Buscar este blog

No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

jueves, 6 de diciembre de 2018

“La redención del tiempo” de Baoshu



No recuerdo la cita con exactitud y no la he encontrado, pero recuerdo haber leído en algún sitio que Neil Gaiman dijo que un fan siempre quiere que su autor idolatrado le cuente la misma historia, una y otra vez. Al parecer esta novela es una fan fiction de la saga de “El problema de los tres cuerpos” avalada por el propio Cixin Liu. No me cabe duda de que, el tal Baoshu, debe ser un auténtico fan de la saga, porque esta novela, durante toda su primera mitad, lo único que hace es volver a contar “El fin de la muerte”, esta vez desde el punto de vista de Yun Tianming. Por el camino, enmienda la plana a su idolatrado maestro, enmendando alguna que otra inconsistencia, bastante triviales la mayoría y añadiendo alguna revelación sobre personajes secundarios, estas si, completamente intrascendentes.

El resultado se asemeja a lo que podría ser la transcripción de la tertulia entre un grupo de frikis de la ciencia ficción discutiendo en la sobremesa sobre la obra de Cixin Liu. Me encantaría vivir la experiencia, disfrutaría mucho pasando la tarde trasegando cervezas con mi grupo de amigos, mientras discutimos sobre los entresijos de la última novedad en ciencia ficción. Por desgracia, mis amigos no comparten hasta ese punto mis intereses, nada me aburre más que leer las divagaciones de desconocidos y, por último, me temo que no soy un fan y que me fastidia bastante que me vuelvan a contar la misma historia.

A pesar de ello, esta parte se puede leer.

Luego viene la segunda parte, en la que Baoshu se desmelena y que es creación exclusiva suya. Esta parte es más complicada de explicar, porque parece escrita con prisa. Los personajes vienen y van, a una velocidad tal que resulta imposible preocuparse lo más mínimo por ellos, aparte de que sus acciones y el universo que las arropa, carezca del mínimo sentido.

Leyendo los pasajes mas alucinatorios de Cixin Liu siempre tuve la duda de si estaría haciendo una brillante especulación o tomándome el pelo. Mi escasa formación científica no me permitía decidirlo. A pesar de ello, con Baoshu estoy completamente seguro: me está tomando el pelo. Toneladas de absurda tecnojerga componen el grueso de esta parte. No todo es malo, no se puede negar que Baoshu tiene una imaginación bastante potente. Algunos de los conceptos que esgrime son portentosos, pero eso no salva semejante galimatías, sin pies ni cabeza.

El aval de Cixin Liu sólo se explica por la inmensa admiración hacia su obra e incluso su persona, que destila “La redención del tiempo”. Leído el final, la palabra que viene a mi mente y con la que definiría a Baoshu, no es “admirador”. Es “pelota”.

En fin, sólo recomendaría esta obra para los auténticos “fans” de “El problema de los tres cuerpos”. Los lectores cuerdos, deberían abstenerse. Lo que más recordaré de ella, será lo que lamento el tiempo empleado en su lectura.

viernes, 30 de noviembre de 2018

"Voces remotas en Albión" de Víctor Conde


La recepción de una transmisión de origen extraterrestre va camino de convertirse en un tópico del género. Ya se han escrito varias novelas y relatos. Quizá el más famoso sea “Contacto” de Carl Sagan, aunque, para mi gusto, la obra que mejor desarrolla el tema sea “La voz del amo” de Stanislaw Lem. Puede parecer extraño, a tenor de mi reseña. No me entiendan mal, me sigue pareciendo un muermo pretencioso, mucho más vacío de lo que la gente cree, pero, aún así, me parece la obra que mejor desarrolla el tema.

En “Voces remotas en Albión” Víctor Conde se une a esta tradición. En ella, la transmisión golpea toda la Tierra, abarrotando los discos duros de todos los ordenadores con datos incomprensibles y afligiendo a algunos humanos con una nueva enfermedad, que les hace especialmente sensibles a las ondas electromagnéticas.

La novelita sigue los esfuerzos de algunos de los investigadores del fenómeno. La creatividad que atesora esta obra sobrepasa de largo su extensión. Los conceptos que engloba son pasmosos y fascinantes. Su tamaño y su cuantía es tal, que no da para mucho más que su enumeración. No, desde luego, para un desarrollo dramático que vaya mas allá de una serie de conversaciones y algún experimento.

