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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

viernes, 11 de enero de 2019

"Por el tiempo" de Robert Silverberg



“Por el tiempo” cuenta la historia de un joven atolondrado y obsesionado con el sexo que se une al servicio temporal como guía especializado en la historia de Bizancio. En el mundo imaginado por Silverberg los viajes por el tiempo son fáciles y económicos y el gobierno ha decidido darles el empleo útil y juicioso: ¡Organizar viajes turísticos por los momentos más emblemáticos de la historia!

Queda claro que, aunque no es una novela de humor, la ironía predomina la narración, con algunas ideas muy ingeniosas. Por ejemplo, a fuerza de visitar siempre los mismos momentos, por ejemplo, la crucifixión de Jesucristo, estos están cada vez más poblados y los guías tienen que hacer auténticos malabarismos para no encontrarse con ellos mismos, con lo que estos momentos están abarrotados de muchedumbres de viajeros del tiempo que hacen lo que pueden por ignorarse unos a otros, como dictan las reglas del viaje temporal. Uno de los guías, por ejemplo, queda siempre, el mismo día, con la misma prostituta, a diferentes horas por supuesto y la tiene agotada. También, siguiendo con el tema de la crucifixión, aparece un guía temporal penalizado por llevar un negocio de tráfico de reliquias de astillas de la cruz de Jesús, auténticas.

Con estas simpáticas ideas, Silverberg se gana la benevolencia del lector, durante la mayor parte de una breve novela que se hace muy larga. Estaba seguro de que este libro tenía que ser una novella alargada para convertirla en novela, como “Estación Hawksbill” o “Alas nocturnas”, pero no, parece que ese no es el caso, que Silverberg ya alargó innecesariamente su historia desde la primera versión. Siempre es triste acusar a una novela de que le sobran sus dos terceras partes, pero, en este caso, es más triste todavía, porque es una novela bastante corta.

Mi benevolencia empezó a acabarse justo al comienzo. Para empezar, recurre a uno de los trucos mas viles de la historia de la literatura. En el primer párrafo del primer capítulo, nos anticipa lo que va a ser el nudo gordiano de la obra. Es como si estuviera diciendo: “Sed pacientes. Tenéis que seguir leyendo hasta que ocurra esto”. Por mi parte, lo que yo pensé al leerlo fue: “¿Qué motivo tengo para seguir leyendo hasta que ocurra esto?”. Ninguno. “Por el tiempo” se compone, principalmente, de paja, hasta que llegamos a ese nudo gordiano. A esta novela le sobran, como ya he dicho, dos terceras partes.

En esas dos terceras partes se nos cuenta el proceso de aprendizaje para llegar a convertirse en un guía turístico del tiempo. Esto permite explicar las reglas del viaje en el tiempo, siempre rebuscadas y siempre dadas a equívocos, pero eso es todo. Robert Silverberg imagina una serie de pasos bastante lógicos, pero que no tienen interés por si mismos y en ninguna de las etapas de su aprendizaje le ocurre al protagonista nada interesante.

Además, se nos da mucha información sobre la historia de Bizancio. Parece que Silverberg controle el tema, pero no logra hacer que sus conocimientos resulten interesantes al lector, como si conseguía Poul Anderson en sus relatos de la patrulla del tiempo o como consiguen tantos autores de novela histórica. Cualquiera diría que Silverberg se limitó a copiar una serie de entradas de una enciclopedia (en la época en que se escribió la novela todavía se usaban las enciclopedias)

Cuando, por fin, el propio Silverberg se aburre de tanto relleno, por fin ocurren cosas y el último tercio de la novela es bastante ameno e imaginativo, aunque en este tercio Silverberg se muestre tan benévolo con los abusos a menores como acostumbra a hacerlo con la violación, mientras que, en la mismísima última línea de la novela, descarga sobre los hombros de su necio protagonista un estricto y desagradable destino que desentona con el tono jocoso que hasta entonces había presidido la novela.

