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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

jueves, 30 de agosto de 2018

“Antes de que los cuelguen” de Joe Abercrombie


Segunda entrega de la trilogía “La primera ley”. Tras la extensísima presentación de “La voz de las espadas”, la trama empieza a coger velocidad en esta novela. Gokta vuelve al sur, a defender una ciudad sitiada, el coronel West y los antiguos camaradas de Logen combaten en el norte contra Bethod, mientras que el propio Logen, Jezal, Ferro y Bayaz emprenden la clásica “búsqueda” que toda saga de fantasía épica debe tener.
Tanto esta “búsqueda” como la parte bélica están observadas bajo el prisma naturalista y desmitificador de Joe Abercrombie. Hay batallas épicas y muy emocionantes, pero el autor concede tanta importancia a la descripción de las consecuencias de la matanza que al combate en sí. El libro es pródigo es descripciones de hospitales de campaña, paisajes sembrados de cadáveres y de las duras condiciones de vida que tienen que soportar los soldados rasos.

Lo mismo ocurre en la expedición de Bayaz, el primero de los magos. Sus integrantes luchan contra bandidos y semi humanos, pero, sobre todo, luchan contra la intemperie: la lluvia, el frio, el cansancio y las heridas. Joe Abercrombie da tantos detalles sobre el desgaste físico que suponen estas vivencias que parece que las haya vivido en carne viva.

Para aligerar la carga de tanta violencia, horror y sufrimiento, abundan los momentos de humor. Un humor que suele surgir en los coloridos diálogos, basado en los personajes, frecuentemente, en lo burros que son. Toda la trama está enfocada a los personajes, el gran atractivo de la serie. Frente a la sosería que solía caracterizar la fantasía heroica en mi juventud, los protagonistas de “La primera ley” son terriblemente carismáticos y, aunque a menudo letales, nada heroicos. Ya lo dije en la reseña del primer volumen, casi imposible no cogerles cariño, aunque alguno sea un inútil y algún otro un psicópata.

Me ha resultado una lectura muy grata, aunque en ningún modo quiero decir que sea perfecta. El superior Gokta es un pedazo de personaje, pero su parte del libro sigue teniendo que ver muy poco con las demás, aunque todo se andará. El ritmo es en ocasiones demasiado pausado y la planificación en escenas multiplica de modo exponencial el número de páginas.

Intentaré explicar a lo que me refiero. El modo en que Abercrombie construye sus historias, obliga a que todo tenga que ir en una escena. Si se quiere dar información sobre el pasado, alguien tendrá que contársela a alguno de los personajes principales, así que tiene que ingeniárselas para crear una situación en la que se encuentre con alguien que le de una conferencia y crear las circunstancias para ello. Si hay que dar mucha información, hay que repetir el truco varias veces. Del mismo modo, si dos personajes empiezan a congeniar, tiene que crear al menos tres escenas en las que se vayan acercando progresivamente, o sea, al menos dos o tres capítulos.

El libro no es aburrido, faltaría más, pero me habría gustado un poco más de elipsis. No es que sobren la mitad de las páginas, pero una pequeña poda le habría sentado bien. Así y todo, me lo he leído en dos semanas, lo que demuestra la habilidad narrativa de su autor y lo bien que vienen los periodos veraniegos de jornada continua para la lectura. Aún así, me asusta el grosor de la tercera entrega y del resto de los libros de Abercrombie, a los que empiezo a echar un ojo.

En fin, habrá que coger fuerzas para la tercera entrega. La avalancha ha comenzado. La presencia de la magia y lo sobrenatural es cada vez mayor. En el universo de “La primera ley” nadie sale indemne de una batalla y ningún personaje está a salvo de la muerte. Sospecho que al menos dos de mis personajes favoritos fallecerán antes de que termine la serie..

