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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

jueves, 9 de agosto de 2018

“El mar de hierro” de China Miéville


Si hay algo que se le da bien a China Miéville es la construcción de escenarios, tan imaginativos como detallados. Demasiado detallados incluso. En ésta, su segunda incursión en la literatura destinada a un público juvenil, vuelve a dar en la diana, creando un mundo insólito y sorprendente, una Tierra enteramente recubierta por vías de ferrocarril, que transcurren paralelas, se cruzan, se descruzan y tejen una maraña imposible, con los escasos espacios de tierra existentes entre las vías ocupados por una fauna monstruosa y hostil, que acechan a sus presas enterradas bajo el suelo, cómo si se tratara de gusanos de Arrakis.

La novela está narrada con un estilo sencillo, de un modo semi coloquial, en el que el narrador omnisciente a menudo abandona su misión de transcribir los acontecimientos para encararse con el lector, al que trata de tu a tu y con el que entabla un ficticio diálogo, en capítulos de pequeña extensión que, al comienzo del libro, se utilizan para añadir más información de ambientación y, al final, para disertar sobre las cuestiones más peregrinas, el arte de contar historias, por ejemplo, y sobre todo, para poner de los nervios al lector, interrumpiendo el relato en los momentos de mayor emoción.

En el fondo, para lo que sirven estos capítulos es para rellenar las transiciones entre los capítulos más largos. Son un artificio tan curioso como innecesario, como la peculiar grafía de la conjunción “y” que aparece siempre en negrita y que tarda bastante en explicarse.

En este ambiente, Miéville rinde homenaje a sus escritores favoritos, en una historia llena de guiños a Herman Melville, los hermanos Strugatsky, Robert Louis Stevenson y probablemente bastantes más, que no he pillado.

Así que tenemos a un protagonista adolescente e ingenuo, Sham,que viaja como aprendiz de médico en el Medos, un tren caza topos, que persigue toporribles, liderado por una capitán manca, obsesionada con atrapar a un inmenso toporrible blanco. Los esfuerzos de Sham por comunicar sus hallazgos en un pecio descarrilado a una pareja de huérfanos, le pondrán en el punto de mira de piratas y militares corruptos, arrastrándole a un sin fin de peligros.

He encontrado esta novela deliciosa, pero no puedo resistirme a pensar que tal vez Mieville debería haberle dado un par de vueltas más a la historia en su cabeza rapada. Hay un momento en que la trama se bifurca en dos, pero en una de ellas, a pesar de varios encuentros peligrosos, no ocurre nada significativo, permaneciendo sus personajes en reserva, hasta que llega el momento de volver a unificar las tramas. Hasta el autor debió de darse cuenta, porque el narrador bromea bastante con ello.

Los personajes son, quizá, lo más flojo de la novela. Excesivamente sencillos y estereotipados. Las motivaciones de la tripulación del Medos no me parecen muy creíbles, ni siquiera en medio de una novela tan increíble como esta. Me cuesta creer que un grupo de personas posea un compañerismo tan fuerte que les lleve a los extremos a los que ellos llegan para proteger a uno de los suyos, al que no conocen mucho y que tampoco está demasiado interesado en su compañía, dicho sea de paso.

Si bien durante la primera mitad de la novela el ritmo es más pausado y sosegado, en la segunda se acelera de un modo prodigioso. Me resultó prácticamente imposible dejar de leer cuando a las desventuras de Sham se suceden todo tipo de combates, persecuciones y enfrentamientos con bestias gigantes.

El final puede resultar un poco anti climático, sobre todo cuando ha venido precedido de un emocionantísimo combate a tres bandas de los que hacen época, pero, para ser justos, ese final es una chaladura descomunal, una de esas locuras tan gordas que te hacen pensar: “esto sólo se le podía haber ocurrido a China Mieville”. En cierto modo, compensa el anti clímax. Tampoco está tan mal.

