Buscar este blog

No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Lo mejor del 2018

Bah, bueno, esta vez va en serio.

Me he repasado las entradas de este año y estos son los libros que he leído en el 2018 que más me han gustado:

"Cualquier otro día" de Dennis Lehane
"Las naves del tiempo" de Stephen Baxter
"El zoo de papel y otros relatos" de Ken Liu
"Parentesco" de Octavia E. Butler
"El fin de la muerte" de Cixin Liu
"Las esferas de cristal" de David Brin
"El corazón de Tramórea" de Javier Negrete






jueves, 6 de diciembre de 2018

“La redención del tiempo” de Baoshu



No recuerdo la cita con exactitud y no la he encontrado, pero recuerdo haber leído en algún sitio que Neil Gaiman dijo que un fan siempre quiere que su autor idolatrado le cuente la misma historia, una y otra vez. Al parecer esta novela es una fan fiction de la saga de “El problema de los tres cuerpos” avalada por el propio Cixin Liu. No me cabe duda de que, el tal Baoshu, debe ser un auténtico fan de la saga, porque esta novela, durante toda su primera mitad, lo único que hace es volver a contar “El fin de la muerte”, esta vez desde el punto de vista de Yun Tianming. Por el camino, enmienda la plana a su idolatrado maestro, enmendando alguna que otra inconsistencia, bastante triviales la mayoría y añadiendo alguna revelación sobre personajes secundarios, estas si, completamente intrascendentes.

El resultado se asemeja a lo que podría ser la transcripción de la tertulia entre un grupo de frikis de la ciencia ficción discutiendo en la sobremesa sobre la obra de Cixin Liu. Me encantaría vivir la experiencia, disfrutaría mucho pasando la tarde trasegando cervezas con mi grupo de amigos, mientras discutimos sobre los entresijos de la última novedad en ciencia ficción. Por desgracia, mis amigos no comparten hasta ese punto mis intereses, nada me aburre más que leer las divagaciones de desconocidos y, por último, me temo que no soy un fan y que me fastidia bastante que me vuelvan a contar la misma historia.

A pesar de ello, esta parte se puede leer.

Luego viene la segunda parte, en la que Baoshu se desmelena y que es creación exclusiva suya. Esta parte es más complicada de explicar, porque parece escrita con prisa. Los personajes vienen y van, a una velocidad tal que resulta imposible preocuparse lo más mínimo por ellos, aparte de que sus acciones y el universo que las arropa, carezca del mínimo sentido.

Leyendo los pasajes mas alucinatorios de Cixin Liu siempre tuve la duda de si estaría haciendo una brillante especulación o tomándome el pelo. Mi escasa formación científica no me permitía decidirlo. A pesar de ello, con Baoshu estoy completamente seguro: me está tomando el pelo. Toneladas de absurda tecnojerga componen el grueso de esta parte. No todo es malo, no se puede negar que Baoshu tiene una imaginación bastante potente. Algunos de los conceptos que esgrime son portentosos, pero eso no salva semejante galimatías, sin pies ni cabeza.

El aval de Cixin Liu sólo se explica por la inmensa admiración hacia su obra e incluso su persona, que destila “La redención del tiempo”. Leído el final, la palabra que viene a mi mente y con la que definiría a Baoshu, no es “admirador”. Es “pelota”.

En fin, sólo recomendaría esta obra para los auténticos “fans” de “El problema de los tres cuerpos”. Los lectores cuerdos, deberían abstenerse. Lo que más recordaré de ella, será lo que lamento el tiempo empleado en su lectura.

viernes, 30 de noviembre de 2018

"Voces remotas en Albión" de Víctor Conde


La recepción de una transmisión de origen extraterrestre va camino de convertirse en un tópico del género. Ya se han escrito varias novelas y relatos. Quizá el más famoso sea “Contacto” de Carl Sagan, aunque, para mi gusto, la obra que mejor desarrolla el tema sea “La voz del amo” de Stanislaw Lem. Puede parecer extraño, a tenor de mi reseña. No me entiendan mal, me sigue pareciendo un muermo pretencioso, mucho más vacío de lo que la gente cree, pero, aún así, me parece la obra que mejor desarrolla el tema.

En “Voces remotas en Albión” Víctor Conde se une a esta tradición. En ella, la transmisión golpea toda la Tierra, abarrotando los discos duros de todos los ordenadores con datos incomprensibles y afligiendo a algunos humanos con una nueva enfermedad, que les hace especialmente sensibles a las ondas electromagnéticas.

La novelita sigue los esfuerzos de algunos de los investigadores del fenómeno. La creatividad que atesora esta obra sobrepasa de largo su extensión. Los conceptos que engloba son pasmosos y fascinantes. Su tamaño y su cuantía es tal, que no da para mucho más que su enumeración. No, desde luego, para un desarrollo dramático que vaya mas allá de una serie de conversaciones y algún experimento.

No es algo malo, muchas obras de ciencia ficción de la edad dorada cojeaban del mismo pie y, por contra, la prosa de Víctor Conde es bastante mejor, aunque en ocasiones su estilo no me haya resultado adecuado. Es una obra que promete revelaciones asombrosas y las cumple, la recordaré con sumo agrado.

Sólo hay un par de cosillas que me enervan. Una es que la gran revelación final sobre la naturaleza de la transmisión llega al protagonista… pues eso, como una revelación. Si, en medio de un experimento, supuestamente científico, bastante absurdo y cuya necesidad se justifica de un modo un poco rebuscado, pero no dista mucho de una visión divina o provocada por el peyote.

Y otra es el “como”. En ningún momento Víctor Conde llega a justificar como la transmisión produce los efectos que produce sobre sus habitantes y sus máquinas. Miento, en medio de la revelación lo hace, si: enumera un par de “palabros” y luego jura y perjura que no es tecnojerga. Ya. Quizá la mayor demostración de talento del autor sea que el lector no sea consciente del pedazo de esfuerzo que ha exigido a la “suspensión de incredulidad” del lector, hasta que este termina la lectura.

O casi.

domingo, 25 de noviembre de 2018

“La zona” de Juan Miguel Aguilera y Javier Negrete


 

Ya dije en mi reseña de Melanie que le había acabado cogiendo manía a las historias de zombies. Y sin embargo, aquí estoy de nuevo, merced al influjo que tiene sobre mi persona ver el nombre de Javier Negrete en una portada.

“La zona” es una novela de zombies. Perdón, de infectados, que es como les llaman ahora. No pretende ser la dignificación del género, si es que éste existe. Ni siquiera una vuelta de tuerca original al mismo. Lo que sus autores han hecho es una aplicación inteligente y profesional de todas sus reglas y lugares comunes. De estos últimos, no falta ni uno sólo, desde el variopinto grupo de personas atrapadas en un entorno cerrado, hasta la llegada de los equipos de limpieza de la malvada multinacional de turno, que está detrás de todo el desaguisado.

Hay varios puntos, sin embargo, que elevan su interés muy por encima de la media.

Una protagonista traumatizada por sus experiencias en Irak, un ayudante clavadito a un personaje de “La red de Indra”, novela de Juan Miguel Aguilera… Los personajes son tópicos, pero cada uno tiene su propia personalidad. Están bien caracterizados, no son meros aperitivos para las hordas de zombies, digo infectados.

Hay una inusual atención a los aspectos científicos. Diría que es la primera vez que veo una epidemia zombie (¡otra vez esa palabra!) que me resulte creíble y hasta hay alguna reflexión interesante.

Y hay una cierta crítica social, muy interesante y atrevida, sobre la explotación a la que son sometidos los inmigrantes que cruzan el estrecho y como los seres humanos abusan unos de otros.

Pero, sobre todo, lo que hay es un gran sentido del ritmo, una gran habilidad para mantener el suspense y la emoción y una auténtica maestría en las escenas de acción, que consiguen mantenerte pegado a tu asiento, mucho mejor que innumerables películas.

Novela impersonal, que no inventa nada, pero escrita con notable profesionalidad y eficiencia. Adictiva de narices.

sábado, 17 de noviembre de 2018

“El libro de los cráneos” de Robert Silverberg


Durante los años sesenta o comienzos de los setenta, cuatro estudiantes universitarios, compañeros de habitación aprovechan las vacaciones de semana santa para cruzar los estados unidos, en buscar de un monasterio aparecido en un recorte de periódico, que vinculan con un manuscrito medieval, en la que una misteriosa orden monástica ofrece la inmortalidad. El precio de la vida eterna es alto, sus postulantes tienen que presentarse siempre en grupos de cuatro de los cuales, uno debe suicidarse y otro debe ser asesinado por sus compañeros.

La novela va alternando el punto de vista de cada uno de los cuatro protagonistas, a través de capítulos, por lo general breves, narrados en primera persona, como si fueran soliloquios en los que recuerdan los acontecimientos del día, con los diálogos reducidos al mínimo por las restricciones de la memoria humana, salvo cuando las necesidades dramáticas exigen una licencia poética.

Aunque, evidentemente, no se trata de ciencia ficción, “El libro de los cráneos” es una de las novelas más reputadas de Robert Silverberg. David Pringle la incluyó en su lista de sus cien mejores novelas fantásticas, Miquel Barceló le dedica palabras muy elogiosas en el prólogo y he leído múltiples comentarios positivos.

Se trata de la novela que más me ha costado leer de Robert Silverberg y estuve a punto de abandonarla.

Para empezar, casi la mitad del libro consiste en el viaje. Un viaje en el que, en resumen, no pasa absolutamente nada. Van de ciudad en ciudad, conducen durante horas y se sorprenden de lo mucho que han conducido. Buscan donde pasar la noche y tratan de ligar.

