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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

martes, 21 de marzo de 2017

“Melanie” de Mike R. Carey

El estreno de la película “The girl with all the gifts” de Colm McCarthy hizo que recordara que en algún rincón de un armario, debajo de la ropa colgada entre unas cajas de zapatos, unas bolsas llenas de cómics y unas cajas de DVDs, tenía un ejemplar de esta novela.

En su día me fascinó la sinopsis, eso de la niña que vive en una celda en la que cada día, un sargento la apunta con una pistola mientras la atan a una silla de ruedas… para llevarla a clase.

Soy un admirador de los cómics de Mike Carey, como revelan los amargos post que dedico a la publicación de cada nuevo número de “The Unwritten” (ya salió el último tomo, ahora solo falta la novela gráfica “Tommy Taylor and the Ship that Sank Twice”) Pienso que su “Lucifer” fue casi una obra maestra, “The Unwritten” iba camino de de lo mismo, su Hellblazer fue una de las mejores etapas de John Constantine y hay historias muy buenas en sus X-men. Como mínimo, es un autor por encima de la media, cuyas historias tienen sentido y no se limitan a ser una acumulación de puñetazos. La segunda novela protagonizada por Félix Castor también me causó una buena impresión.

Melanie es una novela entretenida.
Es lo mejor que puedo decir.

Hace ya tiempo que comprendí que para disfrutar de la lectura, tienes que olvidarte de tus ideas preconcebidas y disfrutar de la historia que de verdad te está contando el autor, en vez de desesperarte porque no te está contando lo que a ti te gustaría o lo que la publicidad te hice creer que podías esperar. He leído bastantes libros que, a juzgar por sus contraportadas, eran grandes aventuras épicas, para luego descubrir que eran culebrones románticos y he logrado disfrutarlos como culebrones románticos. O intrigantes historias de exploración de mundos extraños, que luego resultaron ser ensayos filosóficos encubiertos y logré encontrarles interés como tales.

Pero, en ocasiones, al profundizar en la lectura, me encuentro atrapado en una historia que no es la que yo creía y, peor, que no es una historia que yo quisiera leer.

Eso es lo que me ha ocurrido con “Melanie”. Yo esperaba encontrarme con una desesperada historia de amor materno-filial, entre una niña a la que se considera un monstruo y una de sus profesores. Algo de eso hay, pero dura muy poco tiempo, alrededor de la cuarta parte de la novela. El resto es la típica historia del grupo de supervivientes deambulando por entre las ruinas del mundo, después de que haya sido asolado por una plaga zombie.

Esperaba algo en la onda de “El niño feo” de Asimov y me encontré con un capítulo de “Walking dead”. Y no de los mejores. El caso es que el subtítulo en español de la obra “Una novela de zombis” lo dejaba bien claro, no se les puede acusar de falta de sinceridad a los editores de Minotauro.

Parece mentira como puede cambiar uno en unos años. En mi blog hay un buen número de entradas bastante elogiosas dedicadas al cómic de Robert Kirkman. Acabé dejándolo aburrido, por lo repetitivo que se había vuelto y cogiéndole bastante manía a la temática zombie.

En fin, que la parte original de “Melanie”, aparte de justificar la epidemia con un hongo, se encuentra solo en las primeras páginas, el resto es una de esas historias de supervivencia que empiezan a estar tan tristemente manidas, en esta ocasión, escrita en presente de indicativo. Por lo demás, la prosa es simplemente correcta, de vez en cuando hay alguna metáfora o una imagen sorprendente, pero por lo general el estilo es totalmente convencional, carente del encanto que el uso de los clichés de la serie negra daban a las andanzas de Félix Castor. En un par de ocasiones, hasta ha llegado a cansarme el tiempo que dedica a preparar el clima o la atmósfera, justo antes de un golpe de efecto, como esas películas de miedo que hacen que me revuelta de impaciencia en mi asiento, mascullando entre dientes ¡Queréis dadme el susto de una vez, para que podamos seguir con la película!

Carey tiene bastante oficio como para que los paseos entre zombies aletargados y las carreras para huir de ellos cuando despiertan, mil veces vistos tanto unas como otros, resulten bastante entretenidos y tiene el buen gusto de no cargar las tintas en la extracción de tripas y casquerías que constituye una de las reglas del subgénero. Por el contrario, aunque sabe dotar a cada uno de sus protagonistas con su propia personalidad e incluso con su propio modo de hablar, los personajes principales resultan demasiado esquemáticos, con psicologías muy básicas, defecto que no habría llamado la atención en un guión cinematográfico o de cómic, pero si en una novela, al menos cuando no hay mas árboles en el bosque.

