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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

viernes, 15 de junio de 2018

"Parentesco" de Octavia E. Butler

Si no fuera por los cursos, estaría escribiendo la reseña de esta novela.
Reconozco que empiezo a estar harto de ellos.

miércoles, 6 de junio de 2018

"Una luz extraña" de Nancy Kress


Si no fuera por los cursos, estaría escribiendo la reseña de esta novela.

sábado, 2 de junio de 2018

Con los cursos hemos topado

Mi empresa me ha matriculado en una serie de cursos online que terminan todos en las mismas fechas. El número de horas de alguno de ellos es muy exagerado, así que mi tiempo de ocio ha sido absorbido por el Angular, el HTML5 y el Java avanzado, restándome apenas algunas horas para emborracharme con los amigos y ver películas de Star Wars.

Como consecuencia, creo que, en las próximas semanas, la actividad en este blog va a descender sensiblemente.

jueves, 24 de mayo de 2018

“La voz de las espadas” de Joe Abercrombie


Por fin me he decidido a empezar la trilogía de “La primera ley”, después de una serie de aplazamientos que han acabado sumando la extensión de ocho años, se dice pronto. En ese tiempo, muchas cosas han cambiado. Joe Abercrombie sigue recogiendo por Internet todo tipo de críticas positivas, pero ya no es el revulsivo que supuso en su momento para la fantasía heroica, se ha popularizado el término “grimdark” para la corriente literaria que abandera y la lectura de su trilogía juvenil, “El mar quebrado” acabó adelantando a esta y convirtiéndose para mí en la carta de presentación de su autor.

Hay un momento en “La voz de las espadas”, en que el personaje de Ardee se refiere a un libro de ficción como “La caída del Maestro Creador, obra en tres tomos. Uno de los grandes clásicos de la historia, según dicen. Un auténtico coñazo. Repleto de sapientísimos Magos, adustos caballeros provistos de enormes espadas y damas provistas de pechos aún más enormes. Magia, violencia y aventuras en proporciones iguales. Una verdadera porquería”.

Tal vez Abercrombie estaba criticando en esas líneas, de un modo muy poco sutil, todo lo que no soportaba del conjunto de clichés en el que se había convertido la fantasía épica. Esta trilogía vendría a ser algo así como un alegato de rebeldía, empeñado en subvertir dichos clichés, demostrando que se podían hacer las cosas de otro modo.

O tal vez me equivoque, afín de cuentas no recuerdo a damas provistas de pechos enormes en las novelas de Margaret Weis y aunque Abercrombie es muy comedido en la magia, en su obra hay violencia y aventuras a punta pala. También puede que se estuviera riendo de sí mismo.

“La voz de las espadas”, extraña traducción de “The blade itself” orientada entorno a sus personajes. Alejándose de los tópicos habituales de héroes adolescentes, herederos de tronos y paletos predestinados, estos forman una tropa formada por guerreros cansados y resentidos con el mundo a los que se une un pardillo arrogante. Así se van alternando capítulos protagonizados por:

Logen Nueve dedos: un bárbaro norteño, veterano de mil batallas y con una fama sangrienta, bastante harto de carnicerías y muerte, cuyos servicios son requeridos por un mago.

Glokta un antiguo oficial de la unión, afamado ganador del certamen de esgrima, que tras ser capturado y torturado por gurkhus del sur, quedó lisiado y desfigurado: perdió casi todos los dientes y el uso de una pierna. Ahora es un inquisidor, cuyo superior es un noble nostálgico del antiguo orden que sueña con poner en su sitio a la pujante burguesía.

Jezal dan Luthar, un noble oficial de la guardia de la unión, vano y superficial, que se entrena para el certamen de esgrima para complacer a su padre y que conoce a la hermana de un compañero suyo de origen plebeyo, que no se siente particularmente impresionada por sus nobles cualidades.

A ellos hay que añadir a Ferro, que se incorpora al comienzo de la segunda parte de la novela, una esclava fugitiva del sur, ultraviolenta y sedienta de venganza, que es reclutada por un segundo mago, por propósitos que todavía no quedan claros en esta novela.