No es algo malo, muchas obras de ciencia ficción de la edad dorada cojeaban del mismo pie y, por contra, la prosa de Víctor Conde es bastante mejor, aunque en ocasiones su estilo no me haya resultado adecuado. Es una obra que promete revelaciones asombrosas y las cumple, la recordaré con sumo agrado.

Sólo hay un par de cosillas que me enervan. Una es que la gran revelación final sobre la naturaleza de la transmisión llega al protagonista… pues eso, como una revelación. Si, en medio de un experimento, supuestamente científico, bastante absurdo y cuya necesidad se justifica de un modo un poco rebuscado, pero no dista mucho de una visión divina o provocada por el peyote.

Y otra es el “como”. En ningún momento Víctor Conde llega a justificar como la transmisión produce los efectos que produce sobre sus habitantes y sus máquinas. Miento, en medio de la revelación lo hace, si: enumera un par de “palabros” y luego jura y perjura que no es tecnojerga. Ya. Quizá la mayor demostración de talento del autor sea que el lector no sea consciente del pedazo de esfuerzo que ha exigido a la “suspensión de incredulidad” del lector, hasta que este termina la lectura.

O casi.

domingo, 25 de noviembre de 2018

“La zona” de Juan Miguel Aguilera y Javier Negrete


 

Ya dije en mi reseña de Melanie que le había acabado cogiendo manía a las historias de zombies. Y sin embargo, aquí estoy de nuevo, merced al influjo que tiene sobre mi persona ver el nombre de Javier Negrete en una portada.

“La zona” es una novela de zombies. Perdón, de infectados, que es como les llaman ahora. No pretende ser la dignificación del género, si es que éste existe. Ni siquiera una vuelta de tuerca original al mismo. Lo que sus autores han hecho es una aplicación inteligente y profesional de todas sus reglas y lugares comunes. De estos últimos, no falta ni uno sólo, desde el variopinto grupo de personas atrapadas en un entorno cerrado, hasta la llegada de los equipos de limpieza de la malvada multinacional de turno, que está detrás de todo el desaguisado.

Hay varios puntos, sin embargo, que elevan su interés muy por encima de la media.

Una protagonista traumatizada por sus experiencias en Irak, un ayudante clavadito a un personaje de “La red de Indra”, novela de Juan Miguel Aguilera… Los personajes son tópicos, pero cada uno tiene su propia personalidad. Están bien caracterizados, no son meros aperitivos para las hordas de zombies, digo infectados.

Hay una inusual atención a los aspectos científicos. Diría que es la primera vez que veo una epidemia zombie (¡otra vez esa palabra!) que me resulte creíble y hasta hay alguna reflexión interesante.

Y hay una cierta crítica social, muy interesante y atrevida, sobre la explotación a la que son sometidos los inmigrantes que cruzan el estrecho y como los seres humanos abusan unos de otros.

Pero, sobre todo, lo que hay es un gran sentido del ritmo, una gran habilidad para mantener el suspense y la emoción y una auténtica maestría en las escenas de acción, que consiguen mantenerte pegado a tu asiento, mucho mejor que innumerables películas.

Novela impersonal, que no inventa nada, pero escrita con notable profesionalidad y eficiencia. Adictiva de narices.

sábado, 17 de noviembre de 2018

“El libro de los cráneos” de Robert Silverberg


Durante los años sesenta o comienzos de los setenta, cuatro estudiantes universitarios, compañeros de habitación aprovechan las vacaciones de semana santa para cruzar los estados unidos, en buscar de un monasterio aparecido en un recorte de periódico, que vinculan con un manuscrito medieval, en la que una misteriosa orden monástica ofrece la inmortalidad. El precio de la vida eterna es alto, sus postulantes tienen que presentarse siempre en grupos de cuatro de los cuales, uno debe suicidarse y otro debe ser asesinado por sus compañeros.

La novela va alternando el punto de vista de cada uno de los cuatro protagonistas, a través de capítulos, por lo general breves, narrados en primera persona, como si fueran soliloquios en los que recuerdan los acontecimientos del día, con los diálogos reducidos al mínimo por las restricciones de la memoria humana, salvo cuando las necesidades dramáticas exigen una licencia poética.

Aunque, evidentemente, no se trata de ciencia ficción, “El libro de los cráneos” es una de las novelas más reputadas de Robert Silverberg. David Pringle la incluyó en su lista de sus cien mejores novelas fantásticas, Miquel Barceló le dedica palabras muy elogiosas en el prólogo y he leído múltiples comentarios positivos.