Es una pena que Silverberg haya convertido lo que podría haber sido un buen relato o novela corta en una novela mediocre.

jueves, 10 de enero de 2019

Aquellos maravillosos saldos



Me disponía a reseñar la novela “Por el tiempo” de Robert Silverberg, cuando me ha embargado la nostalgia. Esta novela se publicó en el sello de efímera vida, Futuropolis, de “Miraguano ediciones”. En vez de incluir resúmenes del libro o de la obra de su autor, las contraportadas de esta colección consistían en breves extractos de su contenido, lo que los hacía de lo más misteriosos e incitantes. Los títulos de este sello se publicaron mientras yo todavía era estudiante y carecía de ingresos propios, lo que me obligaba a administrarme mucho. Parecían fuera de mi alcance, debido a su relación cantidad/precio. Es decir, su escaso número de páginas no parecía compensar sus precios desorbitados. Y sin embargo, publicaban obras de autores por los que tenía gran interés en aquel entonces, Roger Zelazny, Philip José Farmer, Michael Moorcock, Gordon R. Dickson, Leigh Brackett...

Estuve comiéndome las uñas más de un año, hasta que un sábado, a la salida del último examen de los parciales de Febrero, que había salido sorprendentemente bien, se me ocurrió pasarme por Espasa para celebrarlo y me los encontré todos a 395 pesetas.

En aquellos tiempos existían las pesetas.

Recuerdo que la cajera me preguntó si solía comprar los libros por kilos.

Aquella fue la primera de las muchas orgías consumistas bibliófilas que han salpicado mi vida. Sólo se libró el ciclo de los príncipes de Ámbar, porque lo había leído cuando se lo prestaron a mi hermano, “Las ballenas volantes de Ismael”, que me encanta pero no me había resistido a comprarlo por su precio original y el ciclo de Corum de Michael Moorcok, porque ya empezaba a estar hasta las narices de Michael Moorcok, aunque “El perro de la guerra y el dolor del mundo” si que cayó, que David Pringle lo había incluido en su lista de 100 mejores novelas de literatura fantástica. Irónicamente, el que más me gustó de todos ellos, fue uno que cogí sin mucho interés, por puro afán completista y por la nacionalidad del autor “La sonrisa del gato” de un tal Rodolfo Martínez.

 “Por el tiempo” se libró, porque no me llamó la atención lo más mínimo en aquellos días.

jueves, 3 de enero de 2019

Comienzo del año: buenos propósitos

Los primeros días del año dan lugar a que la gente formule deseos y buenos propósitos. Como soy ratón de biblioteca, mis buenos propósitos son estos, ordenados de mayor a menor probabilidad de éxito.
1- Seguir leyendo a Stephen Baxter.
2- Leer “Horizonte lunar” de Felicidad Martínez y, si me gusta, “La mirada extraña”.
3- Leer “Efímeras” y “Ora:cle” de Kevin O'donnel.
4- Leer la trilogía juvenil “Leviathan” de Scott Westchester.
5- Empezar a leer a Andrés Díaz Sánchez.
6- Empezar a leer a Juan Antonio Fernández Madrigal.
7- Leer habitualmente libros escritos en inglés, sin traducir.
8- Perder peso.

miércoles, 2 de enero de 2019

Comienzo del año: deseos

Los primeros días del año dan lugar a que la gente formule deseos y buenos propósitos. Como estoy de vacaciones y con el mono de escribir, vamos a empezar con los deseos. Obviando la prosperidad económica, la salud, el triunfo sexual y esas cosas que dicta el sentido común, vamos a centrarnos en lo mío, que uno es un ratón de biblioteca.

Deseo que que se publique en español una obra de ciencia ficción rompedora y original, de esas llenas de sentido de maravilla, que hacen que la cerebro se revolucione y la cabeza de giros de 180 grados sobre el cuello. Podría ser algo de Greg Egan, de Ted Chiang, de Peter Watts o de algún autor novato que deslumbre con su primera obra, o quizás de un veterano inédito en España del que nunca haya oído hablar, pero pletórico de talento.

