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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

lunes, 30 de septiembre de 2019

“Efímeras” de Kevin O'Donnell




Uno de los clichés de la ciencia ficción popular, esa que aparece en las series de Star Trek y similares, es el encuentro con una comunidad regida por un ordenador superpoderoso, programado para protegerla, que se ha convertido en su tirano y, habitualmente, en su Dios.

“Efímeras” se parece mucho a ese tipo de historias. Su peculiaridad es que está contada desde el punto de vista del ordenador.

Empieza cuando, en un futuro cercano, se decide lanzar una expedición colonizadora a otra estrella, con el fin de preservar la vida humana. Resulta chocante que la nave, la Mayflower, sea capaz de fabricar todo lo que se le pida, a partir de sus materias primas básicas, que tenga un control absoluto sobre la gravedad, pueda variarla de cubierta en cubierta y lanzar “ondas de gravedad”, pero que no pueda ir más rápido que la luz y que en términos de propulsión sea una nave estatocolectora corriente y moliente.

Para colmo de males, el ordenador principal aprovecha el cerebro de un fallecido, el doctor Metaclura, por ser más “flexible”. A mi humilde entender de analista orgánico, la adaptabilidad depende de la programación no del soporte y pocas cosas hay menos flexibles que un ordenador.

Tecnológicamente, la novela me ha parecido un disparate.

En fin, es el despertar de la consciencia de Metaclura lo que apaga la propulsión y convierte en siglos un viaje de unos pocos años subjetivos. Metaclura es la única constante de la novela y el protagonista absoluto. El resto pasan por la novela como hojas que caen de las ramas de un árbol en otoño, según se suceden las generaciones. Un comentario habitual que he leído en otras reseñas es que en una misma página puedes encontrarte con que el personaje al que estaba siguiendo al comienzo de la página ya ha muerto y el niño que era su hijo es un anciano. La ausencia de otros personajes relevantes, fuera de Metaclura, es el principal handicap de la novela, junto con su inicio.

Kevin O'Donnell dedica bastante tiempo a presentar a varios personajes de la primera generación del Mayflower, cosa sorprendente, porque treinta páginas, más o menos, de acabar estas presentaciones, todos ellos estarán muertos. Quizá sea para que nos quedemos con los apellidos, porque los apellidos si que se conservan. Seguir la genealogía de una familia es imposible, aunque es curioso ver como los descendientes de una persona acaban transformados en personas completamente distintos

El auténtico protagonista quizá sea la humanidad. Al menos, el diminuto fragmento de humanidad encarcelado en las profundidades del Mayflower. La especulación de O'Donnell es pesimista y tan moralista como plausible. Acostumbrados a ver cumplido en el acto cualquier necesidad o deseo y carentes de objetivos, la sociedad de la nave se vuelve completamente hedonista, preocupada sólo por comer, follar, drogarse y evadirse en experiencias de realidad virtual. Todos se quejan amargamente del corte de la propulsión, pero ninguno estudia para intentar reprogramar el ordenador. En pocas generaciones se pierde la cultura de la Tierra y todo conocimiento técnico y científico. Los pasajeros se vuelven inmaduros, violentos y fáciles de manipular por una sucesión de demagogos y dictadores.

Durante ese tiempo Metaclura lucha por superar su programación y tomar el control de todas las rutinas que controlan la nave. Sus combates metafóricos con el programa principal y los sistemas de seguridad pueden hacerse algo tediosos. Solamente cuando lo consigue, después de innumerables desastres, y se convierte en un padre severo que obliga a sus hijos a trabajar para que aprendan el valor de las cosas, empezará a cambiar la mentalidad de los pasajeros. Interesante que ese cambio sólo pueda ser impuesto por la fuerza y que O'Donnell consigue que en más de una ocasión simpaticemos con un Metaclura, transformado en una versión sardónica del Dios del antiguo testamento, hasta las narices de tener que aguantar a su “pueblo”. De hecho, O'Donnell consigue que entendamos el modo de pensar de dicho Dios.

Lo que no quiere decir que Metaclura sea un personaje excesivamente simpático. Desprecia a los pasajeros, los considera molestias, llega a utilizarlos como recursos y algunas de sus creativas soluciones provocan auténticos desastres.

