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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

viernes, 25 de octubre de 2019

“Luna roja” de Kim Stanley Robinson


Si esta novela hubiese sido escrita por un autor español, habría pensado que era una obvia maniobra comercial. En los últimos tiempos, dos de los grandes éxitos en el mercado de ciencia ficción nacional han sido las novelas chinas y la saga lunar de Ian McDonald. Pues hagamos una novela de chinos en la Luna y lo petamos. Empero, viniendo del otro lado del charco y, con lo que le cuesta documentarse al autor, no creo que ese sea el caso.

Antes de empezar a hablar de la novela en cuestión, dejemos clara una cosa: “Luna roja” es una novela aburrida. Nadie debería sorprenderse, es una novela de Kim Stanley Robinson y eso es sinónimo de aburrimiento. A Kim Stanely Robinson le leo si encuentro interesantes los temas que trata en sus novelas, pero sé en lo que me estoy metiendo cuando abro un libro suyo y no tendría sentido quejarse, aunque me temo que lo voy a hacer.

Los aspectos que intento valorar habitualmente, que si el estilo, que si los personajes, el ritmo,… no tienen sentido en esta reseña. No leo a Kim Stanley Robinson por eso, sino para leer descripciones de los paisajes del sistema solar, habitáculos espaciales y reflexiones político ecológicas.

En ese sentido, “Luna roja” ha supuesto una pequeña decepción.

La novela empieza bien, para ser de quien es. Se nos cuenta un alunizaje bastante novedoso y hay unas buenas descripciones de como sería la experiencia de moverse por primera vez en la baja gravedad de la Luna. Tiene lugar un asesinato y uno de los protagonistas es inculpado. La cosa pinta amena. ¿Conseguirá Kim Stanely Robinson contar una historia entretenida por una vez en la vida? ¿Nos espera una versión de “El fugitivo” en la Luna? ¿Aplicará el esquema del falso culpable de Hitchcock a la trama? Vanas esperanzas.

A la hora de la verdad, “Luna Roja” se compone de tres tramas paralelas:

Las conversaciones entre una analista de inteligencia y una IA. Sirven para separar los otros capítulos y para hacer que la IA haga de Deux ex machine, al final.

Los vagabundeos de los dos fugitivos protagonistas. La mayor parte del tiempo se limitan a ser empaquetados de un lugar a otro, sin que quede muy claro porque y sin que puedan tomar decisiones sobre su destino.

Los paseos de un experto en Feng Shui. Tiene pinta de ser un personaje de la novela “Antártida” que no he leído, porque repite varias veces que viajó a dicho continente. También tiene su importancia al final, pero sus capítulos son gloriosamente irrelevantes. Proporcionan alguna información sobre la situación global, pero el 90% de su contenido es paja, morralla, relleno… Úsese el sinónimo que se prefiera.

O sea, que “Luna roja” consiste, fundamentalmente, en un autista y una mujer insoportable, made in Robinson, moviéndose por distintas localizaciones, sin tener claro el porqué ni un objetivo muy definido, y encima, estos vagabundeos no para de ser interrumpidos por capítulos en los que no ocurre nada.

Y dije que no me iba a quejar.

Lo peor es que, bastante pronto, la acción se traslada a la Tierra.

¡ME HAN ENGAÑADO! Yo quería una ambientación lunar asfixiantemente detallada, sólo por eso lo estoy soportando.

Afortunadamente los protagonistas acaban volviendo a la Luna, pero después de más páginas de las que me hubiera gustado. Por cierto, la chica de la historia está embarazada, a punto de salir de cuentas y todas esas aceleraciones brutales y cambios de gravedad no parecen afectar a su bebé.

