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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

sábado, 14 de septiembre de 2019

“Obsesión espacial” de Robert Silverberg




En el futuro de esta novela, los viajes interestelares son habituales, pero no a mayor velocidad que la luz. La contracción temporal relativista aísla a las tripulaciones de las naves espaciales de los cambios que suceden en la sociedad de la Tierra, que acaba haciéndoseles incomprensible, por lo que se encierran en sus propias comunidades: las tripulaciones son familias que no abandonan sus naves o sus acuartelamientos, para desesperación de los miembros más jóvenes, que padecen todos los problemas de la juventud de las localidades rurales y aisladas, multiplicados por mil.

Este escenario es lo mejor de la novela. Si fuera posible alcanzar la velocidad de la luz, parecería algo inevitable. Por desgracia su desarrollo ocupa poco más que el párrafo precedente.

“Obsesión espacial” cuenta la historia de un joven tripulante, obsesionado con la obra de un misterioso científico que desapareció después de haber afirmado inventar la propulsión más rápida que la luz, cuyo hermano gemelo fue uno de esos insatisfechos que abandonó la nave y que ahora debe sacarle casi diez años, que aprovecha el regreso de un viaje para ir a buscarlo y se interna en la sociedad de la Tierra.

En la descripción de esta sociedad hay algunos elementos satíricos que me han resultado deliciosos y que es el otro aspecto interesante de la novela. Los terrestres son obligados por ley a comprar siempre que alguien les ofrece su mercancía, ala vez que el trabajo es tan escaso que el gobierno crea toda tipo de normas, estrictas y absurdas, para evitar que la gente consiga un empleo. Los juegos de azar, o algo parecido, son la principal fuente de ingresos de la población.

“Obsesión espacial” es una novela temprana de Silverberg, evidentemente anterior a su “periodo dorado” en el que comenzó a escribir obras más personales y complejas, después de haber abandonado el género durante años. Resulta simpática en su falta de pretensiones y medianamente entretenida. Al contrario que otras obras que se publicaron en España en la misma época, la traducción es bastante correcta. A pesar de ello, no deja de ser una obra destinada a un público infantil, o al menos, juvenil. Cumple casi todos los tópicos que se atribuyen a este tipo de obras. Infiernos, si el protagonista hasta tiene un amigo alienígena con aspecto de rata parlanchina que le acompaña, encaramado a su hombro… Por desgracia los tiempos han pasado y su audiencia potencial está acostumbrada a obras más complejas y menos tópicas, o, al menos, con unos tópicos distintos. Para los lectores adultos, la novela resulta demasiado plana y sencilla. Carece de interés, excepto para los nostálgicos.

domingo, 8 de septiembre de 2019

"El rey recibe" de Eduardo Mendoza



No me gustan demasiado la mitad de los libros de Eduardo Mendoza. Leí “La ciudad de los prodigios” casi de niño, una edad a todas luces inapropiada. Me pareció que tenía algunas partes magníficas, pero en general me aburrió. Ya mas mayor, leí “Una comedia ligera”. Al final me gustó y todo, pero también se me hizo pesada. Eso sí, soy un gran admirador de sus novelas de humor. Quizá por eso, mentes bien intencionadas creyeron que regalarme esta obra era una buena idea.

De todos modos, suelo leer algo diferente entre cada dos novelas de ciencia ficción (aunque no necesariamente alejado del fantástico) y todo regalo se merece un respeto, así que he hecho el esfuerzo de leer este libro.

Cuenta las vivencias de Rufo Batalla, primero como periodista y luego en la cámara de comercio, en Nueva York, a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta. Parece que es el comienzo de una trilogía. Eduardo Mendoza utiliza un estilo a veces muy complejo en lo sintáctico, pero de una gran precisión, para describir hábitos y costumbres. Los personajes expresan sus puntos de vista en monólogos harto innaturales, que son más largos y recargados cuanto más bufo y patético sea el personaje.