Por desgracia, la sección de avances de Cyberdark te da una idea bastante exacta de lo que va a ser el año y no parece que vaya a ser el caso.

Aunque al menos habrá un Cixin Liu nuevo, aunque parece algo menor.

martes, 1 de enero de 2019

“Los horrores del escalpelo” de Daniel Mares



Bueno, tengo un poco abandonado el blog últimamente. Las fiestas, mis responsabilidades personales, pero, sobre todo, la enorme extensión de este maldito tocho de Daniel Mares. Parece que fue ayer y fue hace casi 8 años cuando avisé los problemas por los que estaba pasando Grupo Ajec en esta entrada. Llevado por mi deseo de contribuir a la salvación de la editorial y por mi admiración a Daniel Mares, en cuanto apareció, me apresuré a comprarme este volumen, pero no lo he leído hasta ahora, probablemente desanimado por su extensión.

Su lectura me ha llevado todo el mes de Diciembre y se ha saldado con una lesión de espalda. Ríanse, ríanse, pero paseen primero por las calles de Madrid con 1300 gramos en la mochila, a los que hay que añadir un par de tuppers de cristal y ya verán.

En la novela, dos personajes de los que nunca llegaremos a saber el nombre, Alto y Lento, acuden intermitentemente a un hospital para recoger el testimonio del moribundo Raimundo Aguirre. Poco a poco, éste va desgranando su vida, nacido en Florida, de antepasados españoles, mutilado durante la guerra de secesión de los Estados Unidos por la explosión de un cañón que le arrancó la nariz y la mitad de la cara, se describe a sí mismo como una figura mostruosa, gigantesco, fuerte, violento y de escasa inteligencia, apenas capaz de hablar, descripción que no concuerda con el sofisticado lenguaje que emplea en su narración, en la que hace gala de una gran cultura. Diría que imita el estilo de la literatura de la época y, al principio, sus continuas referencias a Dios y a sus culpas y pecados pueden hacerse un poco pesadas, pero, o bien uno se acostumbra a ellas o terminan desapareciendo.

Aguirre es un narrador peculiar, por otros motivos. Sus interlocutores no tardan en percatarse de que continuamente describe escenas en las que no estuvo presente, aporta datos que no pudo conocer y desordena continuamente la secuencia de acontecimientos, prefiriendo referirlos en el orden que considera más interesante, en vez de en el que ocurrieron, aún sin abandonar el punto de vista de un mismo personaje. Eso puede enredar bastante la narración, sobre todo en su parte final, en la que es conveniente seguirla con un calendario.

El relato de Aguirre lleva a su encuentro con Leonardo Torres Quevedo, durante un viaje de aprendizaje por Europa. Hago un inciso para agradecer a Daniel Mares lo que esta lectura me ha revelado de este personaje histórico. En la facultad me lo mencionaron como uno de los precursores de la informática y recordaba vagamente que había creado una calculadora mecánica o algo así. No tenía ni idea de lo visionario de sus logros ni de su magnitud.

Durante su primer encuentro, Aguirre y Torres Quevedo presenciarán la demostración del funcionamiento de un autómata capaz de jugar al ajedrez. Años después, la búsqueda de este autómata llevará a Torres Quevedo de vuelta a Londres, donde ambos personajes se verán envueltos en los crímenes de Jack el destripador.