En fin, podríamos decir que “El mar de hierro” es una carta de amor a la literatura clásica de aventuras, pasada por el peculiar filtro de la mentalidad de China Miéville. Mucho más fácil de leer que otras obras de su autor, supuestamente mayores. Muy agradable y muy entretenida, cómo suelen ser sus historias cuando no se deja llevar por su ambición. Con algunos curiosos toques de humor y algunas sorpresas espléndidas. La imaginación de este hombre es prodigiosa. Y nosotros que la sigamos disfrutando.

domingo, 5 de agosto de 2018

“Wolfgang Stark, el último templario” por Alexis Brito Delgado


 

Mi interés por esta obra se despertó al leer esta reseña en el sitio de la novela anti histórica. Alexis Brito Delgado es un autor que desconocía. Al parecer, la mayor parte de sus obras están protagonizadas por miembros de la misma familia: los Stark. En esta ocasión, narra las aventuras Wolfgang Stark, primogénito de un pequeño noble germano que renunció a sus títulos y propiedades para unirse a la orden del Temple. Superviviente de la detención de sus hermanos, vaga por la Europa de la época, ganándose la vida como mercenario, dándose de bruces continuamente con lo sobrenatural.

Atormentado por la culpa del superviviente, la destrucción de sus objetivos y la pérdida de sus ideales, Wolfgang Stark es un magnífico personaje. El estilo con el que se narran sus hazañas ha despertado en mi recuerdos del de Robert E. Howard. Es por eso que este nombre va a aparecer continuamente en la reseña. Me disculpo anticipadamente por ello, pues tendría que valorar el libro por sus propios méritos, no comparándolos con los de ningún otro autor, pero es que, en ocasiones, me parecía estar leyendo al autor texano en vez de al tinerfeño, para lo bueno y para lo mano. Ambos autores comparten la capacidad de captar la atención del lector, van directos al grano, hacen un buen uso de la elipsis y escriben las escenas de acción con notable ritmo. Por otro lado, los demás personajes resultan por lo general bastante simplistas y los argumentos, muy convencionales. Gran parte de los capítulos de “Wolfgang Stark, el último templario” constan únicamente de una pelea o una escena de acción.

Este es un libro que engaña, porque se vende como una novela, cuando en realidad es una antología de relatos. Según he leído en otra reseña, es una recopilación de relatos aparecidos originalmente en el sitio web del autor. Yo diría más, alguno de ellos no parecen relatos, sino bocetos de relatos, apuntes de escenas que surgieron de la cabeza del autor, pero que este no fue capaz de desarrollar lo suficiente como para incluirlas en una historia. El ejemplo paradigmático para mí, es el capítulo I de “La tierra del pecado”, titulado “La torre del nigromante”, en el que, sin comerlo ni beberlo, Wolfgang Stark aparece de repente ejerciendo de Indiana Jones, recuperando el símbolo de Baphomet de una fortaleza situada en las montañas escandinavas, sin que sepamos como ha llegado allí, ni porque, ni que ha ocurrido entre el capítulo anterior y este.

(A Robert E. Howard también le pasaban estas cosas, basta con mirar los fragmentos inconclusos del ciclo de Solomon Kane)

Lo peor no es eso, sino que, como los relatos no fueron pensados para ser leídos uno a continuación de otro, son pródigos en reiteraciones que acaban volviéndose muy molestas. Como en aquellos viejos cómics de la marvel en los que el narrador nos repetía una y otra vez en cada número el origen de los poderes del protagonista, Brito Delgado nos repite continuamente la triste historia de su caballero y lo fastidiado que este se encuentra. Sus tribulaciones no son cosa de risa y no se las deseo a nadie, pero de tanto repetirlas, Wolfgang Stark acaba volviéndose antipático, por llorica y auto compasivo.

Súmese una sobre adjetivación rutinaria que, en vez de enriquecer la expresión, la empobrece y que, en esta obra al menos, Brito Delgado no está a la altura de su colega del siglo pasado en cuanto a capacidad de generar suspense, atmósferas e incluso algún que otro giro inesperado y obtendremos un resultado que no puedo recomendar a ningún lector.

domingo, 29 de julio de 2018

“Las leyendas de Luke Skywalker” de Ken Liu

Desde que era un adolescente, creo que incluso antes, soy un fan de Star Wars. Después de ser poseído por el entusiasmo, con la lectura de “El zoo de papel y otros relatos”, era inevitable que abordara la lectura de este librito.

La joven tripulación de un carguero espacial dedica sus ratos de ocio a contarse historias unos a otros. En una noche llena de peripecias, todas las historias girarán alrededor del legendario caballero jedi Luke Skywalker.

La verdad es que Ken Liu ha dado con un inagotable filón, que a buen seguro será ignorado por los actuales responsables de la saga galáctica: las aventuras de Luke Skywalker, después del final de “El retorno del Jedi”, recorriendo la galaxia en solitario, buscando aumentar su sabiduría mientras desface entuertos. El Luke de estos relatos es una figura que ha pasado al imaginario colectivo de la galaxia, muchas de las historias que se cuentan podrían ser falsas y otras no tendrían que ser necesariamente protagonizadas por él. Si nos ponemos profundos, podríamos decir que este es un libro sobre la tradición oral y sobre como se forman los mitos.