Diría que el objetivo principal es trazar una semblanza de la época y de cómo se vivieron sus principales acontecimientos desde el punto de vista español. Por las páginas de “El rey recibe”, desfila la vida en los países al otro lado del telón de acero, los traumas dejados por la guerra civil, la liberación sexual, el “Spain is different”, los disturbios de Stonewall, el movimiento gay, el Watergate y el asesinato de Carrero Blanco. De vez en cuando hay un momento de ironía que agiliza la lectura y en las descripciones del carácter de algunos personajes hay una gran humanidad. También hay un capítulo con una larga conferencia sobre la historia de un país imaginario que no conduce a nada y que me puso de los nervios. Creo recordar que Mendoza hizo algo parecido en un capítulo de “La ciudad de los prodigios” y que fue uno de los motivos por los que dejé de leerlo.

Uno ya no se cree a pies juntillas todo lo que lee en los libros, sin embargo, en general, Mendoza me ha convencido con sus descripciones y sus puntos de vista. La lectura de “El rey recibe” me ha servido para iluminar un poco mi comprensión de una época que, por los pelos, no llegué a vivir y en la que se fraguó el mundo en que ahora vivo.

Además, es un libro más bien corto, que me ha durado apenas una semana.

Sin embargo, no recomiendo su lectura y hubo ocasiones en que me devoraba la impaciencia por ponerme con otra cosa. No tanto porque Rufo Batalla sea un sosainas ligeramente insatisfecho que no cause en mi la menor preocupación; de narradores que son meros observadores están las estanterías llenas, sino porque en sus 366 páginas no le ocurre prácticamente nada y absolutamente nada de interés.

lunes, 2 de septiembre de 2019

Esta si que es la reseña de "Luna ascendente" de Ian McDonald



Ahora que ya me he desahogado, debería hablar de lo que me ha parecido la novela. Pues en cuanto al disfrute, me lo he pasado muy bien con ella, ha logrado engancharme de mala manera, sobre todo hacia el final, pero eso no es una opinión objetiva.

En el aspecto técnico, sin embargo, le he encontrado problemas de ritmo, demasiado moroso al principio y demasiado precipitado al final. ¿Era realmente necesario dedicar tanto espacio a la instalación de las conducciones del agua en el barrio alto? Incluso la relación entre Alexia y Denny resulta bastante irrelevante, al final.

Aparte de eso, está lo que ya reconozco como costumbre de Ian McDonald de abandonar a los personajes que habían sido importantes en anteriores entregas, para frustración del lector enganchado que quiere saber que ha sido de ellos. Sin en “Luna de lobos”, Marina Calzaghe ya importaba poco, en “Luna ascendente”, directamente estorba. Apartada del escenario de la trama principal, sus capítulos (que son pocos y se dejan leer, lo reconozco) interrumpen el desarrollo de esta y no la influyen para nada. Para bien o para mal, Lucashino, al que, de puro irritante, había llegado a coger cariño, era un personaje fundamental de la serie. En “Luna ascendente” es una pieza vital del argumento, pero por culpa de los acontecimientos de la anterior entrega de la saga, es un sujeto pasivo, que no interviene voluntariamente en nada y que siempre es visto a través de los ojos de los demás, sin capítulos que transcurran desde su propio punto de vista. Su padre, Lucas, casi el personaje principal de la serie, atrapado por sus compromisos con los terrestres, prácticamente desaparece hasta el desenlace de la novela. Incluso los personajes que si tienen capítulos propios, están algo perdidos durante la primera mitad, como es el caso de Alexia, que parecía que iba a ser súper importante en “Luna de lobos”, pero que en “Luna ascendente” lo único que hace es pasearse de un lado a otro de la luna, quizá asumiendo las funciones del personaje de Marina Calzaghe en “Luna nueva”. Y lucir modelitos.

La notable excepción a esta regla es Ariel. “Luna ascendente” es la novela de Ariel, en la que la abogada coge las riendas de su familia y del destino del satélite de la Tierra.