Mención aparte merece el grosero subrayado del personaje de Helen Justineau. Al igual que James Cameron en la versión extendida de “Aliens: el regreso” creyó necesario justificar el comportamiento protector de Ripley hacia las niñas con la historia de su hija perdida, aquí Carey cree necesario introducir un sentimiento de culpabilidad. Como si una mujer necesitara excusas para desarrollar sentimientos protectores hacia una niña de diez años que la adora.

La niña, Melanie, infectada por el hongo pero no completamente transformada, es sin duda el mejor personaje del libro. En mi opinión, Carey hace un trabajo mas que decente imaginando lo que pasa por la cabeza de una niña superdotada que ha pasado toda su vida en una celda y que descubre que la cercanía de un ser humano, aunque solo pretenda abrazarla, la producirá una frenesí de violencia y mordiscos. Los mejores momentos de la novela son los que transcurren desde su punto de vista. En los que descubre el mundo exterior no están mal, pero los mejores son los primeros capítulos, cuando el lector va comprendiendo poco a poco lo que pasa (que es horrible) y los últimos, cuando Melanie acepta su destino y el del mundo y toma una decisión que dudo que se hayan atrevido a incluir en la película (porque también es horrible). Entre esas dos rodajas de interés, el relleno del sandwich de la novela es una historia tópica y mil veces vista. Aún así, es entretenida. No es poco.











viernes, 10 de marzo de 2017

"El dinamitero" de Robert Louis Stevenson




La existencia de bibliotecas públicas me ha permitido degustar la novela "El dinamitero", que supone un broche final a “Las nuevas noches árabes”, incluidas en los cuentos completos de Robert Louis Stevenson con el título de “Mas mil y una noches”.

Ahora que estoy profundizando en su obra de estoy descubriendo una cosa: a Robert Louis Stevenson no le gustaba nada trabajar. No se trata solo de que en su bibliografía figure un “Elogio de la pereza”, para él, la condición de “asalariado” era la mas denigrante que existe. El hombre no había sido creado para ser esclavo de un horario sino para vagabundear, pasear, observar a la gente común, conversar agradablemente con sus amigos a cualquier hora del día o de la noche y levantarse tarde. Difícil de discutir, pero complicado de llevar a cabo.

En sus historias es habitual la figura de un señorito de buena familia, que ha recibido una buena educación y que, sin embargo, subsiste como puede únicamente gracias a una exigua pensión que le proporciona un albacea. A veces ni eso. Las simpatías de Stevenson hacia este tipo de figuras son evidentes.

Tres personajes de este tipo coinciden casualmente en un salón de fumar y acuerdan transgredir sus rutinas; la próxima vez que cada uno de ellos se encuentre ante lo inesperado, abrazará la oportunidad y se lanzará de cabeza a una aventura que le permita ejercer sus capacidades detectivescas y luego se volverán a reunir, para compartir sus gestas respectivas. Las historias de los tres jóvenes se entrecruzarán a partir de personajes comunes. Y como era de esperar, los tres jóvenes saldrán trasquilados de la experiencia.

Esta novela fue escrita por Stevenson en colaboración con su mujer Fanny Van Der Grift Stevenson y, aunque corregidos posteriormente por él, los capítulos “El ángel de la destrucción” y “La historia de la encantadora cubana” fueron escritos por ella en su totalidad. Me enteré mientras estaba leyendo el primero y fue un gran alivio, porque tengo a Stevenson en un pedestal y su lectura se me estaba haciendo insoportable. La artificiosidad del lenguaje, la cantidad de lugares comunes y amaneramientos me hacían creer que estaba leyendo una parodia de los folletines victorianos, en lugar de una obra de la época, solo que maldita la gracia que tenía. Era como esas cansinas exageraciones de los pulps, tan difíciles de leer, en las que a veces se enfrasca Allan Moore.

Y sin embargo… La cosa es que, a medida que ese capítulo se va volviendo cada vez mas delirante, también engancha cada vez mas y al final me tenía con el corazón en un puño. O lo mas cercano que puede estar un lector encallecido como yo. Y cuando en el capítulo siguiente descubres la verdad tras esos delirios, no pude menos que sonreír y reírme de mi mismo, tanto como del personaje que llevaba la batuta en aquel momento. Bravo, Stevenson y señora.

