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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

lunes, 2 de diciembre de 2019

“La investigación” de Stanislaw Lem



Mi interés por la obra de Lem quedó en barbecho después del supremo aburrimiento que me supuso la lectura de “La voz del amo”. Aburrimiento y sensación de pérdida de tiempo. Sin embargo, el tiempo paso, los fuegos del odio se apagan y, en virtud del disfrute que me supusieron otras obras suyas, he decidido darle una oportunidad a “La investigación”, una obra en principio muy atípica en la obra de Lem, puesto que se trata de una novela policíaca. Mas o menos.

“La investigación” narra las pesquisas de Gregory, un joven e inexperto oficial de Scotland Yard de un fenómeno extrañísimo: los muertos parecen estar levantándose de sus tumbas, durante breves periodos de tiempo. Suceso tan desconcertante que la policía se ve obligada a considerarlo una superchería y se empecina en la búsqueda de un responsable, a pesar de que un colaborador matemático no tarda en encontrar un patrón estadístico en el que encajan todos los sucesos, tan complicado de desentrañar, que forzosamente tiene que responder a un fenómeno natural.

Como en toda obra de arte, en “La investigación” hay cosas que funcionan y cosas que no. Entre las cosas que no funcionan las hay literarias y las hay científicas. Empecemos por estas últimas:

Me disculpo por adelantado si el mal que los años están haciendo a mi capacidad de atención hizo que no entendiera bien algo del primer capítulo. Este narra una reunión en la que se presentan los detalles del caso y se resumen someramente los movimientos de cadáveres o las desapariciones de cuerpos ocurridos hasta entonces.

Pues bien, se mencionan, como mucho, cuatro o cinco casos. Mis conocimientos de estadística son muy básicos, pero me bastan para saber que con una muestra tan reducida es imposible hacer un análisis estadístico en condiciones, o, al menos uno que tenga un fiabilidad aceptable. Por otro lado, las supuestas correlaciones que el el matemático establece entre los sucesos y otros factores como el clima son absurdas, proviniendo de un matemático, que sabrá perfectamente que la correlación entre dos variables no implica, por si misma, ninguna relación de causalidad.

No soy ningún experto en el tema, simplemente es que he leído esto y esto:
Esas suposiciones serían perdonables en el ingenuo protagonista, pero no en una supuesta eminencia como el que las plantea. Son dos errores más gordos de lo que parece, porque dinamitan la propia tesis que plantea la obra. A lo largo de ella, desesperado, Gregory acabará soltando máximas como “Nuestros destinos son moldeados por la estadística”, “¡Sólo existe la estadística!”. No puede hacerse una novela sobre la estadística, dándole la espalda a la estadística. Lo peor de todo es que estos errores podrían haberse subsanado, documentándose un poquito y trabajándose más el argumento. No habría sido necesario más que multiplicar en varios órdenes de magnitud los casos ocurridos, aunque eso complicara otros aspectos de la novela.
En lo literario, Lem también exige demasiado de mi credulidad, cuando narra el día a día del protagonista, que consiste en gandulear hasta que se produzca un nuevo suceso. De verdad que me resulta muy difícil de creer que un oficial de policía no tenga ninguna otra cosa que hacer, mientras espera que se produzcan novedades.

Cuando estas se producen, la minuciosidad con la que se describe y analiza el lugar de una aparente resurrección, llega a hacerse tediosa. A pesar del aburrimiento, debo corregirme, porque esto no lo considero un error, era necesario dar tantos detalles y ser tan endemoniadamente preciso, para transmitir con eficacia el sinsentido de la aplicación de los métodos policiales tradicionales y, por extensión, el método científico, cuando se enfrentan a lo insólito o lo inexplicable. Por más que los agentes de policía sigan huellas, hagan mediciones, examinen cadáveres y hablen con testigos, la única conclusión a la que pueden llegar es aquella que no están dispuestos a aceptar.

