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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

viernes, 23 de septiembre de 2016

“La noche a través del espejo” de Fredric Brown



Fredric Brown es un escritor de misterio y serie negra, que en España es conocido fundamentalmente por sus aportaciones a la ciencia ficción. El grueso de su obra son historias de crímenes y de suspense. También es verdad que este grueso tiene muy mala fama, su larga y exitosa saga de los Hunter ha recibido todo tipo de comentarios desfavorecedores, sin embargo, nadie se mete con “La noche a través del espejo”. Y con razón. Muchos la consideran la mejor novela de su autor. Lideró la lista de los mas vendidos de mi librería habitual durante muchos meses y sigue apareciendo en los primeros puestos de sus recomendaciones. Ha creado su propio culto de seguidores, pequeño y menos conocido que otros, pero igual de apasionado. Y con razón.

¿De qué va esta estupenda novela? El protagonista, Doc Stoeger, es un editor de un semanario local en una pequeña ciudad, que sueña con publicar algún día una gran exclusiva y que solo tiene dos vicios: Lewis Carroll y el alcohol. Los dos le apasionan por igual, en su día escribió artículos sobre el creador de “Alicia en el país de las maravillas” y, si la novela da una idea aproximada de su vida, no hay noche que no pille una buena. La novela transcurre durante una sola noche y esa noche no será una excepción. El bueno de Doc, bebe y bebe y bebe. “La noche a través del espejo” podría ser la novela mas etílica de todos los tiempos. Después de cada peripecia, Doc se toma un trago para reponerse y luego otro y otro. No bebe para olvidar, no es un tipo triste y amargado. Simplemente le gusta. Entre sus múltiples compañeros de borracheras se encontrará un hombrecito misterioso al que no ha visto nunca, también un experto en Lewis Carroll que afirma haber venido para iniciarle en una sociedad secreta de gente como ellos y revelarle la verdad oculta en los escritos del reverendo Dogson.

Mientras se van acumulando cadáveres, entre citas y referencias múltiples a Lewis Carroll, atracadores profesionales, policías brutales, litros de alcohol e incluso algún delirio, a Doc Stoeger le ocurrirá durante esa noche … todo lo concebible y más. Revelar detalles del argumento sería estropear una obra cuyo encanto se basa en compartir la perplejidad y el asombro con que el protagonista se enfrenta a cada nueva sorpresa y giro inesperado del destino, aunque es una tarea casi imposible, porque el argumento desafía cualquier explicación, a pesar de que al final quede todo atado y bien atado. No es una novela que provoque grandes carcajadas, pero si sonrisas, contada con fina ironía y sentido del humor y un sentido del ritmo sencillamente perfecto, que se apodera del relato y de la atención del lector en una lección magistral.

Por poner un pero, la tentación a la que nunca puedo resistirme, diré que la solución final a los problemas del protagonista no me pareció muy creíble, y desde luego, me pareció inadmisible ante un tribunal. Es lo de menos. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto de una novela.






viernes, 16 de septiembre de 2016

A vueltas con Aurora



En mi anterior post me centré en el análisis de las supuestas bondades literarias de esta obra. Para no eternizarme dejé fuera algunas dudas que me ha generado sobre sus aspectos científicos, sobre uno en particular.
No voy a pronunciarme sobre los virus/priones/o lo que sea que aparecen en este libro. A muchas personas le parecen muy improbables, creo que entre ellas está el propio Kim Stanley Robinson, pique nunca deja claro lo que es, supongo que porque ni el mismo lo sabe.

Pero no es de eso de lo que quería hablar. En la novela se habla largo y tendido de la biología insular. No he encontrado un equivalente exacto a las palabras de la traducción, pero parece que se refiere al “enanismo insular”. Éste si aparece en la wikipedia. Un proceso evolutivo por el que las especies animales en entornos cerrados de pequeño tamaño tienden a desarrollar una disminución de su propio tamaño para adaptarse a la escasez de recursos. Actualmente el caso mas famoso es el de la isla de Flores, donde se encontraron restos de una especia que medía aproximadamente 1 metro de estatura y que parece haber evolucionado de poblaciones de Homo Erectus. No hay entorno mas cerrado que una nave espacial, así que parece lógico que la tripulación de una nave generacional sufriera este mismo proceso. Aún así hay cosas que no me convencen.