En segundo lugar, están las personalidades de los protagonistas. Eli, judío y erudito, instigador de la búsqueda, Ned aspirante a escritor y, como no, homosexual, Timothy aristócrata rechoncho, procedente de la alta sociedad y Oliver, atlético muchacho de pueblo que ha logrado llegar a la universidad a base de fuerza de voluntad. Todos ellos inmersos en ese estado continuo de lujuria y frenesí sexual que las películas de Estados Unidos nos han enseñado que es el habitual en sus universidades.

Es decir, son una colección de tópicos ambulantes. Silverberg hace un gran trabajo dotando de voz propia a cada uno de ellos, Eli y Ned son unos pedantes y Timothy un engreído de una grosería insoportable. 

Al comienzo del libro, se cruzan con un conductor en el que Eli imagina todos los prejuicios que una persona de clase baja puede sentir hacia un universitario. A las pocas páginas, yo ya compartía todos y cada uno de esos prejuicios y deseaba que la hermandad de los Cráneos ofreciera a todo el grupo en sacrificio a Cthulhu.

Bueno, a todo el grupo no. Con no pocas contradicciones y puntos flacos, Oliver resulta ser un personaje mucho más interesante y complejo que sus compañeros y sus capítulos están mucho mejor escritos.

La empanada mental de Eli (que si creo porque no creo, no a pesar de que es absurdo, sino porque es absurdo y vivo sin vivir en mi), las rutinas del monasterio, sus veleidades new age, Atlantida incluida... Aunque bien condimentadas por la demostrada habilidad de Silverberg como narrador, todas estas cosas me han resultado pesadas y pretenciosas. A estas alturas de mi vida, pocas cosas encuentro menos atrayentes y más innecesarias que la búsqueda de la fe.

Sin embargo, todo mejora notoriamente al final. Como parte de la iniciación, cada uno de los miembros del grupo tiene que contar a otro su secreto más vergonzoso. En esta parte de la novela está muy bien narrada, aunque sus secretos me han resultado muy folletinescos. Que cada persona tiene algo en su pasado que le atormenta profundamente, me temo que es una gran mentira. La cruda realidad es que las personas normales somos mucho menos interesantes. Ese es uno de los motivos por los que leemos libros. Con la excepción, una vez más, de Timothy, los secretos de los protagonistas son demasiado “noveleros”, demasiado exagerados. El de Ned, en concreto, parece sacado de un culebrón barato. Sin embargo, las escenas están contadas de modo que cada confesión resulta emocionante, cada una mas que la anterior, emoción que se mantiene mientras los personajes encuentran su destino, en forma de asesinato y suicidio, perfilando un tramo final más que destacable, puede que incluso excelente.

Sinceramente, me ha parecido una novela muy sobrevalorada. Creo que sus pretensiones trascendentales y las partes excelentes hacen que mucha gente le perdone sus monótonos defectos. Aunque recomiendo que está bien escrita, yo no se la recomiendo a nadie.

PD: Este post se merece una segunda parte, en la que enumere las cosas que no me han gustado a título personal. No sé si tendré fuerzas o tiempo para hacerlo, así que mencionaré que el machismo de Robert Silverberg empieza a parecerme como el racismo de Robert E. Howard. Está tan arraigado en su escritura que o dejas de leerle, o lo asumes y tratas de ignorarlo, procurando que no infecte tus neuronas.

 

viernes, 9 de noviembre de 2018

“La puerta de Abadon” de James S. A. Corey


Tercera entrega de la saga literaria “The Expanse”. Enfriado el entusiasmo que me produjo “El despertar del Leviatan” y superada la moderada decepción que me supuso “La guerra de Caliban”, esta entrega mantiene las constantes de la serie: varias tramas paralelas, unas centrada en personajes nuevos, que no volverán a aparecer en la serie y otras en la tripulación de la Rocinante. Dentro de un cierto esquematismo, los personajes nuevos resultan más carismáticos e interesantes que el reparto habitual, pero, al menos, las paranoias mentales de James Holden, que tanto daño le hicieron a “La guerra de Caliban” casi han desaparecido por completo.

Destaco el personaje de Anna, por motivos personales. No sé si lo he dicho alguna vez, no soy creyente y tiendo a mirar por encima del hombro a los que si lo son, pero estoy harto de que las novelas de ciencia ficción siempre presenten a las personas religiosas, si no como fanáticos peligrosos, al menos como ilusos. En este mundo hay mucha gente religiosa (por desgracia, en mi opinión). La mayoría son personas normales y algunos pocos son inteligentes, así que celebro encontrarme un personaje religioso y sacerdote, para terminar de arreglarlo, que no se comporte como un necio.

Me ha rechinado más que la Tierra envíe a explorar un artefacto alienígena a un grupo de celebridades, artistas, poetas y personalidades eclesiásticas. ¡Anda ya! No podía ocurrírseme un grupo menos adecuado. Aquí a los autores, por conveniencias del guión, como dice la gente del cine, se les ha ido la mano forzando la credibilidad de sus lectores y no con la alteración de las leyes de la física.

Hablando de guiones, una de las críticas más habituales que sufre esta serie de novelas, es que los hechos no ocurren con naturalidad que los golpes de trama están muy forzados y que los acciones de los personajes no parecen dictadas por sus personalidades, sino para adaptarlas a un hipotético guión. No me lo pareció en los dos anteriores, pero algo de eso hay en este libro. Todo fluye muy bien durante los tres primeros quintos del libro. Durante ese tiempo es una lectura apasionante, pero el giro inesperado que da lugar al clímax final si que me ha parecido forzado. Para compensar, ese clímax está mucho mejor administrado que en “La guerra de Caliban”, aunque creo que los autores tienen algunos problemas con las escenas de acción, sobre todo con la presentación de los escenarios en los que transcurren.

Tal vez James A. Corey no sea la gran esperanza blanca de la space opera, pero la obra de estos autores sigue siendo un entretenimiento digno, que no insulta la inteligencia del lector, cuyos escenarios y especulaciones no harán bostezar a los acérrimos de la ciencia ficción.

Puede que sus autores sólo se hayan propuesto entretener, pero doy fe de que, con “La puerta de Abadon” lo han conseguido.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Domingo Santos ha muerto.


He tenido que enterarme de refilón, supongo que son cosas de no estar en facebook ni en ninguna otra red social. Me siento un poco traicionado, porque los blogs y sitios de noticias relacionados con la ciencia ficción por los que transito habitualmente no se hayan hecho eco. Quizá se deba a que sus autores provengan de una generación mas joven que la mía.

Sirvan estas líneas como un breve homenaje.

Nunca conocí personalmente a Domingo Santos (Pedro Domingo Mutiñó de verdadero nombre). Afortunadamente, ya he tenido bastante muerte en mi vida últimamente. De su obra como escritor, leí “Hacedor de mundos”, “Gabriel” y algún relato suelto. No era de mis autores favoritos, aunque su estilo era eficiente. “Hacedor de mundos” creo que fue la primera novela que leí de un autor español. Me resultó entretenida y curiosa. Creo que Rodolfo Martínez dijo de “Gabriel” que, con esta novela, la ciencia ficción nacional alcanzó la mayoría de edad. No me pareció para tanto, pero en fin, cada uno tiene sus propios gustos.

En lo que nadie puede discutir que fue magnífico, fue en su labor de difusión de la ciencia ficción, como editor y traductor. Cuando empecé a leer el género, mis hermanos mayores bromeaban con que todos los libros de ciencia ficción que se publicaban en España estaban traducidos por Domingo Santos y eran publicados en una colección dirigida por Domingo Santos. Los grandes clásicos y las obras más populares, como “Dune”, fueron traducidas por Domingo Santos. Los primeros libros de autor español que vi publicados, lo fueron en la colección Ultramar, que dirigía Domingo Santos.

Quizá Akasa-Puspa nunca hubiera visto la luz sin Domingo Santos. O la trilogía de “Las islas del infierno” de Angel Torres Quesada. A menudo me quejo de la falta de presencia editorial de este género en mi país, de la cantidad o de la calidad de las obras que se publican, pero, si no hubiera sido por Domingo Santos, su presencia sería inexistente.

Domingo Santos fue el padre de la ciencia ficción en España.

Rodolfo Martínez se explica mucho mejor que yo, y con más conocimiento de causa, aquí:

domingo, 28 de octubre de 2018

“Voladores nocturnos” de George R.R. Martin


 



Hará nueve meses o así, me enteré de que el canal scifi iba a producir una serie de televisión basada en un relato de ciencia ficción de George R.R. Martin, autor antiguamente muy popular entre los aficionados a la ciencia ficción y en cuya obra no he profundizado demasiado.
 


 


Poco después, la noticia se corrigió, no iba a basarse en la historia original, sino en la película de 1987 que ya la adaptó en su día. Eso fue otra sorpresa para mí. No sabía nada de esa película y me apresuré a descargarla.
 


 
La película es… como lo diría yo… una basura. La labor del director Robert Collector, que tendrá un puesto ejecutivo en la serie, sólo se me ocurre calificarla como chapucera. Las interpretaciones son malas, los efectos especiales y los decorados, cutres. Y los peinados, muy ridículos. Su único punto a favor, es el encanto que para muchos aficionados tienen las películas de ciencia ficción de serie B, sobre todo cuando son malas y cutres. A pesar de ello, el guión tenía cosas interesantes. Bien hecha, podría haber sido una buena película. O un buen capítulo de una serie de televisión.

No concibo cómo puede ser posible basar en ella una serie entera de más de diez capítulos, con pretensiones de añadir todas las temporadas que la audiencia permita. Los trailers emitidos hasta ahora, evidencian muy pocas similitudes. Hablan de salvar el mundo (que manía con que siempre haya que salvar el mundo, como si la supervivencia de los personajes no fuera gancho suficiente para ver una serie) y aparecen alucinaciones inexistentes en la película. Parece que se hayan confundido de película y se hayan basado en “Event Horizont”.