Robert Louis Stevenson tiene varias obras poco conocidas. Mientras que “La resaca”, también conocida como “Bajamar”, me pareció un gran novela, injustamente olvidada, “El dinamitero” tiene su olvido mucho mas merecido. No deja de ser un divertimiento, que puede incluso irritar al lector moderno, porque el tema principal de la novela es el terrorismo y podría acusarse al autor de tratarlo con frivolidad. Los terroristas de “El dinamitero” son intencionadamente ridículos, incompetentes, asustadizos, infantiles, de una crueldad tan absurda que los emparenta con los supervillanos y los genios del mal. Cero, a su modo el mejor personaje de la obra, resulta casi simpáticos, por su educación, su búsqueda de afecto, su entusiasmo y su inutilidad.

Tal vez Stevenson lo hizo aposta, para mostrar el absurdo de intentar defender causas justas masacrando inocentes. No me entiendan mal, ya desde las primeras páginas, la dedicatoria, condena enérgicamente el terrorismo y no muestra la menor duda en su postura moral, pero esa condena resulta demasiado fría y solemne, no puede decirse que llegue a conmover.

Me estoy metiendo en aguas demasiado revueltas. Consideraciones morales aparte, ciñéndome a lo puramente literario, me he referido antes a la novela como un “divertimiento” que no un “mero divertimiento” y que conste que no tengo nada en contra de los divertimientos, es mas, me encantan. Con esas palabras quiero decir que Stevenson es mucho Stevenson. Hay mucho provecho que puede sacarse de “El dinamitero”. Incluso una obra menor de Stevenson tiene fragmentos como “La historia de la bomba de Cero” que narra como el personaje de M'Guire se pasea por todo Londres intentando deshacerse de un maletín que contiene una bomba de relojería, con la cuenta atrás acercándose peligrosamente a su final y que, además, estallará si se abre el maletín. Este fragmento es, pura y llanamente, una obra maestra. Aparte de él, hay otros momentos muy emocionantes en la novela, la intriga y el suspense conviven con paletadas de sentido del humor e ironía supervisadas por una visión de la naturaleza humana tan pesimista como benevolente. Por si estas fueran pocas razones para leer “El dinamitero”, añadiré que sale el príncipe Florizel.

domingo, 5 de marzo de 2017

“Antrópica” de Alberto Moreno Pérez.



Ego nace, aparece o surge (que tendrá esta letanía que nadie que lea el libro puede resistirse a repetirla) en mitad de una planicie blanca. Sabe que se llama Ego, es capaz de mover y andar y de articular pensamientos coherentes, pero eso es todo. Eso y que en su interior siente una pulsión que lo obliga moverse y a explorar.

Así arranca esta novela, increíblemente valiente. Durante la mitad de la misma Alberto Moreno asume el reto de contar su narración a través de los ojos de un único personaje, que además carece de recuerdos y cuya personalidad exige que se limite a plasmar lo que le ocurre con la mayor objetividad posible. 

O sea,  que no hay flashbacks, ni soliloquios atormentados, ni arrebatos de inspiración poética en las descripciones, ni raptos de estilo que intenten hacer la trama mas interesante de lo que es. Solo una especie de muñeco blanco, desplazándose por un paisaje hecho del mismo material que lo compone. Parece el guión de uno de estos cortos de animación raros que hacen ahora, o de un juego de puzzles metales, de estos de conseguir que el avatar atraviese un paisaje plagado de obstáculos.

Y Alberto Moreno Pérez sale triunfador de este desafío. Consigue que nos enganchemos a los vagabundeos de su muñequito, en parte gracias a su uso del lenguaje, no por sencillo poco cuidado, que sabe ser objetivo sin resultar monótono, en el que destaco el uso preciso de las acotaciones, que en alguna ocasión me ha parecido casi magistral, habiendo sabido además limitar su número para que no se haga repetitivo:

La información que llegaba a mí a través de mis percepciones se sincronizaba con los conceptos que portaba ya dentro, y las etiquetas que encapsulaban esos conceptos – las palabras -


Pero, sobre todo, nuestra atención lectora es capturada por la extrañeza de los paisajes que rodean a Ego y del propio Ego, las estrategias que utiliza para atravesarlos, los sorprendentes encuentros con sus habitantes y el halo de misterio que lo envuelve todo. Aunque en algún momento las caminatas de Ego empiezan a alargarse demasiado, en general, la información está bien dosificada y el ritmo de lo narrado bien administrado. Conforme se avanza en la trama, llegan nuevas sorpresas, nuevas piezas del puzzle que aumentan la curiosidad del lector en los momentos adecuados.

Y el entorno en que transcurre todo resulta fascinante en su extrañeza.