Se trata de la novela que más me ha costado leer de Robert Silverberg y estuve a punto de abandonarla.

Para empezar, casi la mitad del libro consiste en el viaje. Un viaje en el que, en resumen, no pasa absolutamente nada. Van de ciudad en ciudad, conducen durante horas y se sorprenden de lo mucho que han conducido. Buscan donde pasar la noche y tratan de ligar.

En segundo lugar, están las personalidades de los protagonistas. Eli, judío y erudito, instigador de la búsqueda, Ned aspirante a escritor y, como no, homosexual, Timothy aristócrata rechoncho, procedente de la alta sociedad y Oliver, atlético muchacho de pueblo que ha logrado llegar a la universidad a base de fuerza de voluntad. Todos ellos inmersos en ese estado continuo de lujuria y frenesí sexual que las películas de Estados Unidos nos han enseñado que es el habitual en sus universidades.

Es decir, son una colección de tópicos ambulantes. Silverberg hace un gran trabajo dotando de voz propia a cada uno de ellos, Eli y Ned son unos pedantes y Timothy un engreído de una grosería insoportable. 

Al comienzo del libro, se cruzan con un conductor en el que Eli imagina todos los prejuicios que una persona de clase baja puede sentir hacia un universitario. A las pocas páginas, yo ya compartía todos y cada uno de esos prejuicios y deseaba que la hermandad de los Cráneos ofreciera a todo el grupo en sacrificio a Cthulhu.

Bueno, a todo el grupo no. Con no pocas contradicciones y puntos flacos, Oliver resulta ser un personaje mucho más interesante y complejo que sus compañeros y sus capítulos están mucho mejor escritos.

La empanada mental de Eli (que si creo porque no creo, no a pesar de que es absurdo, sino porque es absurdo y vivo sin vivir en mi), las rutinas del monasterio, sus veleidades new age, Atlantida incluida... Aunque bien condimentadas por la demostrada habilidad de Silverberg como narrador, todas estas cosas me han resultado pesadas y pretenciosas. A estas alturas de mi vida, pocas cosas encuentro menos atrayentes y más innecesarias que la búsqueda de la fe.

Sin embargo, todo mejora notoriamente al final. Como parte de la iniciación, cada uno de los miembros del grupo tiene que contar a otro su secreto más vergonzoso. En esta parte de la novela está muy bien narrada, aunque sus secretos me han resultado muy folletinescos. Que cada persona tiene algo en su pasado que le atormenta profundamente, me temo que es una gran mentira. La cruda realidad es que las personas normales somos mucho menos interesantes. Ese es uno de los motivos por los que leemos libros. Con la excepción, una vez más, de Timothy, los secretos de los protagonistas son demasiado “noveleros”, demasiado exagerados. El de Ned, en concreto, parece sacado de un culebrón barato. Sin embargo, las escenas están contadas de modo que cada confesión resulta emocionante, cada una mas que la anterior, emoción que se mantiene mientras los personajes encuentran su destino, en forma de asesinato y suicidio, perfilando un tramo final más que destacable, puede que incluso excelente.

Sinceramente, me ha parecido una novela muy sobrevalorada. Creo que sus pretensiones trascendentales y las partes excelentes hacen que mucha gente le perdone sus monótonos defectos. Aunque recomiendo que está bien escrita, yo no se la recomiendo a nadie.

PD: Este post se merece una segunda parte, en la que enumere las cosas que no me han gustado a título personal. No sé si tendré fuerzas o tiempo para hacerlo, así que mencionaré que el machismo de Robert Silverberg empieza a parecerme como el racismo de Robert E. Howard. Está tan arraigado en su escritura que o dejas de leerle, o lo asumes y tratas de ignorarlo, procurando que no infecte tus neuronas.

 

viernes, 9 de noviembre de 2018

“La puerta de Abadon” de James S. A. Corey


Tercera entrega de la saga literaria “The Expanse”. Enfriado el entusiasmo que me produjo “El despertar del Leviatan” y superada la moderada decepción que me supuso “La guerra de Caliban”, esta entrega mantiene las constantes de la serie: varias tramas paralelas, unas centrada en personajes nuevos, que no volverán a aparecer en la serie y otras en la tripulación de la Rocinante. Dentro de un cierto esquematismo, los personajes nuevos resultan más carismáticos e interesantes que el reparto habitual, pero, al menos, las paranoias mentales de James Holden, que tanto daño le hicieron a “La guerra de Caliban” casi han desaparecido por completo.