El caso es que me despertó la curiosidad por leer la novella. Imagino que debe de estar incluida en alguno de los recopilatorios de relatos publicados Gigamesh, puesto que George R.R. Martin está muy orgulloso de ella. La imagen con que ilustro el post parece indicar que incluso ha gozado de publicación independiente. De ser así, jamás la he encontrado y me niego a comprarme una antología por una sola historia, así que, como se verá para mi desgracia, he procedido a bajarla de Internet.

“Voladores nocturnos” pertenece a ese entretenido subgénero, más propio del cine que de la literatura, en el que los tripulantes de una nave espacial van muriendo uno detrás de otro, mientras la nave, a su vez va siendo progresivamente destruida. Nada que objetar. Yo mismo he intentado escribir alguna historia así.

En ésta, una expedición científica se aleja de las rutas transitadas, para internarse en las profundidades del espacio, en busca de una misteriosa nave espacial, perteneciente a una especie que jamás ha sido contactada, el volcryn, pero cuyas naves vienen sido avistadas desde antes del comienzo de la historia humana. Para ello contratan una nave mercante completamente automatizada, cuyo misterioso capitán jamás se presenta físicamente ante sus huéspedes y solo conversa a través de comunicadores.

Lo primero que me ha sorprendido de la lectura, es que la adaptación de 1987 fue jodidamente fiel. Uno de esos tristes casos que demuestran que fidelidad no garantiza calidad. Lo segundo es lo mala que puede ser una traducción. A esto me refería con lo de “mi mala suerte”. La versión que he encontrado es casi ilegible. Comete algunos errores de campeonato, como traducir repetidamente “Superior” como “Superado” a pesar de que contradice el contexto y confundir el género de los pronombres cuando se refiere a los personajes por su profesión. La traducción es tan rematadamente mala, que no puedo pronunciar ningún juicio sobre la calidad del estilo de Martin.

Si puedo decir que demuestra capacidad para la intriga y la creación de atmósferas misteriosas. Construye con bastante verosimilitud una historia de mansiones encantadas en el espacio. Aunque el relato sea muy convencional, su sentido del ritmo es innegable y tiene algunas ideas curiosas. Los detalles que pueblan las conversaciones entre sus poco perfilados personajes, dan la impresión de un contexto muy trabajado. Un universo complejo y atrayente en el que, quizá, Martin haya ambientado más historias. El volcryn (que, en el fondo, carece de la menor importancia en la trama) es una idea de lo más evocadora y la revelación final sobre su naturaleza, es excelente. Revelación que, por cierto, fue omitida en la película, supongo que por considerarla demasiado complicada para un espectador medio. Sólo lamento que los poderes psíquicos sean tan fundamentales en la historia. Habituales en los relatos de la edad dorada, utilizados por Henlein, Asimov y creo que incluso Clarke. Personalmente, no tienen la menor credibilidad para mí y son un deux ex machine demasiado evidente, es decir un “Lo hizo un mago”.
 

viernes, 19 de octubre de 2018

“Cualquier otro día” de Dennis Lehane


Bueno, finalmente me he acabado esta novela. Una gran novela. No sé si será la obra maestra que muchos la consideran, pero, desde luego, es un libro muy bueno.
Destacar las constantes en la obra de Lehane:

La habilidad para crear personajes y la maestría con los diálogos, que, cosa imposible y contradictoria, consiguen ser a la vez, ocurrentes y naturales.

Su brío para describir ambientes y escenarios: principalmente una descripción casi enciclopédica del Boston de comienzos del siglo XX, justo a finales de la primera guerra mundial, pero también de otras localidades de EE.UU.

Su maestría descarnada en la descripción de la violencia, con escenas de una crueldad inusitada, incluyendo algunas de turbas y tumultos callejeros que harían que los militares de Bernard Cornwell se lo hicieran encima.

Sus reflexiones, lúcidas y pesimistas, sobre la vida, las relaciones humanas y la familia (¡Ay!, ese Thomas Coughlin, que ve arruinados los destinos que planeaba para sus hijos).

Y, por supuesto, que es un gran narrador y consigue que el lector se interese por lo que le ocurre a sus personajes, no sólo cuando afrontan las terribles crisis que cambiarán para siempre sus vidas, sino también en sus momentos de calma.

Me resulta complicado, eso si, explicar de que va la novela. George R.R. Martin decía que era una novela “dirigida por personajes”. Seguimos a unos personajes durante un montón terrible de páginas y los personajes actúan en cada momento de acuerdo a sus personalidades, sin que nunca sus actos parezcan artificiales ni dictados por las necesidades del guión, mientras se cruzan y se descruzan, se aman y se odian.

Los dos principales son Luther, un joven negro que se gana la vida como puede, a la vez que asimila una temprana paternidad y Danny Coughlin, el hermano mayor del Joe de “Vivir de noche” y “Ese mundo desaparecido”. Primer hijo rebelde de Thomas, agente de policía que busca su sitio en el mundo, atormentado por una ruptura amorosa y el trauma de haber sobrevivido a un ataque terrorista.

La novela es tan larga, que cualquier detalle del argumento que comente, podría ser considerado un spoiler. Para cuando cada personaje alcanza la encrucijada a la que está destinado, han pasado, literalmente, cientos de páginas. Merito de Lehane es que no se hagan aburridas. Sólo diré que un tema fundamental en la obra es la historia del comienzo del sindicalismo en EE.UU. No me resisto a comentar que, aunque nunca se le llama por tal nombre, la gripe española y sus consecuencias son fundamentales, y dan lugar a algunos de los pasajes más escalofriantes que he leído. Qué, como parecen ser todas las obras de Lehane, esta es, en el fondo una tragedia, aunque el final permita un atisbo de esperanza, al contrario que “Ese mundo desaparecido” Y que Babe Ruth ejerce de maestro de ceremonias.

Para los que no lo sepan Babe Ruth, es un legendario jugador de baseball. Su presencia abre y cierra la novela y encabeza cada una de las partes en que se divide, en capítulos breves, escasamente relacionados con el resto del argumento. En el prólogo presenta a Luther, en el epílogo despide a Danny y sirve para proporcionar algo de información sobre el momento histórico en que viven. No mucha. La verdad es que esos capítulos podrían haber sido eliminados perfectamente. Añádase las descripciones de sus partidos y su carrera y el tedio provocado porque el baseball es un deporte completamente incomprensible para el común de los mortales que haya nacido en la vieja Europa.

No se me hicieron demasiado pesados, pero yo me habría cargado todos esos capítulos. Si algún pero le pongo a “Cualquier otro día” es que es demasiado larga. Su longitud es tal, que puede llegar a parecer que el autor ha perdido por completo el hilo del argumento, o que este no existe, por el tiempo que se toma para ello. No es así. “Cualquier otro día” es una gran obra y Dennis Lehane un gran escritor. Sólo desearía que no abusara tanto del café.

jueves, 11 de octubre de 2018

George R.R. Martin habla de “Cualquier otro día” de Dennis Lehane


 O habló para ser más exactos y muy bien, al menos durante el primer párrafo. En el segundo se le fue la pinza y empezó a divagar.

Pueden leerlo aquí.
¿Se están preguntando que demonios me importa lo que George R.R. Martin dijera o dejara de decir? Bueno, la verdad es que me estoy leyendo “Cualquier otro día” y es una novela muuuyyy laaaaarga. Así que necesitaba un post de relleno para que mis treinta seguidores no se olviden de mi y, de paso, quise poner a prueba la teoría de que basta con poner en tu blog el nombre de George R.R. Martin para que aumente el número de visitas.

jueves, 4 de octubre de 2018

“Estacion Hawksbill” de Robert Silverberg



Esta novela me ha parecido una combinación de lo excelente y lo rutinario. Su premisa es que, en un futuro tan cercano que ya es pasado, los estados unidos se han convertido en un estado totalitario y se deshacen de los disidentes políticos enviándolos a través del tiempo, al periodo Cámbrico, mediante un proceso que sólo permite el viaje de ida.

En capítulos alternos se nos cuenta la vida de uno de estos presos políticos, que acabará convirtiéndose en el líder de de la comunidad y el revuelo y las reticencias que provocan en esta extraña comunidad la llegada de un enigmático nuevo recluso, que no se comporta como el resto.
Encuentro cierto esquematismo en la parte que describe la vida del protagonista. Silverberg describe la pasión revolucionaria como un virus, una enfermedad que se apodera de la personas y, una vez en sus garras, no las deja escapar. Parece que sea incapaz de concebir algo tan básico como la indignación. A pesar de estos prejuicios y de la inclusión entre ellos de algunos exaltados, cosa inevitable, los disidentes protagonistas son, por lo general, gente bastante razonable, que nunca recurre a la violencia. Sus delitos son tan terribles como repartir panfletos y convocar protestas. La respuesta del estado, por supuesto, es demoledora y sus métodos no tienen nada que envidiar a los de las dictadura del tercer mundo.

Finalmente, el protagonista es detenido (no es ningún spoiler ¿cómo si no iba a acabar en la estación Hawksbill? Este capítulo quizá sea el más flojo de esta parte. La sombra de George Orwell es alargada y es peligroso intentar medirse con ella.

A pesar de ello, esta parte es excelente. Más que leerse se devora, los personajes son interesantes y me resultan creíbles y cumple su propósito de sacudir las conciencias. Encontré particularmente inquietante la reflexión sobre la facilidad con la que el paso del tiempo y la naturaleza conservadora de la humanidad convierten en básicas instituciones y tradicionales instituciones y gobiernos inadmisibles.

La parte que transcurre en el cámbrico es adecuadamente decadente. El ambiente forzosamente tiene que ser triste y desesperanzado y lo es. El escenario está muy bien desarrollado, pero los personajes parecen más estereotipados. Volverse loco en las condiciones descritas parece inevitable, peros sus locuras resultan demasiado pintorescas como para ser creíbles. Sólo falta alguno que se crea Napoleón. A pesar de algunos grandes hallazgos de ambientación y atmósfera, no ha conseguido que me interese por su leve intriga y la revelación final sobre el destino del protagonista ni sorprende ni conmueve. Esta parte me ha resultado rutinaria.