“La investigación” se adentra pues en las obsesiones habituales de Stanislaw Lem, la incapacidad de la ciencia de llegar a desentrañar los entresijos del universo y las reacciones de las personas cuando se enfrentan a problemas sin solución.

El protagonista es demasiado pardillo, aunque joven, ya ostenta un cierto cargo en la policía y debería suponérsele algo de experiencia. En cambio, su comportamiento linda con lo infantil y su bisoñez no cuadra con lo elevado del lenguaje con el que expresa su negativa a aceptar la realidad de las resurrecciones. Problema éste que se extiende al resto de los personaje. Cuando se trata de expresar sus pareceres sobre cuestiones filosóficas o trascendentales, todos sufren ataques de elocuencia, que transforman los diálogos en monólogos, que siempre parecen declamados por la misma voz, hable el personaje que hable.

Eso si que me parece un error, y bastante frecuente en la obra de Lem, pero, siendo justos, hay que reconocerle que son unos pedazo de monólogos, impactantes y muy bien escritos, aunque algunos de ellos sobren, por no estar relacionados con la trama (me estoy refiriendo a las divagaciones de Sciss sobre los ordenadores durante la guerra fría)

Por lo demás, el resto de los personajes están muy bien caracterizados, más por sus palabra y sus actos que por lo que se dice de ellos, especialmente el matemático, Sciss, Sheppard, el superior de Gregory y sus pintorescos caseros, que dan lugar a un par de momentos tronchantes, a pesar de su amargo desenlace.

Al contrario que en alguna crítica que he leído, el final del libro me ha parecido muy bueno. Sinceramente, no creo que en la vida real la policía hubiera reaccionado de otro modo. También me ha parecido genial la ambientación. El escenario de “La investigación” es fundamentalmente Londres, pero, más que en la Inglaterra real, la novela transcurre en esa Inglaterra imaginaria de las novelas policíacas, perpetuamente cubierta por un manto de niebla, en la que las horas de oscuridad son mayores que las de luz. La pensión en la que reside Gregory, parece un palacio surgido de una novela gótica, los callejones están iluminados por lámparas de gas y aparentan esconder mil secretos. Es un gran escenario, brillantemente descrito, aunque Lem dedique demasiado tiempo a dar cuenta de él.

Creo que esa sería la mayor pega de la obra. Siendo una novela corta, le sobran muchas páginas. Lem se detiene a relatarnos muchos detalles irrelevantes, muchos deambular que no conducen a ningún sitio, muchos puntos de vista sobre asuntos que no tienen que ver con la trama. Es otro problema bastante común en su obra.

A pesar de ello, la novela funciona muy bien, consigue transmitir la impotencia y desesperación que pretende transmitir y ha logrado reavivar mi interés por la literatura de Stanislaw Lem.

domingo, 24 de noviembre de 2019

“Camino desolación” de Ian McDonald



Después de completar la lectura de la trilogía lunática de Ian McDonald, supe que no volvería a leer novela suya en mi idioma, a menos que transcurriese en el mismo universo, lo que sospecho que ocurrirá dentro de poco, con la publicación de una novelette a doble espacio, con una letra inmensa. Pero Ian McDonald llevaba años escribiendo, antes de dedicarse a organizar culebrones en nuestro satélite y tiene tres novelas publicadas en nuestro idioma. Sus novelas sobre la India y Brasil no acaban de llamarme la atención, pero la obra que nos ocupa era harina de otro costal.

“Camino desolación” en una novela peculiar. Novela de novelas, historias dentro de historias, historias que se entrecruzan y contienen a otras historias, pero que acaban confluyendo, como ríos en el mar, una especie de “Mil y una noches” marciana, aunque la obra con la que más se la compara es con “Cien años de Soledad” de Gabriel García Márquez. 

Han pasado muchos años desde que leí la magna obra del nobel colombiano. Me gustó tanto y es una obra tan distinta a las lecturas que suelen gustarme, que siempre me ha dado miedo volver a leerla. Por lo que recuerdo de ella, existen numerosos paralelismos con “Camino desolación”, en el argumento y el contenido.

