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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

viernes, 19 de agosto de 2016

“La estación de la calle Perdido” de China Mieville


La incomparecencia de China Mieville este año a su cita veraniega anual me ha permitido, por fin, leer esta novela, la segunda publicada por su autor tras la, en mi opinión, muy mediocre “El rey rata”, la primera de las ubicadas en el universo de Bas-Lag y, si la memoria no me falla, la primera obra de China Mieville en ser publicada en España. A menudo se la cita entre las obras maestras del steam punk.

¿Cómo describir el universo de Bas-Lag? Pues, muy por encima, diría que es un mundo imaginario de reminiscencias victorianas, en el que la magia convive con las máquinas a vapor mas inverosímiles posibles, junto con alienígenas o razas de seres inteligentes diferentes del hombre.

Nueva Crobuzon, la inmensa urbe en la que transcurre la novela, es una especie de Londres victoriano, iluminado por farolas de gas recorrido por el metro, generalmente elevado sobre pilares, en el que los coches no son tirados normalmente por caballos, sino por pájaros que no vuelan, bueyes modificados por la magia (taumaturgia) para caminar sobre dos patas, o hombres rehechos por crueles sentencias judiciales. Simplificando su variopinta población, por sus calles circulan mujeres con cabezas de escarabajo, anfibios capaces de esculpir el agua, vegetales espinosos dotados de movimiento, hombres pájaros, hombres murciélago, robots movidos a vapor y dirigidos por ordenadores analíticos (con tarjetas perforadas) y veinte cosas mas.

Ahora por la red ha empezado a difundirse el término “worldbuilding” refiriéndose a la capacidad de los escritores de literatura fantástica para crear mundos imaginarios. Pues si tuvieras que explicarle a alguien lo que es el “worldbuilding” a una persona dotada de una paciencia infinita, lo mejor que podrías hacer es arrojar a sus manos un ejemplar de “La estación de la calle Perdido” y decirle: “Esto es worldbuilding”. Ante la imaginación desatada de China Mieville, el resto de autores famosos por sus “worldbuilding” palidecen en comparación. Nadie es capaz de crear lugar y biologías con un detallismo y una minuciosidad como los de China Mieville. Mieville es capaz de describir cada barrio de su ciudad, su arquitectura y su historia, así como la del pueblo que lo habita, sus costumbres, tradiciones y fiestas de guardar. No es que parezca que haya visitado en persona las tierras que sueña con sus palabras, es que parece que haya emigrado a ellas durante años.

Es innegable el atractivo que tienen los mundos imaginarios, es la razón del éxito de sagas como “Dune”, “El señor de los anillos” o la mismísima “Canción de hielo y fuego”. Me parece que cuando escribió esta obra, China Mieville era un escritor muy joven, deseoso de impresionar a la afición. La novela es una extensa carta de presentación y un grito de atención. ¡Mirad lo que soy capaz de hacer! ¡Esto sí que es un mundo bien descrito! La ciudad imaginaria mas bizarra y mejor descrita de todos los tiempos, con los alienígenas mas extraños, las imágenes mas impactantes y las escenas de acción mas espectaculares. Y todo eso en un entorno urbano, sin búsquedas de talismanes mágicos ni batallas definitivas contra el ejército del mal, pero si con putas y traficantes de drogas y una milicia omnisciente que reprime las huelgas de modo sangriento.

Podría decirse que toda la novela es “worldbuilding”. Sería una exageración, pero no tan gorda como parece sin haberla leído. Y ese es su principal problema. Tanta atención al detalle, tanto párrafo tras párrafo describiendo los diferentes barrios de la ciudad, resultan cansados. Es un tributo a Mieville lo poco aburridos que se hacen, dada su longitud. Peter Hamilton o Iain Banks me hacen bostezar con muchos menos. Tal vez sea porque estos autores te pasean por instantáneas turísticas, mientras que Mieville te pasea desde el ayuntamiento hasta los barrios bajos y su mundo vive, respira y resulta mucho mas auténtico. Aún así, él también cansa. Durante muchas páginas parece que, en vez de escribir una novela, haya querido crear un nuevo género, el de las guías turísticas de ciudades imaginarias. Aunque seguro que no es nuevo y hay precedentes. Siempre los hay.

Es una novela muy larga. La edición de bolsillo en que yo la he leído son 824 páginas. No se trata de que le sobren un par de docenas de páginas, desperdigadas por aquí y por allá, que ya sería grave. Es que le sobran un par de cientos. Pasan alrededor de 200 antes de que las piezas empiecen a encajar y la trama a coger forma. Antes de eso los personajes se limitan a hacer su vida: trabajan, conversan entre ellos y pasean por Nueva Crobuzon. Mucho de esto último. En ese periodo, la narración no parece tener ningún objetivo y no me sorprendería que así fuera. Tal parece que China Mieville fuera escribiendo el libro sobre la marcha, hasta que de repente se le ocurrió el argumento.