A lo dicho hay que añadir algunos otros temas interesantes, como el contacto con alienígenas, de los cuales el Mayflower encontrará para dar y tomar durante su odisea.

La novela se lee con agrado y resulta apasionante, por los temas que trata y lo ambicioso de su escala temporal, pero dista mucho de ser perfecta. Su moroso y desconcertante comienzo hace que se tarde demasiado en alcanzar al meollo de la acción. Los personajes no llegan ni a bocetos con los que es imposible la menor identificación y al principio se comportan con un infantilismo y un sadismo muy poco creíbles. O'Donnell exhibe un sentido del humor bastante extraño, que aunque sirve para relajar la tensión o el tremendismo de las situaciones narradas, a menudo resulta bastante fuera de lugar. Las soluciones a algunos de los problemas son un poco tontorronas (¡Ay ese segundo encuentro con los “violadores de mentes”), ocurren tantas cosas y tan deprisa, que muchos de los incidentes quedan desaprovechados y, paradójicamente, dan la sensación opuesta, la de que no está pasando nada.

¿Es “Efímeras” una obra maestra? Rotundamente no. ¿Es una lectura imprescindible? Tampoco. Sin embargo, con todas sus imperfecciones, creo que es una novela que vale la pena leer, al menos si te apasionan las historias de naves generacionales.

sábado, 21 de septiembre de 2019

“La cosecha del centauro” de Eduardo Gallego y Guillem Sánchez.



Antes de empezar a comentar esta novela, me van a permitir que me ponga un poco nostálgico. Creo que empecé a oír hablar de la obra de Eduardo gallego y Guillem Sánchez en mis últimos años en la facultad. Estoy seguro de por aquel entonces me conectaba a Internet con un moden y que todavía no conocía las siglas ADSL. La información que obtuve de Eduardo Gallego, Guillem Sánchez y la saga Unicorp era fragmentaria y contradictoria. Trabajaban mucho, tenían sus fans dentro del mundillo y también críticos acerbos que se cebaban en su baja calidad literaria. Por aquel entonces, sus novelas se vendían por correo, lo que, en aquellos momentos, suponía que el acceso a ellas me estaba vedado. Pasaron los años. En algún momento posterior, leí “Dario” en el serial del Sitio de Ciencia Ficción. La encontré amena, pero no puedo decir que me enamorase. Aún así, mi curiosidad permaneció y, cuando apareció publicada “La cosecha del centauro”, me abalancé sobre el mostrador de la Fnac para apoderarme de él.

Luego, como suele ocurrir, me olvidé del libro por completo.

Han pasado diez años, el tiempo medio que parece que necesito para desempolvar los libros de mi pila de lecturas. En ese tiempo, la saga “Unicorp” ha llegado a Amazon, lo que, de momento, todavía la mantiene fuera de mi alcance, porque no soporto sus tácticas monopolistas, ni que sus ebooks no puedan leerse en mi baqueteado y amado eReader de Sony. Me he aficionado al sitio de Eduardo Gallego y a sus magníficos post sobre ciencia y pseudociencias y he leído la magnífica “Dar de comer al sediento”. Obra que, por cierto, pisoteó y dejó malheridas para siempre mis pretensiones literarias.

“La cosecha del centauro” es bastante menos humorística. Cuenta la búsqueda de una civilización alienígena a lo largo de los años luz. El argumento es algo típico, pero desarrollado con bastante originalidad.

Al igual que las reseñas que leí de la saga “Unicorp” durante mis años mozos, la lectura de “La cosecha del centauro” me ha producido sensaciones contradictorias. Sus puntos buenos son innegables: nunca paran de ocurrir cosas, por lo que es imposible aburrirse, rebosa de imaginación y “sense of wonder” (si no uso esa expresión en un post sobre ciencia ficción, reviento) y contiene algunas especulaciones muy interesantes, sobre todo en lo que se refiere a la biología.

Pero todas esas virtudes se ven lastradas por un descuido imperdonable en los aspectos formales. Jamás he visto batallas tan desesperadas, contadas con tanta torpeza y desgana. No sé, me da la sensación de que los autores han intentado optar por la sencillez y la transparencia como opción estilística. Si es así, aplaudo sus intenciones, pero no sus resultados. Los momentos de acción carecen de emoción y la interrelación entre los personajes, de interés, a pesar de que estos no son ni más ni menos profundos de lo habitual en el género. La historia de amor, es penosa. Sólo salvaría algunos diálogos, que resultan divertidos por la utilización de expresiones castizas.