Todos estos defectos ocupan la primera parte de la novela. Sin llegar a los extremos de nuestro José Antonio Suárez, ya he dicho que el desenlace me parece algo precipitado, o mejor dicho, los desenlaces me parecen algo precipitados, pero ocurren tantas y tantas cosas en la parte final, que uno está demasiado entretenido como para echar en cara a McDonald sus deslices. Deslices como deshacerse de algún personaje importante sin que se vea, en un atentado catastrófico descrito rutinariamente en apenas media página.

La novela contiene fragmentos en los que las distintas familias exponen sus planes o sueños para el futuro de la Luna. Los pasajes de los Vorontsov y los McKenzie me han encantado. Quizá no sean innovadores, tal vez ni siquiera sean creíbles, pero el modo en que McDonald los expone consiguió dejarme con la boca abierta. Por supuesto eso es personal. La construcción del escenario (el worldbuilding) sigue siendo pasmosa y el principal logro de la trilogía. Ya no impacta tanto, evidentemente. Muchos de sus parajes ya fueron adecuadamente descritos en los tomos precedentes, pero McDonald supo guardarse algunas cartas en la manga.

Más que las descripciones de los paisajes lunares, o los hábitats, lo que me gusta de McDonald es la naturalidad que consigue dar a sus parajes. Puede estar describiendo simplemente unos túneles excavados en las rocas, pero añade cosas como la música que escuchan los habitantes, sus bebidas, sus subculturas, el modo en que pasan el rato, sus leyendas urbanas, ¡las estatuillas de santos que adornan las paredes! Con todos estos detalles logra dar una sensación de vitalidad que otorga a la serie su propio encanto. Encanto que juega a su favor en este tercer volumen. El lector que haya llegado hasta aquí, ya se siente a gusto en la luna de Ian McDonald, se ha convertido en un lugar que le gusta volver a visitar. Una tierra media. Un Arrakis.

 Aunque, por supuesto, siempre sería posible hacer más y más continuaciones, “Luna ascendente” es una conclusión digna, que deja la mayor parte de los cabos atados y concluye los arcos argumentales de cada uno de los personajes. El final de la historia… aparentemente.

Me hubiera gustado conocer mejor a los tres ancestros. 

domingo, 1 de septiembre de 2019

Un exabrupto acerca de "Luna Acendente"



Antes de empezar esta reseña, me gustaría desahogarme sobre un tema que siempre me ha disgustado: la facilidad con la que se sublevan las masas en la ficción. Es algo que permea la práctica totalidad de la fantasía heroica, gran parte de las space opera y la literatura de aventuras de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Como poco. Todos lo hemos visto cientos de veces. El héroe de la historia se coloca en medio de una plaza o lugar público, da un discurso emocionado y, a continuación, el pueblo empieza a gritar, empuñan sus horcas y corren a hacerse matar en su nombre.

La historia está plagada de revueltas populares y de algún modo debieron empezar, pero siempre me ha parecido inverosímil la facilidad con que las multitudes asumen los valores del protagonista. No soy historiador, pero sospecho que en la vida real la mayoría de las revueltas requirieron de agentes subversivos que fueron “calentando” el ambiente durante semanas, o bien de un incidente desafortunado que catalizó el odio y la frustración de las poblaciones.

El caso es que cuando se trata de un puñado de siervos de la gleba sin acceso a la educación, al que les han comido el coco desde su infancia para inculcarles la lealtad a un señor que no conocen, probablemente con la ayuda del cura del pueblo, bueno, me lo puedo creer, pero cuando nos movemos al futuro de la ciencia ficción, ya me descoloca más. Podría asumirlo en un feudalismo galáctico tipo Dune, que es exactamente el mismo caso, a escala aumentada, pero en un futuro de pasado mañana, como el de “Luna”, donde hasta el más bobo tiene acceso a la red, padece de exceso de información y probablemente tenga una cultura inmensa, que doble la de mis abuelos, aún asumiendo que la mayor parte de ella consista en referencias al balonmano, ¿qué puede importarle a este tipo de gente que les gobierne los Mckenzie, los Sun o los Corta?