Llegado este punto, uno ha comprendido que este libro, más que sobre la Luna, va sobre la China. Robinson se centra en intentar diseccionar la idiosincrasia del pueblo chino y a citar a Mao, en vez de describir colonias en otros planetas, que es lo que se le da bien. Supongo que también hay gente que lo encontrará interesante. Personalmente, siempre he encontrado esos análisis ingenuos y redduccionistas, como un turista que después de una semana en Irlanda alardea del modo en que ha calado a los irlandeses. O a los ciudadanos de cualquier otro país. No tengo claro que los países tengan personalidad propia, pero si tengo claro que, de ser así, no puedes llegar a entenderla más que viviendo veinte años en ellos y moviéndote mucho por su geografía.

Resumiendo, la carga especulativa, que es lo que las hace soportables, es mucho menor de lo que suele ser habitual en las novelas de Kim Stanley Robinson, que esta vez se ha centrado más en la política que en lo científico y tecnológico. La historia, por supuesto, carece de interés y además se termina de un modo tan abrupto que uno no puede evitar preguntarse si habrá una segunda parte.

Lo mejor: la descripción del cráter libre y alguna cosa curiosa sobre las monedas electrónicas. También hay reflexiones interesantes sobre la crisis de representatividad que parece estar afectando al mundo hoy, no dentro de cuarenta años. Lo peor: todo lo demás.

Si a Kim Stanely Robinson le da por continuar “Luna Roja”, se de uno que no se va a leer la secuela.

sábado, 19 de octubre de 2019

“Cartas de la Atlantida” de Robert Silverberg



En esta novela los historiadores y arqueólogos son capaces de trasladar sus mentes a las de habitantes del pasado. La novela está formada por las cartas que uno de estos investigadores escribe a su pareja, también viajera del tiempo, cuando toma el control del cuerpo de su huésped mientras duerme.

Dicho huésped es el príncipe heredero de la Atlántida.

Tachán. Otra vez con la Atlántida. Que harto que estoy de la Atlántida. Podría rellenar post y posts hablando de lo mucho que detesto las teorías sobre la Atlántida y los dioses estelares que crearon a la especie humana y construyeron las pirámides. Supongo que se debe a que los amigos con los que me emborracho están convencidos de su autenticidad. En fin, me disculpo por contarles mi vida.

A lo que íbamos, en plena era glacial, existe una civilización que conoce la electricidad y la máquina de vapor. Al que haya leído mis críticas sobre otras novelas de Silverberg no le sorprenderá lo más mínimo descubrir que los atlantes son extraterrestres que provienen de un lugar llamado… ¡La estrella del gitano!

Si señores Silverberg sigue en sus trece y repite muchas de las chaladuras de “La estrella del gitano”. Hay que agradecer que “Cartas de la Atlántida” es mucho más breve. Sumamente breve. Si me paso de elocuente, mi reseña será más larga. Es evidente que es otra novelette o novella de Silverberg que fue publicada en España en forma de libro.

Su brevedad es uno de sus puntos fuertes. Termina antes de aburrir y de volverse monótona. Aún así, le sobran páginas, parece un relato alargado. Otros puntos a su favor son que parte de una idea interesante y que recrea una cultura exótica y atractiva, aunque muy poco creíble, históricamente hablando. Su naturaleza epistolar y el complicado medio de enviar y recibir las cartas la vuelve muy artificiosa, como no pocas obras de Silverberg, en las que parece más interesado en la forma de contar la historia que en la propia historia. Sin ser tampoco excesivamente original, dicha forma es correcta. Es una lectura agradable, pero que no deja poso en el lector, por culpa de lo poco que se narra en ella. El argumento es casi inexistente y termina cuando parece estar empezando. Tampoco tiene demasiado mensaje, fuera de una ligera reflexión sobre la necesidad de afrontar la muerte y la inevitable extinción, que Silverberg tampoco desarrollada demasiado.