“La voz de las espadas” es una obra dirigida por los personajes y, sin duda, son ellos su punto fuerte. No es sólo que los principales sean carismáticos y que, más o menos, cada uno tenga su propia voz, sino que hasta los secundarios están bien caracterizados y todos tienen sus toques de humanidad. Abercrombie no sólo no omite sus defectos, sino que los realza, de tal modo que Jezal dan Luthar en especial, puede llegar a parecernos insoportable. Y sin embargo, son esos mismos defectos los que también pueden hacerlo entrañable, igual que los personajes más positivos guardan oscuros secretos.

El escenario por el que se mueven también se aleja del canon establecido. Si bien el norte recuerda mucho a la edad media europea paradigmática en este tipo de obras, el escenario principal, la Unión, por su modo de vida, sus politiqueos y sus conflictos sociales, me recuerda más a los siglos diecisiete o dieciocho. Me suena haber leído que en realidad se inspira en la Florencia de los Medici, pero no encuentro la referencia. Hay una extensa burocracia, la corrupción está generalizada y el poder está en manos de aristócratas ineptos

Las andanzas de este peculiar grupo están contadas con cierto distanciamiento irónico y bastante humor. Son muy amenas y el libro en ningún momento se hace pesado, a pesar de lo abultado de su número de páginas. Es este número de páginas la principal pega que le encuentro. En un libro muy gordo, tremendamente gordo y, cuando examinas con frialdad lo que ha ocurrido en él, te encuentras con que en realidad ha sido muy poco.

Si, han tenido lugar un buen número de peripecias y un montón de peleas, pero la la mega historia de la saga apenas ha empezado a desarrollarse. Da comienzo una guerra, puede que más de una, pero los ejércitos no llegan a enfrentarse todavía. Se insinúa una amenaza sobrenatural, puede que varias, a pesar de sus buenas intenciones no confiaría yo mucho en Bayaz, pero a penas se insinúa. Si esto fuera “El señor de los anillos”, diría que, con sus setecientas cuarenta páginas de la edición de bolsillo, “La voz de las espadas” no llega más lejos del concilio de Elrond.

Creo que parte del problema se debe al tipo de escritura elegido, tan extendido que ya nadie parece cuestionarlo. La necesidad de dejar al lector con ganas de más al final de cada capítulo, hace que se incluyan peleas, enfrentamientos o encuentros descritos como vitales que luego resultan no serlo tanto y que incluso en algunos casos resultan prescindibles. Hacer progresar la narración a base de escenas obliga a incluir muchas escenas. Todas estas cosas hacen que el número de palabras aumente y aumente.

Otros problemas pueden deberse a un poco de inexperiencia de Abercrombie, a fin de cuentas se trataba de su primera obra y a un exceso de planificación. Ferro tarda demasiado en aparecer y lo hace cuando el lector ya se había acostumbrado a las transiciones entre Logen, Glokta y Jezal, lo que le hace sufrir la impresión de que lo están distrayendo de lo que realmente importa, a pesar que Ferro es un personaje atractivo e importante. Tal vez Abercrombie hubiera debido buscar la manera de incluirlo desde el principio, aunque eso hubiera dilatado aún más el número de páginas. Similar efecto de “distracción” tienen los pocos capítulos dedicados a los ex compañeros de Logen, completamente separado de las otra tramas cuando estas empiezan a confluir. Sospecho que serán importantes en las futuras entregas y esto es a lo que me refería con lo del “exceso de planificación”. Esta novela no tiene entidad propia por separado, sino sólo como parte de un todo más grande, una novela aún más larga, que englobará las tres partes de la trilogía. Sólo así tienen sentido los capítulos de los Invencibles o casi todos los de Jezal. O eso sospecho.

En fin, que si, que me ha gustado y me ha atrapado y espero leer en un futuro no lejano el resto de la serie (¿quince años quizá?) y apoyo su batalla para eliminar las cursilerías y los convencionalismos de la fantasía épica, pero hubiera agradecido que ejerciera un poco más de síntesis, como de hecho si hizo en la trilogía de “El mar quebrado”

martes, 15 de mayo de 2018

“Las brigadas fantasma” de John Scalzi


En la segunda entrega de la saga de “La vieja guardia”, John Scalzi plantea un argumento aparentemente más complejo que en la anterior.