No se trata solo de las descripciones, otros apartados se me han hecho largos. En ocasiones, con el objeto de crear suspense o expectación, o que un hecho aparentemente insignificante pero que tendrá graves repercusiones futuras se grave en la cabeza del lector, lo subraya dilatando el ritmo estilístico, empleando muchas palabras para contar muy poco. Es lo que pasa en las cuatro páginas que tarda el constructo aspiradora en cobrar conciencia de si mismo, en las que, con sintaxis complicadas y muchísima soltura, no dice absolutamente nada hasta la última línea, o en las interminables vueltas y revueltas que ciertos cables dan por toda la ciudad, justo antes de su clímax final.

Se echa en falta una labor de poda. Mieville está demasiado enamorado de sus creaciones y es incapaz de desechar ninguna. En determinado momento, el protagonista Isaac Dan der Grimnebulin se marca una conferencia sobre “la torsión” durante seis páginas. A través de ella el autor hace una alegoría bastante inspirada sobre el bombardeo nuclear de Japón y un alegato anti nuclear. Muy bien, muy bonito y comprometido, pero ¿qué demonios tiene que ver con el resto de la novela? ¿porqué la ha interrumpido para contárnosla? Lo mismo pasa con los manecros, una creación realmente fascinante. Los presenta, los involucra en la lucha y, acto seguido, los mata a casi todos. Tras una escena de acción bastante lograda, los manecros desaparecen del mapa, dejando la historia en el mismo estado en que la encontraron. Al final, podrían haberse eliminado de la trama sin que esta se viera afectada, los lectores incluso pueden saltarse las páginas en que aparecen, sin tener el menor problema para seguir la historia.

A estos defectos, se les podría añadir otros de naturaleza estilística: la repetición machacona de metáforas, símiles e imágenes desagradables. En “La estación de la calle Perdido” todo es coagular y tumorizar, todo son heces, pus y flema. Tal vez pretenda con ello reflejar la decadencia de la ciudad, pero resulta monótono. También lo es su uso exagerado de los adjetivos (me debo estar haciendo muy viejo, esto nunca me molestó con Lovecraft, que es el que tiene la fama, pero ahora me molesta) y esos consabidos fragmentos escritos en cursiva, en los que se intenta reflejar el pensamiento de un ente no humano, o una visión interdimensional, con una escritura deliberadamente confusa. un lugar común dentro de la literatura fantástica, entendido como una regla, en vez de como un cliché con el que hay que acabar y otra forma de rellenar páginas que no dicen nada.

Por último, está el tema de los personajes. Mieville es genial con los personajes secundarios. Personajes que solo aparecen unas pocas páginas o que ni siquiera aparecen, el embajador infernal, Jack Mediamisa, los manecros, la propia tejedora, el consejo mecánico, pero también, sencillamente, los videntes, líderes callejeros, taberneros, mendigos y los diferentes vodyanoy que aparecen, gozan de un carisma y un empaque que, por contraste, resalta mas la poca entidad de los personajes principales. Durante la mayor parte de la novel, el reparto descansa en los hombros del trío formado por Grimnebulin, Derkhan y Yagharek. Yagharek, el hombre pájaro cuyas alas fueron cercenadas merecidamente por la justicia de su pueblo, es deliberadamente, un enigma. Derkhan es poco mas que un nombre. En cuanto a Grimnebulin, es agradable que Mieville haya querido romper con tópicos y que lo mas parecido al héroe de la historia sea un hombre de mediana edad y gordo, pero tampoco es un personaje muy definido. Mas allá de su pasión por la ciencia y por la khepri Lin, el único rasgo aparente de su carácter es su costumbre de hablar como un matón de colegio, que no parece casar mucho con un hombre de ciencia. Este problema también se agudiza porque, sin duda, el personaje mas interesante de la novela y el mejor desarrollado, es Lin. Por desgracia, tras haber dedicado un montón de tiempo a hurgar en su pasado y su personalidad, Mieville se deshace de la mujer escarabajo justo cuando la trama empieza a ponerse interesante.

Hemos llegado al momento en que doy un golpe al timón de mi reseña. Lo dicho hasta ahora podría dar una sensación muy negativa. Nada mas lejos de mi intención. He disfrutado mucho con “La estación de la calle Perdido”, como con casi todas las novelas de Mieville. Una vez la trama coge velocidad, es imposible abandonarla y estoy hablando de una 600 páginas. La historia se convierte en una novela que podríamos llamar “de terror”, pues hay monstruos sueltos en Nueva Crobuzon, depredando a su población. Mieville no crea un clima de pesadilla, ni transmite una sensación de indefensión e impotencia ante el mal, pero sus monstruos son criaturas bastante fascinantes y, a cambio nos da un vibrante historia de cacería, en la que seres humanos normales y las entidades mas extrañas compiten, colaboran y mueren mientras se enfrentan a un adversario animalesco y todopoderoso. En estas páginas se suceden todo tipo de lances, a cual mas violento, espantoso y espectacular. Hay carnicerías, persecuciones, tiroteos, evasiones y batallas, en medio de una ambientación magistral y un gran sentido de maravilla.