Lo dicho, una mezcla de lo excelente y lo rutinario.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

“Nada nuevo bajo el sol” de José Antonio Suárez



Esta novela de José Antonio Suárez se compone de dos tramas paralelas. Una de ellas es un thriller sobre una empresa farmacéutica que saca al mercado un fármaco que permite reducir a un tercio las horas de sueño, sin realizar correctamente las debidas pruebas y con terribles repercusiones.

La otra podríamos considerarla una distopia. Para acabar con las acusaciones de plagio, en el mundo de la novela, cualquier tipo de original debe verificarse contra una base de datos que contiene la totalidad del conocimiento humano. El resultado inevitable es que es casi imposible conseguir un certificado de originalidad. A fin de cuentas, toda obra artística o ingenieril se nutre de obras anteriores. Cabalgamos a hombros de gigantes y es imposible hacer un logro completamente original.

La casualidad ha querido que esta novela cayera en mis manos justo cuando los medios de comunicación están obsesionados con la originalidad de las tesis de los políticos, lo que demuestra que la obra de José Antonio Suárez ya se está empezando a hacerse realidad. Si, comprendo que no es lo mismo una novela que una tesis doctoral, pero que queréis que os diga, que un algoritmo decida si un trabajo es o no original, me parece de lo más siniestro. Como informático que soy, estoy acostumbrado a ver como funciona el software, es decir, estoy acostumbrado a que funcione como el culo. Someterlo todo a un algoritmo inflexible, no es una buena idea. Por ejemplo, en mi trabajo, mi código tiene que pasar las revisiones del SonarLint para asegurar la “calidad del código” y, aunque la mayor parte de las veces tenga razón, os aseguro que esa calidad es como poco “discutible”. Obligad a aplicar una serie de reglas fijas y estrictas a menudo incide en una proliferación de métodos no reutilizables que no representan ninguna funcionalidad y en llenarlo todo de constantes inútiles.

Supongo que se le puede dar la vuelta a mi argumento. Que si, con lo mal que funciona el software, si aún así, el algoritmo da un positivo, es que es un plagio descarado. De todos modos, insisto en que es dejar demasiado poder en una máquina. Me parece bien que se utilicen este tipo de softwares, siempre que luego una persona supuestamente imparcial se revise el trabajo y cada una de las supuestas coincidencias y compruebe que, efectivamente, lo son.

Es un trabajo ingrato, pero alguien tiene que hacerlo.

La novela sigue a un grupo de personajes, involucrados en mayor o menor grado con la trama de la empresa farmacéutica, cuyas ambiciones artísticas han sido frustradas por la imposibilidad de conseguir un certificado de originalidad. Como es habitual en la obra de José Antonio Suárez, los personajes son pobres diablos, llenos de defectos y con alguna virtud y el estilo es apresurado. Por desgracia, esta trama que he dado en llamar “distópica” está bastante falta de orientación y objetivo. Parece parte del escenario. Hay un proyecto de “hackeo” y una cierta relación con una inteligencia artificial, que pretende hacer… algo. Ese tipo de cosas sin mucho sentido que siempre pretenden hacer las inteligencias artificiales en las novelas de ciencia ficción, o, al menos, en los capítulos de Star Trek.

Las conclusiones finales son excelentes, tanto el descubrimiento de la verdad sobre los artistas “originales” que todavía consiguen difundir oficialmente su obra, como la estrategia final a la que se ven obligados los artistas, pero son aspectos muy colaterales de la novela.

Entretiene, por supuesto y es interesante, pero la parte entretenida no es interesante y la parte interesante no es entretenida.

(Esto último creo que es una cita de Rodolfo Martínez, espero que no me denuncie por plagio)

viernes, 14 de septiembre de 2018

"Las naves del tiempo" de Stephen Baxter. LO QUE NO ME HA GUSTADO



“Mitteleuropa: la Europa del Eje, un mercado único que se extendía desde la costa atlántica hasta los Urales.”
Esa es la idea del mal que expone Stephen Baxter en esta novela. Cierto que la contrapartida no es ningún paraíso. Baxter expone sin reparos los muchos defectos de su Gran Bretaña alternativa, aunque excusa dichos defectos como inherentes a la prolongada guerra en la que vive y son en última instancia, culpa de Alemania.

Alemania es la cuna de todos los males, la tierra de Mordor, mientras que el futuro de la Tierra y la libertad, se encuentra en manos de los países anglo-parlantes, Gran Bretaña y Estados Unidos. También Australia. Pero aunque no la riqueza ni el poder, el espíritu y el alma se encuentra en la madre patria, en Gran Bretaña.

¿Y cual es su némesis? Un mercado único, un mercado común.

Me da la sensación de que la eurofobia no ha sido cosa del Brexit. 

miércoles, 12 de septiembre de 2018

“Las naves del tiempo” de Stephen Baxter


En 1995, cuando se cumplían 100 años de la publicación de “La máquina del tiempo” de H.G. Wells, Stephen Baxter publicó esta continuación. Se trata de su primera novela en solitario que reseño en este blog (como mucho, habrá tres mas). Han pasado casi veinticinco años desde su publicación. No sé hasta que punto será factible hablar de spoilers, a estas alturas, pero Miquel Barceló desvela algo menos de la mitad del libro, en su introducción. Yo intentaré ser más precavido. Sólo diré que la novela sigue al viajero del tiempo en ese segundo viaje, del que nunca regresó, con el que terminaba la novela original.

(¡Oh, no! ¡Acabo de desvelar su final!)

El viajero descubrirá que las cosas no son exactamente como las recordaba en el futuro. La maquina del tiempo resultará ser también una máquina de generar líneas temporales alternativa. Y hasta aquí puedo decir.

Stephen Baxter adapta su lenguaje al estilo en el que estaba escrita la novela original y lo mismo hace el traductor, Pedro Jorge Romero. A pesar de lo respetuoso que suena, la idea no me seduce. Imitar estilo de un escritor, suele consistir en imitar sus tics, es decir, en exagerar sus defectos. Afortunadamente, autor o traductor andaron comedidos y ese no es el caso, aunque el uso de los signos de admiración por el narrador a veces me resultó irritante.

Para bien o para mal, Baxter no tarda en apoderarse de la novela y darle su propia personalidad. El lector que esperase un mero regreso al universo de los Eloi y los Morlocks se llevará una decepción. En lugar de ello, Baxter lo lleva hasta el infinito y más allá. La novela rebosa de ideas y temáticas, capaces de complacer a los aficionados a la ciencia ficción más variados. Si a usted le gustan las historias de objetos grandes, en “Las naves del tiempo” aparecen objetos grandes, pero grandes, GRANDES. Si es fan de las ucronías, se encontrará con una muy desarrollada y creíble. También se encontrará con algo que se parece mucho a una utopía. Si lo que le priva es el vértigo cósmico y las especulaciones sobre el final, o el comienzo del universo, también encontrará eso aquí y un proyecto de descomunal ambición, llevado a cabo por los herederos de la raza humana. Por unos de los posibles, porque hay aparecen como cerca de tres posibles especies/entidades candidatos a ser los sucesores de la especie humana. Y, por supuesto, si lo que le gustan son las historias de viajes en el tiempo, aquí encontrará bucles causales y paradojas.

En el debe, los problemas habituales de Baxter, patentes en colaboración o en solitario. Sus personajes son superficiales o esquemáticos y su prosa es funcional. Me ha parecido que esos defectos son mucho menos evidentes que en sus colaboraciones con Clarke, quizá por que estuviera más inspirado, o quizás porque la traducción sea mejor. Tampoco me ha interesado demasiado la inclusión de una trama a lo "Robinson Crusoe". También son típicas, pero a mi me aburren. Estos defectos no han sido un obstáculo para que disfrutara de la lectura.

Se me acaban los adjetivos. Una novela ambiciosa e imaginativa, que, a pesar del casi cuarto de siglo transcurrido desde su publicación, mantiene prácticamente intacta su capacidad de entretener, fascinar y maravillar. Quien sabe si aguantará el siglo tan bien como la de H.G. Wells.

Aún así, hay una cosita que no me ha gustado...

 

viernes, 7 de septiembre de 2018

“A través de un billón de años” de Robert Silverberg: LO QUE NO ME HA GUSTADO


Pongámonos en contexto. El protagonista y narrador de “A través de un billón de años” estaba tan enfrascado en la extracción de una misteriosa esfera, que ignoró deliberadamente que mientras el estaba excavando a su futura pareja le estaba metiendo mano otro de los miembros de la expedición, con un nivel de acoso punible legalmente. Justo es reconocer que, a pesar de su asqueroso comportamiento, el agresor, Leroy es, en el fondo, un pobre hombre inofensivo y que la agredida, Jan, es muy capaz de defenderse sola, cosa que forzosamente tuvo que hacer, dada la pasividad de su novio en ciernes y, cuando lo hace, se deshace de Leroy sin problemas.
Lo malo llega luego, cuando la pareja se reúne y ella, por supuesto, le afea su conducta. El narrador trata de quitar hierro a la situación y juega un poco a enojarla y no se lo ocurre mejor idea que soltar lo siguiente:
 
¿Sabes? Dicen que la violación no es realmente posible a menos que la víctima colabore. Es decir, todo cuanto tiene que hacer es defenderse, y si la muchacha tiene una fuerza normal y el atacante no es superhombre podrá librarse de él. De modo que cuando el violador tiene éxito, es o bien porque la muchacha está paralizada de miedo o bien porque secretamente ella quiere que la violen. Además, no recuerdo haberte oído gritar.
Se supone que no está hablando en serio, pero no deja de ser perturbador encontrarse esta sarta de barbaridades, expresadas con tal ligereza. No es el primer autor al que leo cosas parecidas, recuerdo que Robert A. Henlein en “Forastero en tierra extraña” hizo que uno de sus personajes expresara las mismas ideas, casi palabra por palabra, sólo que hablando completamente en serio. Encima, en ese caso, se trataba de un personaje femenino.