Destaco el personaje de Anna, por motivos personales. No sé si lo he dicho alguna vez, no soy creyente y tiendo a mirar por encima del hombro a los que si lo son, pero estoy harto de que las novelas de ciencia ficción siempre presenten a las personas religiosas, si no como fanáticos peligrosos, al menos como ilusos. En este mundo hay mucha gente religiosa (por desgracia, en mi opinión). La mayoría son personas normales y algunos pocos son inteligentes, así que celebro encontrarme un personaje religioso y sacerdote, para terminar de arreglarlo, que no se comporte como un necio.

Me ha rechinado más que la Tierra envíe a explorar un artefacto alienígena a un grupo de celebridades, artistas, poetas y personalidades eclesiásticas. ¡Anda ya! No podía ocurrírseme un grupo menos adecuado. Aquí a los autores, por conveniencias del guión, como dice la gente del cine, se les ha ido la mano forzando la credibilidad de sus lectores y no con la alteración de las leyes de la física.

Hablando de guiones, una de las críticas más habituales que sufre esta serie de novelas, es que los hechos no ocurren con naturalidad que los golpes de trama están muy forzados y que los acciones de los personajes no parecen dictadas por sus personalidades, sino para adaptarlas a un hipotético guión. No me lo pareció en los dos anteriores, pero algo de eso hay en este libro. Todo fluye muy bien durante los tres primeros quintos del libro. Durante ese tiempo es una lectura apasionante, pero el giro inesperado que da lugar al clímax final si que me ha parecido forzado. Para compensar, ese clímax está mucho mejor administrado que en “La guerra de Caliban”, aunque creo que los autores tienen algunos problemas con las escenas de acción, sobre todo con la presentación de los escenarios en los que transcurren.

Tal vez James A. Corey no sea la gran esperanza blanca de la space opera, pero la obra de estos autores sigue siendo un entretenimiento digno, que no insulta la inteligencia del lector, cuyos escenarios y especulaciones no harán bostezar a los acérrimos de la ciencia ficción.

Puede que sus autores sólo se hayan propuesto entretener, pero doy fe de que, con “La puerta de Abadon” lo han conseguido.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Domingo Santos ha muerto.


He tenido que enterarme de refilón, supongo que son cosas de no estar en facebook ni en ninguna otra red social. Me siento un poco traicionado, porque los blogs y sitios de noticias relacionados con la ciencia ficción por los que transito habitualmente no se hayan hecho eco. Quizá se deba a que sus autores provengan de una generación mas joven que la mía.

Sirvan estas líneas como un breve homenaje.

Nunca conocí personalmente a Domingo Santos (Pedro Domingo Mutiñó de verdadero nombre). Afortunadamente, ya he tenido bastante muerte en mi vida últimamente. De su obra como escritor, leí “Hacedor de mundos”, “Gabriel” y algún relato suelto. No era de mis autores favoritos, aunque su estilo era eficiente. “Hacedor de mundos” creo que fue la primera novela que leí de un autor español. Me resultó entretenida y curiosa. Creo que Rodolfo Martínez dijo de “Gabriel” que, con esta novela, la ciencia ficción nacional alcanzó la mayoría de edad. No me pareció para tanto, pero en fin, cada uno tiene sus propios gustos.

En lo que nadie puede discutir que fue magnífico, fue en su labor de difusión de la ciencia ficción, como editor y traductor. Cuando empecé a leer el género, mis hermanos mayores bromeaban con que todos los libros de ciencia ficción que se publicaban en España estaban traducidos por Domingo Santos y eran publicados en una colección dirigida por Domingo Santos. Los grandes clásicos y las obras más populares, como “Dune”, fueron traducidas por Domingo Santos. Los primeros libros de autor español que vi publicados, lo fueron en la colección Ultramar, que dirigía Domingo Santos.

Quizá Akasa-Puspa nunca hubiera visto la luz sin Domingo Santos. O la trilogía de “Las islas del infierno” de Angel Torres Quesada. A menudo me quejo de la falta de presencia editorial de este género en mi país, de la cantidad o de la calidad de las obras que se publican, pero, si no hubiera sido por Domingo Santos, su presencia sería inexistente.

Domingo Santos fue el padre de la ciencia ficción en España.

Rodolfo Martínez se explica mucho mejor que yo, y con más conocimiento de causa, aquí:

domingo, 28 de octubre de 2018

“Voladores nocturnos” de George R.R. Martin


 



Hará nueve meses o así, me enteré de que el canal scifi iba a producir una serie de televisión basada en un relato de ciencia ficción de George R.R. Martin, autor antiguamente muy popular entre los aficionados a la ciencia ficción y en cuya obra no he profundizado demasiado.
 