Siempre presidida por la fascinante presencia de los autómatas y por la sombra del asesino más espeluznante de la historia, esta es una novela titánica, excesiva, tanto por su extensión como ambición. Casi podría hablar de ella como una especie de “Señor de los anillos” victoriano, no sólo por el número de paginas, sino por la perfección con la que recrea la época en que transcurre. El periodo victoriano es muy querido por los escritores de género fantástico, pero, mientras que la mayoría de ellos recurren a sus lecturas juveniles para ambientar sus obras, Daniel Mares ha preferido las fuentes históricas. El trabajo de documentación de “Los horrores del escalpelo” es asombroso. Vamos es que casi hace falta un plano del Londres de la época (amablemente suministrado por Grupo Ajec) para poder seguir la novela. También es emocionante, entretenida e inclasificable. Podemos decir igual que una novela histórica, policíaca, de terror, steampunk, de ciencia ficción (como dice el propio Daniel Mares) o incluso, algunas partes, de aventuras. En su reseña en el “Sitio de ciencia ficción”, Francisco José Súñer Iglesias lo tildaba de un “notable libro de relatos” y es una opinión perfectamente comprensible y evidencia su principal defecto: la dispersión narrativa.

No creo que en este caso se lícito quejarse del exceso de paja, no al menos en el sentido que yo le doy habitualmente. No se trata de que las descripciones sean eternas, ni que el estilo de Daniel Mares sea alambicado y recargado y requiera medio centenar de palabras para hacer que un personaje cruce una puerta. Todo lo contrario, hace gala de una economía de recursos mas que apreciable, va siempre al grano de la situación. El problema es que cuenta demasiadas cosas.

No era necesario conocer todas las peripecias de la vida de Aguirre, muchas de ellas irrelevantes para la trama. Tampoco era necesario el grado de detalle con el que se narra un episodio bélico, del que además se dan dos versiones, que podría ser casi publicable por separado. La trama de Lento y Alto, los interlocutores de Aguirre, no carece de interés, tiene intriga y termina por volverse angustiosa, pero es evidente que su principal función es interrumpir el relato de Aguirre, para descansar la atención del lector, reflexionar sobre lo narrado hasta entonces, permitir elipsis y generar expectación. Eso hace que deba estirarse como un chicle, para cubrir el extensísimo relato de Aguirre, de modo que se vuelve repetitiva y monótona. Muchos de sus capítulos resultan indistinguibles entre sí. El colmo de mi paciencia como lector se alcanzó cuando Alto y Lento se ponen a leer un supuesto folletín de la época, que guarda misteriosas similitudes con la historia principal… ¡y se nos transcriben los capítulos que leen!

Me apresuro a recalcar que solamente se transcriben tres capítulos de este supuesto folletín y que son muy breves, pero su presencia es totalmente accesoria e innecesaria, así como las conversaciones que Lento y Alto mantienen acerca de ella. Es el ejemplo más evidente de la dolencia que aqueja a “Los horrores del escalpelo”. Daniel Mares se ha lanzado a escribir todas las ideas que tenía, sin darse cuenta de que no todas funcionaban igual de bien y que algunas se aniquilaban entre sí.

A pesar de ello, confieso sin ambages que la novela me ha entusiasmado, me ha enganchado, ha logrado que esperara con emoción los momentos de ocio en que podía dedicarme a su lectura, sabedor de que siempre ocurriría algo emocionante o impactante en ellos. El elemento fantástico, poco a poco, se va apoderando del libro que, objetivamente, creo que contiene algunos de los mejores momentos que he leído en una novela de este género en los últimos años.

No obstante, no es una lectura para todos los paladares. Daniel Mares es un escritor visceral, que no ahorra detalles desagradables a sus personajes, pocas veces amigables. Sabedor de la injusticia básica del mundo, los momentos de ternura y fraternidad, que los hay, son sólo un breve descanso, antes de que el hacha se abata sobre sus cuellos. Los peores destinos aguardan a los más inocentes. Conocedor de ello, esperé lo peor para uno de ellos, casi desde el principio, pero eso no evitó que, cuando lo peor ocurrió, casi al final del libro ya, tuviera que cerrarlo indignado. Aún así, eso es bueno, significa que Daniel Mares consiguió una respuesta emocional de mí.