Se que estoy siendo muy vago, pero, aunque cada vez lo repito mas, esta es OTRA de esas obras que no hay que dejar que te destripen.

Ahora bien, a pesar de su brevedad, mi interés encontró un bache notable. La segunda parte de la novela empieza con las explicaciones. Muy bien, en algún momento hay que darlas. El lector compulsivo de ciencia ficción ya tendrá en mente varias posibles explicaciones y sin duda la real será una de las que habrá considerado. Que Alberto Moreno lo insinúe cada vez que habla de Antrópica no ayuda a evitarlo. Nada que objetar en cualquier caso, son unas explicaciones convincentes a la altura de las expectativas creadas por el misterio. El problema es que terminan haya por la página 118 y hasta la 150 la narración parece haber perdido cualquier objetivo. Sin un Macguffin de altura que mantenga fija la atención, los nuevos vagabundeos por Antrópica carecen del interés previo.

En mi caso, además, algunas de las descripciones de paisajes montañosos o subterráneos me han resultado difíciles de visualizar, aunque no descarto que se deba a mi condición de urbanita calienta sillones, que conoce las palabras pero no entiende bien los conceptos.

A partir de la 150, la tercera parte, la cosa remonta. La aparición que marca el final de la novela es impactante, pero su, digamos “funcionamiento” parece tan ineficaz, que derriba mi “suspensión de incredulidad” pero un final, que plantea mas incógnitas que las que resuelve, me deja indeciso en mi valoración final. Al final no se trataba tanto de descifrar los misterios de Antrópica, como asistir al desarrollo de la personalidad de una nueva entidad. Al parecer. De ser así, ¿eran necesarias la segunda y tercera parte?

En cualquier caso, me ha resultado una lectura estimulante, distinta a lo que estoy mas acostumbrado.

Mención aparte merece el envoltorio en que viene servida, con unas ilustraciones en portada, contraportada y primera y última páginas, muy naifs, pero también muy fieles a la novela, que reflejan a la perfección la peculiar personalidad de la obra y le confieren una estética propia. En esta ocasión el envoltorio resulta a su manera tan atractivo como el contenido.

Parece mentira como pasa el tiempo, pero Ediciones el Transbordador ya tiene un buen puñado de títulos en el mercado. En los tiempos que corren nunca se puede saber con certeza, pero todo indica que empieza a consolidarse como editorial de literatura fantástica para escritores en castellano, que buena falta que hace, después de la desaparición de Espiral. Lo único que puedo reprocharles, es que hayan rechazado un manuscrito del que escribe estas palabras, aunque, seguramente, sus lectores se lo agradecerán.

jueves, 2 de marzo de 2017

“Futuros Perdidos” de Lisa Tuttle



Clare Beckett es una mujer madura, cuya vida fue marcada desde sus adolescencia por la muerte de su hermano. Con estudios de matemáticas, siempre se sintió interesada por la teoría de los universos paralelos, que le ofrecía la existencia de mundos en los que su hermano estuviera vivo. Al empezar la novela mientras languidece en un trabajo anodino y una vida solitaria en la que no es capaz de mantener una relación estable, empieza a experimentar recuerdos de esas otras vidas posibles, flahsbacks indistinguibles de sus propios recuerdos.

La novela parte de una premisa condenadamente atractiva y sabe desarrollarla. Lisa Tuttle no tira por el camino fácil, Clare no visita mundos en los que el imperio romano nunca desapareció, los nazis ganaron la segunda guerra mundial o los extraterrestres se pasean por nuestras calles, sino mundos virtualmente idénticos, en los que su vida siguió caminos diferentes, se casó con su ex y tuvo hijos, se convirtió en una matemática eminente o en una enferma mental. La novela digamos que se centra en los aspectos psicológicos y en el espacio interior. Es la historia de una mujer insatisfecha que quiere cambiar su vida y que no sabe como hacerlo, situación agravada por sus saltos de realidad.

 El personaje de Clare Beckett es la estrella de la función y los demás son meros comparsas. Algunos, como sus padres, reciben chispas de humanidad que los animan, otros, como sus ex novios o parejas de este u otro universo, resultan mucho mas esquemáticos. Sophie, su mejor amiga, me ha resultado irritante, porque es la típica mejor amiga y persona súper positiva que solo encontramos en la ficción y porque al comienzo hace de cicerón sobre determinadas teorías filosóficas y psíquicas que la autora necesitaba exponer. Es un modo clásico de hacerlo pero muy poco sutil.

Clare está bastante bien desarrollada como personaje, aunque tengo alergia a los que se definen por su pasado traumático, en esta ocasión el tópico está justificado por la trama.