El conjunto es una lectura irrelevante, que ni aburre ni apasiona, en la que el continente es más atractivo que el contenido.
 

sábado, 12 de octubre de 2019

“Meridiano de sangre” de Cormac Mccarthy



Cormac Mccarthy es un autor popular entre el público aficionado al fantástico por su novela “La carretera” y entre el público, en general, por las adaptaciones al cine de dos de sus novelas, la ya mencionada “La carretera” y “No es país para viejos” por la que Javier Bardem vio premiada su actuación con un oscar. Está reconocido por la crítica como uno de los escritores de Estados Unidos más importantes de la actualidad. A menudo se le menciona incluso para el Nobel. “Meridiano de sangre” es su obra más famosa y se la considera la novela más importante que se ha escrito en Estados Unidos durante los últimos veinticinco años.

Con estos antecedentes, es imposible no llevarse una decepción. Hablaremos de eso más adelante.

La técnica literaria de Cormac Mccarthy es peculiar. No utiliza ningún tipo de acotaciones para los diálogos, ni guiones ni comillas, si acaso alguna coma precediendo a un “dijo”. También siente predilección por las frases largas, muy largas, plagadas de conjunciones copulativas: “y... y… y… “. Hay un momento en el que describe un ataque de los indios con una única y descomunal frase. Rasgos de estilo que no están al alcance del más común de los mortales, pero que en su caso quedan bien. No sé puede negar que Cormac Mccarthy es un ESCRITOR, con mayúsculas, con un pleno control de su oficio.

Como habrán comprendido por el comentario de los indios, “Meridiano de sangre” es un western. Sigue las peripecias de “el chaval” de quién nunca se menciona el nombre, desde que se va de su casa y emigra al oeste. El chaval no es aficionado a la introspección, sólo actúa. Esta predispuesto a la violencia y cuando obtiene algo de dinero, se lo gasta en alcohol. Después de dar tumbos durante un buen puñado de páginas, se une a un puñado de mercenarios contratados por el gobierno méxicano para matar indios.

Entre esos mercenarios, está el juez Holden, el personaje más carismático y famoso de la novela. Pálido, sin un sólo pelo en el cuerpo, con una cultura impresionante, dado a filosofar, estudioso de la naturaleza salvaje, a la que le gustaría destruir, asesino de niños y aficionado a confundir con sus filosofías a sus incultos compañeros, a los que tal vez asesina.

El juez Holden podría o no ser un personaje sobrenatural. Para ser exactos, la mayoría de los lectores de “Meridiano de sangre” dicen que podría o no ser el diablo. Todo el mundo le considera el mejor personaje de la novela, lo que es cierto. También le consideran un inmenso personaje.

Ahí ya tengo mis duda. Sinceramente, un personaje educado, bien vestido, aficionado a grandes monólogos sobre los temas más peregrinos y menos relacionados con lo que está ocurriendo, aparentemente irónico e inteligente, que de repente explota en estallidos de violencia y mala uva, no me parece tan diferente de el Joker, por citar un ejemplo que está de actualidad. A su modo, es un tópico: el villano excéntrico.

Holden aparte, la novela consiste en grupo de mercenarios vagando de un lado a otro, matando a diestro y siniestro y envileciéndose progresivamente. Mccarthy lo cuenta con un estilo seco y descarnado, la objetividad echa prosa. Se limita a transcribir sus acciones y conversaciones. Sus diálogos me parecen magníficos, igual que su capacidad para describir ambientes. Sus personajes, Holden aparte, son más flojos, a fin de cuentas ninguno de ellos es una persona demasiado profunda. Sentir algo por ellos es imposible. Son un hatajo de asesinos hijos de puta sin corazón. No tienen ningún rasgo de humanidad que les redima, ni siquiera existe compañerismo o fraternidad entre ellos. Darles el protagonismo absoluto es otra decisión valiente de Cormac Mccarthy, de la que también sale bien librado.

Con tantas cosas buenas, “Meridiano de sangre” me ha resultado muy difícil de acabar y es poco probable que vuelva a leer algo de este autor a corto plazo. Mis problemas con la novela son dos:

Uno: la absoluta falta de objetivos de la narración. Estoy bastante seguro de que esto es totalmente intencionado. Seguro que Mccarthy piensa que la vida no tiene un objetivo claro, así que la ficción no tiene porqué tenerlo y seguro que hay muchos críticos que le aplauden por ello. Pues que quieren que les diga, yo soy de la opinión de que la ficción debe de ser distinta. En “Meridiano de sangre” pasan y pasan las páginas, pero el lector nunca tiene la sensación de estar avanzando. No parece que le estén contando una historia. Es como si toda la novela fuera un prólogo a otra obra, que nunca empieza. Hasta los asesinatos a sangre fría dejan de impactar, una vez contemplado el cuarto.