Después de tal frenesí, el epílogo resulta algo anticlimático, aunque también muy inquietante.

No es una novela genial, pero es una novela repleta de genialidades. Una demostración de talento e imaginación, portentosa y excesiva. Un escaparate de excesos. Una de esas novelas que, a pesar de sus innegables defectos, parecen nacer destinadas a convertirse en obras de culto.

PD: Este post ya dura demasiado y no he encontrado un hueco en él para referirme al capítulo que contiene la visita al burdel de las putas rehechas. No puede resignarme a no hacer ningún comentario. ¡Grrrrr! Que mal rollo, hacía décadas que no leía algo que me causara tanto repelús.

lunes, 1 de agosto de 2016

Una iniciativa interesante

Me acabo de encontrar con esto una peculiar iniciativa en la que se ofrecen 7 libros, en formato electrónico, de autores españoles y de ciencia ficción, al precio que el comprador elige, con la posibilidad de obtener otros siete, en caso de que el comprador haya realizado un pago superior a la media de los recibidos.

No conozco las novelas, salvo  "El legado de Prometeo", que se incluye entre los "bonus",  pero el precio y la iniciativa resultan de lo mas interesantes.

martes, 26 de julio de 2016

“El libro de las almas” de Víctor Conde

He estado a punto de titular a este post “diferencias irreconciliables”. Creo que es lo que tenemos Víctor Conde y yo en nuestra manera de entender la literatura. Estas diferencias se traducen en los picos y caídas que sufre mi afición a este autor, que me llevan a que, aunque nunca deje de comprarle, me pase grandes periodos de tiempo sin leerle, como demuestra el hecho de que no me haya leído esta antología hasta hoy, y probablemente hubiera seguido retrasando el momento de hacerlo si no hubiera buscado un libro de relatos con el que entretenerme en los tiempos muertos de mis vacaciones, cuando adquirí mi volumen en cuanto salió, allá por el 2010, o sea, hace seis años.

Por cierto que su búsqueda me descubrió la excelente librería Miraguano, pero esa es otra historia.

El caso es que nuestros diferentes puntos de vista hacen que demasiados de los relatos incluidos en esta antología me hayan resultado tan difíciles de leer como poco atractivos, por lo que tal vez no sea la persona mas adecuada para enjuiciarlo.

La excusa argumental para unirlos consiste en las vivencias de Krim la única persona despierta en una inmensa nave generacional cargada con una cantidad inmensa de futuros colonos hibernados. Cada relato viene introducido por un micro relato sobre dichas vivencias y se supone que los relatos principales son los sueños de los durmientes, que Krim escruta para obedecer la directriz de vigilancia onírica impuesta por el Ekukmenen. Algunos de los que he dado en llamar “micro relatos” no son mas que reflexiones de Krim, o tal vez del autor, camufladas como reflexiones del personaje, otras me han parecido pequeñas obras maestras de concisión e ironía, como las que encabezan “Continente lluvioso” y “Empalme en la cinta de Moebius” y el conjunto me ha parecido una vuelta de tuerca interesante al clásico tema de la nave espacial con un único, y solitario, tripulante. Nada que objetar por ahí.

Desde el comienzo, Krim tiene dudas sobre la realidad de los recuerdos o sueños que escruta, evidente manera de soslayar la imposibilidad de muchos, o la incompatibilidad de los universos en que transcurren.


La mujer encrucijada


Especie de steam punk, creo. En este relato y el siguiente, me ha irritado enormemente el uso de palabrería científica a la que no he visto el menor sentido. Entusiasta de la ciencia ficción hard como soy, cuando no entiendo de que me hablan considero que, o bien el autor es un incompetente que no sabe explicarse, o bien me está haciendo perder el tiempo con tonterías sin sentido como las que sueltan en los episodios de Star Trek. Ambos casos me cabrean.

Me disculpo por mi exabrupto, totalmente inmerecido para este pequeño relato, pero que llevaba clavado muy dentro de mi.

Volvamos al relato, que es lo que importa y no mis gilipolleces. Los personajes son arquetipos muy poco interesantes y muy poco trabajados, incluso para las limitaciones esperables en un relato. Esta será una constante en el resto del libro que explicito aquí para no tener que repetirla mas tarde. El argumento no parece ir a ninguna parte hasta el final, pero éste es tan impactante que lo redime, además, atesora sense of wonder y sentido del humor y me ganó para su causa desde las palabras: “monos que giraban manivelas de organillos, mientras sus amos danzaban mostrando sus sombreros

Tigre
 
Hay a quien le recuerda a “El crimen y la gloria del comandante Suzdal”. A mí me ha recordado mas al infausto remake de “El planeta de los simios” que perpetró Tim Burton. Al menos es entretenido. Me remito a “La mujer encrucijada” para mi opinión sobre la palabrería científica.
 