Ya es la segunda vez que me encuentro con momentos que me apestan a machismo en la obra de Silverberg, autor al que, si no fuera por ello, encontraría muy disfrutable. Tercera vez, si cuento la divertida anécdota con James Tiptree jr. 

jueves, 6 de septiembre de 2018

“A través de un billón de años” de Robert Silverberg


Novela que cuenta las investigaciones que una expedición arqueológica hace alrededor de una misteriosa civilización, los Superiores, de la que se han encontrado restos en varios planetas de la galaxia, datados con fechas de entre 1100 y 850 millones de años. Su misterio emana no sólo de su antigüedad sino del apabullante hecho de que su civilización duró al menos 250 millones de años y eso contando desde el momento en que empezaron a viajar por el espacio. Dado que la edad de la humanidad se cuenta en unos escasos tres millones de años, comparen.

Curiosamente, nadie en toda la novela plantea la posibilidad de que no dispusieran de un modo de propulsión más rápido que la luz, lo que hubiera sido una explicación bastante prosaica al misterio de su longevidad.

Se trata, por tanto de una novela sobre xeno arqueología. Otra más. Cualquier día, alguien se inventará una palabra para referirse a este sub género. Las ruinas extraterrestres tienen algo que resulta fascinante para los escritores… y los lectores. Los protagonistas de este tipo de relatos suelen pasearse por ruinas de miles de siglos, pobladas por extraños artefactos tecnológicos que funcionan demasiado bien. Bastante de eso hay en la última parte de “A través de un billón de años”, pero es de agradecer que, durante el resto de la obra, los personajes se comportan como arqueólogos de verdad, no como Indiana Jones con trajes espaciales y se dediquen a lo que suelen hacer los arqueólogos: excavar. He leído algún comentario que dice que Silverberg capta muy bien el ambiente de este tipo de expediciones y que, salvando las diferencias de especie, clava a los personajes y sus relaciones. No sabría decirlo, nunca estuve en ninguna.

El título está, evidentemente mal traducido, ya sabemos que para los americanos un billón son mil millones, pero a ver quien era el guapo que encontraba una opción mejor.

La novela se compone de diferentes cartas que el protagonista dicta para su hermana, en la que va contando la marcha de la expedición y la relación con sus compañeros. Este recurso ahorra a Silverberg el trabajo de escribir escenas para presentar a estos: en el primer capítulo los describe uno por uno y ya está, ole sus huevos. Aunque hay que reconocer que así va directamente al grano y la novela gana en fluidez, de otro modo, la presentación de personajes hubiera durado casi tanto como el resto del libro.

El colorido universo de la novela es un batiburrillo entrañable de diferentes ideas de la ciencia ficción clásica. Los humanos viven en paz con varias especies alienígenas, una de aspecto no antropomorfo, genéticamente compatible y otras no (de las cuales, una de ellas se embriaga comiendo flores), hay androides, ahora diríamos replicantes, que han conseguido que se les reconozcan sus derechos como seres humanos, las comunicaciones interestelares se hacen vía telépatas ¡y no me hagan contarles el medio que utilizan para transmitir imágenes! De sonido, video o programas, ni hablamos. Si tuviera que definirlo en una palabra, diría que es un universo encantador. Un futuro optimista y agradable.

Como agradable resulta la lectura de la novela. Aunque hay una única muerte, la violencia está prácticamente ausente. Todo es bastante blanco. El protagonista, joven inexperto, va madurando y superando sus prejuicios, tampoco muy grandes, mientras la excavación va dando paso a la exploración y la aventura. El final, sin ser excelente, es bastante bueno. Lo más soso es la inevitable historia de amor, bastante insulsa. Con todo aquí y allá hay ramalazos de ingenio, tanto en la forma como en el fondo, que calmarán a los lectores sedientos de transcendencia. Los demás se contentarán con un buen pasa ratos, que dejará un recuerdo entrañable.

No obstante, hay una cosa que no me ha gustado nada...

jueves, 30 de agosto de 2018

“Antes de que los cuelguen” de Joe Abercrombie


Segunda entrega de la trilogía “La primera ley”. Tras la extensísima presentación de “La voz de las espadas”, la trama empieza a coger velocidad en esta novela. Gokta vuelve al sur, a defender una ciudad sitiada, el coronel West y los antiguos camaradas de Logen combaten en el norte contra Bethod, mientras que el propio Logen, Jezal, Ferro y Bayaz emprenden la clásica “búsqueda” que toda saga de fantasía épica debe tener.
Tanto esta “búsqueda” como la parte bélica están observadas bajo el prisma naturalista y desmitificador de Joe Abercrombie. Hay batallas épicas y muy emocionantes, pero el autor concede tanta importancia a la descripción de las consecuencias de la matanza que al combate en sí. El libro es pródigo es descripciones de hospitales de campaña, paisajes sembrados de cadáveres y de las duras condiciones de vida que tienen que soportar los soldados rasos.

Lo mismo ocurre en la expedición de Bayaz, el primero de los magos. Sus integrantes luchan contra bandidos y semi humanos, pero, sobre todo, luchan contra la intemperie: la lluvia, el frio, el cansancio y las heridas. Joe Abercrombie da tantos detalles sobre el desgaste físico que suponen estas vivencias que parece que las haya vivido en carne viva.

Para aligerar la carga de tanta violencia, horror y sufrimiento, abundan los momentos de humor. Un humor que suele surgir en los coloridos diálogos, basado en los personajes, frecuentemente, en lo burros que son. Toda la trama está enfocada a los personajes, el gran atractivo de la serie. Frente a la sosería que solía caracterizar la fantasía heroica en mi juventud, los protagonistas de “La primera ley” son terriblemente carismáticos y, aunque a menudo letales, nada heroicos. Ya lo dije en la reseña del primer volumen, casi imposible no cogerles cariño, aunque alguno sea un inútil y algún otro un psicópata.

Me ha resultado una lectura muy grata, aunque en ningún modo quiero decir que sea perfecta. El superior Gokta es un pedazo de personaje, pero su parte del libro sigue teniendo que ver muy poco con las demás, aunque todo se andará. El ritmo es en ocasiones demasiado pausado y la planificación en escenas multiplica de modo exponencial el número de páginas.

Intentaré explicar a lo que me refiero. El modo en que Abercrombie construye sus historias, obliga a que todo tenga que ir en una escena. Si se quiere dar información sobre el pasado, alguien tendrá que contársela a alguno de los personajes principales, así que tiene que ingeniárselas para crear una situación en la que se encuentre con alguien que le de una conferencia y crear las circunstancias para ello. Si hay que dar mucha información, hay que repetir el truco varias veces. Del mismo modo, si dos personajes empiezan a congeniar, tiene que crear al menos tres escenas en las que se vayan acercando progresivamente, o sea, al menos dos o tres capítulos.

El libro no es aburrido, faltaría más, pero me habría gustado un poco más de elipsis. No es que sobren la mitad de las páginas, pero una pequeña poda le habría sentado bien. Así y todo, me lo he leído en dos semanas, lo que demuestra la habilidad narrativa de su autor y lo bien que vienen los periodos veraniegos de jornada continua para la lectura. Aún así, me asusta el grosor de la tercera entrega y del resto de los libros de Abercrombie, a los que empiezo a echar un ojo.

En fin, habrá que coger fuerzas para la tercera entrega. La avalancha ha comenzado. La presencia de la magia y lo sobrenatural es cada vez mayor. En el universo de “La primera ley” nadie sale indemne de una batalla y ningún personaje está a salvo de la muerte. Sospecho que al menos dos de mis personajes favoritos fallecerán antes de que termine la serie..

 

viernes, 24 de agosto de 2018

“Tiempo de cambios (II)” de Robert Silverberg


En la ciencia ficción abundan ejemplos de sociedades en las que se han prohibido las emociones. Con más frecuencia en el cine y la televisión que en la literatura y, generalmente, con una calidad muy escasa, pero los ejemplos son abundantes. En “Tiempo de cambios” lo que ocurre no es exactamente eso, lo que se ha proscrito en la comunicación de los sentimientos. Lo que no deja de ser una putada. Pocos momentos hay más especiales en la vida que aquellos en los que uno se sincera abiertamente con otra persona en la que confiá totalmente.

Simpatizar con la rebelión de Kinnal Darival es fácil, si es que a lo suyo puede llamarse rebelión. Lo que me preocupa es la herramienta elegida para ello: la droga. Kinnal Darival emplea una droga que sólo puede caracterizarse de mágica que habilita la comunión total entre las mentes de los que la comparten. Las descripciones que hace Silverberg de la experiencia son muy vagas y generales, no intenta hacer al lector partícipe de la misma sino que se centra más en sus efectos posteriores.

Aunque de un modo místico y exagerado, lo que el protagonista hace es emplear una droga para superar las inhibiciones impuestas por su educación. No es algo tan raro, a fin de cuentas, cuando en una reunión de amigos empieza a correr el vino o la cerveza, es habitual que se hagan confidencias que cada cual guardaría en su pecho de otro modo. Exhibirse a sí mismo de un modo total, como se hace en “Tiempo de cambios”, no me atrae. Personalmente, a mi me aterraría que mis amigos conocieran mis fantasías sexuales, por ejemplo, aunque soy consciente de darle demasiada importancia al sexo y de avergonzarme por cosas sin importancia. Pero de un modo más moderado… Con esto quiero decir que la conducta de Kinnal Darival no es tan ajena a nuestro propio mundo, pero si que lo es la devoción que parece expresar hacia la droga. Kinnal Darival llega a afirmar que, si pudiera, obligaría a toda la población a tomarla y no reniega de ella, a pesar de la tragedia que acaba provocando.