“Camino desolación” cuenta la historia de un pueblo del desierto de un Marte terraformado. Nacimiento, crecimiento, auge, declive y destrucción. Empieza cuando un viajero, obsesionado con los viajes en el tiempo, al estropearse su vehículo, se ve obligado a asentarse en un pequeño vergel construido por una máquina terraformadora moribunda, junto a una vía de tren. El azar irá trayendo a otros colonos a este pueblecito insignificante, cada cual con sus particularidades, sus pasados y, con el tiempo, sus rivalidades. Los primeros capítulos glosan la historia de cada uno de estos peculiares personajes. El tono en el que están escritos es particular, como si fueran leyendas o cuentos de hadas. Es el futuro lejano, contado como si fuera un pasado legendario, desde un futuro todavía más lejano.

Los personajes adoran a santas que parecen inteligencias artificiales y a ángeles que parecen robots, o, al menos, humanos sintéticos. Saben, o intuyen, que hay explicaciones tecnológicas para los prodigios que encuentran en su vida cotidiana, pero también que son incapaces de entenderlas y las toman como milagros cotidianos. Lo mismo debe hacer el lector, aunque haya momentos que desafíen su “suspensión de incredulidad”, como ese fantasma que es llamado como testigo en el juicio de su asesinato, o el hombre que es capaz de herir y matar con su sarcasmo.

El hilo de la narración se enreda y desenreda. Prácticamente todo lo que puede ocurrir en una novela, ocurre en “Camino desolación”. Hay muchos personajes y muchas veces no parece que interaccionen entre ellos, o las peripecias de alguno resultan particularmente delirantes, asemejándose a tomaduras de pelo. Durante buena parte de la obra, parece que no haya ningún objetivo, o que la trama no vaya a ningún lado, sin embargo acaba haciéndolo y sus innumerables personajes acaban enfrentando todos un destino singular, no justo, pero si apropiado. La prosa de Ian McDonald se las arregla para mantener el interés durante los momentos más flojos de la obra, siendo a veces intimista, otras poética, irónica en ocasiones y otras más bien chapucera. Siendo el aspecto más atractivo de la novela, puede llegar a ser su peor enemigo, por lo caótica que resulta. La mayor parte del tiempo, escribe al estilo de los cuentos de hadas, pero luego se detiene a contarnos una huelga y sus consecuencias, de un modo que parece una novela histórica situada a comienzos del siglo XX. Curiosamente, el único momento en que llegó a fatigarme fue la transcripción de una épica batalla, con abundante utilización de gadgets tecnológicos y maquinaria militar. Estoy seguro de que hay lectores que buscan precisamente esos momentos en sus lecturas y que fueron los que los aficionaron a la ciencia ficción, pero, en mi caso, empiezan a resultarme pesados.

Ian McDonald escribe a su aire, sin preocuparse por los convencionalismos. O inventándoselo todo sobre la marcha, que quizá sea decir lo mismo. Transcribiendo al papel lo primero que pasa por su cabeza. A veces se detienen en detalles aparentemente insignificantes, pormenorizadas descripciones de lugares que nunca se visitan y hay muchas enumeraciones. La enumeración es un recurso estilístico que hay que manejar con mucho cuidado. Requiere inventiva y un amplio vocabulario y no hay que repetirlo demasiado, pues pierde el efecto sorpresa y se hace pesado. Yo incluso recomendaría utilizarlo una sola vez por novela. A Ian McDonald le sobran inventiva y vocabulario, pero hay demasiadas enumeraciones en este libro.

La lectura de “Camino desolación” es una experiencia desconcertante, no apta para todos los paladares, a pesar de su desbordante imaginación y su innegable calidad literaria. Un castillo de naipes, que a pesar de todo, se sostiene en pie. Una novela extremadamente irregular, pero tan personal e irrepetible que parece increíble que no haya generado su propio culto dentro del famdom, que se pase las horas muertas discutiendo por Internet los detalles más triviales de la trama y añorando una adaptación televisiva que los defraude.

sábado, 16 de noviembre de 2019

“La otra sombra de la Tierra” de Robert Silverberg


Enigmático título e impactante portada, que poco tienen que ver con el contenido de esta antología de relatos.