El águila tatuada

Un relato correcto, mas que una sincronía, que hubiera sucedido si… , es del tipo ojalá hubiera sucedido que… , una opinión muy poco favorable del general Custer y del trato recibido por los nativos americanos. Nada que objetar.

Bienvenida al club, señorita Ken

Apoteosis de humor negro sobre los foros y grupos de Internet, en este caso de postulantes al suicidio. Muy divertido.


Continente lluvioso

El continente por encima del contenido. Un día cualquiera en la vida de una mujer contemporánea, en el que no ocurre nada en espacial. Admirable la sinceridad del autor, que lo advierte desde el tercer párrafo: en este relato no va a pasar nada. No utiliza esas palabras, sino otras mas complejas, como hará en el resto del cuento. Esa es su supuesta gracia, el lenguaje barroco, las oraciones complejas, formadas por múltiples subordinadas y plagadas de metáforas y símiles. La propia narradora lo explica en su momento:

“A mí siempre me han puesto las palabras esos vapores modulados que nos salen de los pulmones manchados de cultura. Me gustan los exabruptos y las fricativas, sobre todo si su significado es tan breve como su duración.”
Pues eso. Esas palabras definen lo que cabe esperar de este ejercicio de estilo. Reconozco que a ratos me ha resultado fascinante, pero en general lo he encontrado tedioso.
Empalme en la cinta de Moebius

Historia de viajes en el tiempo bastante original a costa de un peculiar método de aplicar la pena capital. Además, sale Ada Lovelace, a la que rindo culto como todo buen informático. Interesante y entretenida, no estoy seguro de haber entendido bien el final. ¿Porqué me resulta tan fácil enrollarme cuando un relato no me gusta y me cuesta tanto con los que sí?


La última tentación

La teología y la metafísica me aburren, así que no puedo encontrar menos interesante la incompatibilidad entre la omnisciencia y la omnipotencia de Dios, aunque si que me ha gustado el modo en que humaniza a Jesús y sus discípulos.


Ysobelt y los visionautas

Que difícil me resulta hablar sobre este relato. Por un lado, la imaginación que despliega es portentosa, está lleno de imágenes, conceptos e ideas fabulosas, e incluso tiene un tonillo poético y metafórico muy interesante. Todos estos puntos fuertes, sin embargo, en vez de sumarse se anulan entre sí. Me da la impresión de que Víctor Conde está tan empeñado en asombrar al lector sacándose un nuevo conejo de la chistera cada pocas páginas que se olvida de lo fundamental, la historia que debería estar contando, así que el argumento naufraga por los cuatro costados hasta parecer la traslación literaria de una experiencia con el LSD.
 
Tiene una referencia a “La mujer encrucijada” que me pillo por sorpresa, a pesar de lo evidente.

Eso sí, las emisiones radiofónicas que jalonan la trama son muy divertidas.


Afilada hoja de madera

Después de la anterior, resulta agradable una historia que se entiende, aunque le sobre un poco de palabrería en las escenas bélicas. Triste, dramática y aterradora, su única pega son un par de escenas narradas de un modo excesivamente efectista y que no es demasiado original. A mi, sin ir mas lejos, me ha recordado una escena de la novela de Frederick Pohl “Homo Plus” y a un capítulo de “Mas allá del límite”.


Quince horas de cielo sobre Damasco

Entretenida historia de mundos virtuales, donde Víctor Conde vuelve a desplegar su imaginación (ah, esas mansiones piratas lanzándose cañonazos unas a otras) El final no es gran cosa, pero es coherente y efectivo.


Cartas a V2

Me rindo. Soy incapaz de entender este cuento, no sé qué es lo que he leído, cual era la intención del autor al escribirlo ni si la logró o no, y lo que es peor, no me importa. Minutos malgastados de mi vida.


Llegados a la hora de hacer balance tengo que remitirme al tema de las diferencia irreconciliables. Es indudable que Víctor Conde debe haber dedicado una cantidad considerable de esfuerzo a escribir “Continente lluvioso”, “Ysobelt y los visionautas” y “Cartas a v cuadrado” y supongo que estará orgulloso de su trabajo pues supongo que lo escrito es lo que esperaba conseguir, pero lo logrado no podría interesarme menos y mi criterio es mas estético que racional. No soporto la sintaxis retorcida, el abuso de neologismos o la ausencia de una lógica argumental que no sea onírica. Todos estos puntos normalmente los señalaría como defectos imperdonables y desde mi punto de vista lo son, pero son defectos buscados intencionadamente, integrados en la personalidad estilística de su autor y presentes en numerosas otras obras.