Tras un prólogo en el que se cuenta el ataque a una estación científica, en el que, de modo brillante, se nos oculta hasta el final la verdadera naturaleza de los atacantes, entramos en vereda: varias razas de alienígenas se han aliado para combatir a la especie humana y el eje de su conspiración es un humano renegado al que se creía muerto. Para descubrir sus planes, a las autoridades no se les ocurre nada mejor que imprimir su personalidad en el cerebro virgen de un soldado de las brigadas fantasma recién creado (recordemos que los miembros de las brigadas fantasmas se crean completamente adultos, a partir del adn de los voluntarios que murieron antes de poder alistarse en las fuerzas de defensa colonial).

Como el experimento no parece tener éxito, el nuevo soldado Jared Dirac se incorpora a una unidad. A partir de aquí, Scalzi repite de nuevo el planteamiento de la novela anterior: entrenamiento y primeras misiones de un soldado, con la novedad, muy interesante, de que se trata de un soldado recién nacido, que va desarrollando su personalidad a ritmo acelerado, a la vez que transcurre su entrenamiento, merced a la conexión omnipresente con sus ordenadores “cerebroamigos” y con el resto del escuadrón.

Quitando las supuestas teorías de Scalzi sobre la consciencia, que me parece a mí que huelen a palabrería pura y dura, esta es la parte que he encontrado más interesante de la novela, el comportamiento de personas con acceso permanente a un caudal casi infinito de información y con una capacidad también casi infinita de compartirla entre ellos, aunque no acabe de convencerme lo rápido que maduran. Queda para el recuerdo el momento en que los protagonistas debaten las virtudes y defectos de los grandes clásicos de la ciencia ficción militarista, momento realmente friki, pero que me ha resultado de lo más simpático.

En general, “Las brigadas fantasma” me ha parecido más de lo mismo que “La vieja guardia”, pero mejor. Aunque inevitablemente se ha perdido la frescura, en esta novela Scalzi sigue algo más parecido a un guión planificado, en vez de limitarse a una sucesión de anécdotas. Aún así, le falta habilidad para generar intriga y suspense, no saca todo el provecho posible posible a la idea de partida (Jared Dirac como una bomba de tiempo, que puede estallar en el peor momento) y el desarrollo es demasiado pausado y rutinario.

Las escenas de acción mejora, aunque curiosamente, sigue sin parecerme que las batallas sean el punto fuerte de Scalzi. El clímax final mejora sobre la anterior, pero abusa de un recurso tan manido como es el malo de la historia relatando todos sus planes al protagonista, antes de acabar con él. Si Ozymandias levantara la cabeza …

Para compensar, se expande el universo de la saga, aparecen alienígenas curiosos y soldados también curiosos y, aparentemente, se inaugura una subtrama crítica con la humanidad que no sé a donde acabará llevando.

Poco más que decir. John Scalzi no sólo mantiene el nivel sino que lo sube, realizando una novela entretenida y agradable de leer, pero no especialmente adictiva. No tengo nada en contra de este hombre, pero no acabo de entender que haya gente para la que sea una especie de autor de culto. 

