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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

viernes, 24 de noviembre de 2017

"Tormenta solar” de Arthurc C. Clarke y Stephen Baxter


Es esta una peculiar continuación de “El ojo del tiempo”. Lo digo porque “El ojo del tiempo” y “Tormenta solar” son completamente distintas. “El ojo del tiempo” consistía básicamente en la creación y exploración de un escenario, el parcheado mundo de Mir. “Tormenta solar” es una novela catastrofista. De por sí, no hay nada malo en ello, pero resulta un modo extraño de construir una saga. ¿Decidirían los autores unificar dos historias independientes para aprovechar el efecto reclamo de las sagas? Nadie puede decirlo con certeza.

Las dos novelas se unifican por el personaje de Bisesa, como ya quedaba insinuado al final de “El ojo del tiempo”. El problema es que Bisesa es un personaje muy poco importante en “Tormenta solar”. De los principales personajes, es el único que podría eliminarse por completo sin que por ello el argumento se resintiese.

Como su nombre indica, la novela empieza con una gravísima tormenta solar, de catastróficas dimensiones, pero sólo un preludio del acontecimiento de extinción masiva que tendrá lugar unos años más tarde. En ese comienzo, los autores hacen un gran trabajo exponiendo las posibles consecuencias de una tormenta solar de tal magnitud y las interrelaciones que existen entre las formas de vida que pueblan la Tierra y el astro rey, algunas no tan evidentes como parece. No lo harán también en otras partes de la novela. Hay varios interludios en los que se explica el comportamiento interno de una estrella, que no resultan de fácil comprensión. Baxter y Clarke parecen divididos entre el miedo a resultar aburridos, dando demasiados detalles y el miedo a no resultar atractivos literariamente. La consecuencia de esta huida del didactismo es que resultan vagos e imprecisos y que no consiguen hacer comprensibles los conceptos que manejan a un lector lego en la materia.

Después del inicio vienen los esfuerzos para salvar a la humanidad, embarcándose en titánicos proyectos, el fundamental la construcción de un inmenso escudo, de diámetro superior al de la Tierra. Toda la parte central adolece de un grave problema: la absoluta falta de empatía que despiertan sus personajes. Son tan esquemáticos que no hay modo de sentir la menor simpatía o preocupación por su suerte. Son meros vehículos para exponer los proyectos de salvamento de la humanidad, hasta tal punto que los mejores momentos de los secundarios sean cuando alguno muere, pues las escenas de muerte están bien narradas, al contrario que en las que participaban cuando estaban vivos.

Durante toda la parte central, es la ciencia la que tira del relato, no la ficción. Uno sigue leyendo porque está fascinado por las ingentes obras de ingeniería, por el espacio exterior, por las estrellas y por el reto que afrontan los protagonistas, pero no por los protagonistas en sí mismos.

La cosa mejora mucho en el clímax final, cuando la catástrofe se abate sobre la Tierra. Esta parte si que es emocionante y si que captura la atención del lector. Ominosa al principio, luego aterradora, trágica y épica a partes iguales, da la sensación de que esta era realmente la historia que los autores querían contar y que el resto de la novela haya sido un compromiso ineludible.

Recomendable para los amantes del cine de Roland Emmerich y del cine de catástrofes en general, al que se hace un divertido guiño en el epílogo. Para los demás lectores, una novela entretenida y desigual, con algunas partes brillantes, de no ser por las cuales diría que se lee tan fácilmente como se olvida.

jueves, 16 de noviembre de 2017

"Profundo" de Alberto Moreno Pérez


Acabo de leer el número 10 de la colección Soyuz de Ediciones El Transbordador. Sorprendente, y bien recibido, el boom de la narrativa breve de género que parece que estamos viviendo. Procuraré que mi reseña sea más breve que la obra.

Me ha gustado mucho la ambientación de “Profundo”, eso que llaman worldbuilding o construcción de escenarios y me ha gustado mucho como Alberto Moreno se las ha arreglado para definirla, sin explicaciones explícitas, todo directamente a través de los ojos del protagonista, Rojas. En concreto me ha sorprendido mucho el tema de la evolución del lenguaje escrito, con uso de emoticonos, algo que nunca se me había ocurrido hasta que lo leí, pero que una vez leído parece inevitable. Y los trajes configurables me encantan

Alguna descripción se me hizo algo difícil de entender, la de la primera vez que Rojas mira al cielo sobre todo. Entiendo que lo que el autor esta intentando es asumir el punto de vista de una persona que no tiene nuestros referentes culturales, cuyo idioma no dispone de las palabras que nosotros emplearíamos para esos objetos y conceptos, por lo que tiene que sugerir lo que son sin nombrarlos. Normalmente Alberto Moreno sale victorioso de este reto y resulta comprensible al lector, pero a veces he perdido el hilo de la narración.