Se ha dicho que las antologías son, forzosamente, irregulares. Siempre unos cuentos van a ser mejor que otros. Si su valor se mediera por el mejor de sus cuentos, diría que “La otra sombra de la Tierra” es una antología excelente. Con todo, es bastante recomendable, porque el contenido de sus relatos se mueve entre lo meramente entretenido y lo excelente. Y ser entretenido no es poco.

Los que considero excelentes son:

“Ver al hombre invisible”

Cuenta la historia de un hombre que es condenado por un delito muy poco definido, algo así como no ser lo bastante empático. Su pena consiste en llevar una marca en la frente que obliga a todas las demás personas a fingir que no existe. Escalofriante imaginar el tipo de sociedad que mantiene a la población tan aterrorizada como para participar de este castigo colectivo y en lo desmedido del castigo para una falta tan inocua, puesto que una apendicitis lo convierte en una sentencia de muerte. La soledad y el aislamiento son temas recurrentes a lo largo del volumen. Es un relato conmovedor, pero no puedo evitar quejarme de la falta de detalles en la evolución psicológica del protagonista. Pienso que hubiera sido más eficaz si Silverberg hubiera ido describiendo cuales son exactamente las pequeñas cosas nacidas de la convivencia, cuya ausencia acaba provocando el desplome del protagonista.

“El día en que desapareció el pasado”

Un terrorista vierten en el servicio de agua corriente de Nueva York un cóctel de drogas que provoca daños aleatorios en la memoria. Idea terriblemente impactante. La única pega al relato, es que es demasiado breve. Esta idea pedía una novela.

“La canción que cantó el zombie”

Interpretes de música fallecidos son reanimados para actuar en conciertos, en actuaciones técnicamente intachables, pero carentes de alma. Es una colaboración con Harlan Ellison. Si la cuento como suya, con esta historia he leído 5 de ese autor y en 3 de ellas se trata el tema de la eutanasia. Eso no quita que sea buena.

Un punto por debajo de la excelencia, se encuentra “Los colmillos de los árboles”, sobre un granjero que se ve en la necesidad de sacrificar a los animales que cría, a pesar de ser consciente de que tienen personalidades. Sumamente inquietante, aunque, para un lector moderno, lo más inquietante sea la fijación sexual del protagonista con su sobrina de quince años.

De entre los demás

“Moscas” cuenta la historia de un astronauta reconstruido por alienígenas que regresa a la Tierra, tema que Silverberg trató, de forma ligeramente más positiva en su novela “Espinas”. Casi es un relato de terror, pero me ha parecido más forzado.

“Hacia la estrella oscura” sorprendentemente irónico y con una carga de profunda mala leche, que, a pesar de todo, me parece que dice algo muy humano y poco agradable.

“El poder oculto” es otra reflexión sobre el aislamiento. Un hombre con poderes psíquicos tiene que vivir durante cinco años en un planeta en el que los psíquicos son condenados a la hoguera. Funciona bastante bien pero la conclusión y la justificación de la historia no acaban de convencerme.

“Ismael enamorado” un delfín enamorado de una humana. Creo que podría haber sido mucho mejor si el autor se lo hubiera tomado más en serio. Creo que Silverberg pretendía ser divertido y no le salió bien.

“Algo salvaje anda suelto”. Menciono en último lugar el primero de los relatos. Parece casi una historia de terror de los años cincuenta, con un monstruo extraterrestre suelto por la Tierra. Lo original es que el monstruo es un ser benevolente, llegado accidentalmente a nuestro planeta y todas las muertes que causa las provoca involuntariamente, al tratar de encontrar ayuda para volver a casa. Otra vez el tema del aislamiento y la soledad. Puro entretenimiento. Me gusta mucho la filosofía del cuento, pero siempre sospecharé que, a pesar del benevolente final, después de que el telón del relato cayera, el alienígena acabó en una mesa de vivisecciones.