Algunos relatos me han gustado, algunos incluso mucho, otros me han parecido auténticas tomaduras de pelo. Aprecio la tremenda imaginación y el sentido de maravilla de Víctor Conde y en ocasiones, su narrativa, y pienso seguir comprándole, aunque no le lea, pero demasiado a menudo me hace bostezar con textos a los que no encuentro el menor sentido. Sospecho que el problema no está en el fabricante ni en el producto, sino en que el producto no es adecuado para mí.


















martes, 12 de julio de 2016

“El planeta de Shakespeare” de Clifford D. Simak



Disto mucho de ser un experto en este autor. Conservo un recuerdo idealizado de “Estación de tránsito” leída durante la adolescencia. He leído varias veces el relato que venía incluido en el volumen 2 de la antología de Brian Aldiss “Imperios galácticos” y la novela “La autopista de la eternidad” me pareció malísima. Internet le define como un autor de ciencia ficción “pastoril” que transcurre en entornos idílicos e idealiza la vida rural, lo que no me resulta demasiado atrayente.

Podemos decir que las espadas estaban en alto con “El planeta de Shakespeare” y que su lectura debía decidir si profundizaría o no en este autor en el futuro.

La primera decepción llega cuando me encuentro que la acción no transcurre en un planeta poblado por los personajes de las obras de Shakespeare, ni tampoco son la aventuras intergalácticas de un William Shakespeare abducido por extraterrestres.

Vayamos por partes. Tenemos una nave espacial, que viaja a velocidades relativistas, cuya consciencia está formada por las personalidades de tres personas, que partió hace un millar de años a buscar mundos habitables. Un accidente acabó con toda su tripulación criogenizada salvo uno, al que descongelan cuando por fin encuentran un mundo habitable. Da la casualidad de que en este mundo hay un portal de teleportación perteneciente a una red de transporte creada por seres desconocidos, ese portal sin embargo, está cerrado por el extremo del planeta, de modo que los que llegan a él, no pueden marcharse, como le ocurrió a un humano que consignó sus pensamientos en los espacios en blanco de una edición de las obras completas de Shakespeare. Ése es el Shakespeare del relato.

Hay mas: Ruinas misteriosas, un alienígena llamado Carnivore por motivos obvios, de buen corazón y no demasiado despierto y mas sorpresas que no revelaré por si algún día les da por leer esta novela. Ninguna de las muchas ideas que se exponen se desarrolla con mucha profundidad, Simak salta de una a la siguiente sin preocuparse demasiado. No es un especulador ni un científico, aunque tiene algo de poeta. Se limita a barajar las convenciones del género, dándoles un ligero toque personal.

El estilo es transparente, sin artificios dotado de una sorprendente serenidad. Algunos pasajes me han resultado intensamente líricos, como la descripción del entierro de los tripulantes de la nave en un planeta deshabitado. Los personajes son sencillos, escasamente caracterizados, algunos incluso caricaturescos y probablemente es intencionado, porque todo tiene un aire de fábula. Aunque tienen sus mezquindades y mantienen sus diferencias entre ellos, les une una especie de camaradería que cruza la barrera entre especies y entre máquinas. En “El planeta de Shakespeare” un robot puede asistir a un moribundo y velar su cadáver, un humano preocuparse de no herir los sentimientos de un ser que podría considerarse una bestia asesina y, aunque la comunicación sea imposible, se pueden establecer lazos de camaradería con unos seres con el aspecto y el tamaño de babosas. El momento cumbre de la novela, es, en mi opinión, la comunión mental del protagonista humano con una forma de vida extrañísima e incomprensible. A mi entender, Simak parece abogar por una especie de fraternidad entre todas las formas de vida y acepta una definición muy flexible de lo que es la vida. En un mensaje optimista, que muchos calificarán de ingenuo, pero con el que no cuesta nada simpatizar y que resulta refrescante, dado el pesimismo que campa por la ciencia ficción últimamente.

A pesar de este aparente buen rollismo, el misterio y la acción están presentes. La novela es corta y está plagada de acontecimientos, así que el aburrimiento no es una opción. Sin embargo, no carece de defectos. Abundan las digresiones filosóficas sobre el tiempo, el universo y su propósito, algunas interesantes, las mas, aburridas. Los diálogos entre las tres personalidades que componen la personalidad de la nave se vuelven progresivamente tediosos. El mas largo de ellos, que prácticamente cierra la novela, es un auténtico dolor de muelas que no le recomiendo a nadie.