Robinson lo presenta como una degeneración de la especie. Las nuevas generaciones no solo son mas pequeñas, sino mas enfermizas y menos inteligentes. Me parece un prejuicio. No veo porque esto tenga que ser así.

El proceso que describe la novela me parece muy rápido. Según la wikipedia, las alteraciones del tamaño son sorprendentemente rápidas, pero se habla de que todo ha ocurrido en siete generaciones. Imagino que la sobredosis de radiación provocaría muchas mas mutaciones de las normales, pero aún así, en términos evolutivos, mas que rápido me parece instantáneo, pero no soy biólogo ¿ahí alguno leyendo esto?

Por último, está el problema de la selección natural, o mas bien de la falta de selección natural. Tal como yo lo entiendo, en un ambiente salvaje, los individuos mas pequeños necesiten consumir menos alimentos que los mas grandes, por tanto, les resulta mas fácil conseguir el sustento para vivir, mas de ellos llegan a la edad adulto, viven mas tiempo que sus congéneres y se reproducen mas. En resumidas cuentas, tienen una ventaja evolutiva. En poco tiempo, todos los que quedan en este ambiente salvaje, son descendientes de la facción mas pequeña. Así es como entiendo que funciona la evolución.

Ahora bien, en una nave espacial, es de suponer que todo está gestionado para conseguir que todos sus habitantes tengan las raciones de alimentos o medicamentos que necesiten. Puesto que todos son atendidos mas o menos por igual, ser mas pequeño no supone una ventaja evolutiva y pequeños y grandes preservan sus genes por igual. La civilización es la peor enemiga de la evolución.

En ausencia de la criba sanguinaria de la selección natural no veo el motivo por el que la población de la nave debería adaptarse a su entorno de un modo tan radical. ¿Tengo o no razón? ¿Hay algún biólogo leyendo esto?

jueves, 15 de septiembre de 2016

“Aurora” de Kim Stanley Robinson


No soy ningún fan de Kim Stanley Robinson, normalmente la parte científica de sus novelas suele ser lo único que encuentro interesante de ellas, pero me gustan mucho las historias de naves generacionales y no he podido resistirme a esta.

La novela empieza cuando, siendo niña, la protagonista Freya sale a navegar con su padre, Badim. Los problemas con que se encuentran para manejar el barco nos revelan que estamos en el interior de un gigantesco arca espacial. Creo. Algunos diálogos me hacen pensar que hay que tener en cuenta la fuerza de coriolis para atracar, pero la verdad es que estaba tan distraído por el uso de términos náuticos que no me enteré de nada. Supongo que por eso no me he leído las novelas de Patrick O'Brian.

La primera parte de la novela está presidida por la figura de la madre de Freya, Devi, la ingeniera jefe de facto de la nave. Para mi sorpresa, me ha parecido un gran personaje. Devi vive entregada a su trabajo, casi su misión, que básicamente consiste en evitar que la nave se caiga a pedazos: luchar contra el desgaste, la entropia y los errores de diseño, arreglando cualquier desastre que se produzca en cualquier parte de la nave. A pesar de lo mucho que se esfuerza, Devi es terriblemente pesimista, tiene muy pocas esperanzas de futuro para su nave y sus descendientes, aunque consigan llegar a Tau Ceti, cosa que están a punto de lograr. Me ha recordado a algunos ecologistas, que no tienen la menor esperanza de que la Tierra se pueda recuperar del desastre al que la raza humana la está dirigiendo, lo que no significa que se crucen de brazos, o algunos activistas por los derechos humanos. En cualquier caso Devi no es perfecta, es evidente que descuida a su familia y se muestra muy insensible con los problemas de aprendizaje de Freya.

Por desgracia, Devi desaparece bastante pronto de la novela y no he encontrado ningún interés en el resto del reparto. Freya, la protagonista, es una mujer maja y bien intencionada, al igual que su padre, tienen un amigo que comparte con Badim la afición a la poesía y luego está la computadora, que es una computadora. Poco mas. Nada sorprendente, no leemos a Kim Stanley Robinson por sus personajes.

