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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

sábado, 14 de abril de 2018

“Space brothers” de Chuya Koyama





Vamos a hablar de cómics, más específicamente de manga. Durante los últimos dos años he andado leyendo esta obra (en inglés por supuesto, ya que no se ha publicado en España) El nombre del autor está mal escrito, pero soy incapaz de encontrar el carácter de la u con esa especie de barra encima que debe llevar.

No sé si calificar este manga como de “ciencia ficción”. Transcurre en un futuro tan cercano que ya está sólo a siete años. La tecnología y la ambientación de la serie son indistinguibles de la del mundo actual. Quizá lo único que diferencia el mundo de “Space brothers” del nuestro, es que, en el manga, la humanidad no ha perdido la pasión por la exploración espacial. Los despliegues de los medios de comunicación alrededor de los lanzamientos y de los propios astronautas parecen más dignos de la época del programa Apolo que de la actual y, en determinado momento un personaje dice algo así: “En el mundo actual, ya sólo quedan dos clases de héroes, los futbolistas y los astronautas”.

El 9 de Julio del 2006, el mismo día que Zidane propinó un cabezazo al italiano Materazzi, el niño Namba Mutta y su hermano pequeño Hibito, creen ver un OVNI volando hacia la luna. Los dos hechos tendrán una gran importancia en la vida de Mutta. El avistamiento del OVNI insuflará a la pareja la pasión por el espacio y la astronáutica. Diecinueve años después, en el 2025, Hibito está a punto de convertirse en el primer japonés en pisar la luna, mientras que Mutta es un ingeniero automovilístico que parece haber renunciado a sus sueños infantiles de convertirse en astronauta. Sin embargo, cuando es despedido de su trabajo, después de propinar un cabezazo a su jefe porque esté osó meterse con su hermano pequeño, decide inscribirse en el programa de entrenamiento de la JAXA.

¿Habéis visto alguna vez uno de esos animes deportivos o de artes marciales en los que el protagonista se pasa la vida entrenando y entrenando? Pues “Space brothers” es algo muy parecido, sólo que los protagonistas entrenan y entrenan, no para llegar a ser el hombre más fuerte del mundo, sino para convertirse en astronautas. Protagonistas, en plural, porque aunque Namba Mutta es el personaje que más capítulos protagoniza, el reparto se va extendiendo y abarca cada vez más y más personajes. Hibito (cuyo aspecto físico no deja de recordarme a Tintín),
 
 
 
sus compañeros de promoción, Kenji, padre de familia, que no tarda en convertirse en su mejor amigo, la guapa Serika, cuya ambición es trabajar en la obsoleta estación internacional y de la que Mutta está perdidamente enamorado, otros aspirantes a astronautas, astronautas veteranos, ingenieros, instructores, regentes de bares y cualquier pariente y amigo de los anteriores se van incorporando progresivamente.

No se puede decir que sea un manga trepidante (a Mutta le llevará bastante más de doscientos capítulos salir al espacio) Es conveniente leerse varios capítulos seguidos cada vez, porque en uno sólo no suele pasar mucho. Un montón de capítulos suelen consistir en el proceso que le lleva a un personaje tomar una decisión, ver las cosas desde un punto de vista diferente o tener algún tipo de revelación, eso sí, todo muy bien contado, aunque algunos mecanismos de guión terminan volviéndose repetitivos (flashback del pasado, generalmente la infancia, regresamos al presente en el que el personaje de turno se ve en una disyuntiva, nuevo flashback en el que se hace ya evidente el paralelismo entre la situación del pasado y la actual, regreso al presente, el protagonista toma la decisión contraria a la que se esperaba de él y lo justifica con alguna referencia a ese pasado, que sólo conoce el lector. Cuantas veces habré visto esto …)

También es atrozmente sentimental, es una serie basada más en los sentimientos que en la acción y algunos lectores pueden objetar que se esquiven demasiado los aspectos técnicos, mientras que las pruebas a las que se enfrentan Namba Mutta y sus compañeros se parecen más a yincanas para fomentar el trabajo en equipo que a la preparación de un astronauta. También podrían objetar que las reflexiones y revelaciones de los protagonistas, parecen sacadas de un manual de auto-ayuda o una galleta de la fortuna.

Estaba tan preocupado por acertar con la decisión que querían mis examinadores que las dudas me incapacitaban para actuar. Esto duró hasta que decidí concentrarme en extraer las mejor preparación posible de mi entrenamiento y despreocuparme de lo que opinaran mis profesores

Cosas así.