 


Poco después, la noticia se corrigió, no iba a basarse en la historia original, sino en la película de 1987 que ya la adaptó en su día. Eso fue otra sorpresa para mí. No sabía nada de esa película y me apresuré a descargarla.
 


 
La película es… como lo diría yo… una basura. La labor del director Robert Collector, que tendrá un puesto ejecutivo en la serie, sólo se me ocurre calificarla como chapucera. Las interpretaciones son malas, los efectos especiales y los decorados, cutres. Y los peinados, muy ridículos. Su único punto a favor, es el encanto que para muchos aficionados tienen las películas de ciencia ficción de serie B, sobre todo cuando son malas y cutres. A pesar de ello, el guión tenía cosas interesantes. Bien hecha, podría haber sido una buena película. O un buen capítulo de una serie de televisión.

No concibo cómo puede ser posible basar en ella una serie entera de más de diez capítulos, con pretensiones de añadir todas las temporadas que la audiencia permita. Los trailers emitidos hasta ahora, evidencian muy pocas similitudes. Hablan de salvar el mundo (que manía con que siempre haya que salvar el mundo, como si la supervivencia de los personajes no fuera gancho suficiente para ver una serie) y aparecen alucinaciones inexistentes en la película. Parece que se hayan confundido de película y se hayan basado en “Event Horizont”.

El caso es que me despertó la curiosidad por leer la novella. Imagino que debe de estar incluida en alguno de los recopilatorios de relatos publicados Gigamesh, puesto que George R.R. Martin está muy orgulloso de ella. La imagen con que ilustro el post parece indicar que incluso ha gozado de publicación independiente. De ser así, jamás la he encontrado y me niego a comprarme una antología por una sola historia, así que, como se verá para mi desgracia, he procedido a bajarla de Internet.

“Voladores nocturnos” pertenece a ese entretenido subgénero, más propio del cine que de la literatura, en el que los tripulantes de una nave espacial van muriendo uno detrás de otro, mientras la nave, a su vez va siendo progresivamente destruida. Nada que objetar. Yo mismo he intentado escribir alguna historia así.

En ésta, una expedición científica se aleja de las rutas transitadas, para internarse en las profundidades del espacio, en busca de una misteriosa nave espacial, perteneciente a una especie que jamás ha sido contactada, el volcryn, pero cuyas naves vienen sido avistadas desde antes del comienzo de la historia humana. Para ello contratan una nave mercante completamente automatizada, cuyo misterioso capitán jamás se presenta físicamente ante sus huéspedes y solo conversa a través de comunicadores.

Lo primero que me ha sorprendido de la lectura, es que la adaptación de 1987 fue jodidamente fiel. Uno de esos tristes casos que demuestran que fidelidad no garantiza calidad. Lo segundo es lo mala que puede ser una traducción. A esto me refería con lo de “mi mala suerte”. La versión que he encontrado es casi ilegible. Comete algunos errores de campeonato, como traducir repetidamente “Superior” como “Superado” a pesar de que contradice el contexto y confundir el género de los pronombres cuando se refiere a los personajes por su profesión. La traducción es tan rematadamente mala, que no puedo pronunciar ningún juicio sobre la calidad del estilo de Martin.

Si puedo decir que demuestra capacidad para la intriga y la creación de atmósferas misteriosas. Construye con bastante verosimilitud una historia de mansiones encantadas en el espacio. Aunque el relato sea muy convencional, su sentido del ritmo es innegable y tiene algunas ideas curiosas. Los detalles que pueblan las conversaciones entre sus poco perfilados personajes, dan la impresión de un contexto muy trabajado. Un universo complejo y atrayente en el que, quizá, Martin haya ambientado más historias. El volcryn (que, en el fondo, carece de la menor importancia en la trama) es una idea de lo más evocadora y la revelación final sobre su naturaleza, es excelente. Revelación que, por cierto, fue omitida en la película, supongo que por considerarla demasiado complicada para un espectador medio. Sólo lamento que los poderes psíquicos sean tan fundamentales en la historia. Habituales en los relatos de la edad dorada, utilizados por Henlein, Asimov y creo que incluso Clarke. Personalmente, no tienen la menor credibilidad para mí y son un deux ex machine demasiado evidente, es decir un “Lo hizo un mago”.