El conjunto es bastante atractivo. No es la mejor antología del mundo, ni la mejor que haya leído. Ni siquiera es la mejor que he leído en, pongamos, los últimos diez años. Pero es una buena antología y un buen libro. 

viernes, 8 de noviembre de 2019

“Guerreros de la tormenta” de Bernard Cornwell



Después de un largo parón, he decidido reanudar la lectura de las andanzas de Uthred de Bebbanburg. Reconozco que mi interés se ha visto reavivado en parte por la adaptación televisiva, que, aunque no excepcional, es una serie bastante buena, a pesar de lo blandito y guaperas que me resulta Alexander Dreymon.
El descanso le ha sentado bien a la lectura. Todas las virtudes de la saga siguen estando aquí. Estilo sencillo y eficaz, personajes carismáticos, gran sentido del ritmo y la narración, batallas magistralmente contadas y algún que otro momento de humor descacharrante.

En esta ocasión, Uthred se enfrenta a un nuevo caudillo norteño, llegado desde Irlanda y además, hermano de su yerno. En este enfrentamiento, la habilidad estratégica y la capacidad de predecir los movimientos del enemigo serán tan vitales como los muros de escudos y el dominio de la espada.

Es una lectura amena y emocionante, que más que leer se devora. Su único problema, del que estos años de descanso me han librado, es que es una obra muy similar a todas las anteriores entregas de la saga del sajón, aunque eso sí, un par de personajes que circulan por ella desde sus comienzos encuentran su final y el desenlace parece preparar el escenario para un acontecimiento vital, que los seguidores de la saga llevamos esperando desde su comienzo.

sábado, 2 de noviembre de 2019

“Rumbo a Bizancio” de Robert Silverberg




Nueva novela corta de Robert Silverberg. En España fue publicada dentro de la breve colección “El doble de ciencia ficción”, junto con “Bailando en el aire” de Nancy Kress, autora a la que la lectura de “Una luz extraña” parece haber apagado mis ganas de conocer más a fondo.

“Rumbo a Bizancio” propone un extraño escenario: un lejano futuro en el que la humanidad, ya inmortal vive una ociosa vida de turista en vacaciones perpetuas, visitando las reconstrucciones de ciudades de la antigüedad que construyen para ella sus máquinas todopoderosas. En las reconstrucciones de estas ciudades se mezcla el mito y la realidad, pudiendo encontrarse quimeras o esfinges por las calles de Alejandría. Siempre hay cinco ciudades, ni más de menos. y cada vez que se construye una nueva, otra es demolida. En este escenario se encuentra un hombre del siglo XX, sin saber como ha llegado allí. La novela consiste en sus vagabundeos y su historia de amor con una de nuestros descendientes.

Silverberg vertebra un mundo imaginaria en torno a la excursiones organizadas. El tipo de cosas por las que trabajamos todo el año para disfrutar/sufrir durante unas pocas semanas. No se si considerar este futuro una utopía o una distopía. Parece un lugar agradable, y no estaría mal pasar en él una larga temporada, pero creo que me volvería loco si estuviera condenado a hacer turismo y nada más por toda la eternidad, por muy hermosos o fascinantes que fueran los lugares que visitara. En cualquier caso, las ciudades y monumentos que Silverberg describe en esta breve obra si que lo son. Las revelaciones sobre la naturaleza del protagonista y de su amada, sin ser excesivamente novedosas, son interesantes y coherentes con el resto del relato, que avanza suave y sutilmente, sin que el lector apenas se dé cuenta, hasta una conclusión lógica e inevitable.