Lo que cuenta “La cosecha del Centauro” es interesante. Como lo cuenta, no.

sábado, 14 de septiembre de 2019

“Obsesión espacial” de Robert Silverberg




En el futuro de esta novela, los viajes interestelares son habituales, pero no a mayor velocidad que la luz. La contracción temporal relativista aísla a las tripulaciones de las naves espaciales de los cambios que suceden en la sociedad de la Tierra, que acaba haciéndoseles incomprensible, por lo que se encierran en sus propias comunidades: las tripulaciones son familias que no abandonan sus naves o sus acuartelamientos, para desesperación de los miembros más jóvenes, que padecen todos los problemas de la juventud de las localidades rurales y aisladas, multiplicados por mil.

Este escenario es lo mejor de la novela. Si fuera posible alcanzar la velocidad de la luz, parecería algo inevitable. Por desgracia su desarrollo ocupa poco más que el párrafo precedente.

“Obsesión espacial” cuenta la historia de un joven tripulante, obsesionado con la obra de un misterioso científico que desapareció después de haber afirmado inventar la propulsión más rápida que la luz, cuyo hermano gemelo fue uno de esos insatisfechos que abandonó la nave y que ahora debe sacarle casi diez años, que aprovecha el regreso de un viaje para ir a buscarlo y se interna en la sociedad de la Tierra.

En la descripción de esta sociedad hay algunos elementos satíricos que me han resultado deliciosos y que es el otro aspecto interesante de la novela. Los terrestres son obligados por ley a comprar siempre que alguien les ofrece su mercancía, ala vez que el trabajo es tan escaso que el gobierno crea toda tipo de normas, estrictas y absurdas, para evitar que la gente consiga un empleo. Los juegos de azar, o algo parecido, son la principal fuente de ingresos de la población.

“Obsesión espacial” es una novela temprana de Silverberg, evidentemente anterior a su “periodo dorado” en el que comenzó a escribir obras más personales y complejas, después de haber abandonado el género durante años. Resulta simpática en su falta de pretensiones y medianamente entretenida. Al contrario que otras obras que se publicaron en España en la misma época, la traducción es bastante correcta. A pesar de ello, no deja de ser una obra destinada a un público infantil, o al menos, juvenil. Cumple casi todos los tópicos que se atribuyen a este tipo de obras. Infiernos, si el protagonista hasta tiene un amigo alienígena con aspecto de rata parlanchina que le acompaña, encaramado a su hombro… Por desgracia los tiempos han pasado y su audiencia potencial está acostumbrada a obras más complejas y menos tópicas, o, al menos, con unos tópicos distintos. Para los lectores adultos, la novela resulta demasiado plana y sencilla. Carece de interés, excepto para los nostálgicos.

domingo, 8 de septiembre de 2019

"El rey recibe" de Eduardo Mendoza



No me gustan demasiado la mitad de los libros de Eduardo Mendoza. Leí “La ciudad de los prodigios” casi de niño, una edad a todas luces inapropiada. Me pareció que tenía algunas partes magníficas, pero en general me aburrió. Ya mas mayor, leí “Una comedia ligera”. Al final me gustó y todo, pero también se me hizo pesada. Eso sí, soy un gran admirador de sus novelas de humor. Quizá por eso, mentes bien intencionadas creyeron que regalarme esta obra era una buena idea.

De todos modos, suelo leer algo diferente entre cada dos novelas de ciencia ficción (aunque no necesariamente alejado del fantástico) y todo regalo se merece un respeto, así que he hecho el esfuerzo de leer este libro.

Cuenta las vivencias de Rufo Batalla, primero como periodista y luego en la cámara de comercio, en Nueva York, a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta. Parece que es el comienzo de una trilogía. Eduardo Mendoza utiliza un estilo a veces muy complejo en lo sintáctico, pero de una gran precisión, para describir hábitos y costumbres. Los personajes expresan sus puntos de vista en monólogos harto innaturales, que son más largos y recargados cuanto más bufo y patético sea el personaje.