En contra de lo que se ha dicho, no hay mucho suspense psicológico en la novela. Aunque en alguna ocasión se lo plantee, para el lector no existe la menor duda de que Clare esta cuerda. Sus recuerdos alternativos están demasiado elaborados y tienen tanto en común con aspectos de su realidad que ella no puede conocer, que lo hacen imposible.

La novela se lee muy bien y, además, es una novela breve, de apenas doscientas páginas, lo que resulta de agradecer en estos tiempos que corren. Sin embargo, me ha dado la sensación de que le sobran páginas, de que Lisa Tuttle tenía una idea brillante para su novela, construyó un personaje adecuado para protagonizarla y lo lanzó a sus páginas, para luego no saber que hacer con ella durante bastante tiempo.

Por casi la mitad del libro, Clare se limita a intentar contrastar las nuevas realidades que visita con su propio mundo, contándoselo a alguien con cuyo yo alternativo estuviera muy próxima la otra versión de sí misma, consiguiendo normalmente que la tomen por loca y destrozando su relación con esa persona. A esta parte le sobran muchas de sus escasa páginas. Los capítulos seis y siete, en los que va a visitar a su familia por navidad, me parecen totalmente prescindibles, incluyen algunas reflexiones interesantes sobre como el azar y decisiones que en su momento parecían triviales determinan el curso de nuestras vidas, pero que ya se hacen en otros momentos de la novela. Aunque aumentan algo la sensación de aislamiento de Clare, en el fondo, su único propósito es sacarla de la ciudad, para que su mejor amiga pueda ir a recibirla a su regreso. Podríamos habérnoslos ahorrado yendo directamente a esa escena, que sí es importante y si tiene repercusiones.

El último cuarto, cuando las cosas empiezan a ir mal, es realmente adictivo, pero aunque empieza con un clímax desasosegante, al final no resulta para tanto y, frente algunas reflexiones y observaciones de gran calado, abundan también muchas obviedades que parecen sacadas de libros de auto ayuda o galletitas de la fortuna: “Tendrás que elegir [..] solo te queda hacerlo lo mejor posible, hacer lo que creas correcto y recordad que tus opciones están limitadas por personas y fuerzas externas a ti”, Toma el control de tu vida”, “Sé tu misma en lugar de intentar satisfacer las expectativas de los demás”.

Eso no quita que el ¿final? tenga muchas cosas buenas, incluyendo ese sense of wonder al que tan adicto soy, pero a pesar de sus muchas cosas buenas, incluso excelentes, no me quito de encima la sensación de que la historia podía haber dado mas de sí, que Lisa Tuttle no consiguió extraerle todo su potencial.

jueves, 23 de febrero de 2017

“Los espejos turbios” de Rafael Marín



El joven Angelito Fiestas, durante una fiesta universitaria, es testigo de un asesinato. El asesino es un escritor de éxito, hombre respetado y célebre que incluso va a participar como rey mago en la cabalgata de reyes. Convencido de que nadie le creerá, Angelito recurre a su amigo Torre, ex boxeador amnésico y detective ocasional.

Conocía a Torre por sus apariciones en varios relatos de Rafa Marín, pero esta la primera novela suya que leo. Hubiera preferido leer “Detective sin licencia”, pero no he podido encontrarla. Han pasado cuatro años desde que adquirí “Los espejos turbios”, pero al fin me he decidido a leerla.

Lo primero que sorprende de su lectura es el lenguaje empleado. Es una novela escrita en gaditano. De por sí eso no me ha supuesto ningún problema, mi madre es de Granada, mi padre de Málaga y veraneé durante años en el puerto de Santa María. En alguna ocasión me he encontrado alguna palabra que desconocía, pero su significado se podía deducir por el contexto, así que ni siquiera he tenido que consultar el glosario que aparece al final. Además, como leí en algún lugar, esa es la gracia.

Lo que he llevado algo peor son las larguísimas frases, plagadas de comas y conjunciones. La novela alterna capítulos narrados desde el punto de vista de Angelito y de Torre. Angelito es un friki y sus capítulos están llenos de referencias a la cultura popular, cómics, películas, dibujos animados japoneses... Al comienzo, el estilo de los capítulos de Angelito me resultó muy recargado. La densidad de metáforas y símiles por centímetro cuadrado era tan alta que cansaba e impedía que los momentos mas impactantes destacaran sobre los demás, por mucha gracia que me hicieran los símiles y metáforas empleados.