Por otro lado, los personajes son muy buenos, todos destilan humanidad, a veces exacerbada, empezando por el inolvidable Mutta, inseguro metepatas con corazón de oro y flor en el culo, al que es imposible no querer
 
y lo mismo ocurre con casi todos los demás. Locos soñadores, llenos de flaquezas, en pos de sus sueños imposibles.

Hay dos características que definen perfectamente a “Space brothers”. Una es el afán de superación personal. El manga es la crónica de la lucha diaria de los protagonistas por superar sus limitaciones y lograr sus sueños. Koyama parece decir que no hay sueño que no se pueda lograr, siempre que uno se esfuerce y trabaje como un descosido para lograrlo.

(Ya mencioné antes los libros de auto-ayuda)

La otra característica es la pasión por la astronáutica. Porque, en última instancia, eso es “Space brothers” una larga y apasionada oda de amor por la exploración espacial.
PD: Existe una serie de dibujos animados y una película de imagen real, del 2012. No he visto ninguna de las dos, pero sé que en la película hay un cameo de Buzz Aldrin, interpretándose a sí mismo. Para aquellos que quieran echarle un vistazo, dejo este enlace aquí
 

miércoles, 11 de abril de 2018

“El libro de los piratas” de Howard Pyle


Este agradable libro se compone de un ensayo en el que se cuenta a grandes rasgos la historia de la piratería, seguido de un conjunto de relatos sobre piratas. Piratas del Caribe, si.



Por lo que sé (me he visto tres o cuatro documentales) el ensayo es fundamentalmente correcto y muestra menos prejuicios de los que muestran los documentales. Los cuentos son un pequeño batiburrillo, unos son pequeñas novelas y otros son la crónica de algún lance naval, real o imaginario, aderezados con múltiples búsquedas de tesoros. En uno de ellos, por ejemplo, se narra una versión bastante descafeinada del enfrentamiento entre Barbanegra y Robert Maynard.

 Antes que éste, los únicos textos que conocía de Howard Pyle eran sus libros sobre Robin Hood y los caballeros del rey Arturo, publicados en la inolvidable colección “Tus libros”. Como escritor, Howard Pyle es mediocre, aunque su estilo arcaico no carece de encanto. ¿Cuántos años han pasado, querido lector, desde la última vez que leíste que el narrador se refiera al protagonista, repetidamente, como “nuestro héroe”? Pyle exhibe ese tipo de ticks que me retrotraen a mi infancia. Pertenece a una época en la que incluso los escritores más mediocres eran gente de gran cultura, que se habían criado leyendo los clásicos, no con películas y series de televisión, medio contra los que no tengo nada, vive Dios, pero esa educación les daba, al menos, un uso más que competente del lenguaje.




Además, aunque pequeño su talento existe. Hace un buen uso de imágenes que no por tópicas resultan menos efectivas, como el entierro de un tesoro en una noche de luna llena o el ataque que sufre un barco en una noche, por el contrario, oscura como boca de lobo, creando algún que otro pasaje memorable.



 

Pero no es por el dominio del verbo de Pyle por lo que “El libro de los piratas” resulta memorable. Pyle, además de escritor, era ilustrador y sus libros estaban profusamente ilustrados, constituyendo una amalgama de imagen y texto. Las entrañables ediciones de “Tus libros” hubieron de renunciar a la mayoría de las ilustraciones, pero Valdemar ha hecho un gran trabajo reuniéndolas e incluyéndolas. He oído decir que fue en realidad Howard Pyle quien creó el mito de Robin Hood tal como lo conocemos (mallas, carcaj de cazador, una pluma en el sombrero…) pero nadie discute que Howard Pyle fue quien creó el “uniforme” de los piratas, que fueron sus ilustraciones las que forjaron la imagen de los piratas que ha quedado grabada en la imaginación popular. Dichas ilustraciones son excelentes y son el mayor atractivo del libro. Suele decirse que una imagen vale más que mil palabras. Este libro es la demostración práctica.









sábado, 7 de abril de 2018

“La epopeya de los amantes” de Miguel Santander


Para epopeya la que he tenido que pasar yo para leer este libro. Obtuve mi ejemplar electrónica de la propia universidad politécnica de Cataluña. Como suelo hacer con mis adquisiciones electrónicas, lo pasé a mi ereader, comprobé que el fichero se abría correctamente (empezaba con un índice que hojee por encima).  Luego lo copie en disco duro externo y luego … me olvidé.

Cuando finalmente me puse a leerlo habían pasado años. Me encontré con que la portada y el índice se leían estupendamente, pero, ¡Oh maleficio cruel!, el libro parecía estar constituido únicamente del índice. Los apartados del índice estaban colocados en las páginas a las que apuntaban. Pasar una página del índice implicaba pasar veinte o treinta páginas del libro y cuando finalmente llegué al final de él, me encontraba con el final del libro.