Odio el final, pero eso está bien, es lo que el autor pretendía, malo hubiera sido que me gustase. Lo que no me gusta es que se ve venir desde el momento en que Rojas se da cuenta de la alteración de una constante de toda su vida. A partir de ahí es evidente lo que está pasando y eso hizo que se me alargara mucho todo lo que viene después, el paseo hasta la sección del Colector donde Rojas tendrá la revelación que el lector ya ha anticipado.

Al terminar la lectura, no puedo negar que me ha dejado una sensación un poco insatisfactoria, un ansia del tipo: ¿en serio? ¿esto es todo? Si me hubiera encontrado “Profundo” en una antología de relatos o una revista, no me habría importado, pero al ser una pieza individual, puede decirse que me ha dejado con hambre.

En cualquier caso, sigue admirándome lo distintas que son las historias de Alberto Moreno Pérez entre sí y lo poco convencionales que resultan. Espero que nunca se seque la fuente de su creatividad.

viernes, 10 de noviembre de 2017

"El sueño de los dioses" de Javier Negrete


 En mi reseña de “El espíritu del mago”, que por cierto, ahora encuentro repleta de faltas de ortografía y errores sintácticos, decía que esperaba tardar menos en decidirme a leer “Atlántida” de lo que había tardado en decidirme a leer aquella novela. Pues bien, tardé dos años en hacerlo, que ya es bastante, pero es que he tardado siete en decidirme a leer la continuación de “El espíritu del mago”. Parece mentira que haya pasado tanto tiempo, sobre todo porque Javier Negrete ha terminado por convertirse en uno de los autores a los que más disfruto leyendo.

En mi arrogancia, normalmente me creo capaz de descifrar que es lo que hace que una novela funcione, cuales son los puntos fuertes del autor que hacen que su libro me guste. Con Javier Negrete me confieso incapaz. Supongo que lo principal es que sabe componer buenas historias, que son entretenidas e interesantes, porque, al final, por muy importantes que sean las formas, lo que cuenta es la historia que se está contando. Puedo intuir algunos aciertos evidentes: el sentido del ritmo, la habilidad en la dosificación de información, los giros inesperados, pero , sinceramente, soy incapaz de descifrar las claves de Javier Negrete. Y sin embargo, sus novelas funcionan. Y como.

Dicho esto, “El sueño de los dioses” es el libro más insatisfactorio de Javier Negrete que he leído en diecisiete años. Los motivos hay que buscarlos en su propio origen. Según leí en una entrevista, Javier Negrete tenía previsto escribir una trilogía, pero cuando vio que la longitud del tercer tomo empezaba a írsele de las manos, pidió permiso a la editorial para terminar la serie en dos. La editorial accedió encantada y él, sabiendo ya que no iba a ser el último libro, incluyó muchas mas información y escenas de las que tenía previstas.

Eso se nota mucho. “El sueño de los dioses” empieza con un largo flashback en el que se cuentan de nuevo acontecimientos que tenían lugar al final de “El espíritu del mago”, sin aportar ninguna información nueva relevante. Recuerdo que en aquella entrevista Javier Negrete comentó que, de haber escrito un único libro, no lo habría incluido. Así mismo, son continuos los párrafos en los que el narrador recuerda lo que le ocurrió a algún personaje en los libros precedentes.

Nada de esto me ha molestado a mí, pero, como ya he dicho, habían pasado siete años. Yo lo necesitaba, pero, probablemente, no la mayoría de los lectores. Esta morosidad y este volver atrás hacen que la trama tarde mucho en avanzar y, lo peor para mí, es que no ocurre nada hasta casi la mitad del libro.

Imagino que muchos se estarán rasgando las vestiduras ante mis palabras, diciendo que ocurren muchas cosas. Si que ocurren, si, pero son un trámite. Prácticamente la mitad del libro se va en que ocurra lo que tiene que ocurrir. ¿A que me refiero con eso? A ver, es un punto de vista personal, lo explicaré con algunos ejemplos frikis. ¿No habéis leído algún cómic de superhéroes en el que los protagonistas malgastan páginas y páginas intentando evitar que algún villano llegue a nuestra dimensión o lo que sea? Son páginas que a mí me hacen bostezar, porque sabes desde el primer momento que van a fracasar, el villano tiene que llegar, porque, si no llega, los héroes no pelearán contra él y no tendremos cómic. Me suena que hubo también alguna saga de Dragon Ball, en la que los secundarios se pasaron un montón de tiempo intentando evitar que un malo volviera o se hiciera superpoderoso. ¡Menuda tontería! El malo tiene que hacerse superpoderoso, porque, si no lo hace, la pelea con Son Goku no tendrá emoción.