Además, los acontecimientos se suceden unos a otros sin ningún tipo de lógica interna. El final, un tanto precipitado, ocurre porque sí, da un final a los frentes abiertos, pero no explica ninguno de los misterios. Uno de los personajes se planeta si no cometen un error al intentar imponer un sentido a las cosas, que carecen de información suficiente como para intentar comprender lo que ha ocurrido realmente. Buen intento, señor Simak, pero no me engaña, es usted el que no es capaz de dar sentido a su propia historia, así que no trate de engañarme dándoselas de profundo, que le he pillado. He leído a escritores que tratan sobre la imposibilidad de comprender el cosmos y usted no ha disparado contra ese blanco en toda la novela.

 Conclusión, una novela entretenida, bien escrita, con algunos momentos bonitos. También un disparate argumental sin pies ni cabeza. Las espadas siguen en alto para Clifford D. Simak.






jueves, 30 de junio de 2016

“El trono vacante” de Bernard Cornwell


Enésima aventura de Uthred de Bebbamburg. En esta ocasión Bernard Cornwell se aleja brevemente de las peripecias bélicas que tan bien se le dan, para imaginar las circunstancias que pudieron llevar a Etelfleda a convertirse en la señora de Mercia después de la muerte de su marido.

Durante el breve periodo de intrigas cortesanas, Uthred despliega su irreverente sentido del humor, que tanto se echó en falta en la adaptación televisiva de sus primeras andanzas rodada por la BBC y NBC, pero no se preocupen los lectores, hay mas de una batalla en la novela, mas de dos y mas de tres y no falta la inevitable invasión vikinga, en esta ocasión procedente de Irlanda.

Lo mas sorprendente del libro, es que el prologo con el que comienza está narrada en primera persona por el hijo de Uthred, aunque luego éste no tarda en recuperar el protagonismo en el primer capítulo. ¿Estará pensando Bernard Cornwell en el relevo generacional?¿Se convertirá la saga de Uthred en la saga de los Uthreds? Es difícil decirlo, Uthred empieza a estar muy mayor para las hazañas que caben esperar de un guerrero medieval, pero diría que aún le queda mucha cuerda y muchos cuellos que cortar.

Aparte de eso, la novela contiene un viaje a Gales en el que Uthred conoce al rey Hywel Dda, que resulta un personaje atractivo y que hace algunas reflexiones muy interesantes sobre sus dos naciones.

Todo lo demás, es lo de siempre, un personaje muy carismático, galopando de un lado a otro, haciéndose enemigos constantemente y ganando todas las batallas en las que se mete, descritas con mucho verismo y emoción, aunque quizá con menos garra que en otras entregas.

Tan entretenida como repetitiva.



viernes, 24 de junio de 2016

“El tríptico de Dios” de Miquel Barceló y Pedro Jorge Romero




Guardo un recuerdo bastante bueno de “El otoño de las estrellas”, la anterior novela de estos mismos autores. La recuerdo como una novela corta, entretenida, que leí con agrado y que tenía un puñado de ideas buenas, aunque fallaba en un final que no estaba a la altura de las expectativas creadas y que reconozco que he olvidado por completo.

Tal vez conscientes de aquella limitación, Miquel Barceló y Pedro Jorge Romero optaron en esta ocasión por empezar por el final. “El tríptico de Dios” se compone de tres historias, cada una de las cuales transcurre antes que la anterior, unificadas por la presencia del demonio. Si, han leído ustedes bien, he escrito “el demonio” aunque él prefiere que le llamen “el adversario”, al menos en esta encarnación literaria. En la primera historia asistimos a una gran batalla espacial, en la que la flota de la iglesia católica intenta destruir un artefacto con el que el Adversario podría acabar con la humanidad, en la segunda asistimos a las dudas que suscitan en la curia la sustitución de un papa robótico por un humano de toda la vida, y en la tercera a una historia de pacto faústico que llevará a la destrucción de la Tierra.

El hecho de que la historia transcurra hacia atrás implica que no he escrito ningún spoiler.

Me resulta difícil clasificar este librito. La aparición del Adversario lo convertiría en una novela de fantasía, a pesar de sus toques de ciencia dura. Sus autores hablan de escribir la historia que les habría gustado leer y de que querían demostrar que en España se puede escribir la mejor “space opera”. Si esto último era su objetivo, me temo que han fracasado por completo. De la “space opera” uno espera escenarios grandiosos, toneladas de sentido de maravilla y emoción. La única de las historias que siquiera se aproxima a ello es la primera, y, aunque tiene algunas ideas buenas, le falta exotismo, espectacularidad y aliento épico. Aunque ya no soy un entendido, el mundo está lleno de mejores “space opera”

La segunda historia plantea algunos dilemas y reflexiones interesantes, pero fracasa en lo principal, contar algo. Planteamiento, nudo y desenlace brillan por su ausencia. Es un relato en el que, en el fondo, no pasa nada.