Sin duda algo de eso hay, pero también es una obra un tanto alimenticia. Ken Liu no renuncia a su orgullo de autor y ofrece un trabajo bastante más personal de lo que acostumbran las novelas de la franquicia, pero baja mucho el listón, tanto en lo artístico como en lo argumental, con respecto a su magnífica antología. La trama utilizada como excusa para conectar los relatos, por ejemplo, carece por completo de interés. De entre estos:

“La desmontamitos” consiste en el análisis que hace de la primera película una persona obsesionada con las conspiraciones. Francamente divertido.

“El cementerio de naves estelares” es una buena historia de supervivencia, en la que vemos a Luke desde el punto de vista de los imperiales. El caballero de la leyenda podía incluso no estar allí.

“Pescando en el diluvio”, bajo la forma de un peregrinaje se centra en el conflicto entre dos modos de ver la vida. Una buena historia.

“Yo droide” es una de aventuras, en mi opinión bastente olvidable.

“La historia de Lugubrious Mote” cuenta la historia del rescate de Han Solo, en “El retorno del Jedi” desde el punto de vista de un parasito del tamaño de una pulga. En realidad es una crítica irónica de los despropósitos del guion. Tiene gracia, pero es un poco prescindible. “La desmontamitos” estaba mejor.

“Grande por dentro” es otra historia de supervivencia, esta vez en el interior de uno de esos gigantescos bichos que aparecían en “El imperio contraataca”. A pesar de algunos convencionalismos, está repleto de sentido de maravilla.

Y eso es todo. Es un libro muy fácil de leer, entre otras cosas porque es corto, lo que es bueno, pero que despierta la eterna cuestión de si merece la pena la relación cantidad/precio. Es por eso que, aunque me ha encantado, no lo recomendaría a nadie, a menos que sea, como yo, un fan de Star Wars y de Ken Liu.

 

jueves, 19 de julio de 2018

“El zoo de papel y otros relatos” de Ken Liu


Mi primer contacto con Ken Liu fue precisamente el cuento que da título a esta antología, publicada en el primer volumen de las antologías de ciencia ficción contemporánea “Terra Nova”. Si la lectura todavía fuera capaz de hacerme llegar a las lágrimas, ese relato lo hubiera conseguido.

Desde entonces sólo había leído otro relato suyo, incluido en “A la deriva en el mar de lluvias y otros relatos”.

Estas dos piezas breves bastaron para convertirme en su rendido admirador. Ken Liu es un maestro del relato, dotado de un inmenso talento tanto para los relatos de ciencia ficción hard y las distopias como para los que versan sobre los sentimientos humanos (¿no lo son todos, en el fondo?) Su estilo es claro, engañosamente sencillo y muy versátil. En muchas de sus historias hay una fuerte presencia de la cultura oriental, generalmente china, pero también japonesa. La memoria del pasado, la importancia de no olvidar el sufrimiento sobre el que está construido nuestro presente, parece una de sus obsesiones (“breve historia del túnel transpacífico”, “El maestro de litigios y el rey mono”, El hombre que puso fin a la historia: documental )

El sentido de maravilla que destilan “Acerca de las costumbres de elaboración de libros en determinadas especies” o “Las olas” es apabullante. También lo es en “Manual comparativo ilustrado de sistemas cognitivos para lectores avanzados” que funde la ciencia ficción hard con los cuentos para niños y un conflicto entre padres muy humano. Ken Liu puede viajar hasta los mas remotos confines del espacio tiempo o a las profundidades de la historia y el folclore chinos, pero, sean astronautas, deidades venidas a menos o detectives privados cyberpunk, hay en sus personajes un fondo muy humano y reconocible.

Se me ocurre poco que comentar, en este caso, los relatos hablan por si mismos.

Si he de quejarme de algo, que es mi vicio favorito, lo haría de “Todos los sabores”. Esta historia sobre los emigrantes chinos en el lejano oeste, se me hizo demasiado larga y, aunque el final quede en suspenso y deja entrever muchas posibilidades de un final feliz, lo encontré muy parecido a “El literomante”. Me explico, aunque los dos tratas de cosas muy distintas, en ambos aparece la relación entre una niña de estados unidos y un chino de gran carisma que la inicia en el conocimiento de su cultura. Hay muchas más cosas en los dos relatos, pero encontrarme ese hilo tan similar, después de tan poco tiempo me rechinó mucho.