Consulté la copia del disco duro externo y pasaba lo mismo. Tuve que aceptar el hecho de que mi copia de la historia de Miguel Santander era defectuosa. ¡Estas cosas no pasaban con las ediciones en papel! Supongo que podría quejarme a la UPC, pero no sabía a quien dirigir mis airados emails. Además, como ya dije, habían pasado años y tenía el palpito de que ya había terminado cualquier posible periodo de garantía.

Pasados los sudores fríos, las maldiciones y los puñetazos sobre la mesa y sobre mi muslo, que hay que ver lo que duelen, pasados, quizá varios días, tuve la brillante idea de utilizar el Calibre y convertir mi epub en un rtf, que es un formato menos moderno, pero que me gusta mas, por lo poco que ocupa y lo compatible que es con casi todo. ¡Bingo! En el fichero resultante si que se encontraba la historia que pretendía leer.

Alivio e inquietud. Al final, todo había acabado bien, pero había menoscabado mi fe en el formato electrónico. Soy un gran fan de él, si todo lo que he leído en formato electrónico lo tuviera en papel, para dejar espacio a los libros, ya habría tenido que salir de mi casa, en la que por cierto, las torres de libros amenazan con derrumbarse sobre mi cabeza y derrumbar el suelo sobre la de mi vecino de abajo, que es una loca airada que me cae bastante mal. El formato electrónico, sin embargo, te deja sujeto a estás malas pasadas. ¿Quién sabe en que estado se encuentran todas las novelas que duermen el sueño de los justos en mi reader, esperando la pulsación que las convoque? ¿Cuántos de los ejemplares que creo poseer serán en realidad otro puñado de ceros y unos enloquecidos? ¿A quién reclamar si la situación se repite?

Supongo que, en realidad, la situación es idéntica a aquella en la que se ve cualquiera que compre por correo, salvo que con un ejemplar físico es más fácil percatarte de su mal estado, aunque no te lo leas hasta años después. Y no es un pensamiento que me tranquilice mucho. Me acuerdo perfectamente de “Los ordenadores no discuten” de Gordon Dickson y no quiero acabar en el corredor de la muerte.

Después de esta ingrata experiencia, me encontraba terriblemente mal dispuesto hacia el libro y era difícil que me impresionase. No está mal, empieza con una supuesta leyenda sumeria, narrada de modo muy convincente, de la cual acabaremos conociendo el origen con detalle, según avanza la lectura. Dar muchos detalles es estropearla, sólo comentaré que el protagonista y narrador es Nikola Tesla y que es una historia de viajes en el tiempo. Está bastante bien, el modo en que Miguel Santander logra encajar su ficción sobre los hechos reales de la vida de Tesla es brillante y hace un uso muy ingenioso de las convenciones de las narraciones sobre viajes en el tiempo. Nada muy novedoso, pero bien realizado.

Por poner pegas, o quizás por el resquemor que me han dejado mis problemas, diría que encontré la historia algo falta de vidilla. La he disfrutado del modo en que dice el tópico que se admiran los mecanismos de relojerías. La exactitud y la precisión con la que encajan las piezas del mecanismo, produce un cierto deleite estético, pero no una conexión emocional. Miguel Santander no ha logrado provocarme empatía por las tribulaciones de su ficticio Tesla, ni conseguir que estas me emocionen ni me perturben, al menos, no tanto como lo ha hecho conseguir leerlas,

jueves, 5 de abril de 2018

“Artemisa” de Andy Weir


En su segunda novela, Andy Weir abandona parcialmente las historias de supervivencia en el espacio, para contar las peripecias de una joven contrabandista de una colonia lunar. A Jazz Bashara, le ofrecen un encargo, totalmente ilegal por supuesto, que se sale de su rutina habitual, pero tan bien pagado que no puede permitirse rechazarlo. No creo que a nadie le sorprenda demasiado que dicho trabajo se acabará torciendo, que las cosas irán terriblemente mal, habrá algún asesinato y Jazz se convertirá en el objetivo de mucha gente con mala leche.

O sea, una antología de los tópicos del hard boiled, pero EN LA LUNA.

“Artemisa” es una novela sin pretensiones, muy agradable de leer. A su favor juegan su sentido del humor, su corta extensión y un endiablado sentido del ritmo. Andy Weir contiene su pasión por los detalles y no aturde tanto al lector con las complejidades de los mecanismos de renovación de atmósfera y las estrategias para ahorrar batería, lo que puede que decepcione a algunos fans de “El marciano”. Aún así, quién preste atención aprenderá más de lo que desearía sobre la complejidades de soldar en el vacío y se encontrará una serie de rompecabezas interesantes.