Cuando Freya crece, emprende una especie de viaje personal de peregrinación por la nave, lo que da pie a uno de esos típicos fragmentos de los libros del autor, en los que uno de los personajes vagabundea sin rumbo fijo ni objetivo por un montón de sitios, en ninguno de los cuales le ocurre nada. En esta ocasión sirve al objetivo de describir la nave. Se trata de una construcción imponente, dos anillos rotatorios, cada uno formado por doce biomas, con sus propios ecosistemas, flora y fauna, pero, para ser algo tan increíble, Robinson la describe muy someramente, no transmite la sensación de “mundo cerrado” que sería de esperar, casi parece que los distintos paisajes se encuentren en la propia Tierra. Supongo que habrá gente a la que le parecerá una queja absurda, puesto que realmente emplea muchas páginas en describir la nave y son fragmentos puramente descriptivos en los que la trama brilla por su ausencia, pero yo esperaba algo mas del obsesivo pintor de paisajes marcianos. Me quedo con la impresión de que Robinson no siente mucho aprecio por su ficticia creación.

Finalmente la nave llega a su destino, la “Aurora” que da título al libro, una luna de uno de los planetas. Se empieza la colonización. Aquí si hay algunas descripciones interesantes, las de los eclipses, en particular. Las cosas empiezan a ir muy mal y las calamidades le sientan bien a la historia, que de verdad atrapa. Al tratarse de una novela recientemente publicada en castellano, no diré mucho para no chafársela a nadie. Por el camino, entre catástrofe y catástrofe hace algunas reflexiones muy interesantes, no solo de índole científico sino político, histórico incluso. Demasiado ligeras pero pertinentes a nuestro propio momento histórico son las relativas a la reconciliación después de un conflicto. Y mucha ecología, Robinson interpreta todo en clave de ecosistema, ecología de la política, ecología de los sentimientos, el cuerpo humano visto como ecosistema..

Pero hay una por encima de todas, la idea central del libro: la vida es algo ligado al planeta en que se originó. Los intentos de colonizar otras estrellas carecen de sentido. Sus planetas estarán vivos o serán rocas muertas. Si son rocas estériles, terraformarlos llevará demasiado tiempo como para que los descendientes de los colonos puedan escapar a las consecuencias de la biología insular, si están vivos serán venenosos, su vida será incompatible con la nuestra. Es una novela de tesis. Un alegato poco sutil contra cualquier intento de viaje interestelar.

Reconozco el valor de Kim Stanley Robinson al escribir una novela destinada a dinamitar los sueños y las ilusiones de su hipotético público. Es una idea interesante, sin duda con parte de verdad y que merece la pena considerar, aunque Robinson no debería preocuparse, dado el grado de abandono actual de la exploración espacial. Sus argumentos pecan de algo simplistas, los aspectos científicos han sido discutidos en otros foros, solo añadiré que no hay en “Aurora” sombra de debate: la postura contraria nunca es defendida por nadie que no parezca ni fanático ni obcecado, mientras que la del autor es considerada una verdad tan evidente que apenas hace falta defenderla. Aunque de signo político diferente, me ha recordado a Robert A. Henlein.

Donde resulta mucho mas convincente es en la exposición de la imposibilidad de mantener una ecología estable en un entorno cerrado durante periodos tan prolongados de tiempo. Ahí si que me ha convencido y su detallado estudio de la proliferación de bacterias es de lo mas interesante y creíble.

Si la historia engancha cuando empiezan a ocurrir catástrofes y calamidades, tras un cierto clímax, empieza a perder fuelle y no deja de hacerlo hasta concluir. El autor se va deshaciendo de los personajes principales; puede que no fueran gran cosa, pero su pérdida supone un obvio golpe a la capacidad del lector de empatizar con lo que está pasando, hasta que solo queda la heroica computadora. El calificativo de heroica lo he puesto completamente a posta, la computadora se lo gana. Llegados a este punto, hay que decir que hay bastantes capítulos narrados desde el punto de vista de la computadora. En realidad, es el personaje mas desarrollado. Son curiosos, hay un exceso de palabrería matemática, repetitiva y en el fondo no muy profunda. Hay una cierta crítica al ser humano, como era de esperar, pero también sobre el lenguaje y la literatura, lo que es mas sorprendente. El lenguaje es descrito como una herramienta muy inexacta, y se ríe continuamente de las metáforas, esas cosas que se supone que hay que usar para que un relato se lea mejor. Estos capítulos son de lo mas original de la novela. Son curiosos, pero tampoco puedo decir que me hayan impresionado.