Y llegamos al final. Sería de esperar que el comienzo atase todos los cabos sueltos y que arrojara una nueva luz sobre los hechos anteriores, o posteriores, que lío, pero si es así, yo no lo veo, si bien reconozco que no soy muy brillante y las mas de las veces no entiendo nada de las novelas de Gene Wolfe. Aquí si ocurre algo, y es bastante entretenida, tiene uno o dos momentos muy buenos, aunque el clímax, que homenajea a los videojuegos o a las películas de terror, no estoy seguro, no acabe de funcionar y la apoteosis final-inicial, me deja frio.

Yo esperaba ver a los seres de supersimetría, que se mencionan una y otra vez pero nunca aparecen, o descubrir que el Adversario no era en realidad un ente sobrenatural ni un ángel caído, si no que tenía un origen físico y científico, pero lo mas que encuentro es alguna reflexión interesante sobre los mitos y la insinuación de que el protagonista de la tercera historia pueda haberse convertido en la voz que escuchaba el protagonista de la segunda y de la que no estoy nada seguro.

El Adversario siempre ha sido un personaje fascinante, y en este libro mantiene parte de su carisma y fascinación. El resto de los personajes son meros comparsas sin interés alguno. Sin ser ninguna maravilla, el libro está bastante bien escrito. No se mencionará en ningún manual de literatura, pero el estilo es ágil, nunca se hace farragoso, ni siquiera cuando trata de física avanzada o matemáticas. No hay redundancias, ni muletillas, no se subraya lo obvio ni se recurre a convencionalismos fáciles. Los diálogos son fluidos, la narración progresa a buen ritmo… se nota una voluntad por parte de los autores de hacer las cosas bien, tomándose el tiempo debido para repasar su labor. No me entiendan mal, nunca recomendaría esta obra exclusivamente por el placer estético que pueda derivarse de su lectura, pero su uso del lenguaje me ha parecido muy superior al de, por ejemplo, Angel Torres Quesada o José Antonio Suárez.

Su lectura, sin embargo, me ha sabido a poco. No sólo por su extensión, me lo leí yendo y viniendo del trabajo y tardé cuatro días, incompletos, sino porque no me ha aportado nada relevante y ya está empezando a desvanecerse de mis neuronas.

A los interesados, recomiendo que se abstengan de la versión impresa, la relación cantidad/precio es absurda y calidad/precio tampoco es muy allá. La versión electrónica, que es la mía, resulta mas ajustada.






viernes, 17 de junio de 2016

“Astronautas” de Stanislaw Lem




Ya lo tenia todo listo para leerme “La voz de su amo” cuando en un paseo por la biblioteca pública Pedro Salinas me encontré esta novela, recién publicada en España por primera vez, aunque el original sea de 1951 y cuya temática parecía mas adecuada a mis gustos.

El volumen se abre con un prefacio del editor original de la obra, en la que se cuentan las circunstancias y consecuencias de su escritura. En dicho prefacio Jerzy Jarzebski se disculpa una y otra vez por la supuesta propaganda socialista que contiene la novela, que en su día era estrictamente necesaria para su publicación. Tanta excusa resulta chocante, porque en realidad en “Astronautas” hay muy poca exaltación del socialismo: si transcurre en un futuro en el que el capitalismo ha sido dejado atrás, se critica el imperialismo y la moralina se enseñorea del desenlace, pero no hay paginas puramente doctrinarias, como las que si podían encontrarse en “Que difícil es ser Dios” de los hermanos Strugatski. Yo incluso las he echado en falta, pensaba dedicarles unas risas. Se diría que esas partes, aunque minúsculas, avergüenzan terriblemente a Jarzebski. 

A continuación viene un prologo del propio Lem, en el que él mismo escribe: “Confieso que me sorprendería que Astronautas pasara a ser una de las obras de referencia de mi bibliografía. Creo que si alguien echa mano de este libro dentro de otros veinte años no será para adentrarse en una atrevida visión del futuro, sino más bien para esbozar durante la lectura alguna sonrisa de la misma manera que lo hacemos nosotros cuando leemos las obras de Julio Verne.”

Bien, parece que estamos ante una obra menor, muy menor. El propio autor no nos da muchas esperanzas sobre el interés de “Astronautas”, pero cada lector debe forjarse su propia opinión. La novela transcurre a un ritmo muy pausado, lo que no pillará por sorpresa a los seguidores de su autor. El primer capítulo consiste prácticamente en un ensayo divulgativo sobre la catástrofe de Tunguska. La verdad es que me ha gustado mucho, hoy día Tunguska sigue siendo un misterio tan apasionante como en 1951 y es un buen modo de abrir el apetito del lector.

La cosa se empieza a animar cuando se descubren los restos de un pecio extraterrestre en la zona de la ya antigua catástrofe, aparentemente procedente de Venus y con registros que indican que los venusianos se disponen a aniquilar la vida en la Tierra. Se impone una expedición al planeta nublado . En los siguientes capítulos se describe exhaustivamente la nave en la que se realizará el viaje y el ordenador de a bordo. A Lem se le daban muy bien las descripciones y consigue que el lector no se aburra demasiado, pero son capítulos largos en los que no pasa nada. Sufro de cierta fascinación hacia las naves espaciales, así que la descripción del cohete no me importunó demasiado, pero el ordenador es un cachorro analógico cuyas futuras hazañas parecen bastante descabelladas.