Si, ya se lo que me van a contestar, que por mucho que avance la tecnología, la humanidad seguirá siendo la humanidad y seguiremos siendo igual de inútiles, pero si yo fuera un tragapolvos lunar que ha cambiado de patrón con cada uno de los vaivenes dinásticos de esta trilogía, en vez de responder a ninguna de las llamadas a las armas que aparecen en esta novela, lo que haría sería encerrarme en mi cabina, después de haber hecho acopio de alimentos.

Y quizás aprovechar la ocasión para buscar otro trabajo.

lunes, 26 de agosto de 2019

“El hombre estocástico” de Robert Silverberg



En esta novela, Robert Silverberg nos cuenta la historia del asesor de un político de estados unidos, que espera llegar a presidente de la nación, Lew Nichols, que entra en contacto con Carvajal, un hombre (¡de antepasados españoles!) que aparentemente es capaz de predecir con absoluta precisión el futuro. Al menos hasta el instante de su propia muerte. Lejos de resultarle de utilidad, dicha habilidad le ha aplastado como persona, pues le reveló la inevitabilidad de su propia muerte y la inutilidad de cualquier intento de decisión, puesto que el libre albedrío no existe y al final cada persona realiza las acciones que siempre ha hecho y siempre ha estado destinado a hacer.

La obsesión de Nichols, primero por acceder a los conocimientos de Carvajal y luego por adquirir sus mismas habilidades, acabará por arruinarle la vida.

Que todos los sucesos ocurren a la vez y que la linealidad del tiempo es un engaño producto de la percepción humano, es una idea bastante desesperante y, por tanto, bastante atractiva para tratarla en la ficción. La misma idea ha sido expuesta, con mayor rigor científico, en obras posteriores como “La historia de tu vida” de Ted Chiang o “Flashforward” de Robert Sawyer. Para nuestra desgracia, parece que a los científicos no les parece absurda. Los lectores de ciencia ficción más tiquismiquis, esos a los que algunos tildan de frikis porque se toman la ciencia en serio, se partirán la caja con las pseudo explicaciones que da Silverberg a las habilidades de Carvajal, eso del contacto con un universo en el que el tiempo transcurre al revés. Aunque reconozco que es una hipótesis del propio Carvajal, que él mismo no se toma muy en serio, es la única que se baraja en toda la novela.

Creo que hasta en un capítulo de “Marvel Agents of S.h.i.e.l.d.” lo explicaban de modo más plausible.

Centrándonos en cosas serias, si alguna vez se hiciera una película de una novela de Robert Silverberg, esta seria la más fácil de adaptar. Transcurre en el lejano futuro del final del siglo XX y los cambios sociológicos o tecnológicos que aparece en ella son muy fáciles de obviar y es aconsejable hacerlo, porque la historia se puede ubicar perfectamente en el presente y, la verdad, son bastante ridículos. No hacen falta casi efectos especiales, todo está centrado en los personajes y las conversaciones entre los personajes. Y la colaboración de un guionista de cine hubiera sido muy de agradecer en esta novela.

Cualquier guionista medio decente tiene la suficiente capacidad de síntesis para poner en situación a un personaje como Lew Nichols, probablemente sólo contando como se levanta y llega al trabajo, ya podríamos saber que está felizmente casado y que es asesor de un político que quiere presentarse a la casa blanca. Para ello no es necesario que nos cuente brevemente su infancia y formación, ni como conoce al político, como se integra en su campaña ni las estrategias de la misma. 

 Por cierto, que durante la mitad de la novela parece que los políticos de Estados Unidos no se involucran lo más mínimo en sus carreras y que son sus asesores quienes deciden adonde deben encaminarse. Son Nichols y sus compañeros los que deciden encumbrar a su representado hasta lo más alto de la nación, para satisfacer su propia sed de poder.

El caso es que transcurren del orden de cien páginas, antes de que la historia llegue por fin a donde quiere llegar, al momento en que, de verdad, comienza.