Finalmente, “Aurora” se vuelve cada vez mas soporífero. Leí las espectaculares e improbables carambolas cósmicas a la que se somete la nave con un cierto cansancio, la sensación de que el autor hizo muy bien sus deberes y diseñó un plan muy interesante, pero que no consigue en ningún momento que la exposición de dicho plan resulte interesante al lector. Poca cosa comparada con su interminable y tedioso epílogo final. Creo que he quedado traumatizado y no podré volver a ir a la playa en la vida. Bañarse puede ser divertido, pero pocas cosas hay mas aburridas que leer decenas de páginas sobre como una persona se baña.

“Aurora” es una novela con bastantes puntos de interés, destinada a generar debates mucho mas interesantes que ella misma, lastrada mortalmente por su parte final. Tiene partes muy adictivas por la mitad, que son olvidadas por culpa del aburrido final, que deja un mal sabor de boca. No sé si volveré a leer algún libro de su autor.









lunes, 12 de septiembre de 2016

Cierra Espiral CF

El jueves pasado salió a la luz esta noticia.

http://notcf.blogspot.com.es/2016/09/espiral-ciencia-ficcion-deja-de-editarse.html

Ya han pasado demasiados días sin hacer ningún comentario. El cierre de la colección Espiral deja huérfana a la ciencia ficción española. Es innegable que se trata de la colección que mas ha hecho por el género en nuestro idioma y casi la única que realizaba la necesaria funcion de otorgar oportunidades a los nuevos talentos.

Tristemente, no conozco la colección tanto como debería y no sabía nada de las circunstancias de Juan José Aroz y Pilar. Lo único que puedo hacer es dejar constancia de mi agradecimiento por un trabajo bien hecho y por los buenos ratos pasados y desearles lo mejor en los tiempos por venir.

viernes, 19 de agosto de 2016

“La estación de la calle Perdido” de China Mieville


La incomparecencia de China Mieville este año a su cita veraniega anual me ha permitido, por fin, leer esta novela, la segunda publicada por su autor tras la, en mi opinión, muy mediocre “El rey rata”, la primera de las ubicadas en el universo de Bas-Lag y, si la memoria no me falla, la primera obra de China Mieville en ser publicada en España. A menudo se la cita entre las obras maestras del steam punk.

¿Cómo describir el universo de Bas-Lag? Pues, muy por encima, diría que es un mundo imaginario de reminiscencias victorianas, en el que la magia convive con las máquinas a vapor mas inverosímiles posibles, junto con alienígenas o razas de seres inteligentes diferentes del hombre.

Nueva Crobuzon, la inmensa urbe en la que transcurre la novela, es una especie de Londres victoriano, iluminado por farolas de gas recorrido por el metro, generalmente elevado sobre pilares, en el que los coches no son tirados normalmente por caballos, sino por pájaros que no vuelan, bueyes modificados por la magia (taumaturgia) para caminar sobre dos patas, o hombres rehechos por crueles sentencias judiciales. Simplificando su variopinta población, por sus calles circulan mujeres con cabezas de escarabajo, anfibios capaces de esculpir el agua, vegetales espinosos dotados de movimiento, hombres pájaros, hombres murciélago, robots movidos a vapor y dirigidos por ordenadores analíticos (con tarjetas perforadas) y veinte cosas mas.

Ahora por la red ha empezado a difundirse el término “worldbuilding” refiriéndose a la capacidad de los escritores de literatura fantástica para crear mundos imaginarios. Pues si tuvieras que explicarle a alguien lo que es el “worldbuilding” a una persona dotada de una paciencia infinita, lo mejor que podrías hacer es arrojar a sus manos un ejemplar de “La estación de la calle Perdido” y decirle: “Esto es worldbuilding”. Ante la imaginación desatada de China Mieville, el resto de autores famosos por sus “worldbuilding” palidecen en comparación. Nadie es capaz de crear lugar y biologías con un detallismo y una minuciosidad como los de China Mieville. Mieville es capaz de describir cada barrio de su ciudad, su arquitectura y su historia, así como la del pueblo que lo habita, sus costumbres, tradiciones y fiestas de guardar. No es que parezca que haya visitado en persona las tierras que sueña con sus palabras, es que parece que haya emigrado a ellas durante años.