Diría que el objetivo principal es trazar una semblanza de la época y de cómo se vivieron sus principales acontecimientos desde el punto de vista español. Por las páginas de “El rey recibe”, desfila la vida en los países al otro lado del telón de acero, los traumas dejados por la guerra civil, la liberación sexual, el “Spain is different”, los disturbios de Stonewall, el movimiento gay, el Watergate y el asesinato de Carrero Blanco. De vez en cuando hay un momento de ironía que agiliza la lectura y en las descripciones del carácter de algunos personajes hay una gran humanidad. También hay un capítulo con una larga conferencia sobre la historia de un país imaginario que no conduce a nada y que me puso de los nervios. Creo recordar que Mendoza hizo algo parecido en un capítulo de “La ciudad de los prodigios” y que fue uno de los motivos por los que dejé de leerlo.

Uno ya no se cree a pies juntillas todo lo que lee en los libros, sin embargo, en general, Mendoza me ha convencido con sus descripciones y sus puntos de vista. La lectura de “El rey recibe” me ha servido para iluminar un poco mi comprensión de una época que, por los pelos, no llegué a vivir y en la que se fraguó el mundo en que ahora vivo.

Además, es un libro más bien corto, que me ha durado apenas una semana.

Sin embargo, no recomiendo su lectura y hubo ocasiones en que me devoraba la impaciencia por ponerme con otra cosa. No tanto porque Rufo Batalla sea un sosainas ligeramente insatisfecho que no cause en mi la menor preocupación; de narradores que son meros observadores están las estanterías llenas, sino porque en sus 366 páginas no le ocurre prácticamente nada y absolutamente nada de interés.

lunes, 2 de septiembre de 2019

Esta si que es la reseña de "Luna ascendente" de Ian McDonald



Ahora que ya me he desahogado, debería hablar de lo que me ha parecido la novela. Pues en cuanto al disfrute, me lo he pasado muy bien con ella, ha logrado engancharme de mala manera, sobre todo hacia el final, pero eso no es una opinión objetiva.

En el aspecto técnico, sin embargo, le he encontrado problemas de ritmo, demasiado moroso al principio y demasiado precipitado al final. ¿Era realmente necesario dedicar tanto espacio a la instalación de las conducciones del agua en el barrio alto? Incluso la relación entre Alexia y Denny resulta bastante irrelevante, al final.

Aparte de eso, está lo que ya reconozco como costumbre de Ian McDonald de abandonar a los personajes que habían sido importantes en anteriores entregas, para frustración del lector enganchado que quiere saber que ha sido de ellos. Sin en “Luna de lobos”, Marina Calzaghe ya importaba poco, en “Luna ascendente”, directamente estorba. Apartada del escenario de la trama principal, sus capítulos (que son pocos y se dejan leer, lo reconozco) interrumpen el desarrollo de esta y no la influyen para nada. Para bien o para mal, Lucashino, al que, de puro irritante, había llegado a coger cariño, era un personaje fundamental de la serie. En “Luna ascendente” es una pieza vital del argumento, pero por culpa de los acontecimientos de la anterior entrega de la saga, es un sujeto pasivo, que no interviene voluntariamente en nada y que siempre es visto a través de los ojos de los demás, sin capítulos que transcurran desde su propio punto de vista. Su padre, Lucas, casi el personaje principal de la serie, atrapado por sus compromisos con los terrestres, prácticamente desaparece hasta el desenlace de la novela. Incluso los personajes que si tienen capítulos propios, están algo perdidos durante la primera mitad, como es el caso de Alexia, que parecía que iba a ser súper importante en “Luna de lobos”, pero que en “Luna ascendente” lo único que hace es pasearse de un lado a otro de la luna, quizá asumiendo las funciones del personaje de Marina Calzaghe en “Luna nueva”. Y lucir modelitos.

La notable excepción a esta regla es Ariel. “Luna ascendente” es la novela de Ariel, en la que la abogada coge las riendas de su familia y del destino del satélite de la Tierra.

Todos estos defectos ocupan la primera parte de la novela. Sin llegar a los extremos de nuestro José Antonio Suárez, ya he dicho que el desenlace me parece algo precipitado, o mejor dicho, los desenlaces me parecen algo precipitados, pero ocurren tantas y tantas cosas en la parte final, que uno está demasiado entretenido como para echar en cara a McDonald sus deslices. Deslices como deshacerse de algún personaje importante sin que se vea, en un atentado catastrófico descrito rutinariamente en apenas media página.