Con esto hemos llegado a la página 129, donde empieza la narración del piloto del Cosmocrátor, que es como se llama la nave. Tal vez un poco extenso para un comienzo. El resto de la novela es la crónica de este viaje. A pesar de lo desfasados que puedan haber quedado los aspectos científicos, Lem consigue resultar creíble la mayor parte del tiempo. Si la novela tiene algún objetivo es intentar transmitir al lector las sensaciones y vivencias que se podrían experimentar en un viaje a otro planeta. Por eso se detiene a detallar cuidadosamente su equipamiento, los trajes, los vehículos, así como lo que sus protagonistas sienten durante la ingravidez, una colisión con meteoritos o los aterrizajes y despegues, descritos estos últimos con una precisión sumamente vívida, que haría creer que el autor los ha experimentado en persona. Seguramente no son realistas, pero provocan la ilusión de realidad.

Como se infiere del párrafo anterior, “Astronautas” es una novela eminentemente descriptiva y donde mas brilla es en la descripción de los paisajes alienígenas. No creo que haya un autor de ciencia ficción que supere las descripciones de otros mundos de Stanislaw Lem. Nadie consigue que resulten tan extraños, tan ajenos y, al mismo tiempo, tan incomprensiblemente bellos. Su imaginación visual era tan portentosa que a veces resulta muy difícil entender sus descripciones, pero es que, para hacerle justicia, haría falta un James Cameron inspirado trabajando sobre ilustraciones de Moebius.

Esta novela no es una excepción. Las pormenorizadas descripciones de los paisajes venusianos y de los hallazgos de los astronautas son fascinantes y rebosan sentido de maravilla. También son bastante largas, pero no por ello dejan de ser uno de los grandes atractivos de la novela. Los personajes, por el contrario no son gran cosa. El protagonista es el mas logrado, con sus recuerdos de su abuelo, negro y nacido en Estados Unidos, su afición al alpinismo, sus imprudencias y sus flaquezas. El resto de la tripulación, sin embargo, se compone de una especie de valientes y amables súper científicos sobre humanos que solo acumulan virtudes. En su tiempo libre, escuchan conciertos de música clásica e intercambian historias. Ni en esta ni en ninguna de las novelas que he leído de Stanislaw Lem, aparece una mujer entre los científicos protagonistas, ni en un puesto de alta responsabilidad. Son personajes casi victorianos, a los que no cuesta nada imaginárselos en sus reuniones fumando puros y bebiendo coñac. Encarnan una idealización de la ciencia y los científicos que galopa por toda la novela y que sorprenderá a los seguidores de Lem, al chocar radicalmente con la visión desencantada que presidirá sus obras mas famosas.

Se trata de la primera novela publicada por Stanislaw Lem y es una novela claramente juvenil, con vocación didáctica dirigida a un público en el que pretende despertar vocaciones, el deseo de contribuir al bien común y de superar constantemente las propias limitaciones. Esta intención se hace de un modo muy poco sutil en los primeros capítulos y, aunque despierta mis simpatías, le puede resultar farragosa a un lector maduro. “Astronautas” no es una obra que pueda complacer a todos los tipos de lectores y debe ser degustada con paciencia. Un lector sin interés en la ciencia o la ciencia ficción, debería huir de ella como de la peste. No puede negarse que el lector moderno la encontrará bastante trasnochada. El que busque un entretenimiento rápido, se llevará también una gran decepción, por su tono pausado y por su crispante falta de objetivos, pues aparte del de describir un viaje espacial, no parece tener ninguno durante la mayor parte de la novela. Aún diría mas: Tiene mas en común con un libro de viajes que con una novela. No hay la menor sensación de que la historia avance, o de que la narración se dirija hacia algún lado. Simplemente se acumulan anécdotas e incidentes, que se van sucediendo hasta el final y no es hasta el último capítulo cuando se hace evidente su mensaje pacifista y anti nuclear.

Los seguidores de Stanislaw Lem, en cambio, no deben perdérsela. Podría decir que por su carácter histórico y seminal, que en esta novela se encuentran el embrión de lo que acabaría siendo su obra de ciencia ficción, y no mentiría, pero es el tipo de argumento que solo sirve para despertar el interés de estudiantes de literatura y articulistas. El motivo por el que no deben perdérsela, es porque, a pesar de sus incuestionables defectos, en “Astronautas” se encuentran muchas de las virtudes que cristalizarían en su obra posterior y al leerla podrán volver a experimentar algunas de las sensaciones que les cautivaron en su día.