Por eso digo que es un trámite. Los personajes tienen que cruzar una gran extensión de terreno y, además, hay que explicar porque alguno de ellos hará algo que jamás haría de corazón. Eso requiere su tiempo, pero en el fondo no es más que un trámite que hay que pasar, para que la historia pueda empezar. Un gran mal se va a desatar sobre Tramorea y nadie podrá evitarlo. La culpa no es del destino, ni de la dialéctica de la historia, sino de la reglas de la composición dramática. La amenaza debe llegar, para que los héroes se enfrenten a ella. La habilidad de Javier Negrete consiguió que no me aburriera, pero no que me abandonara la sensación de estar perdiendo el tiempo.

Una vez pasado el trámite, las cosas mejoran mucho. Hay excelentes escenas, marca de la casa, de guerra y de catástrofes, para llegar rápidamente a un final abierto, que deja absolutamente todo en el aire. Al final, “El sueño de los dioses” resulta no ser más que un largo prefacio a “El corazón de Tramorea”

Me he quedado con tantas ganas de saber como acaba, que espero leerlo antes de que acabe el año. El año 2018, quiero decir.
 

jueves, 2 de noviembre de 2017

"El bosque oscuro" de Liu Cixin

 

En la continuación de “El problema de los tres cuerpos” se percibe un atenuamiento de los defectos y virtudes de dicha obra. Los desajustes formales de la primera entrega de la serie se reducen hasta casi desaparecer, aunque los personajes siguen hablando demasiado y mantienen esa tendencia molesta a contarse unos a otros lo que ya saben, pero no el lector, y a dar explicaciones exageradamente pormenorizadas. Por desgracia, parte del encanto de su predecesora se ha perdido. En “El problema de los tres cuerpos” había al menos un momento “atiza” (algunos dicen que dos) impresionante, de lo mejor que he leído en años. En “El bosque oscuro” hay muchos momentos muy buenos y se tratan con seriedad temas muy interesantes, pero el lector que esperase que Liu Cixin rizase el rizo con un “más difícil todavía”, se llevará una desilusión.

Los grandes perdedores, siguen siendo los personajes. El protagonista, Luo Jin, está un poco mejor que el resto. No se puede negar que sus acciones son bastante creíbles. El resto de personajes resultan planos, esquemáticos o poco desarrollados. Hay un personaje femenino, en concreto, que me ha resultado completamente desconcertante. Lo hace porque se plantea como la exaltación del ideal femenino decimonónico, dulce, bondadosa, ingenua e inocente. Lo desconcertante es que dicho personaje no me ha resultado empalagoso. Ello se debe a que el personaje es descrito así, pero no hace gala de sus supuestas virtudes, no lo vemos en acción. Todo lo que sabemos de él es lo que nos han contado, no lo que contemplamos nosotros mismos, que es más bien poco. Ese es el motivo de que no resulte odioso. No sé si esto es una demostración del genio de Liu Cixin o de su incompetencia

Por cierto que la extrañeza de los nombres de los personajes, para el lector occidental, puede causar alguna mala pasada con los secundarios. En concreto, yo no me dí cuenta de un personaje que aparecía en dos tramas distintas era el mismo, hasta que se contó explícitamente.

En lo que si destaca Liu Cixin es en el uso de imágenes y símiles, de inusitada belleza y eficacia. Son abundantes los momentos del estilo “se sintió como si estuviera mirando en el interior de una cueva, en lo alto de una montaña”… me lo estoy inventando, que quede claro. Los de Liu Cixin son mucho mejores. Ignoro si se debe a la extrañeza, por venir de diferentes tradiciones culturales y si en su propia cultura esas imágenes resultarían tópicas o anodinas, pero a mí me impresionan y sorprenden. Por desgracia es casi su único recurso. El autor se da cuenta de que se le da bien y lo usa hasta la extenuación, lo que baja considerablemente su eficacia.

Pero en mi interior, no puedo mas que perdonar a Liu Cixin todos sus posibles pecados estilísticos cuando revela su lado más friki. El escritor chino es un fan de la ciencia ficción clásica y se nota. Sólo puedo sentir simpatía, por alguien que cita alegremente a Arthur C. Clarke o hace que dos personajes se enfrasquen a hablar sobre la saga de las Fundaciones, de Isaac Asimov.

Con todo lo anterior no quiero decir que sea un mal libro. “El bosque oscuro” es una novela muy interesante, de cuya lectura he disfrutado mucho y que me ha ayudado a soportar una mala racha laboral. Tratando de reducir los spoilers al mínimo, recordaré que, al final de “El problema de los tres cuerpos” la humanidad se enfrentaba a un terrible desafío. En “El bosque oscuro” se nos cuentan las diversas estrategia empleadas para ello, la mayoría planes a largo plazo de una escala inusitada.