¿Es la novela “Tiempo de cambios” una exaltación de la droga? Decir tal cosa es adentrarse en el peligroso terreno de las interpretaciones. Es bien sabido que cada lector tiene la suya y que, muy a menudo, no tienen nada que ver con las intenciones originales del autor. La novela es del 1971. No es de los sesenta, pero por los pelos y los setenta fueron muy herederos de los sesenta. La cruda realidad no había despojado todavía a las drogas del glamour que ofrecían a la generación de la era de acuario. Es fácil ver una metáfora de la juventud hippy estadounidense que se rebela contra la rígida moralidad de su país.

¿Era esa realmente la intención de su autor?

Pues yo no lo tendría tan claro. Empecemos porque no hay que confundir al autor con el personaje. Es Kinnal Darival el que desearía que todo el mundo experimentase las maravillas de la “unión” de mentes, no necesariamente Silverberg. Podemos simpatizar por su rebelión contra el orden establecido, pero ¿en qué consiste esa rebelión? Básicamente en colocarse con sus conocidos, en buscar desconocidos con los que colocarse y en difundir el uso de la droga. Vaya revolución. En el mejor de los casos, se comporta como uno de esos productos de Hollywood que difundían la coca en sus fiestas, en el peor, como un vulgar camello.

Y la droga se cobra su precio. Kinnal Darival no oculta que se obsesionó con ella, que perdió peso y que sus capacidades mentales y su salud se resintieron. En suma, empezó a presentar todos los síntomas de una adicción. En la escena en la que intenta convencer a su hermano de que comparta la droga con él, se parece escalofríantemente a un drogadicto suplicando un pico.

Quizá no sea una exaltación de la droga ni una condena, quizá Silverberg pretendió ser intencionadamente ambiguo, como ambiguo es, más o menos el final de la novela. Quizá sólo pretendiera que el lector se hiciera preguntas.

miércoles, 22 de agosto de 2018

“Tiempo de cambios” de Robert Silverberg


Esta vez, si que he conseguido la edición de la Factoría, correspondiente a la imagen con la que ilustro el post.

“Tiempo de cambios” está ubicada en una colonia humana de un remoto futuro. Por motivos religiosos, su sociedad considera un pecado la introspección, que lleva a la autocompasión, y prohíbe a sus miembros compartir sus sentimientos con otras personas, salvo los drenadores, una especie de confesores y el hermano y la hermana vincular. No está permitido hablar de los propios sentimientos con los amigos íntimos, ni siquiera con la pareja y utilizar los pronombres de primera persona “Yo”, “mi”, se considera una obscenidad.

El libro está escrito como la autobiografía de un antiguo aristócrata que terminó enfrentándose a este estado de cosas, escrita mientras espera, escondido, su detención.

El personaje principal está muy bien definido, tanto en su comportamiento como en su voz. No es que se nos cuente que es un antiguo privilegiado, orgulloso y de gran cultura, sino que se comporta y habla como un antiguo privilegiado, orgulloso y de gran cultura. No clava tanto al resto de los personajes, entre otras cosas porque sólo los conocemos a través de la voz de Kinnal Darival, pero también resultan convincentes.

Sobre el escenario no estoy tan seguro aunque he leído a otros blogueros comentar lo bien construido que está el mundo en el que transcurre la acción. Silverberg describe cuidadosamente su geografía, pero no entra demasiado en demasiados detalles sobre su paisaje, su flora y su fauna, salvo puntualmente. Tampoco da demasiados detalles sobre la tecnología de la que disponen sus habitantes, la arquitectura o las costumbres y ninguno sobre el vestuario.

Esto, en general, es bueno. Silverberg sólo da la información que hace falta para entender la historia y sólo la da cuando hace falta. No abruma al lector con ese exceso de información tan habitual en la literatura fantástica, en la que el autor parece empeñado en compartir con sus lectores la procedencia y manufacturación de cada uno de los ladrillos de cada casa con la que se encuentra su protagonista. Si describe una catedral, es porque en ella ocurrirán cosas importantes, si describe un rito, es porque será vital para el protagonista.

Con ello la narración gana en dinamismo, pero, ¡ay!, algo de exotismo si que se pierde.

Por otro lado, a la hora de describir la geografía del mundo de la historia, Silverberg hace algo que cada vez me gusta menos, nos da una pormenorizada descripción, bastante al comienzo de la historia. Podría parecer algo muy sensato, como describir la nave espacial en la que transcurre una novela en su primer capítulo y tal vez lo sea para mentes más jóvenes y espabiladas que la mia. Hacer estas descripciones tan al comienzo, tienen el efecto de que, cuando el protagonista se mueve al área descrita, el autor cuenta con que el lector recordará punto por punto cada detalle de la descripción, cuando, si el número de páginas que han pasado desde la descripción es grande, la cruda realidad será que los habrá olvidado por completo.

Si claro, siempre se puede ir hacia atrás y releer estas descripciones, pero eso es más complicado de lo que parece, si uno lee en el metro o el autobús. Y como uses un libro electrónico, ni te cuento. En mi opinión, lo mejor es hacer unas descripciones generales de los lugares, al comienzo y luego detallarlas en profundidad cuando llegue el momento de vistarlas.

Por lo demás, el uso de la primera persona obliga a forzar un poco la “suspensión de incredulidad”, aunque eso es algo normal. Silverberg lo justifica haciendo que Kinnal reflexione al comienzo del libro sobre que no sabe quien será el destinatario final del mismo, pero es evidente que debe estar pensado para los habitantes de su mundo, para los cuales resultaría innecesaria la información que da sobre el mismo. De igual modo, es inverosímil que un fugitivo que no sabe cuanto tiempo puede quedarle antes de ser descubierto, desperdicie ese tiempo y un buen montón de páginas en contar sus dudas sobre si podrá o no terminar su manifiesto antes de ser detenido, o la pesadilla que tuvo la noche anterior.

Estas licencias son habituales en la novelas narradas en primera persona y las considero carentes de importancia.

Pero si que me hubiera gustado un poco más de elipsis. Silverberg cuenta todo lo que le ocurrió a su protagonista y cuando digo todo quiero decir TODO. En una novela es normal que, si un personaje tiene que emprender un viaje por barco y en ese viaje no le va a ocurrir nada vital, pasemos de un capítulo que termina con la decisión de emprender el viaje a otro que empieza con el desembarco. En esta novela, Silverberg no osaría hacer tal cosa. Tendría que contarnos como fletó el barco, lo aprovisionó, se despidió de sus conocidos, embarcó y lo que pensó durante cada uno de los días del viaje. Y, en realidad, lo hace.

No es tan grave como parece, aunque no los pase por alto, Silverberg tiene el cuidado de no dedicar demasiado tiempo a los acontecimientos irrelevantes en la vida de su personaje y su dominio del lenguaje consigue que sean amenos, pero el caso es que la vida de Kinnal comienza a ponerse interesante cuando ya casi ha pasado la mitad del libro. Hubiera deseado una mayor capacidad de síntesis. Es triste encontrar que a una novela le sobran páginas, cuando ni siquiera es demasiado larga.

Las novelas de Robert Silverberg resultan siempre muy fáciles de leer y esta no es una excepción. Me ha resultado una lectura amena, en ocasiones muy brillante. Una vez las cosas se ponen en marcha, discurren hasta su trágico final con la precisión de una tragedia griega. No ha despertado en mi el mismo entusiasmo que en otros, no me parece una obra maestra, pero si que es una muy buena obra.

No he acabado todavía con “Tiempo de cambios”, aún hay cosas de esta novela que quiero comentar, pero hasta ahora he intentado ser más o menos imparcial, juzgar las formas no el contenido y no hacer interpretaciones. Eso lo dejo para el próximo post. 

jueves, 16 de agosto de 2018

“Uno” de Nieves Delgado


Se trata de un relato estructurado en tres frentes. Primero, tenemos unos capítulos en cursiva que disertan sobre diversas particularidades de la ciencia, la realidad y la mente humana. Segundo, tenemos unos capítulos muy breves en los que se nos presentan a diversas personas que formaran parte del grupo de control del proyecto “Uno”, que nunca se nos dice que es exactamente, pero se insinúa. Finalmente tenemos la historia de Sasha, que afronta la irreversible enfermedad de su madre, en los días previos a que el proyecto “Uno” lo cambie todo.

Me ha gustado mucho esta novelita, que en mi opinión, funciona a la perfección. Las pequeñas conferencias, a modo de interludios, son interesantes y la parte mas humana de la historia está a la altura. Si en mi reseña de “36” me quejaba de su falta de melodrama, en “Uno” esto se compensa con creces. No es sólo que la historia de Sasha sea conmovedora, sino que los múltiples personajes que aparecen y desaparecen están definidos con mimo, cuidado y concisión. Me parece increíble la facilidad con la que Nieves Delgado crea un plantel de secundarios tan atractivos, sobre todo teniendo en cuenta el poco espacio que ocupan en la trama.

La historia tiene un remate como es debido, aunque yo me quede mordiéndome las uñas por la frustración de no saber más de como será el mundo después del arranque proyecto “Uno”, pero eso es un problema mio y de mi curiosidad, pues, aunque en sus escasas páginas, “Uno” trata innumerables temas, no se trata de una novela sobre como se produce un cambio en el mundo, sino sobre como los seres humanos reaccionan ante la inminencia de ese cambio.