Nada demasiado importante, la verdad. Resumiendo, “El zoo de papel y otros relatos” es una antología muy recomendable.

Por último, añadiré que el relato que más me ha marcado ha sido “El hombre que puso fin a la historia: documental “ y ya es difícil que una historia marque a un lector tan encallecido como yo. Contado como si fuera el guión de un documental, no cabe duda de que es un relato bastante denso, pero todos y cada uno de los temas que trata son de una profundidad que abruma y no soy de los lectores obsesionados con la profundidad, pero sé reconocerla cuando la encuentro. Con los temas y puntos de vista expuestos se podría haber escrito un novelón de mil páginas. La tragedia del protagonista, relatada por diferentes testigos, es conmovedora. La especulación central es fascinante. Las reflexiones sobre la interpretación de la historia y los historiadores son muy interesantes y es tremendo el modo en que Ken Liu es capaz de adoptar diferente puntos de vista y exponer argumentos muy convincentes para cada uno de ellos. Tampoco se quedan atrás las reflexiones sobre la actitud de China y Japón hacia su pasado durante la II guerra mundial.

Pero lo que mas me ha perturbado, es que yo nunca había oído hablar del Escuadrón 731. Hasta cierto punto, todavía estoy conmocionado. Me ha resultado increíble que jamás me hubieran llegado noticias de tal horror, una monstruosidad tan grande que, si la hubiera visto en una película, me hubiera parecido una exageración de mal gusto, probablemente me hubiera cabreado, porque hubiera pensado que era una trivialización del sufrimiento de las verdaderas víctimas de la guerra, en el altar del torture-porn. Y sin embargo ocurrió. ¿Cómo puede un ser humano llegar a tales extremos de crueldad y como puede haberse ocultado algo así al público? Hace que me pregunte cuantas otras atrocidades pueden seguir ocultas, cuantas puede que estén sucediendo ahora mismo.

miércoles, 11 de julio de 2018

“St. Ives. Las aventuras de un preso francés en Inglaterra” de Robert Louis Stevenson


Última de las novelas de Stevenson, al parecer dictada durante su enfermedad, fue terminada por sir Arthur Quiller-Couch. Narra la fuga y aventuras de un soldado francés (y vizconde) prisionero en Gran Bretaña.

Antes que nada, hay que descubrirse ante el esfuerzo que debió suponer realizar esta novela. Tenemos a un Robert Louis Stevenson enfermo de tuberculosis, en fase terminal, dictando esta novela a su hijastra, Mrs. Strong. En esas condiciones, debía de ser un esfuerzo hercúleo componer una historia, con sus giros inesperados y sus vueltas de tuerca, pero es que, además de eso, Stevenson consiguió volcarla en frases de complicada sintaxis, que no desmerecen su carrera literaria. Luego, la pobre Mrs. Strong tenía que apuntarlas. ¿Sabría taquigrafía? Con este método se escribieron 345 páginas de la presente edición. Debió acabar con el brazo destrozado.

Finalmente, Quiller-Couch hubo de terminarla basándose en las notas de Stevenson. ¿Cómo de detalladas serían sus notas? O lo fueron mucho, o Quiller-Couch era un gran contador de historias, porque lleva a buen puerto el relato de un modo que parece imposible que no fuera el concebido por el autor original. Las piezas encajan con gran corrección y los personajes secundarios, que ya habían sido presentados, cumplen con su papel en la trama de un modo que, a posteriori, se antoja el único posible.

Quizá el capítulo XXXIV “El capitán Colenso”, resulte un poco superfluo, pero es la única pega que le pondría al trabajo de Quiller-Couch.

En cuanto a la novela, en sí, es evidente que, por desgracia, se trata de un producto, a pesar de todo, inacabado. Le habría hecho falta un pulido. Por ejemplo, el protagonista está siempre dándole vueltas a las mismas cosas y repite más de una vez los mismos puntos de vista (por ejemplo, repite varias veces lo importante que es el vestuario para él) De haber vivido más, seguramente Stevenson habría revisado la novela eliminando redundancias y aligerando el estilo en algunos pasajes que resultan farragosos (¿No dice esto exactamente el prólogo José Luis Moreno-Ruiz? ¿Le estoy copiando consciente o inconscientemente? Puestos a copiar, hagámoslo por completo y añadamos lo obvio y publicitado, lo mucho que “St. Ives”revela sobre el propio Stevenson: la peculiaridad de un escritor británico de la época que era decididamente anti monárquico y que guarda sus simpatías para el bando napoleónico, al que consideraba vector de transmisión de los ideales de la ilustración.)