Por su parte, los capítulos de Torre están llenos de divagaciones. Como todo en este blog, es un tema exclusivamente de gusto personal, pero no soporto las divagaciones, me apartaron del mismísimo Saramago. Torre en cualquier momento interrumpe su trayecto para que el narrador relate con pelos y señales la vida de cualquier personaje con el que se cruce por la calle, que no va a volver a aparecer en la novela y con el que seguramente ni hable.

Dicho esto, no sé si porque el autor bajó el ritmo o porque me acostumbré, estos problemas dejaron de afectarme pasados unos capítulos.

Los detectives de serie negra son inseparables de sus ciudades, personajes a igual o mayor altura que el resto del reparto. A su manera, Torre es un detective de serie negra y “Los espejos turbios” funciona peor como novela policíaca que como recreación de Cádiz durante las navidades. Como tal, es excelente, tanto que creo que voy a estrenar una etiqueta nueva que diga “costumbrismo”. Consigue recrear eso tan indefinido que llaman “color local”. Refleja muy bien esos días de comilonas, reuniones familiares, grandes fiestorros y compras compulsivas. Dota de gran humanidad a todos los personajes, desde los principales a los infinitos secundarios y contiene apasionantes reflexiones sobre la vida, el paso del tiempo la soledad, … o el submundo de la pornografía.

Por el contrario, la trama criminal la he encontrado poco interesante y bastante rutinaria. Probablemente no fuera en lo que estaba mas preocupado el autor. Me ha parecido que ocupa menos parte de la novela que la descripción del entorno, y no me quejo. Soy bastante escéptico sobre los trastornos de personalidad, aunque nunca me he documentado sobre el tema. Desde esta perspectiva el villano de la obra resulta muy poco interesante, un puñado de tópicos popularizados por la ficción. Además, nunca habla y casi ni se le ve. Intencionado o no, solo es un mcguffin para poner en marcha la novela.

En dos ocasiones he percibido lo que yo llamo el síndrome de la serie de televisión o del cliffhanger, el capítulo que solo sirve para preparar una gran revelación que tiene lugar justo a su final. Una es en el capítulo nueve, la otra es en el capítulo once. En este último es mucho menos acusado, a fin de cuentas las cosas que ocurre tienen su interés, de hecho lo leí con mucha expectación y se ahonda en las relaciones entre los personajes, pero, cuando llegué al final exclamé: “Ah, ¿tanta vuelta para esto?” Le tengo mucha manía a este síndrome. Cuando me lo encuentro, pienso que si esa era la única función que tenía el capítulo, me podría haber ahorrado todas sus páginas e ir directamente a la última. Si George RR Martin lo superara, las novelas de la “Canción de Hielo y Fuego” no pasarían de las trescientas páginas.

Terminaré el apartado de cosas que no me han gustado resaltando que el señor Rafael Marín escribe muy bien, francamente bien, pero que siempre prefiere explicar a mostrar. Y se explica muy bien, es cierto, pero nunca deja al lector que saque sus propias conclusiones. Eso en mi opinión resta fuerza a algunos momentos. Pienso en el final del capítulo catorce en el que se describe la situación y casi el destino de cierta pareja. Es un gran párrafo, pero habría tenido mas impacto emocional si el lector hubiera deducido ese destino por sus gestos y sus palabras, en vez de serle expuesto por el narrador.
Todas estas cosas no quitan su calidad al texto, y los peros que le he puesto son filias y fobias personales y que si se los resto a las cosas que si me han gustado, el balance es positivo. Es una novela agradable de leer, entretenida, divertida y bien escrita, con algún que otro personaje inolvidable.

jueves, 16 de febrero de 2017

“El problema de los tres cuerpos” de Liu Cixin



Suelo empezar mis reseñas con un breve resumen de la obra reseñada, lo que en este caso sería un error, porque el misterio y la capacidad de sorprender al lector de Liu Cixin son lo mas disfrutable de la novela. Veamos, puedo decir que hay dos tramas que confluyen, una que transcurre en el pasado y otra en el presente. Las dos ocurren en China. En la que transcurre en el pasado se narran las desgracias que le ocurren a Ye Wenjie, una joven astro física cuyo padre es asesinado durante la revolución cultura, que pasa a formar parte de un proyecto secreto de investigación. En la que transcurre en el presente, tiene lugar una ola de suicidios entre los científicos que estudian las partículas elementales, al obtener resultados que indican que se podrían estar alcanzando los límites de la ciencia. Las dos tramas terminan confluyendo y hay un juego de realidad virtual con el mismo nombre que la novela que es muy importante en su desarrollo. Cualquier otro dato ya sería estropear partes de la lectura.