Sabe a poco, es verdad, aunque siempre es mejor quedarse con ganas de más que quedar aburrido. Tal vez algunas descripciones sean demasiado prolíficas y tal vez se podría haber intentado dotar a los personajes de más trasfondo, pero, esto último, eso habría sido a costa de sacrificar su legibilidad.

Así se hace, señor Silverberg.

viernes, 25 de octubre de 2019

“Luna roja” de Kim Stanley Robinson


Si esta novela hubiese sido escrita por un autor español, habría pensado que era una obvia maniobra comercial. En los últimos tiempos, dos de los grandes éxitos en el mercado de ciencia ficción nacional han sido las novelas chinas y la saga lunar de Ian McDonald. Pues hagamos una novela de chinos en la Luna y lo petamos. Empero, viniendo del otro lado del charco y, con lo que le cuesta documentarse al autor, no creo que ese sea el caso.

Antes de empezar a hablar de la novela en cuestión, dejemos clara una cosa: “Luna roja” es una novela aburrida. Nadie debería sorprenderse, es una novela de Kim Stanley Robinson y eso es sinónimo de aburrimiento. A Kim Stanely Robinson le leo si encuentro interesantes los temas que trata en sus novelas, pero sé en lo que me estoy metiendo cuando abro un libro suyo y no tendría sentido quejarse, aunque me temo que lo voy a hacer.

Los aspectos que intento valorar habitualmente, que si el estilo, que si los personajes, el ritmo,… no tienen sentido en esta reseña. No leo a Kim Stanley Robinson por eso, sino para leer descripciones de los paisajes del sistema solar, habitáculos espaciales y reflexiones político ecológicas.

En ese sentido, “Luna roja” ha supuesto una pequeña decepción.

La novela empieza bien, para ser de quien es. Se nos cuenta un alunizaje bastante novedoso y hay unas buenas descripciones de como sería la experiencia de moverse por primera vez en la baja gravedad de la Luna. Tiene lugar un asesinato y uno de los protagonistas es inculpado. La cosa pinta amena. ¿Conseguirá Kim Stanely Robinson contar una historia entretenida por una vez en la vida? ¿Nos espera una versión de “El fugitivo” en la Luna? ¿Aplicará el esquema del falso culpable de Hitchcock a la trama? Vanas esperanzas.

A la hora de la verdad, “Luna Roja” se compone de tres tramas paralelas:

Las conversaciones entre una analista de inteligencia y una IA. Sirven para separar los otros capítulos y para hacer que la IA haga de Deux ex machine, al final.

Los vagabundeos de los dos fugitivos protagonistas. La mayor parte del tiempo se limitan a ser empaquetados de un lugar a otro, sin que quede muy claro porque y sin que puedan tomar decisiones sobre su destino.

Los paseos de un experto en Feng Shui. Tiene pinta de ser un personaje de la novela “Antártida” que no he leído, porque repite varias veces que viajó a dicho continente. También tiene su importancia al final, pero sus capítulos son gloriosamente irrelevantes. Proporcionan alguna información sobre la situación global, pero el 90% de su contenido es paja, morralla, relleno… Úsese el sinónimo que se prefiera.

O sea, que “Luna roja” consiste, fundamentalmente, en un autista y una mujer insoportable, made in Robinson, moviéndose por distintas localizaciones, sin tener claro el porqué ni un objetivo muy definido, y encima, estos vagabundeos no para de ser interrumpidos por capítulos en los que no ocurre nada.

Y dije que no me iba a quejar.

Lo peor es que, bastante pronto, la acción se traslada a la Tierra.

¡ME HAN ENGAÑADO! Yo quería una ambientación lunar asfixiantemente detallada, sólo por eso lo estoy soportando.

Afortunadamente los protagonistas acaban volviendo a la Luna, pero después de más páginas de las que me hubiera gustado. Por cierto, la chica de la historia está embarazada, a punto de salir de cuentas y todas esas aceleraciones brutales y cambios de gravedad no parecen afectar a su bebé.