Es innegable el atractivo que tienen los mundos imaginarios, es la razón del éxito de sagas como “Dune”, “El señor de los anillos” o la mismísima “Canción de hielo y fuego”. Me parece que cuando escribió esta obra, China Mieville era un escritor muy joven, deseoso de impresionar a la afición. La novela es una extensa carta de presentación y un grito de atención. ¡Mirad lo que soy capaz de hacer! ¡Esto sí que es un mundo bien descrito! La ciudad imaginaria mas bizarra y mejor descrita de todos los tiempos, con los alienígenas mas extraños, las imágenes mas impactantes y las escenas de acción mas espectaculares. Y todo eso en un entorno urbano, sin búsquedas de talismanes mágicos ni batallas definitivas contra el ejército del mal, pero si con putas y traficantes de drogas y una milicia omnisciente que reprime las huelgas de modo sangriento.

Podría decirse que toda la novela es “worldbuilding”. Sería una exageración, pero no tan gorda como parece sin haberla leído. Y ese es su principal problema. Tanta atención al detalle, tanto párrafo tras párrafo describiendo los diferentes barrios de la ciudad, resultan cansados. Es un tributo a Mieville lo poco aburridos que se hacen, dada su longitud. Peter Hamilton o Iain Banks me hacen bostezar con muchos menos. Tal vez sea porque estos autores te pasean por instantáneas turísticas, mientras que Mieville te pasea desde el ayuntamiento hasta los barrios bajos y su mundo vive, respira y resulta mucho mas auténtico. Aún así, él también cansa. Durante muchas páginas parece que, en vez de escribir una novela, haya querido crear un nuevo género, el de las guías turísticas de ciudades imaginarias. Aunque seguro que no es nuevo y hay precedentes. Siempre los hay.

Es una novela muy larga. La edición de bolsillo en que yo la he leído son 824 páginas. No se trata de que le sobren un par de docenas de páginas, desperdigadas por aquí y por allá, que ya sería grave. Es que le sobran un par de cientos. Pasan alrededor de 200 antes de que las piezas empiecen a encajar y la trama a coger forma. Antes de eso los personajes se limitan a hacer su vida: trabajan, conversan entre ellos y pasean por Nueva Crobuzon. Mucho de esto último. En ese periodo, la narración no parece tener ningún objetivo y no me sorprendería que así fuera. Tal parece que China Mieville fuera escribiendo el libro sobre la marcha, hasta que de repente se le ocurrió el argumento.

No se trata solo de las descripciones, otros apartados se me han hecho largos. En ocasiones, con el objeto de crear suspense o expectación, o que un hecho aparentemente insignificante pero que tendrá graves repercusiones futuras se grave en la cabeza del lector, lo subraya dilatando el ritmo estilístico, empleando muchas palabras para contar muy poco. Es lo que pasa en las cuatro páginas que tarda el constructo aspiradora en cobrar conciencia de si mismo, en las que, con sintaxis complicadas y muchísima soltura, no dice absolutamente nada hasta la última línea, o en las interminables vueltas y revueltas que ciertos cables dan por toda la ciudad, justo antes de su clímax final.

Se echa en falta una labor de poda. Mieville está demasiado enamorado de sus creaciones y es incapaz de desechar ninguna. En determinado momento, el protagonista Isaac Dan der Grimnebulin se marca una conferencia sobre “la torsión” durante seis páginas. A través de ella el autor hace una alegoría bastante inspirada sobre el bombardeo nuclear de Japón y un alegato anti nuclear. Muy bien, muy bonito y comprometido, pero ¿qué demonios tiene que ver con el resto de la novela? ¿porqué la ha interrumpido para contárnosla? Lo mismo pasa con los manecros, una creación realmente fascinante. Los presenta, los involucra en la lucha y, acto seguido, los mata a casi todos. Tras una escena de acción bastante lograda, los manecros desaparecen del mapa, dejando la historia en el mismo estado en que la encontraron. Al final, podrían haberse eliminado de la trama sin que esta se viera afectada, los lectores incluso pueden saltarse las páginas en que aparecen, sin tener el menor problema para seguir la historia.