No tengo nada en contra de los relatos-problema, ni siquiera de las novelas-problema, pero, aunque estas historias son las que han dado la fama a Andy Weir, creo que no termina de cogerle el puntillo a la técnica. Para que esto funcione hay que tomarse el tiempo necesario para presentar adecuadamente las piezas del rompecabezas al lector, de forma que este comprenda bien el problema y llegue a interesarse por la solución o incluso pensar una propia. Andy Weir sigue en cambio la política de que la cantidad prima sobre la calidad, pasa directamente del planteamiento a la solución, simplificando en demasía el primero y dando demasiados detalles de la segunda. Con todo, noto una cierta mejoría con respecto a “El marciano”. Incluso tiene el acierto de incluir una escena al principio, aparentemente sólo para ayudar a la ambientación, que prepara el camino para comprender la estrategia que Jazz seguirá, hacia el final.

La narración en primera persona impone que la protagonista esté presente en cada escena, a pesar de lo cual hay un nutrido reparto de secundarios. Son personajes tópicos, pero carismáticos, que logran hacerse simpáticos con facilidad, incluyendo a la marisabidilla protagonista. No parece que Andy Weir vaya a pasar a la historia por sus personajes, pero hace un trabajo decente y consigue un aprobado, eso si raspado, en la difícil tarea de sacar adelante un protagonista de sexo opuesto al suyo. Sin embargo, Jazz resulta demasiado analítica. Afronta cada situación como si fuera un acertijo a desentraña o un examen que aprobar. ¡Incluso una pelea a puño limpio! Y por supuesto, le da tiempo a analizar, pensar y actuar a mayor velocidad que un asesino profesional. También abusa de muletillas que pueden resultar cargantes. Cada dos por tres Jazz exclama ¡Eh! Y se justifica por una conducta que puede resultarle vergonzosa. ¡Eh, soy una patriota! ¡Eh, soy una chica! Quizá se supone que está contando la historia a sus colegas en un bar. He leído que “Artemisa” gana mucho en audio-libro (y un amigo con un nivel de inglés impresionante me dijo lo mismo de “El marciano”)

Por último señalar que Andy Weir debe esforzarse más en encontrar modos de contar las cosas, o corre el riesgo de convertirse en una parodia de sí mismo. El gag a costa de los cotilleos de la familia real Saudí es idéntico a varios de los que salpican “El marciano”.

En fin, quizá me haya extendido más de lo debido y me haya puesto demasiado serio, a cuenta de una novela que lo único que pretende es hacer pasar un rato agradable y que, en mi caso, lo consiguió plenamente. En los blogs que sigo, últimamente se utiliza demasiado el adjetivo “palomitero”. “Artemisa” es un libro “palomitero”, pero mientras que el cine “palomitero” actual se basa en la exaltación del espectáculo y la capacidad de repartir mamporros de sus protagonistas, en “Artemisa” se basa en la exaltación de la inteligencia y el ingenio.

Otra opinión: dreamofelvex

domingo, 1 de abril de 2018

“La vieja guardia” de John Scalzi


En el futuro de la novela, la raza humana se encuentra en plena fiebre colonizadora de otros mundos, sin embargo los requisitos para colonizar son muy estrictos, sólo están permitidos a los ciudadanos de países derrotados en un conflicto reciente, sin embargo se ofrece a las personas mayores de Estados Unidos la posibilidad de alistarse en las fuerzas de defensa colonial, alentados por el secreto a voces de que debe de existir algún método de rejuvenecimiento, pues no tendría sentido formar un ejército exclusivamente con ancianos.

La novela sigue a uno de estos ancianos durante su reclutamiento, rejuvenecimiento, entrenamiento y varias batallas.

La idea principal es simpática, la novela se lee con agrado y ha dado lugar a una serie bastante extensa, con cinco entregas ya publicadas en España.

El principal problema de “La vieja guardia” es que casi carece de argumento. Al protagonista, John Perry, le ocurre lo mínimo indispensable para desarrollar la idea principal. El foco no está puesto en contar sus peripecias, sino en describir como se cambia de cuerpo a los ancianos, las habilidades de sus nuevos cuerpos artificiales, un poco de los alienígenas a los que se enfrentan y ya está.