viernes, 11 de mayo de 2018

“El fin de la muerte” de Cixin Liu


Culminamos con esta novela la trilogía de “El problema de los tres cuerpos”. “El fin de la muerte” cuenta con una ventaja respecto a sus predecesoras: Es casi imposible que su lectura sea afrontada por un lector que no haya leído las dos primeras partes. Llegado hasta aquí, ya se habrá acostumbrado al peculiar estilo narrativo de Cixin Liu (peculiar, al menos, para un lector occidental, para el resto no sabría decirlo), así que estará habituado a los extraños vericuetos de su narrativa. Por lo tanto, es de esperar que no se deje amedrentar por ese prologo, totalmente prescindible, ubicado durante la caída de Constantinopla, que apenas tiene conexión con el resto de la obra, o por las sucesivas bifurcaciones del argumento.
Es muy típico de Cixin Liu centrarse en un personaje, dedicarle muchas, pero que muchas páginas, y luego olvidarse de ellas por completo. A veces recupera al personaje, unos pocos cientos de páginas más tarde, a veces no. Otras veces la novela da unos vuelcos, más que inesperados, extrañísimos, que parecen no tener que ver absolutamente nada con lo que se estaba contando hasta ahora, aunque la mayor parte de las veces acaben confluyendo. El más extremo, la inclusión de una especie de cuento de hadas (un cuento chino si me permiten el chiste fácil) es también el que resuelve con más ingenio: el modo en que consigue encajar el cuento con el resto de la historia, es decididamente pasmoso.

Sumemos a ello su tendencia a forzados y largos diálogos expositivos, y a deleitarse con detalles supuestamente científicos y llegaremos a una conclusión: Cixin Liu es un autor al que hay que leer con mucha paciencia, con “El fin de la muerte” mucho más que con sus predecesoras, por su tamaño y porque abandona por completo los ecos de thriller que animaban las dos entregas anteriores, para ofrecernos un curso acelerado de historia del futuro. Su protagonista oficial es Cheng Xin, una mujer atractiva y bondadosa, condenada a tomar siempre, las peores decisiones para el futuro de la humanidad, por los mejores motivos posibles. Aún me pregunto que habrá pretendido decir Cixin Liu con eso. Pero el verdadero protagonista, es la humanidad y los retos que ha de enfrentar ante la civilización trisolariana y el Bosque Oscuro.

Me resulta fácil imaginarme a Cixin Liu preparando sus novelas, sentado en un sillón, con los pies en alto y un cuaderno en el regazo, haciendo ejercicios mentales del tipo ¿cómo reaccionaría la humanidad si recibiese tal noticia? Reflexiona un par de horas, mientras apunta en el cuaderno todas las posibilidades que se le ocurren, las diversas acciones que se tomarían, que resultados positivos y negativos se obtendrían, como reaccionarían las masas y luego se levanta y pasa a limpio sus notas.

“El fin de la muerte” parece componerse de varios ejercicios similares, uno a continuación de otro.

No lo digo con ánimo de crítica. Los desarrollos de Cixin Liu me parecen muy interesantes. “El fin de la muerte” es una novela capaz de rivalizar en ambición con, por ejemplo, “El hacedor de estrellas”, pero, a la vez, es bastante más amena. Como le gustaba tanto decir a Miquel Barceló, es un auténtico festín para la imaginación. Un manjar irresistible para los adictos al sense of wonder, que, a mi entender, supera a su inmediata predecesora. Si en mi reseña de “El bosque oscuro”, me quejaba de que, a pesar de sus virtudes, no había ningún momento tan bueno como la, a su manera, ya clásica construcción de un ordenador en “El problema de los tres cuerpos”, “El fin de la muerte” tiene a mi juicio un momento que puede rivalizar con ella, convertido en tesis fundamental del libro: el influjo de la vida inteligente sobre la propia evolución física del universo.

No estoy cometiendo ningún spoiler, ya se insinúa en el segundo prólogo. Tarda toda la novela en evidenciarse y cuando lo hace, se enuncia de modo casual, a través de una sencilla conversación, pero ¡que idea, señores míos! ¡Que impacto! ¡Qué consecuencias! Por unos instantes, Cixin Liu pone el mundo patas arriba y, aunque está llenas de cosas que no me haya gustado, la imaginación que despliega en la última parte del libro es portentosa.

Todo ello convierte a Cixin Liu en un autor a seguir con atención y a la lectura de “El fin de la muerte” en imprescindible para un buen aficionado a la ciencia ficción.

Ahora bien, no es un plato para todos los gustos.

Las caracterizaciones de muchos personajes son de una simpleza un tanto infantil. Sus motivaciones no acaban de estar bien definidas y su comportamiento resulta errático y confuso, más pendiente de la trama que de sus personalidades. A veces parece que, simplemente Cixin Liu no sabe que hacer con ellos.