A estos defectos, se les podría añadir otros de naturaleza estilística: la repetición machacona de metáforas, símiles e imágenes desagradables. En “La estación de la calle Perdido” todo es coagular y tumorizar, todo son heces, pus y flema. Tal vez pretenda con ello reflejar la decadencia de la ciudad, pero resulta monótono. También lo es su uso exagerado de los adjetivos (me debo estar haciendo muy viejo, esto nunca me molestó con Lovecraft, que es el que tiene la fama, pero ahora me molesta) y esos consabidos fragmentos escritos en cursiva, en los que se intenta reflejar el pensamiento de un ente no humano, o una visión interdimensional, con una escritura deliberadamente confusa. un lugar común dentro de la literatura fantástica, entendido como una regla, en vez de como un cliché con el que hay que acabar y otra forma de rellenar páginas que no dicen nada.

Por último, está el tema de los personajes. Mieville es genial con los personajes secundarios. Personajes que solo aparecen unas pocas páginas o que ni siquiera aparecen, el embajador infernal, Jack Mediamisa, los manecros, la propia tejedora, el consejo mecánico, pero también, sencillamente, los videntes, líderes callejeros, taberneros, mendigos y los diferentes vodyanoy que aparecen, gozan de un carisma y un empaque que, por contraste, resalta mas la poca entidad de los personajes principales. Durante la mayor parte de la novel, el reparto descansa en los hombros del trío formado por Grimnebulin, Derkhan y Yagharek. Yagharek, el hombre pájaro cuyas alas fueron cercenadas merecidamente por la justicia de su pueblo, es deliberadamente, un enigma. Derkhan es poco mas que un nombre. En cuanto a Grimnebulin, es agradable que Mieville haya querido romper con tópicos y que lo mas parecido al héroe de la historia sea un hombre de mediana edad y gordo, pero tampoco es un personaje muy definido. Mas allá de su pasión por la ciencia y por la khepri Lin, el único rasgo aparente de su carácter es su costumbre de hablar como un matón de colegio, que no parece casar mucho con un hombre de ciencia. Este problema también se agudiza porque, sin duda, el personaje mas interesante de la novela y el mejor desarrollado, es Lin. Por desgracia, tras haber dedicado un montón de tiempo a hurgar en su pasado y su personalidad, Mieville se deshace de la mujer escarabajo justo cuando la trama empieza a ponerse interesante.

Hemos llegado al momento en que doy un golpe al timón de mi reseña. Lo dicho hasta ahora podría dar una sensación muy negativa. Nada mas lejos de mi intención. He disfrutado mucho con “La estación de la calle Perdido”, como con casi todas las novelas de Mieville. Una vez la trama coge velocidad, es imposible abandonarla y estoy hablando de una 600 páginas. La historia se convierte en una novela que podríamos llamar “de terror”, pues hay monstruos sueltos en Nueva Crobuzon, depredando a su población. Mieville no crea un clima de pesadilla, ni transmite una sensación de indefensión e impotencia ante el mal, pero sus monstruos son criaturas bastante fascinantes y, a cambio nos da un vibrante historia de cacería, en la que seres humanos normales y las entidades mas extrañas compiten, colaboran y mueren mientras se enfrentan a un adversario animalesco y todopoderoso. En estas páginas se suceden todo tipo de lances, a cual mas violento, espantoso y espectacular. Hay carnicerías, persecuciones, tiroteos, evasiones y batallas, en medio de una ambientación magistral y un gran sentido de maravilla.

Después de tal frenesí, el epílogo resulta algo anticlimático, aunque también muy inquietante.

No es una novela genial, pero es una novela repleta de genialidades. Una demostración de talento e imaginación, portentosa y excesiva. Un escaparate de excesos. Una de esas novelas que, a pesar de sus innegables defectos, parecen nacer destinadas a convertirse en obras de culto.

PD: Este post ya dura demasiado y no he encontrado un hueco en él para referirme al capítulo que contiene la visita al burdel de las putas rehechas. No puede resignarme a no hacer ningún comentario. ¡Grrrrr! Que mal rollo, hacía décadas que no leía algo que me causara tanto repelús.

lunes, 1 de agosto de 2016

Una iniciativa interesante

Me acabo de encontrar con esto una peculiar iniciativa en la que se ofrecen 7 libros, en formato electrónico, de autores españoles y de ciencia ficción, al precio que el comprador elige, con la posibilidad de obtener otros siete, en caso de que el comprador haya realizado un pago superior a la media de los recibidos.