Convertir el argumento en una excusa para desarrollar una idea o describir un escenario es algo común en la literatura fantástica, sobre todo en la ciencia ficción, pero, cuando se hace bien, la historia que se cuenta resulta tan atractivo como el escenario que se está describiendo. O se consigue, al menos, que no te des cuenta de la completa falta de interés de lo que te están contando. No es el caso de “La vieja guardia”.

Los personajes tampoco son nada del otro mundo. El principal rasgo de la personalidad de John Perry, es que hace comentarios irónicos o chistes. En la nave en la que parte de la Tierra se hace amigo de otros reclutas que se caracterizan por … nada que yo recuerde. Cada vez que uno abría la boca tenía que buscar la página en la que lo presentaron, porque no había modo de recordarlos. Eso quita bastante dramatismo a sus muertes.

Tampoco se puede decir que la novela tenga mucha emoción. Hay pocas batallas y, las que hay, están contadas con poca habilidad.

La imagen global del libro es bastante mediocre. Resulta sorprendente que fuera el embrión de una larga saga y hace que me resulte imposible comprender los comentarios, habitualmente elogiosos, que he encontrado por internet. Me temo que son fruto de gente a que la premisa le resultó tan atrayente que le perdonaron a la novela el resto de sus pecados. Y eso es, fundamentalmente, este libro: la exposición de una premisa.

Dicho esto, he leído cosas bastante peores. “La vieja guardia” es una novela bastante amena, con algunas ideas curiosas, aunque no demasiado originales y con un sentido del humor que la hace fácil de digerir, aunque, como siempre, muy exagerado por sus fans. No me reí en ningún momento de su lectura y, sinceramente, no creo que nadie se ria con ella, aunque es verdad que, en una única ocasión, la novela casi lo consigue conmigo. Pero si que me hizo sonreír a menudo.

No condeno a la saga ni a su autor al olvido, pero espero que mejore bastante en las siguiente entregas. 

miércoles, 28 de marzo de 2018

“El ojo de Raven” de Giles Kristian


El éxito de la serie de televisión “Vikingos” ha propiciado que una auténtica inundación de novelas sobre guerreros nórdicos se apodere de las secciones de novela históricas de las librerías. No es la primera vez que ocurre, sin embargo. Aunque mucho más modesta, ya hubo una primera invasión vikinga hace alrededor de unos diez años, propiciada, a su vez, por el éxito de las novelas de Uhtred de Bebbanburg, que se saldó (nunca mejor dicho) con un par de sagas de publicación inconclusa y alguna novela suelta.

“El ojo de Raven” pertenece al primer tipo. Como casi todas las novelas de vikingos, a juzgar por sus contraportadas, cuenta la historia de un adolescente secuestrado por una expedición vikinga que se integra entre sus captores y asumes las creencias y valores de su sociedad. En este caso Osric, rebautizado Raven, es un joven amnésico que no recuerda su pasado, habla nórdico y tiene un ojo permanentemente encharcado en un coágulo de sangre (¿será tal cosa médicamente posible?)

“El ojo de Raven” es una novela sin más pretensión que hacer pasar un rato entretenido. Ocurren las suficientes peripecias como para que ese objetivo se cumpla, pero, en esta ocasión, no lo ha conseguido conmigo y eso que siento gran simpatía por este tipo de obras.

Todo es demasiado manido y demasiado tópico. Los personajes son estereotipos carentes de carisma, las batallas se cuentan por lo general con poca habilidad, la escritura es plana y, para colmo, el personaje principal pertenece a esa categoría de héroes que sobreviven a todo tipo de peligros, sólo porque alguien viene a rescatarlos en el último minuto, porque lo que es ellos, son incapaces de salir adelante por sus propios medios. Su único talento es conseguir arrastrar a otros a la muerte.

Quizá esto muy mal acostumbrado, pero este tipo de novelas se pueden escribir mucho, MUCHO mejor. 

Como, por ejemplo, ha demostrado Bernard Cornwell.


Lo mejor, sin duda, la portada.



jueves, 22 de marzo de 2018

Pitido en los oídos

En el prefacio que aparece al comienzo de “Las esferas de cristal” de Gregory Benford narra su primer encuentro con David Brin y dice:
“Una señal de alarma resonó en mi interior. Los escritores en ciernes […] Le pueden hacer perder a uno mucho tiempo pidiéndole que le indiquen los mejores mercados, que lean sus manuscritos, que colaboren en sus novelas plagadas de “grandes ideas”, etcétera.”

Salvo una notable excepción, yo me he limitado a perseguir a mis parientes, amigos y compañeros de trabajo, pero noté un agudo pitido en mis oídos al leer éstas líneas y me hizo valorar todavía más a las amables excepciones que se prestaron a caer en mis garras.