El problema de los tres cuerpos” parece destinado a generar polémicas. Primero fue todo el estúpido asunto de los premios Hugo del 2015, con sus sad puppies y sus rabid puppies, que se saldó con la victoria, por primera vez en la historia, de una novela no escrita en inglés. En chino, para rematarlo del todo. Mas exótico imposible. ¿Justicia poética o sobre compensación? ¿Quién puede decirlo?

En nuestro país, por su parte, desde su publicación, ha sido recibida con gran entusiasmo por parte del público especializado, pero también con numerosas críticas acerbas. Eso sí, esas críticas se centran siempre en los aspectos literarios, reconociendo la imaginación y audacia de su autor.

Algunas opiniones matizan que este presunto déficit en los aspectos literarios es en realidad una cuestión cultural, que el libro está escrito al estilo chino y que se debe aprender a apreciar la literatura oriental y sus convenciones para ser capaz de apreciarlo. Es posible, no dispongo de datos para corroborarlo o rebatirlo.

Podría volver a embargarme en el eterno debate de si una novela puede ser una buena novela de ciencia ficción, aunque no sea una buena novela. Mi opinión es que sí, pero que no debería, mas no tengo ganas de extenderme sobre ello. Me limitaré a dar mi opinión estrictamente personal, como siempre.

Para empezar, en contra de lo que se suele decir, “El problema de los tres cuerpos” no es ciencia ficción hard. La ciencia es muy importante en ella, no hay duda de que Cixin Liu tiene una buena cultura científica, pero cualquier profano con dos dedos de frente se dará cuenta de cuando se la estás pegando y Cixin Liu se inventa la ciencia que le conviene. Ejemplos obvios son el uso de las estrellas como amplificadores o el “desplegado” y “plegado” de un protón que aparece al final. Lo primero me ha costado muy poco comprobarlo, lo segundo, me temo que nadie se lo ha tomado lo suficiente en serio para debatirlo, aunque sea un idea llena de encanto.

Dicho esto, la mayor parte de la novela me ha encantado. Tiene múltiples conceptos originales y muchos fragmentos excelentes. Toda la parte del juego de realidad virtual lo es. El momento en que en dicho juego se “construye” un ordenador, me ganó para la causa de Cixin Liu y es de lo mejor que he visto en mucho tiempo en una novela de ciencia ficción. Aunque de menor envergadura, también me atraparon los problemas con la fotografía de Wang Miao, que parecían un episodio de Twlight Zone de los buenos y los conflictos que recorren la obra. En cuanto a lo literario, el libro no está peor escrito que una novela de Michael Crichton, Robert Crais o Robin Cook. (A Dan Brown nunca le he leído) Y está mejor escrita que una de Robert J. Sawyer.

Sin embargo, los críticos no están del todo desencaminados. Ye Wenjie es el único personaje mas o menos bien desarrollado. Los demás se mueven entre los tópicos y los que solo existen para exponer una idea o un punto de vista y tienen tendencia a soltar discursos, sin que el narrador registre siquiera un conato de conversación previa. Particularmente chocante me resultó el capítulo narrado por Wei Cheng. En determinado momento empiezan a hablar con este personaje y lo que sigue es su testimonio, narrado en primera persona. Este tipo de cosas era muy habitual en los relatos decimonónicos, en los que el capítulo habría llevado un título como “El relato de Wei Cheng”. Eduardo Mendoza es muy dado a ellos, y los exagera con propósitos cómicos. Al lector moderno le puede extrañar que una persona hable sola durante tanto tiempo, sin que le interrumpan y sin que tenga que tomarse un vaso de agua. Normalmente la dichosa “suspensión de incredulidad” se ocupa de estos casos. Lo mas raro de “El relato de Wei Cheng” es que sus oyentes si le interrumpen ¡pero no lo suficiente!. Eso hace que quede mas raro todavía: alguien escucha atentamente a otro, en silencio, durante largo tiempo, lo interrumpe para hacer una pregunta y luego vuelve a callarse ¡durante un periodo de tiempo todavía mas largo!.