La historia de Nichols y Carvajal se complementa con la de la mujer de Nichols, Sundara, que se inicia en un culto religioso, también bastante ridículo, que la va apartando progresivamente de Nichols. Esta parte aporta algo de dramatismo a la historia y está adecuadamente sincronizada con la relación entre Nichols y Carvajal. Sin llegar a ser por completo irrelevante, no es demasiado

El afecto que Nichos siente hacia Sundara no se cimienta tanto en la camaradería y las experiencias compartidas, como en que ella está muy buena y folla muy bien. Silverberg lo explica con mayor finura, pero lo que subyace es lo mismo. Hacía mucho que no me quejaba de su sexismo.

También hay unos cuantos trances y momentos visionarios, de esos que tanto le gustan al autor. Uno de ellos da forma a un capítulo entero y es completamente prescindible, porque no es más que una tomadura de pelo de Silverberg hacia el lector.

¿Qué nos queda entonces? La relación entre Nichols y Carvajal, columna vertebral de la novela, que está muy bien llevada. La exposición de una tesis que probablemente desafíe las creencias personales del lector y que precisamente por ello y porque está muy bien expuesta, resulta muy impactante y un final bastante brillante, que ronda la excelencia, aunque no la alcance. No son pocas virtudes. En mi opinión justifican la lectura, aunque no la hacen imprescindible, ni de lejos, porque están empañadas por la paja y los paisajes superfluos. “El hombre estocástico” parece una novelette alargada.

sábado, 17 de agosto de 2019

“Proyecto Marte” de L.J. Salart



Ha tardado, desde que lektu empezó a agobiarme con este librito, pero por fin me lo he leído. “Proyecto Marte” se publicó originalmente en el blog del autor y causó bastante revuelo en internet con su recopilación en forma de novela.

Es la historia de como un sueño une y transforma a la humanidad. El sueño: la terraformación de Marte, la construcción de un nuevo hogar para hombres y mujeres. El libro se compone de infinidad de testimonios, en primera persona, sin repetir nunca el mismo narrador, en los que múltiples personajes relatan sus vidas o sus creencias. Empieza con el momento en que Usha Leber se convierte en la primera persona que respira de forma oficial la atmósfera de Marte y, a partir de ahí, se bifurca, alternando momentos anteriores y posteriores, hasta llegar al comienzo del proceso de terraformación y a.. bueno, mejor no digo nada.

A lo largo del libro contemplaremos, o intuiremos, a partir de las voces de los innumerables protagonistas, como la humanidad se recupera de una gran catástrofe, unificada por el sueño de Marte, el precio a pagar por mantener vivo dicho sueño, la generalización de los bioimplantes, la coexistencia con inteligencias cibernéticas... y más de un paso atrás, inevitable supongo. Tragedias personales y universales, fundamentalismos y extremismos, que parecen a punto de acabar con el proyecto y con la humanidad, viejos errores que se repiten y algún error nuevo.

Con todo, es una visión fundamentalmente optimista del futuro y de la humanidad y una vindicación de la tolerancia y la diversidad. A continuación copio las palabras de uno de los personajes:

“No quiero ser tratada nunca más como una rara. No quiero que me digan qué no puedo ser. Quiero ser quien yo quiera ser.“

Me ha gustado mucho la estructura de la novela, con esa bifurcación simultánea hacia el pasado y el futuro. También me ha gustado mucho ese final tan cíclico (si quieren saber a que me refiero tendrán que comprar el libro) que cierra la historia de un modo redondo. Y, por supuesto, me gusta mucho el mensaje, o los valores que desprenden la mayor parte de los relatos. Sin embargo, no comparto el entusiasmo que ha despertado en otros. Le pongo dos pegas:

Una, cuesta mucho distinguir a un narrador de otro. Con pequeñas variaciones, todos hablan prácticamente igual. Dotar a cada personaje de una voz propia y característica es algo a lo que debería aspirar todo autor, aunque, desgraciadamente, está fuera del alcance de la inmensa mayoría. Ese defecto generalizado es demasiado evidente en “Proyecto Marte” en el que se supone que cada capítulo ha sido escrito por una persona diferente.