No conozco las novelas, salvo  "El legado de Prometeo", que se incluye entre los "bonus",  pero el precio y la iniciativa resultan de lo mas interesantes.

martes, 26 de julio de 2016

“El libro de las almas” de Víctor Conde

He estado a punto de titular a este post “diferencias irreconciliables”. Creo que es lo que tenemos Víctor Conde y yo en nuestra manera de entender la literatura. Estas diferencias se traducen en los picos y caídas que sufre mi afición a este autor, que me llevan a que, aunque nunca deje de comprarle, me pase grandes periodos de tiempo sin leerle, como demuestra el hecho de que no me haya leído esta antología hasta hoy, y probablemente hubiera seguido retrasando el momento de hacerlo si no hubiera buscado un libro de relatos con el que entretenerme en los tiempos muertos de mis vacaciones, cuando adquirí mi volumen en cuanto salió, allá por el 2010, o sea, hace seis años.

Por cierto que su búsqueda me descubrió la excelente librería Miraguano, pero esa es otra historia.

El caso es que nuestros diferentes puntos de vista hacen que demasiados de los relatos incluidos en esta antología me hayan resultado tan difíciles de leer como poco atractivos, por lo que tal vez no sea la persona mas adecuada para enjuiciarlo.

La excusa argumental para unirlos consiste en las vivencias de Krim la única persona despierta en una inmensa nave generacional cargada con una cantidad inmensa de futuros colonos hibernados. Cada relato viene introducido por un micro relato sobre dichas vivencias y se supone que los relatos principales son los sueños de los durmientes, que Krim escruta para obedecer la directriz de vigilancia onírica impuesta por el Ekukmenen. Algunos de los que he dado en llamar “micro relatos” no son mas que reflexiones de Krim, o tal vez del autor, camufladas como reflexiones del personaje, otras me han parecido pequeñas obras maestras de concisión e ironía, como las que encabezan “Continente lluvioso” y “Empalme en la cinta de Moebius” y el conjunto me ha parecido una vuelta de tuerca interesante al clásico tema de la nave espacial con un único, y solitario, tripulante. Nada que objetar por ahí.

Desde el comienzo, Krim tiene dudas sobre la realidad de los recuerdos o sueños que escruta, evidente manera de soslayar la imposibilidad de muchos, o la incompatibilidad de los universos en que transcurren.


La mujer encrucijada


Especie de steam punk, creo. En este relato y el siguiente, me ha irritado enormemente el uso de palabrería científica a la que no he visto el menor sentido. Entusiasta de la ciencia ficción hard como soy, cuando no entiendo de que me hablan considero que, o bien el autor es un incompetente que no sabe explicarse, o bien me está haciendo perder el tiempo con tonterías sin sentido como las que sueltan en los episodios de Star Trek. Ambos casos me cabrean.

Me disculpo por mi exabrupto, totalmente inmerecido para este pequeño relato, pero que llevaba clavado muy dentro de mi.

Volvamos al relato, que es lo que importa y no mis gilipolleces. Los personajes son arquetipos muy poco interesantes y muy poco trabajados, incluso para las limitaciones esperables en un relato. Esta será una constante en el resto del libro que explicito aquí para no tener que repetirla mas tarde. El argumento no parece ir a ninguna parte hasta el final, pero éste es tan impactante que lo redime, además, atesora sense of wonder y sentido del humor y me ganó para su causa desde las palabras: “monos que giraban manivelas de organillos, mientras sus amos danzaban mostrando sus sombreros

Tigre
 
Hay a quien le recuerda a “El crimen y la gloria del comandante Suzdal”. A mí me ha recordado mas al infausto remake de “El planeta de los simios” que perpetró Tim Burton. Al menos es entretenido. Me remito a “La mujer encrucijada” para mi opinión sobre la palabrería científica.
 
El águila tatuada

Un relato correcto, mas que una sincronía, que hubiera sucedido si… , es del tipo ojalá hubiera sucedido que… , una opinión muy poco favorable del general Custer y del trato recibido por los nativos americanos. Nada que objetar.

Bienvenida al club, señorita Ken

Apoteosis de humor negro sobre los foros y grupos de Internet, en este caso de postulantes al suicidio. Muy divertido.