El otro problema son las descripciones de paisajes. Poética, líricas, llenas de simbolismo místico, religioso o filosófico. Son magníficas y son demasiadas. He leído a alguien referirse a Cormac Mccarthy como “poeta de las llanuras”. Bueno, aquí se describen tanto llanuras, como montañas. Generalmente al amanecer y al anochecer, que es cuando los rayos del sol permiten efectos más visuales. He oído alabanzas de la verbalización del paisaje que hace Cormac Mccarthy, de sus “fotos en prosa”. Un coñazo es lo que son.

Las tres o cuatro primeras descripciones de paisajes, te fascinan. Las quince siguientes, empiezan a irritarte. A partir de allí, te divides entre la furia y el sopor y empiezas a pasar las páginas a toda pastilla. Más que una novela sobre unos cazadores de cabelleras y un juez satánico, esta es una novela sobre el paisaje de México y Estados Unidos. Estoy seguro de que, cada vez que abras al azar el libro, te encontrarás con la descripción de un paisaje.

Quizás Cormac Mccarthy piense que hay dos tipos de personas, las que viajan y las que leen libros y que las que leen libros tienen que leer sobre los paisajes que no verán en persona. Señor Mccarthy, por favor, no me haga más favores.

sábado, 5 de octubre de 2019

“Colisión de los mundos” de Robert Silverberg



Un imperio terrestre en plena expansión se encuentra con un imperio alienígena similar. Se envía una delegación diplomática con el fin de evitar una guerra y repartirse el universo.

Esta breve sinopsis recoge el argumento de “Colisión de los mundos”, extraño título al que parecen faltarle pronombres. Es evidente que se trata de una “novelette” más que de una novela, aunque llegara a publicarse como tal. No es la primera vez que reseño una obra de Silverberg de esas característica, ni será la última, toda vez que me estoy quedando sin novelas de este autor que no haya leído ya.

“Colisión de los mundos” tiene toda la pinta de tratarse de un serial publicado por Silverberg en alguna revista a los comienzos de sus carrera. Por su brevedad y porque todo los capítulos terminan con un impactante cliffhanger. Curiosamente, constituye la mayor de sus debilidades, porque más de un capítulo consiste en un largo e insulso prólogo para ese cliffhanger. Un capítulo entero paseando es mucho, sólo para terminar con el primer encuentro entre las dos facciones.

Los lectores que esperen tensas negociaciones o una trama de intriga política, se sentirán decepcionados. La misión diplomática se dirime en apenas un capítulo. La intención de Silverberg no es reflexionar sobre los conflictos territoriales de las potencias en expansión, aunque parecen evidentes las referencias al tratado de Tordesillas, sino escribir una fábula sobre la discrepancia entre las ínfulas de la especie humana, el mito del “señor de la creación” y su auténtica insignificancia en el universo. Como tal, la fábula funciona bastante bien y ofrece al lector interesantes momentos de reflexión, un tanto oscurecidos por la traducción, que, sin ser ilegible, es bastante mala y está llena expresiones y frases que suenan extrañas y, a veces, casi incomprensibles, en español.

Silverberg tiene suficiente oficio y garra para mantener la atención del lector. A pesar de carecer de gran profundidad psicológica, los personajes se alejan lo suficiente del tópico para captar su atención y evolucionan de modo interesante. Por desgracia, con ser corta, a esta novelita le sobran páginas. El último capítulo es, prácticamente irrelevante. Yo diría que “Colisión de mundos” necesita urgentemente de una revisión que le convierta en la novela corta que siempre debió ser.