Finalmente, soy de la opinión de que la novela pierde mucho en el tramo final. Llega el momento de las explicaciones. Cixin Liu se las arregla para explicar todos los enigmas que ha planteado y lo hace bien, las explicaciones están a la altura de los enigmas, sus conceptos son, como bien dijo Rodolfo Martínez en su poco entusiasta reseña, apabullantes. Mi problema es que todo resulta muy anticlimático. Aunque la situación en la Tierra está lejos de haberse arreglado y no lo estará durante generaciones, el conflicto principal de la novela ya se ha resuelto. Los personajes han mostrado sus verdaderas caras y han cumplido su destino. ¿Qué queda entonces? Revelar los trucos de prestidigitador que había tras ellos. Unos trucos colosales, que duda cabe, pero cuya génesis es descrita con cierta desidia. Hay algunos momentos repletos de sense of wonder, de esos que me hicieron amar al género, pero mi atención ya está perdida. Y esos momentos me recuerdan mas a los delirios pseudo científicos de A. E. Van Vogt que al bueno de Arthur C. Clarke.

Si hubiera escrito esta reseña cuando solo había leído la mitad de la novela, incluso los dos primeros tercios, ya me habría apuntado a cursos de chino y desfilaría por las calles con la bandera de la república popular al hombro. Una vez acabada, mi entusiasmo es mucho mas comedido, me quedaré en casa, leyendo novelas y comics y viendo películas y series, aunque reconozco que Liu Cixin me ha parecido un autor muy estimable, al que valdrá la pena seguir, aunque no demasiado pronto, por favor, señores de Nova, déjenme digerirlo con calma y tener tiempo para olvidarme de sus defectos. En cualquier caso, en esta ocasión el premio Hugo si que resultó bien merecido.

viernes, 10 de febrero de 2017

“2016: el milagro de la multiplicación de las visitas”

No soy muy dado a revisar el número de visitantes de cada entrada de mi blog. Sinceramente, durante mucho tiempo dudé de que los hubiera. Nunca fueron números muy altos. Si reviso las entradas anteriores al 2016, lo normal solía ser entre 30 y 70, en muy contadas ocasiones rondando los cien. Aún así, esos números me impresionaban. En términos de popularidad en Internet son risibles, pero que 70 personas pudieran tener un ligero interés en mis opiniones ya me daba vértigo. Mas del doble de mis compañeros de clase en el instituto. Entre 15 y 20 veces mis amigos íntimos. Nunca lo encontré despreciable.

Entonces llegó el 2016 y las cosas cambiaron y no tengo ni pajolera idea de porqué. El cambio se produjo de un modo totalmente brusco. Mi reseña de “Mio sidi” de Ricard Ibáñez tuvo 92 visitas, la siguiente, "Orpheus" de M Bracelli, 190, mas del doble de lo habitual. A partir de ahí las cosas empezaron a subir. A partir de la reseña de “A la deriva en el mar de lluvias” lo normal es que el número de visitas de cada entrada se estabilice entre las 500 y las 600. No es raro rondar las mil. Lo mas extraño es que las visitas de las entradas posteriores a esa fecha no paran de subir, mientras que las anteriores siguen como estaban. Y que la reina de todas las entradas es la reseña que dediqué a “El trono vacante” de Bernard Cornwell, con 1219 visitas y subiendo. Una reseña de la que estoy particularmente poco orgulloso, porque podría haberse resumido en: “Si, los libros de Uthred están muy bien, pero todos se parecen mucho y empiezo a estar un poco harto”.

¿Qué es lo que habrá pasado? ¿Estoy haciendo algo bien? ¿Un mayor seguimiento de la actualidad, tal vez? Mira que lo dudo, mi reseña de “El marciano” de Andy Weir fue bastante oportuna y allí anda perdida por los rincones, con solo 52 visitas, sin que Ridley Scott ni Matt Damon hayan podido solucionarlo.
Me inclino mas bien a pensar que alguien mas popular debió en enlazarme en su propia bitácora.

En cualquier caso, no tiene sentido plantearse si estoy haciendo algo bien o mal. Ni tengo publicidad ni poseo mi propio dominio, es decir, ni gano ni pierdo dinero con este blog. Lo empecé a instancias de un amigo, mas interesado en que pusiera a parir el mundo de las consultoras cárnicas y en mis puntos de vista sobre la actualidad, durante un periodo de paro que se alargó a seis meses, en el que también me empollé un libro de patrones de diseño y otro de Java, bastante anticuado, hice medio curso de analista funcional, empecé una novela y perdí 25 kilos, que luego he recuperado con creces. Con esto quiero decir que es uno mas de mis pasatiempos y que nunca he buscado la popularidad ni el trending topic o, líbreme Dios, influir en las opiniones de la gente. Sólo pasármelo medianamente bien siendo sincero y, si he de serlo, 1219, en términos de Internet, sigue siendo muy poca cosa.

Si en algo me influye es que hace que me plantee tener mas cuidado al abrir mi bocaza, quien sabe si alguien que me esté escribiendo pueda tomarme en serio...