Otra opinión, junto a la de otras novedades de cerbero, aquí.

jueves, 9 de agosto de 2018

“El mar de hierro” de China Miéville


Si hay algo que se le da bien a China Miéville es la construcción de escenarios, tan imaginativos como detallados. Demasiado detallados incluso. En ésta, su segunda incursión en la literatura destinada a un público juvenil, vuelve a dar en la diana, creando un mundo insólito y sorprendente, una Tierra enteramente recubierta por vías de ferrocarril, que transcurren paralelas, se cruzan, se descruzan y tejen una maraña imposible, con los escasos espacios de tierra existentes entre las vías ocupados por una fauna monstruosa y hostil, que acechan a sus presas enterradas bajo el suelo, cómo si se tratara de gusanos de Arrakis.

La novela está narrada con un estilo sencillo, de un modo semi coloquial, en el que el narrador omnisciente a menudo abandona su misión de transcribir los acontecimientos para encararse con el lector, al que trata de tu a tu y con el que entabla un ficticio diálogo, en capítulos de pequeña extensión que, al comienzo del libro, se utilizan para añadir más información de ambientación y, al final, para disertar sobre las cuestiones más peregrinas, el arte de contar historias, por ejemplo, y sobre todo, para poner de los nervios al lector, interrumpiendo el relato en los momentos de mayor emoción.

En el fondo, para lo que sirven estos capítulos es para rellenar las transiciones entre los capítulos más largos. Son un artificio tan curioso como innecesario, como la peculiar grafía de la conjunción “y” que aparece siempre en negrita y que tarda bastante en explicarse.

En este ambiente, Miéville rinde homenaje a sus escritores favoritos, en una historia llena de guiños a Herman Melville, los hermanos Strugatsky, Robert Louis Stevenson y probablemente bastantes más, que no he pillado.

Así que tenemos a un protagonista adolescente e ingenuo, Sham,que viaja como aprendiz de médico en el Medos, un tren caza topos, que persigue toporribles, liderado por una capitán manca, obsesionada con atrapar a un inmenso toporrible blanco. Los esfuerzos de Sham por comunicar sus hallazgos en un pecio descarrilado a una pareja de huérfanos, le pondrán en el punto de mira de piratas y militares corruptos, arrastrándole a un sin fin de peligros.

He encontrado esta novela deliciosa, pero no puedo resistirme a pensar que tal vez Mieville debería haberle dado un par de vueltas más a la historia en su cabeza rapada. Hay un momento en que la trama se bifurca en dos, pero en una de ellas, a pesar de varios encuentros peligrosos, no ocurre nada significativo, permaneciendo sus personajes en reserva, hasta que llega el momento de volver a unificar las tramas. Hasta el autor debió de darse cuenta, porque el narrador bromea bastante con ello.

Los personajes son, quizá, lo más flojo de la novela. Excesivamente sencillos y estereotipados. Las motivaciones de la tripulación del Medos no me parecen muy creíbles, ni siquiera en medio de una novela tan increíble como esta. Me cuesta creer que un grupo de personas posea un compañerismo tan fuerte que les lleve a los extremos a los que ellos llegan para proteger a uno de los suyos, al que no conocen mucho y que tampoco está demasiado interesado en su compañía, dicho sea de paso.

Si bien durante la primera mitad de la novela el ritmo es más pausado y sosegado, en la segunda se acelera de un modo prodigioso. Me resultó prácticamente imposible dejar de leer cuando a las desventuras de Sham se suceden todo tipo de combates, persecuciones y enfrentamientos con bestias gigantes.

El final puede resultar un poco anti climático, sobre todo cuando ha venido precedido de un emocionantísimo combate a tres bandas de los que hacen época, pero, para ser justos, ese final es una chaladura descomunal, una de esas locuras tan gordas que te hacen pensar: “esto sólo se le podía haber ocurrido a China Mieville”. En cierto modo, compensa el anti clímax. Tampoco está tan mal.

En fin, podríamos decir que “El mar de hierro” es una carta de amor a la literatura clásica de aventuras, pasada por el peculiar filtro de la mentalidad de China Miéville. Mucho más fácil de leer que otras obras de su autor, supuestamente mayores. Muy agradable y muy entretenida, cómo suelen ser sus historias cuando no se deja llevar por su ambición. Con algunos curiosos toques de humor y algunas sorpresas espléndidas. La imaginación de este hombre es prodigiosa. Y nosotros que la sigamos disfrutando.

domingo, 5 de agosto de 2018

“Wolfgang Stark, el último templario” por Alexis Brito Delgado


 

Mi interés por esta obra se despertó al leer esta reseña en el sitio de la novela anti histórica. Alexis Brito Delgado es un autor que desconocía. Al parecer, la mayor parte de sus obras están protagonizadas por miembros de la misma familia: los Stark. En esta ocasión, narra las aventuras Wolfgang Stark, primogénito de un pequeño noble germano que renunció a sus títulos y propiedades para unirse a la orden del Temple. Superviviente de la detención de sus hermanos, vaga por la Europa de la época, ganándose la vida como mercenario, dándose de bruces continuamente con lo sobrenatural.

Atormentado por la culpa del superviviente, la destrucción de sus objetivos y la pérdida de sus ideales, Wolfgang Stark es un magnífico personaje. El estilo con el que se narran sus hazañas ha despertado en mi recuerdos del de Robert E. Howard. Es por eso que este nombre va a aparecer continuamente en la reseña. Me disculpo anticipadamente por ello, pues tendría que valorar el libro por sus propios méritos, no comparándolos con los de ningún otro autor, pero es que, en ocasiones, me parecía estar leyendo al autor texano en vez de al tinerfeño, para lo bueno y para lo mano. Ambos autores comparten la capacidad de captar la atención del lector, van directos al grano, hacen un buen uso de la elipsis y escriben las escenas de acción con notable ritmo. Por otro lado, los demás personajes resultan por lo general bastante simplistas y los argumentos, muy convencionales. Gran parte de los capítulos de “Wolfgang Stark, el último templario” constan únicamente de una pelea o una escena de acción.

Este es un libro que engaña, porque se vende como una novela, cuando en realidad es una antología de relatos. Según he leído en otra reseña, es una recopilación de relatos aparecidos originalmente en el sitio web del autor. Yo diría más, alguno de ellos no parecen relatos, sino bocetos de relatos, apuntes de escenas que surgieron de la cabeza del autor, pero que este no fue capaz de desarrollar lo suficiente como para incluirlas en una historia. El ejemplo paradigmático para mí, es el capítulo I de “La tierra del pecado”, titulado “La torre del nigromante”, en el que, sin comerlo ni beberlo, Wolfgang Stark aparece de repente ejerciendo de Indiana Jones, recuperando el símbolo de Baphomet de una fortaleza situada en las montañas escandinavas, sin que sepamos como ha llegado allí, ni porque, ni que ha ocurrido entre el capítulo anterior y este.

(A Robert E. Howard también le pasaban estas cosas, basta con mirar los fragmentos inconclusos del ciclo de Solomon Kane)

Lo peor no es eso, sino que, como los relatos no fueron pensados para ser leídos uno a continuación de otro, son pródigos en reiteraciones que acaban volviéndose muy molestas. Como en aquellos viejos cómics de la marvel en los que el narrador nos repetía una y otra vez en cada número el origen de los poderes del protagonista, Brito Delgado nos repite continuamente la triste historia de su caballero y lo fastidiado que este se encuentra. Sus tribulaciones no son cosa de risa y no se las deseo a nadie, pero de tanto repetirlas, Wolfgang Stark acaba volviéndose antipático, por llorica y auto compasivo.

Súmese una sobre adjetivación rutinaria que, en vez de enriquecer la expresión, la empobrece y que, en esta obra al menos, Brito Delgado no está a la altura de su colega del siglo pasado en cuanto a capacidad de generar suspense, atmósferas e incluso algún que otro giro inesperado y obtendremos un resultado que no puedo recomendar a ningún lector.

domingo, 29 de julio de 2018

“Las leyendas de Luke Skywalker” de Ken Liu

Desde que era un adolescente, creo que incluso antes, soy un fan de Star Wars. Después de ser poseído por el entusiasmo, con la lectura de “El zoo de papel y otros relatos”, era inevitable que abordara la lectura de este librito.

La joven tripulación de un carguero espacial dedica sus ratos de ocio a contarse historias unos a otros. En una noche llena de peripecias, todas las historias girarán alrededor del legendario caballero jedi Luke Skywalker.

La verdad es que Ken Liu ha dado con un inagotable filón, que a buen seguro será ignorado por los actuales responsables de la saga galáctica: las aventuras de Luke Skywalker, después del final de “El retorno del Jedi”, recorriendo la galaxia en solitario, buscando aumentar su sabiduría mientras desface entuertos. El Luke de estos relatos es una figura que ha pasado al imaginario colectivo de la galaxia, muchas de las historias que se cuentan podrían ser falsas y otras no tendrían que ser necesariamente protagonizadas por él. Si nos ponemos profundos, podríamos decir que este es un libro sobre la tradición oral y sobre como se forman los mitos.

Sin duda algo de eso hay, pero también es una obra un tanto alimenticia. Ken Liu no renuncia a su orgullo de autor y ofrece un trabajo bastante más personal de lo que acostumbran las novelas de la franquicia, pero baja mucho el listón, tanto en lo artístico como en lo argumental, con respecto a su magnífica antología. La trama utilizada como excusa para conectar los relatos, por ejemplo, carece por completo de interés. De entre estos:

“La desmontamitos” consiste en el análisis que hace de la primera película una persona obsesionada con las conspiraciones. Francamente divertido.

“El cementerio de naves estelares” es una buena historia de supervivencia, en la que vemos a Luke desde el punto de vista de los imperiales. El caballero de la leyenda podía incluso no estar allí.

“Pescando en el diluvio”, bajo la forma de un peregrinaje se centra en el conflicto entre dos modos de ver la vida. Una buena historia.

“Yo droide” es una de aventuras, en mi opinión bastente olvidable.