Continente lluvioso

El continente por encima del contenido. Un día cualquiera en la vida de una mujer contemporánea, en el que no ocurre nada en espacial. Admirable la sinceridad del autor, que lo advierte desde el tercer párrafo: en este relato no va a pasar nada. No utiliza esas palabras, sino otras mas complejas, como hará en el resto del cuento. Esa es su supuesta gracia, el lenguaje barroco, las oraciones complejas, formadas por múltiples subordinadas y plagadas de metáforas y símiles. La propia narradora lo explica en su momento:

“A mí siempre me han puesto las palabras esos vapores modulados que nos salen de los pulmones manchados de cultura. Me gustan los exabruptos y las fricativas, sobre todo si su significado es tan breve como su duración.”
Pues eso. Esas palabras definen lo que cabe esperar de este ejercicio de estilo. Reconozco que a ratos me ha resultado fascinante, pero en general lo he encontrado tedioso.
Empalme en la cinta de Moebius

Historia de viajes en el tiempo bastante original a costa de un peculiar método de aplicar la pena capital. Además, sale Ada Lovelace, a la que rindo culto como todo buen informático. Interesante y entretenida, no estoy seguro de haber entendido bien el final. ¿Porqué me resulta tan fácil enrollarme cuando un relato no me gusta y me cuesta tanto con los que sí?


La última tentación

La teología y la metafísica me aburren, así que no puedo encontrar menos interesante la incompatibilidad entre la omnisciencia y la omnipotencia de Dios, aunque si que me ha gustado el modo en que humaniza a Jesús y sus discípulos.


Ysobelt y los visionautas

Que difícil me resulta hablar sobre este relato. Por un lado, la imaginación que despliega es portentosa, está lleno de imágenes, conceptos e ideas fabulosas, e incluso tiene un tonillo poético y metafórico muy interesante. Todos estos puntos fuertes, sin embargo, en vez de sumarse se anulan entre sí. Me da la impresión de que Víctor Conde está tan empeñado en asombrar al lector sacándose un nuevo conejo de la chistera cada pocas páginas que se olvida de lo fundamental, la historia que debería estar contando, así que el argumento naufraga por los cuatro costados hasta parecer la traslación literaria de una experiencia con el LSD.
 
Tiene una referencia a “La mujer encrucijada” que me pillo por sorpresa, a pesar de lo evidente.

Eso sí, las emisiones radiofónicas que jalonan la trama son muy divertidas.


Afilada hoja de madera

Después de la anterior, resulta agradable una historia que se entiende, aunque le sobre un poco de palabrería en las escenas bélicas. Triste, dramática y aterradora, su única pega son un par de escenas narradas de un modo excesivamente efectista y que no es demasiado original. A mi, sin ir mas lejos, me ha recordado una escena de la novela de Frederick Pohl “Homo Plus” y a un capítulo de “Mas allá del límite”.


Quince horas de cielo sobre Damasco

Entretenida historia de mundos virtuales, donde Víctor Conde vuelve a desplegar su imaginación (ah, esas mansiones piratas lanzándose cañonazos unas a otras) El final no es gran cosa, pero es coherente y efectivo.


Cartas a V2

Me rindo. Soy incapaz de entender este cuento, no sé qué es lo que he leído, cual era la intención del autor al escribirlo ni si la logró o no, y lo que es peor, no me importa. Minutos malgastados de mi vida.


Llegados a la hora de hacer balance tengo que remitirme al tema de las diferencia irreconciliables. Es indudable que Víctor Conde debe haber dedicado una cantidad considerable de esfuerzo a escribir “Continente lluvioso”, “Ysobelt y los visionautas” y “Cartas a v cuadrado” y supongo que estará orgulloso de su trabajo pues supongo que lo escrito es lo que esperaba conseguir, pero lo logrado no podría interesarme menos y mi criterio es mas estético que racional. No soporto la sintaxis retorcida, el abuso de neologismos o la ausencia de una lógica argumental que no sea onírica. Todos estos puntos normalmente los señalaría como defectos imperdonables y desde mi punto de vista lo son, pero son defectos buscados intencionadamente, integrados en la personalidad estilística de su autor y presentes en numerosas otras obras.

Algunos relatos me han gustado, algunos incluso mucho, otros me han parecido auténticas tomaduras de pelo. Aprecio la tremenda imaginación y el sentido de maravilla de Víctor Conde y en ocasiones, su narrativa, y pienso seguir comprándole, aunque no le lea, pero demasiado a menudo me hace bostezar con textos a los que no encuentro el menor sentido. Sospecho que el problema no está en el fabricante ni en el producto, sino en que el producto no es adecuado para mí.