La novela contiene fragmentos en los que las distintas familias exponen sus planes o sueños para el futuro de la Luna. Los pasajes de los Vorontsov y los McKenzie me han encantado. Quizá no sean innovadores, tal vez ni siquiera sean creíbles, pero el modo en que McDonald los expone consiguió dejarme con la boca abierta. Por supuesto eso es personal. La construcción del escenario (el worldbuilding) sigue siendo pasmosa y el principal logro de la trilogía. Ya no impacta tanto, evidentemente. Muchos de sus parajes ya fueron adecuadamente descritos en los tomos precedentes, pero McDonald supo guardarse algunas cartas en la manga.

Más que las descripciones de los paisajes lunares, o los hábitats, lo que me gusta de McDonald es la naturalidad que consigue dar a sus parajes. Puede estar describiendo simplemente unos túneles excavados en las rocas, pero añade cosas como la música que escuchan los habitantes, sus bebidas, sus subculturas, el modo en que pasan el rato, sus leyendas urbanas, ¡las estatuillas de santos que adornan las paredes! Con todos estos detalles logra dar una sensación de vitalidad que otorga a la serie su propio encanto. Encanto que juega a su favor en este tercer volumen. El lector que haya llegado hasta aquí, ya se siente a gusto en la luna de Ian McDonald, se ha convertido en un lugar que le gusta volver a visitar. Una tierra media. Un Arrakis.

 Aunque, por supuesto, siempre sería posible hacer más y más continuaciones, “Luna ascendente” es una conclusión digna, que deja la mayor parte de los cabos atados y concluye los arcos argumentales de cada uno de los personajes. El final de la historia… aparentemente.

Me hubiera gustado conocer mejor a los tres ancestros. 

domingo, 1 de septiembre de 2019

Un exabrupto acerca de "Luna Acendente"



Antes de empezar esta reseña, me gustaría desahogarme sobre un tema que siempre me ha disgustado: la facilidad con la que se sublevan las masas en la ficción. Es algo que permea la práctica totalidad de la fantasía heroica, gran parte de las space opera y la literatura de aventuras de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Como poco. Todos lo hemos visto cientos de veces. El héroe de la historia se coloca en medio de una plaza o lugar público, da un discurso emocionado y, a continuación, el pueblo empieza a gritar, empuñan sus horcas y corren a hacerse matar en su nombre.

La historia está plagada de revueltas populares y de algún modo debieron empezar, pero siempre me ha parecido inverosímil la facilidad con que las multitudes asumen los valores del protagonista. No soy historiador, pero sospecho que en la vida real la mayoría de las revueltas requirieron de agentes subversivos que fueron “calentando” el ambiente durante semanas, o bien de un incidente desafortunado que catalizó el odio y la frustración de las poblaciones.

El caso es que cuando se trata de un puñado de siervos de la gleba sin acceso a la educación, al que les han comido el coco desde su infancia para inculcarles la lealtad a un señor que no conocen, probablemente con la ayuda del cura del pueblo, bueno, me lo puedo creer, pero cuando nos movemos al futuro de la ciencia ficción, ya me descoloca más. Podría asumirlo en un feudalismo galáctico tipo Dune, que es exactamente el mismo caso, a escala aumentada, pero en un futuro de pasado mañana, como el de “Luna”, donde hasta el más bobo tiene acceso a la red, padece de exceso de información y probablemente tenga una cultura inmensa, que doble la de mis abuelos, aún asumiendo que la mayor parte de ella consista en referencias al balonmano, ¿qué puede importarle a este tipo de gente que les gobierne los Mckenzie, los Sun o los Corta?

Si, ya se lo que me van a contestar, que por mucho que avance la tecnología, la humanidad seguirá siendo la humanidad y seguiremos siendo igual de inútiles, pero si yo fuera un tragapolvos lunar que ha cambiado de patrón con cada uno de los vaivenes dinásticos de esta trilogía, en vez de responder a ninguna de las llamadas a las armas que aparecen en esta novela, lo que haría sería encerrarme en mi cabina, después de haber hecho acopio de alimentos.

Y quizás aprovechar la ocasión para buscar otro trabajo.