Llegado este punto, uno ha comprendido que este libro, más que sobre la Luna, va sobre la China. Robinson se centra en intentar diseccionar la idiosincrasia del pueblo chino y a citar a Mao, en vez de describir colonias en otros planetas, que es lo que se le da bien. Supongo que también hay gente que lo encontrará interesante. Personalmente, siempre he encontrado esos análisis ingenuos y redduccionistas, como un turista que después de una semana en Irlanda alardea del modo en que ha calado a los irlandeses. O a los ciudadanos de cualquier otro país. No tengo claro que los países tengan personalidad propia, pero si tengo claro que, de ser así, no puedes llegar a entenderla más que viviendo veinte años en ellos y moviéndote mucho por su geografía.

Resumiendo, la carga especulativa, que es lo que las hace soportables, es mucho menor de lo que suele ser habitual en las novelas de Kim Stanley Robinson, que esta vez se ha centrado más en la política que en lo científico y tecnológico. La historia, por supuesto, carece de interés y además se termina de un modo tan abrupto que uno no puede evitar preguntarse si habrá una segunda parte.

Lo mejor: la descripción del cráter libre y alguna cosa curiosa sobre las monedas electrónicas. También hay reflexiones interesantes sobre la crisis de representatividad que parece estar afectando al mundo hoy, no dentro de cuarenta años. Lo peor: todo lo demás.

Si a Kim Stanely Robinson le da por continuar “Luna Roja”, se de uno que no se va a leer la secuela.

sábado, 19 de octubre de 2019

“Cartas de la Atlantida” de Robert Silverberg



En esta novela los historiadores y arqueólogos son capaces de trasladar sus mentes a las de habitantes del pasado. La novela está formada por las cartas que uno de estos investigadores escribe a su pareja, también viajera del tiempo, cuando toma el control del cuerpo de su huésped mientras duerme.

Dicho huésped es el príncipe heredero de la Atlántida.

Tachán. Otra vez con la Atlántida. Que harto que estoy de la Atlántida. Podría rellenar post y posts hablando de lo mucho que detesto las teorías sobre la Atlántida y los dioses estelares que crearon a la especie humana y construyeron las pirámides. Supongo que se debe a que los amigos con los que me emborracho están convencidos de su autenticidad. En fin, me disculpo por contarles mi vida.

A lo que íbamos, en plena era glacial, existe una civilización que conoce la electricidad y la máquina de vapor. Al que haya leído mis críticas sobre otras novelas de Silverberg no le sorprenderá lo más mínimo descubrir que los atlantes son extraterrestres que provienen de un lugar llamado… ¡La estrella del gitano!

Si señores Silverberg sigue en sus trece y repite muchas de las chaladuras de “La estrella del gitano”. Hay que agradecer que “Cartas de la Atlántida” es mucho más breve. Sumamente breve. Si me paso de elocuente, mi reseña será más larga. Es evidente que es otra novelette o novella de Silverberg que fue publicada en España en forma de libro.

Su brevedad es uno de sus puntos fuertes. Termina antes de aburrir y de volverse monótona. Aún así, le sobran páginas, parece un relato alargado. Otros puntos a su favor son que parte de una idea interesante y que recrea una cultura exótica y atractiva, aunque muy poco creíble, históricamente hablando. Su naturaleza epistolar y el complicado medio de enviar y recibir las cartas la vuelve muy artificiosa, como no pocas obras de Silverberg, en las que parece más interesado en la forma de contar la historia que en la propia historia. Sin ser tampoco excesivamente original, dicha forma es correcta. Es una lectura agradable, pero que no deja poso en el lector, por culpa de lo poco que se narra en ella. El argumento es casi inexistente y termina cuando parece estar empezando. Tampoco tiene demasiado mensaje, fuera de una ligera reflexión sobre la necesidad de afrontar la muerte y la inevitable extinción, que Silverberg tampoco desarrollada demasiado.

El conjunto es una lectura irrelevante, que ni aburre ni apasiona, en la que el continente es más atractivo que el contenido.