Si un personaje cuya vida amorosa no ha preocupado al narrador lo más mínimo hasta ahora, de repente se enamora perdidamente de otro a primera vista, se me ocurre que pueden ocurrir dos cosas:

a) Vamos a asistir al paulatino acercamiento sentimental de la pareja, que tendrá su clímax cuando se besen o echen un polvo por primera ve. Oh, ¡es tan romántico!
b) El personaje objeto de deseo, se liará con otro o morirá. El drama está servido.

Lo que no espero de ninguna manera es que, a las pocas páginas de conocerse, la pareja se separe y no vuelvan a verse en el resto de sus vidas.

Conozco a gente a la que esta frustración de las expectativas les parecerá un rasgo de genio. A mí, preparar el escenario para la representación de una tragedia que nunca tendrá lugar, me parece simplemente una chapuza.

Pero no es eso lo que realmente me duele de “El fin de la muerte”. Lo que realmente me duele han sido dos momentos bastante extensos que han puesto a prueba mi paciencia de lector, relacionados con la geometría. Con la “tetradimensionalidad” y la “bidimensionalidad”, para ser exactos. Son pasajes muy imaginativos, repletos de maravilla, que te hacen preocuparte por el bienestar de Cixin Liu, dada la dureza de la legislación anti-droga de la China, pero que se hacen largos, muy largos. El primero logré pasarlo, e incluso disfrutarlo, abusando de esas reservas de paciencia de las que hablé al comienzo de la reseña, acumuladas antes de empezar la lectura. El segundo, sin embargo, que se refiere a la “bidimensionalización” de un conocido ente astronómico, acabó con ellas.

Hace tiempo que no tenía un desencuentro tan grande con un autor. Es evidente que a Cixin Liu debió fascinarle esta parte de su obra, que la juzgó muy importante y dedicó muchas horas a pensar en ella. Aplaudo su esfuerzo y su imaginación, una vez más, pero ¿porqué tiene que exhibirla ante mí? Al principio me dejó alucinado, porque lo que cuenta es alucinante, pero conforme se explayaba durante más y más páginas, acabé perdiendo el interés y deseando que esa parte de la novela se acabara de una maldita vez.

Defectos estos que devalúan la que, por otra parte, sería una estupenda lectura.

sábado, 28 de abril de 2018

Uno de los nuestros



Este post no tiene nada que ver con Martín Scorsese, cineasta al que, por otra parte, admiro. Su reciente premio princesa de Asturias ha estado a punto de hacer que lo dejara en borrador indefinidamente, pero al final me ha podido la vagancia: no he tenido fuerzas para empezar uno nuevo.

Dentro del mundo de la imagen, a veces me encuentro con creadores cuyas señas estéticas de identidad me resultan muy afines, de tal modo que los estímulos visuales y argumentales provocan una salva de disparos neuronales en mi cerebro, reactivando senderos de axones por los que mi pensamiento ha sido condicionado para transitar, siendo la consecuencia final del circuito un chute de endorfinas que me hace exclamar: ¡Este tío es uno de los nuestros!

No tiene que ver con la calidad de lo que estoy viendo, de hecho, algunos de los míos distan mucho de ser artistas, sino con su estilo visual, o las temáticas que eligen.
 


El gran ejemplo estaría en el mundo del cómic. Katsuhiro Otomo es, definitivamente, uno de los míos. Lo demuestra en todas y cada una de las páginas de “Akira”, en casi todas las de “Pesadillas” y en muchas de “Memories”. Hasta en “Steamboy”, que, reconozcámoslo, como película no vale mucho, pero estéticamente es gloria bendita.
Frank Miller y Mike Mignola son de los míos, aunque no es tan exagerado y un caso peculiar es Salvador Sanz: con apenas tres obras, “Legión”,
 
 
"Migrador nocturno”,
 
 
 “Ángela della Morte”
 
 
y un corto de animación, este inquietante autor es uno de los míos.

En el cine, el ejemplo paradigmático es John Carpenter.
 