El producto final del esfuerzo de Stevenson\Strong\Quiller-Couch no es perfecto, aunque para los amantes de Stevenson resultará apasionante y, los que simplemente amen la literatura, encontrarán bastantes pasajes que dan fe de la maestría de su autor. La recreación de ambientes es excelente: no en vano, la mayor parte de la novela transcurre en Escocia, tierra natal de Stevenson. Excelentes son, también, los personajes secundarios, aunque los principales resulten más esquemáticos.

El protagonista, me resulta, a la vez, irritante y entrañable. Hoy en día diríamos que es un “snob”. Tiene clara la superioridad de su clase y está obsesionado con mantener la apariencia de un caballero y comportarse como tal. Por otro lado, a pesar de ser el narrador, su relato insinúa cierto distanciamiento irónico a sus propios actos, que lo hacen más simpático. Además, St. Ives también es generoso, irreflexivo y dado cometer “románticas” imprudencias. Y elocuente. Su mejor arma es la palabra y es hablando como sale de la mayor parte de los líos en los que se mete, manteniendo la compostura en todo tipo de situaciones peligrosas e incómodas, cual si de un proto Cary Grant se tratara. Y se mete en muchos líos, así que el entretenimiento está asegurado.

Una obra menor de Stevenson, pero se trata de Robert Louis Stevenson, lo que significa que está muy por encima de la mayoría de las novelas que se publican actualmente. Un momento ¿no he dicho eso ya en otras ocasiones? Empiezo a repetirme. Habrá que poner ejemplos. Me ha parecido mejor novela que “Las aventuras de un cadáver”, “El dinamitero” o “Los traficantes de naufragios” y peor que “La resaca”, que, aunque menos conocida, me parece una de sus grandes obras. Todas ellas tienen reseña en este blog. En cualquier caso, me ha parecido una novela deliciosa.

Estamos hablando de una novela de aventuras de Robert Louis Stevenson. ¿Quién puede resistirse a eso?

domingo, 8 de julio de 2018

“El hombre en el laberinto” de Robert Silverberg


Nota: a pesar de la imagen que ilustra este post, no he podido hacerme con la edición de la Factoría de ideas de esta novela, así que me he conformado con la versión que circula por la red. Ignoro si en la versión más moderna ha sido revisada por el autor o cuenta con una nueva traducción que haya vuelto superfluos mis últimos comentarios.

La acción de esta novela transcurre en una desierta ciudad alienígena de un planeta lejano. A pesar de estar abandonada y tener miles de años de antigüedad, la maquinaria que la sostiene funciona perfectamente, incluso elimina los restos de los animales que mueren en sus calles, aunque mantiene bien visibles los esqueletos de los exploradores que murieron investigándola, porque esta ciudad abandonada está plagada de trampas mortales, es el laberinto que da título a la novela, la versión extraterrestre de las fortificaciones de una tumba egipcia, la pesadilla más desquiciada que atormentaría los sueños de Indiana Jones.

En este laberinto se ha refugiado un hombre, antaño el explorador más famoso de la humanidad, transformado, tras su convivencia con una especia alienígena, en un emisor psíquico cuya presencia resulta intolerable a menos de diez metros para cualquier otra persona.

Dos hombres vienen a buscarle, la eminencia gris que dirige el destino de la humanidad entra bambalinas y un joven inexperto, idealista aunque ambicioso, con el fin de engañarlo para que abandone su retiro y salve a la humanidad.

De modo que en un escenario fascinante, tres personajes debaten sobre las virtudes de la humanidad, la necesidad de compañía del ser humano, la moral individual y colectiva y si la primera debe subordinarse a la segunda, cuestiones todas ellas interesantes.

¿Escenario? ¿Debatir? ¿No estoy abusando de figuras que hacen referencia al teatro en este post? ¡PUES NO! Un vistazo a Internet revela que esta novela es una adaptación de “Filoctetes” de Sofocles y es muy fácil encajar a cada uno de los personajes de “El hombre en el laberinto” con los de la obra, que por cierto, este verano se representa en el teatro de Mérida. Está bien que los autores revisiten a los clásicos, pero esto parece un poco abusivo. Reconozcamos que Sofocles hizo la mayor parte del trabajo.