“La historia de Lugubrious Mote” cuenta la historia del rescate de Han Solo, en “El retorno del Jedi” desde el punto de vista de un parasito del tamaño de una pulga. En realidad es una crítica irónica de los despropósitos del guion. Tiene gracia, pero es un poco prescindible. “La desmontamitos” estaba mejor.

“Grande por dentro” es otra historia de supervivencia, esta vez en el interior de uno de esos gigantescos bichos que aparecían en “El imperio contraataca”. A pesar de algunos convencionalismos, está repleto de sentido de maravilla.

Y eso es todo. Es un libro muy fácil de leer, entre otras cosas porque es corto, lo que es bueno, pero que despierta la eterna cuestión de si merece la pena la relación cantidad/precio. Es por eso que, aunque me ha encantado, no lo recomendaría a nadie, a menos que sea, como yo, un fan de Star Wars y de Ken Liu.

 

jueves, 19 de julio de 2018

“El zoo de papel y otros relatos” de Ken Liu


Mi primer contacto con Ken Liu fue precisamente el cuento que da título a esta antología, publicada en el primer volumen de las antologías de ciencia ficción contemporánea “Terra Nova”. Si la lectura todavía fuera capaz de hacerme llegar a las lágrimas, ese relato lo hubiera conseguido.

Desde entonces sólo había leído otro relato suyo, incluido en “A la deriva en el mar de lluvias y otros relatos”.

Estas dos piezas breves bastaron para convertirme en su rendido admirador. Ken Liu es un maestro del relato, dotado de un inmenso talento tanto para los relatos de ciencia ficción hard y las distopias como para los que versan sobre los sentimientos humanos (¿no lo son todos, en el fondo?) Su estilo es claro, engañosamente sencillo y muy versátil. En muchas de sus historias hay una fuerte presencia de la cultura oriental, generalmente china, pero también japonesa. La memoria del pasado, la importancia de no olvidar el sufrimiento sobre el que está construido nuestro presente, parece una de sus obsesiones (“breve historia del túnel transpacífico”, “El maestro de litigios y el rey mono”, El hombre que puso fin a la historia: documental )

El sentido de maravilla que destilan “Acerca de las costumbres de elaboración de libros en determinadas especies” o “Las olas” es apabullante. También lo es en “Manual comparativo ilustrado de sistemas cognitivos para lectores avanzados” que funde la ciencia ficción hard con los cuentos para niños y un conflicto entre padres muy humano. Ken Liu puede viajar hasta los mas remotos confines del espacio tiempo o a las profundidades de la historia y el folclore chinos, pero, sean astronautas, deidades venidas a menos o detectives privados cyberpunk, hay en sus personajes un fondo muy humano y reconocible.

Se me ocurre poco que comentar, en este caso, los relatos hablan por si mismos.

Si he de quejarme de algo, que es mi vicio favorito, lo haría de “Todos los sabores”. Esta historia sobre los emigrantes chinos en el lejano oeste, se me hizo demasiado larga y, aunque el final quede en suspenso y deja entrever muchas posibilidades de un final feliz, lo encontré muy parecido a “El literomante”. Me explico, aunque los dos tratas de cosas muy distintas, en ambos aparece la relación entre una niña de estados unidos y un chino de gran carisma que la inicia en el conocimiento de su cultura. Hay muchas más cosas en los dos relatos, pero encontrarme ese hilo tan similar, después de tan poco tiempo me rechinó mucho.

Nada demasiado importante, la verdad. Resumiendo, “El zoo de papel y otros relatos” es una antología muy recomendable.

Por último, añadiré que el relato que más me ha marcado ha sido “El hombre que puso fin a la historia: documental “ y ya es difícil que una historia marque a un lector tan encallecido como yo. Contado como si fuera el guión de un documental, no cabe duda de que es un relato bastante denso, pero todos y cada uno de los temas que trata son de una profundidad que abruma y no soy de los lectores obsesionados con la profundidad, pero sé reconocerla cuando la encuentro. Con los temas y puntos de vista expuestos se podría haber escrito un novelón de mil páginas. La tragedia del protagonista, relatada por diferentes testigos, es conmovedora. La especulación central es fascinante. Las reflexiones sobre la interpretación de la historia y los historiadores son muy interesantes y es tremendo el modo en que Ken Liu es capaz de adoptar diferente puntos de vista y exponer argumentos muy convincentes para cada uno de ellos. Tampoco se quedan atrás las reflexiones sobre la actitud de China y Japón hacia su pasado durante la II guerra mundial.

Pero lo que mas me ha perturbado, es que yo nunca había oído hablar del Escuadrón 731. Hasta cierto punto, todavía estoy conmocionado. Me ha resultado increíble que jamás me hubieran llegado noticias de tal horror, una monstruosidad tan grande que, si la hubiera visto en una película, me hubiera parecido una exageración de mal gusto, probablemente me hubiera cabreado, porque hubiera pensado que era una trivialización del sufrimiento de las verdaderas víctimas de la guerra, en el altar del torture-porn. Y sin embargo ocurrió. ¿Cómo puede un ser humano llegar a tales extremos de crueldad y como puede haberse ocultado algo así al público? Hace que me pregunte cuantas otras atrocidades pueden seguir ocultas, cuantas puede que estén sucediendo ahora mismo.

miércoles, 11 de julio de 2018

“St. Ives. Las aventuras de un preso francés en Inglaterra” de Robert Louis Stevenson


Última de las novelas de Stevenson, al parecer dictada durante su enfermedad, fue terminada por sir Arthur Quiller-Couch. Narra la fuga y aventuras de un soldado francés (y vizconde) prisionero en Gran Bretaña.

Antes que nada, hay que descubrirse ante el esfuerzo que debió suponer realizar esta novela. Tenemos a un Robert Louis Stevenson enfermo de tuberculosis, en fase terminal, dictando esta novela a su hijastra, Mrs. Strong. En esas condiciones, debía de ser un esfuerzo hercúleo componer una historia, con sus giros inesperados y sus vueltas de tuerca, pero es que, además de eso, Stevenson consiguió volcarla en frases de complicada sintaxis, que no desmerecen su carrera literaria. Luego, la pobre Mrs. Strong tenía que apuntarlas. ¿Sabría taquigrafía? Con este método se escribieron 345 páginas de la presente edición. Debió acabar con el brazo destrozado.

Finalmente, Quiller-Couch hubo de terminarla basándose en las notas de Stevenson. ¿Cómo de detalladas serían sus notas? O lo fueron mucho, o Quiller-Couch era un gran contador de historias, porque lleva a buen puerto el relato de un modo que parece imposible que no fuera el concebido por el autor original. Las piezas encajan con gran corrección y los personajes secundarios, que ya habían sido presentados, cumplen con su papel en la trama de un modo que, a posteriori, se antoja el único posible.

Quizá el capítulo XXXIV “El capitán Colenso”, resulte un poco superfluo, pero es la única pega que le pondría al trabajo de Quiller-Couch.

En cuanto a la novela, en sí, es evidente que, por desgracia, se trata de un producto, a pesar de todo, inacabado. Le habría hecho falta un pulido. Por ejemplo, el protagonista está siempre dándole vueltas a las mismas cosas y repite más de una vez los mismos puntos de vista (por ejemplo, repite varias veces lo importante que es el vestuario para él) De haber vivido más, seguramente Stevenson habría revisado la novela eliminando redundancias y aligerando el estilo en algunos pasajes que resultan farragosos (¿No dice esto exactamente el prólogo José Luis Moreno-Ruiz? ¿Le estoy copiando consciente o inconscientemente? Puestos a copiar, hagámoslo por completo y añadamos lo obvio y publicitado, lo mucho que “St. Ives”revela sobre el propio Stevenson: la peculiaridad de un escritor británico de la época que era decididamente anti monárquico y que guarda sus simpatías para el bando napoleónico, al que consideraba vector de transmisión de los ideales de la ilustración.)

El producto final del esfuerzo de Stevenson\Strong\Quiller-Couch no es perfecto, aunque para los amantes de Stevenson resultará apasionante y, los que simplemente amen la literatura, encontrarán bastantes pasajes que dan fe de la maestría de su autor. La recreación de ambientes es excelente: no en vano, la mayor parte de la novela transcurre en Escocia, tierra natal de Stevenson. Excelentes son, también, los personajes secundarios, aunque los principales resulten más esquemáticos.

El protagonista, me resulta, a la vez, irritante y entrañable. Hoy en día diríamos que es un “snob”. Tiene clara la superioridad de su clase y está obsesionado con mantener la apariencia de un caballero y comportarse como tal. Por otro lado, a pesar de ser el narrador, su relato insinúa cierto distanciamiento irónico a sus propios actos, que lo hacen más simpático. Además, St. Ives también es generoso, irreflexivo y dado cometer “románticas” imprudencias. Y elocuente. Su mejor arma es la palabra y es hablando como sale de la mayor parte de los líos en los que se mete, manteniendo la compostura en todo tipo de situaciones peligrosas e incómodas, cual si de un proto Cary Grant se tratara. Y se mete en muchos líos, así que el entretenimiento está asegurado.

Una obra menor de Stevenson, pero se trata de Robert Louis Stevenson, lo que significa que está muy por encima de la mayoría de las novelas que se publican actualmente. Un momento ¿no he dicho eso ya en otras ocasiones? Empiezo a repetirme. Habrá que poner ejemplos. Me ha parecido mejor novela que “Las aventuras de un cadáver”, “El dinamitero” o “Los traficantes de naufragios” y peor que “La resaca”, que, aunque menos conocida, me parece una de sus grandes obras. Todas ellas tienen reseña en este blog. En cualquier caso, me ha parecido una novela deliciosa.

Estamos hablando de una novela de aventuras de Robert Louis Stevenson. ¿Quién puede resistirse a eso?