Pero que yo la haya disfrutado mucho, no significa necesariamente que sea una gran obra. Buena, si, no cabe duda, pero no excepcional, debido a su dispersión narrativa, al exceso de tramas y de incidentes irrelevantes. Problemas de los que uno podría cerciorarse sin necesidad de leerla, simplemente, levantando el libro y comprobando lo mucho que pesa.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Lo mejor del 2018

Bah, bueno, esta vez va en serio.

Me he repasado las entradas de este año y estos son los libros que he leído en el 2018 que más me han gustado:

"Cualquier otro día" de Dennis Lehane
"Las naves del tiempo" de Stephen Baxter
"El zoo de papel y otros relatos" de Ken Liu
"Parentesco" de Octavia E. Butler
"El fin de la muerte" de Cixin Liu
"Las esferas de cristal" de David Brin
"El corazón de Tramórea" de Javier Negrete






jueves, 6 de diciembre de 2018

“La redención del tiempo” de Baoshu



No recuerdo la cita con exactitud y no la he encontrado, pero recuerdo haber leído en algún sitio que Neil Gaiman dijo que un fan siempre quiere que su autor idolatrado le cuente la misma historia, una y otra vez. Al parecer esta novela es una fan fiction de la saga de “El problema de los tres cuerpos” avalada por el propio Cixin Liu. No me cabe duda de que, el tal Baoshu, debe ser un auténtico fan de la saga, porque esta novela, durante toda su primera mitad, lo único que hace es volver a contar “El fin de la muerte”, esta vez desde el punto de vista de Yun Tianming. Por el camino, enmienda la plana a su idolatrado maestro, enmendando alguna que otra inconsistencia, bastante triviales la mayoría y añadiendo alguna revelación sobre personajes secundarios, estas si, completamente intrascendentes.

El resultado se asemeja a lo que podría ser la transcripción de la tertulia entre un grupo de frikis de la ciencia ficción discutiendo en la sobremesa sobre la obra de Cixin Liu. Me encantaría vivir la experiencia, disfrutaría mucho pasando la tarde trasegando cervezas con mi grupo de amigos, mientras discutimos sobre los entresijos de la última novedad en ciencia ficción. Por desgracia, mis amigos no comparten hasta ese punto mis intereses, nada me aburre más que leer las divagaciones de desconocidos y, por último, me temo que no soy un fan y que me fastidia bastante que me vuelvan a contar la misma historia.

A pesar de ello, esta parte se puede leer.

Luego viene la segunda parte, en la que Baoshu se desmelena y que es creación exclusiva suya. Esta parte es más complicada de explicar, porque parece escrita con prisa. Los personajes vienen y van, a una velocidad tal que resulta imposible preocuparse lo más mínimo por ellos, aparte de que sus acciones y el universo que las arropa, carezca del mínimo sentido.

Leyendo los pasajes mas alucinatorios de Cixin Liu siempre tuve la duda de si estaría haciendo una brillante especulación o tomándome el pelo. Mi escasa formación científica no me permitía decidirlo. A pesar de ello, con Baoshu estoy completamente seguro: me está tomando el pelo. Toneladas de absurda tecnojerga componen el grueso de esta parte. No todo es malo, no se puede negar que Baoshu tiene una imaginación bastante potente. Algunos de los conceptos que esgrime son portentosos, pero eso no salva semejante galimatías, sin pies ni cabeza.

El aval de Cixin Liu sólo se explica por la inmensa admiración hacia su obra e incluso su persona, que destila “La redención del tiempo”. Leído el final, la palabra que viene a mi mente y con la que definiría a Baoshu, no es “admirador”. Es “pelota”.

En fin, sólo recomendaría esta obra para los auténticos “fans” de “El problema de los tres cuerpos”. Los lectores cuerdos, deberían abstenerse. Lo que más recordaré de ella, será lo que lamento el tiempo empleado en su lectura.