg Bear necesitaba alcanzar un cierto número de páginas para que el libro se publicara como novela?
            Aún así, puede que esté montando un circo con esto de los personajes. No están peor caracterizados que los de cualquier novela de Michael Chricton. Probablemente lo estén más. Es lo que se espera en este tipo de novelas. También lo es el estilo, funcional y con mucha influencia cinematográfica, típico de Bear, pero menos trabajado que en otras ocasiones, quizá por tratarse de una obra más primeriza.
            Hacia el final, el argumento da un vuelco más que inesperado, casi metafísico, que a mi me resulta muy poco creíble. Se que realmente existen estudios sobre la física de la información, pero, aún así, creo que los escritores de ciencia ficción llevan entendiendo algo mal desde los tiempos de Schrödinger, probablemente porque ese error les da mas juego narrativo. La narración explora entonces dilemas éticos y filosóficos, con cantidades aplastantes de sense of wonder, uno de los puntos fuertes de Bear y alcanza un climático final. O finales.
            Es una pequeña joyita, una píldora de alta densidad especulativa, que además resulta muy entretenida. A pesar de ello y de que agradezco su brevedad, los temas tratados son de tan altos vuelos que habrían requerido un mayor desarrollo, echo en falta más profundidad y menos pasear por ciudades desiertas, más realismo y menos experiencias oníricas tipo Matrix o la escena final de 2001 y, sobre todo una estructura narrativa y unos personajes más sólidos.
            Para acabar, un comentario triste. Una parte destacable de la acción transcurre en  pleno World Trace Center. Es habitual que la ciencia ficción quede desfasada. Ojalá no lo hubiera sido de una forma tan salvaje y sangrienta.

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