Las exhibiciones estilísticas tan típicas de Silverberg en esta ocasión se limitan a una serie de mini capítulos que dan cuenta del avance de los recién llegados por el laberinto, que funcionan muy bien para transmitir su confusión y el aturdimiento ante las trampas a las que se encuentran.

Bien escrita, directa breve, un escenario apasionante, temas de interés… Si, tengo que reconocer que lo he pasado muy bien leyendo esta novela. Se podría haber indagado más en la naturaleza del laberinto, pero así queda mas sugerente. La conclusión es un poco precipitada, pero al menos no se eterniza. El conflicto entre los personajes daba para más, pero su resolución es correcta. No obstante, hay un “pero” que no puedo obviar, hay un aspecto de la novela que ha frustrado bastante mi lectura y que hace que me plantee si seguiré leyendo a Silverberg como pretendía. O si lo admitiré públicamente.

Hay algunos detallitos que resultan incómodos a una mente moderna. Todos los personajes son hombres. Siempre se refiere a “el Hombre” en vez de a “la Humanidad”, al menos en la traducción que he conseguido. Normalmente eso me trae sin cuidado, sobre todo si la obra tiene algunos años, pero en este caso se repite mucho.

También está la historia que se cuenta de como una tribu agasajó a Muller ofreciéndole una de sus mujeres. Hospitalidad de la tribu, no de la mujer. Bueno, era una sociedad primitiva, tal vez esas cosas sean antropológicamente normales…

Luego viene el momento en que Boardman le ordena condescendientemente a la compañera de Muller que se vaya a nadar, para que los mayores puedan hablar tranquilos, o cuando le pregunta a Muller si quiere que la traiga a su encuentro (no si quiere que le pida que vaya a recibirlo o que intente convencerla para que vaya a recibirlo, sino que si la trae, directamente, como si su opinión no contara nada) y Muller contesta, en un lenguaje sólo ligeramente más elevado, que sí, que tras tanto tiempo en soledad tiene muchas ganas de echar un polvo.

O ya el acabose, la conversación con Rawlins, en la que reflexionan sobre lo duro que es estar tan lejos de la civilización, sin sus lujos y sin mujeres, porque, por supuesto, el laberinto es un lugar demasiado peligroso para pensar en traer a una mujer.

En resumen, en ningún momento los protagonistas consideran que una mujer pueda ser el igual de uno de ellos ni desempeñar las mismas tareas y responsabilidades. En el mejor de los casos, las ven como “descansos del guerrero”, pero, en general, las consideran como objetos proporcionadores de placer sexual, lujos situados en la misma categoría que un whiskey de calidad.

Vamos, que a pesar de sus muchas cualidades, la novela es de un machismo ofensivo.

martes, 3 de julio de 2018

Robert Silverberg


Robert Silverberg es un autor al que me aficioné mucho en mis tiempos. Por encima de cualquier otra consideración, valoraba sobre todo su legibilidad. Las novelas y relatos de Silverberg se leían con extrema facilidad, aunque lo que contara no fuera especialmente interesante. Silverberg escribía bien, es decir, se preocupaba por los aspectos formales de la escritura y tenía eso tan ponderado que llamamos “una voz propia”, un estilo personal, fácilmente reconocible. Sus personajes eran bastante interesantes, se le deba muy bien la creación de escenarios y exponía ideas atractivas.

En el lado negativo, siempre me pareció que podía sacar más partido a sus ideas y sus personajes. No le interesaban los aspectos que consideraríamos más “cienciaficcioneros”, como el funcionamiento de una máquina del tiempo, las paradojas temporales, el intercambio de cuerpos o los robots, sino como esos aspectos afectaban a las personas. Nada malo en ello, lo hacía bastante bien, pero “bastante” no quiere decir “mucho”. Siempre me pareció que podía sacar más partido a sus situaciones, que le faltaban unas gotas de intensidad emocional. Se preocupaba mas porque sus historias quedaran bonitas, que porque quedaran auténticas.

A su debe hay que añadir el recurso facilón de los momentos oníricos, eficaz pero repetitivo, su afición por la pirotecnia estilística y algunos vicios propios de la ciencia ficción de la época: el sexo gratuito y el nudismo. Su afán de empelotar a la gente me resultaba ridículo.

Últimamente me han dado ganas de recuperarlo y echar una ojeada a las obras publicadas en español que no he leído. Son unas cuantas, el ritmo de publicación de este hombre parece que rivalizaba con el de Asimov. Ya os iré contando.