Y dos, ninguno de los relatos que componen el libro es demasiado memorable. No hay ninguno muy malo, es verdad, pero tampoco ninguno que te haga dar vueltas a la cabeza, ni llorar a moco tendido. Se leen con agrado, con una cierta tristeza a menudo, pero se olvidan fácilmente. Diría que es una obra en la que la cantidad prima sobre la calidad.

domingo, 11 de agosto de 2019

“Buscando a Jake y otros relatos” de China Mieville




Toca reseña de antología de relatos. ¡Ay Dios! ¿Porqué me meto en estos follones?

Vale, está muy bien este libro. Adiós.

¿Qué quieren algo más? Vale, de nuevo. China Mieville demuestra que es tan bueno en la distancias cortas que en las largas. De hecho, es mucho mejor en las distancias cortas que en las distancias muuuyyyy laaaaaaargas. Eso ha sido una referencia poco sutil a “La estación de la calle Perdido”. Adiós.

No pienso ponerme a comentar relato a relato.







Vale, diré algo más, pero esto es la última vez.

El contenido es bastante variado.

Incluye una reedición de “El azogue” que ya leí en su día y que me he saltado.

Un pequeño regreso al mundo de Nueva Crobuzón en “Jack”.

Un cómic que no me ha resultado demasiado interesante “Rumbo al frente”. Cómo si no hubiera tenido bastante con los guiones de China Mieville en “Dial H for heroe”

“Noche de paz”, una sátira descacharrante y muy divertida. Algo de eso hay también en “Acaba con el hambre”.

Unos cuantos cuentos que oscilan entre lo inquietante y lo escalofriantes, dignos de episodios de “Twilight zone”: “El parque de bolas”, “Detalles” y “Cielos diferentes”. Tal vez el propio “Buscando a Jake” entraría en esta categoría, aunque es más expositivo y quizá también “Mensajero”, aunque a este lo he encontrado mas Kafkiano. Todos ellos son excelentes.

Excelentes son también “Informes sobre diversos sucesos acaecidos en Londres” y “Entrada extraída de una enciclopedia médica”, aunque estos dos son relatos muy especiales, puesto que no tienen casi argumento. Consisten básicamente en la exposición de una idea. ¿Qué porque los considero excelentes entonces? ¡Porque que pedazo de ideas que son! ¡Que ocurrencias más imaginativas, insólitas, brillantes y cautivadoras! Me quedo sin adjetivos. Y luego dicen que la ciencia ficción es el género de las ideas.

Por último, “Cimiento” y “Familiar” me han parecido los más flojos, aunque el punto de partida de los dos es interesante.

La principal pega que se le puede poner, es que los finales impactantes no son la especialidad del autor. Varios relatos, no sólo “Informes sobre diversos sucesos acaecidos en Londres” y “Entrada extraída de una enciclopedia médica”, sino también “Familiar” no parecen tener un final claro y en otros los finales no están a la altura. Ello no me ha impedido disfrutarlos. Es más, creo que he disfrutado esta antología incluso más que alguna de sus novelas.

Todas las virtudes del China Mieville novelista están aquí: su desconfianza del mundo capitalista, la mezcla de admiración y aversión que siente hacia las grandes ciudades, la simpatía hacía los revolucionarios, pero sin justificar jamás la violencia, pero sobre todo su increíble imaginación. Pero si en muchas de sus novelas parece que se limita a acumular idea improbable sobre idea más improbable todavía, sin otro objetivo aparente que erigir una pila lo más alta posible, la longitud de los relatos le permite hacer desarrollos más adecuados, en los que dedica a cada idea el tiempo necesario y suficiente.

Un volumen imprescindible para los admiradores de China Mieville. Sobre todo, para los que no hayan leído “El azogue”.