 
John Carpenter es uno de los míos, por los destellos azulados y metálicos de su fotografía, por usar música electrónica para la ambientación, por los desolados ambientes urbanos de “Rescate en Nueva York”,
 
 
por su simpatía hacia las películas de aventuras de serie B y de artes marciales de “Golpe en la pequeña China”,
por la atmósfera de “La niebla”, por ambientar sus películas en ambientes cerrados y opresivos y por su amor hacia el western.

Hasta es un fan de Howard Hawks.

Curiosamente, es un director que me gusta más por lo que no hace que por lo que hace, pero de eso hablaremos otro día.

No he visto aún “La forma del agua”. En mi opinión, Guillermo del Toro es a veces genial y a veces se queda en sólo visualmente atractivo. En las que para mí son sus mejores obras “Chronos”, “El laberinto del fauno” y “El espinazo del diablo”, no hay nada que lo haga de los míos, pero si lo hay en “Pacific Rim”, en “Blade 2”, en “La cumbre escarlata”, en sus películas de Hellboy, en su serie “The Strain” e incluso en Mimic, que me parece mala de solemnidad.

Me encantan sus artefactos mecánicos, llenos de engranajes, sus insectos, sus cuentos de hadas, sus niños, pálidos o no, sus hombres de negro, sus mundos devastados o en proceso de serlo. Y en los momentos mas insospechados, hasta le noto algo de western.

Ser de los míos no es una garantía de calidad.

En el verano del año pasado me dediqué a ver todas las películas de la serie “Phantasm”, muchas por primera vez.
 
 
 
Me encantan las esferas voladoras, los enanitos, el sepulturero y sus portales dimensionales, además de que transcurran casi íntegramente en pueblos abandonados y destartalados, desiertos, cementerios y grandes mausoleos, por no hablar del patético Reggie, patético por sus intentos de ligar, pero leal a sus amigos hasta la médula, a pesar de verse superado completamente por las circunstancias.
 

Encuentro que “John muere al final” tiene gracia, aunque probablemente lo deba al libro en que se basa.

Don Coscarelli tiene cierta habilidad para rodar escenas de acción, haciéndolo además con pocos medios, se le da bastante bien crear atmósferas y tiene imaginación, pero no creo que nadie le acuse de ser un gran director de cine y, como guionista, es malo de solemnidad, incapaz de dar a sus tramas el menor sentido.

Pero no me cabe duda de que Don Coscarelli es uno de los nuestros.
James Cameron probablemente es uno de los nuestros.

Steven Spielberg, no.

Hasta aquí todo esto de ser “uno de los nuestros” parecería un modo rebuscado de referirse a algo en el fondo muy normal: un aficionado al fantástico que siente simpatía por los directores de cine fantástico, buenos o no. No es tan sencillo, ¿Cómo encaja en ese patrón Walter Hill? No me inspira simpatía y sospecho que sus puntos de vista son lo más opuestos a los míos que se pueda imaginar. Por de pronto, me parece muy machista.
 
Sin embargo Walter Hill también es de los míos. Incluso sus peores películas me provocan ese chute de endorfinas al que me refería al empezar el post. Bueno, “Dulce venganza” y “El gran despilfarro” no. Puedo entender lo de “Calles de fuego”, por la ambientación urbana y la estética. Defiendo a ultranza “The warrior” (esa apología de lo macarra),
 
“La presa”
y “El tiempo de los intrusos”, por la tensión, la sensación de amenaza y lo que me gustan las historias de personas atrapadas en entornos hostiles. “Forajidos de leyenda” y “Wild Bill” son westerns estimables. “Gerónimo” no tanto, a pesar de sus buenas intenciones. Incluso defiendo “Traición sin límite”. Sus buddy movies son simpáticas, aunque no sean lo mejor del género. Me gustan las películas de profesionales, como “The driver”, pero si sigo enumerando sus películas, llega un momento en que me quedo sin argumentos: ¿Quién puede defender “Johnny el guapo”?

Y sin embargo, para mí funciona. No es objetivo, no es racional, es un rasgo de mi personalidad.