Para ello se recurre a los “vallados”, personas cuidadosamente elegidas a las que la humanidad da plenos poderes para que busquen soluciones y dirijan sus propios proyectos, manteniendo en secreto sus verdaderos objetivos, tanto para enemigos como aliados. Aquí creo que Liu Cixin ha desperdiciado una idea brillante. Los “vallados” podrían haber dado más de sí en un escritor más competente o retorcido. Liu Cixin nunca intenta meterse en el pellejo de unos personajes que no pueden confiar en nadie, ni revelar sus verdaderos propósitos y tienen que conseguirlos simulando hacer otra cosa. Liu Cixin ni siquiera intenta reflejar la paranoia y la esquizofrenia de la situación.

De los planes de los cuatro vallados, el de Tyler es un poco tonto, el de Hines tiene pocos dobleces y el de Rey Diaz es una chaladura grandiosa, aunque, en mi opinión, inverosímil. El protagonista, Luo Jin prefiere usar los recursos de los vallados para darse la gran vida. ¿No dije ya que me resultaba el más humano?

A lo largo de la novela se suceden las décadas y la humanidad experimenta grandes transformaciones sociales y tecnológicas. El recurso a la hibernación permite mantener a los mismos protagonistas. El mundo hiperconectado al que despiertan tras su sueño es encantador y la aparición de un mortal virus informático, aunque breve, es casi tan genial como los mejores momentos de “El problema de los tres cuerpos”.

Acostumbrado a las novelas anglosajonas, el contraste resulta divertido. Por ejemplo, en la ciencia ficción norteamericana suele ocurrir que, aunque aparezcan organismos supuestamente internacionales, como una flota espacial, los personajes protagonistas siempre sean mayoritariamente americanos, o como mucho ingleses. En “El bosque oscuro”, por supuesto, son orientales, normalmente chinos. También resulta llamativo la importancia que se le da al “espíritu de combate”, el protagonismo que se da a los comisarios políticos y como se persigue el derrotismo en el ejército, como si fuera un crimen, mientras que uno está acostumbrado a leer historias de héroes desengañados que luchan batallas perdidas por pura integridad personal, aquí se considera que un soldado, especialmente si es un alto mando, jamás puede dudar de la derrota. Incluso se considera la posibilidad de utilizar la tecnología para inducir artificialmente esta convicción. Esta posibilidad es desarrollada inteligentemente, dando lugar a otro de los mejores momentos de la novela.

La novela trata una gran variedad de temas. A los ya expuestos habría que añadir la paradoja de Fermi, que la abre y la cierra. Cada uno de ellos podría dar para una novela completa. Quizá demasiados. En ocasiones, “El bosque oscuro” me ha resultado algo dispersa. A veces la narración se bifurca, sigue un determinado tiempo a algún personaje que parece poco relacionado con la trama principal y luego vuelve a ella, sin que esta bifurcación haya tenido una importancia significativa. Me pasó con los capítulos dedicados a tres jubilados, que aunque sirven para ver como los cambios que sacuden al mundo afectan a la vida de la gente normal, me resultaron bastante prescindibles. Me ocurrió lo mismo con la historia de amor, bastante bella, entre Luo Jin y un personaje de ficción inventado por el mismo y con la historia que transcurre en el espacio que termina con “La batalla de la oscuridad”. Esta historia, con muy pocos cambios, se podría haber publicado independientemente. Enterarme de que en la antología “Planetas invisibles” uno de los relatos de Liu Cixin era en realidad un fragmento de “El problema de los tres cuerpos” me puso la mosca detrás de la oreja. A saber si Liu Cixin no estará incluyendo otros relatos en esta novela, a modo de “fix-up”. De publicarse independientemente, habría sido un buen relato, por cierto.

En suma, Liu Cixin plantea muchos sub argumentos y trata muchos temas y, aunque no lo hace mal, no profundiza demasiado en ninguno de ellos. Dispara dardos afilados en muchas direcciones. Alcanzan su blanco, pero no se hunden a gran profundidad. Con la trama pasa un poco lo mismo, ocurren muchas cosas, algunas muy graves y hay grandes sorpresas, pero el lector las vive con poca emoción, salvo algún instante tremendamente bueno. Eso la vuelve, como poco, entretenida y, aunque solo fuera por los temas e ideas tratados, una lectura estimulante para el cerebro. Así que si, es una buena novela de ciencia ficción y una secuela digna de “El problema de los tres cuerpos”, quizá un poco inferior.

Secuela que ata casi todos los cabos sueltos de su predecesora. Me pregunto como podrá seguir la saga después de esto. Bueno, supongo que “El bosque oscuro” tendrá algo que ver.

Lástima de la cursilería del epílogo. Afortunadamente sólo son cuatro páginas.