 

viernes, 24 de agosto de 2018

“Tiempo de cambios (II)” de Robert Silverberg


En la ciencia ficción abundan ejemplos de sociedades en las que se han prohibido las emociones. Con más frecuencia en el cine y la televisión que en la literatura y, generalmente, con una calidad muy escasa, pero los ejemplos son abundantes. En “Tiempo de cambios” lo que ocurre no es exactamente eso, lo que se ha proscrito en la comunicación de los sentimientos. Lo que no deja de ser una putada. Pocos momentos hay más especiales en la vida que aquellos en los que uno se sincera abiertamente con otra persona en la que confiá totalmente.

Simpatizar con la rebelión de Kinnal Darival es fácil, si es que a lo suyo puede llamarse rebelión. Lo que me preocupa es la herramienta elegida para ello: la droga. Kinnal Darival emplea una droga que sólo puede caracterizarse de mágica que habilita la comunión total entre las mentes de los que la comparten. Las descripciones que hace Silverberg de la experiencia son muy vagas y generales, no intenta hacer al lector partícipe de la misma sino que se centra más en sus efectos posteriores.

Aunque de un modo místico y exagerado, lo que el protagonista hace es emplear una droga para superar las inhibiciones impuestas por su educación. No es algo tan raro, a fin de cuentas, cuando en una reunión de amigos empieza a correr el vino o la cerveza, es habitual que se hagan confidencias que cada cual guardaría en su pecho de otro modo. Exhibirse a sí mismo de un modo total, como se hace en “Tiempo de cambios”, no me atrae. Personalmente, a mi me aterraría que mis amigos conocieran mis fantasías sexuales, por ejemplo, aunque soy consciente de darle demasiada importancia al sexo y de avergonzarme por cosas sin importancia. Pero de un modo más moderado… Con esto quiero decir que la conducta de Kinnal Darival no es tan ajena a nuestro propio mundo, pero si que lo es la devoción que parece expresar hacia la droga. Kinnal Darival llega a afirmar que, si pudiera, obligaría a toda la población a tomarla y no reniega de ella, a pesar de la tragedia que acaba provocando.

¿Es la novela “Tiempo de cambios” una exaltación de la droga? Decir tal cosa es adentrarse en el peligroso terreno de las interpretaciones. Es bien sabido que cada lector tiene la suya y que, muy a menudo, no tienen nada que ver con las intenciones originales del autor. La novela es del 1971. No es de los sesenta, pero por los pelos y los setenta fueron muy herederos de los sesenta. La cruda realidad no había despojado todavía a las drogas del glamour que ofrecían a la generación de la era de acuario. Es fácil ver una metáfora de la juventud hippy estadounidense que se rebela contra la rígida moralidad de su país.

¿Era esa realmente la intención de su autor?

Pues yo no lo tendría tan claro. Empecemos porque no hay que confundir al autor con el personaje. Es Kinnal Darival el que desearía que todo el mundo experimentase las maravillas de la “unión” de mentes, no necesariamente Silverberg. Podemos simpatizar por su rebelión contra el orden establecido, pero ¿en qué consiste esa rebelión? Básicamente en colocarse con sus conocidos, en buscar desconocidos con los que colocarse y en difundir el uso de la droga. Vaya revolución. En el mejor de los casos, se comporta como uno de esos productos de Hollywood que difundían la coca en sus fiestas, en el peor, como un vulgar camello.

Y la droga se cobra su precio. Kinnal Darival no oculta que se obsesionó con ella, que perdió peso y que sus capacidades mentales y su salud se resintieron. En suma, empezó a presentar todos los síntomas de una adicción. En la escena en la que intenta convencer a su hermano de que comparta la droga con él, se parece escalofríantemente a un drogadicto suplicando un pico.

Quizá no sea una exaltación de la droga ni una condena, quizá Silverberg pretendió ser intencionadamente ambiguo, como ambiguo es, más o menos el final de la novela. Quizá sólo pretendiera que el lector se hiciera preguntas.

miércoles, 22 de agosto de 2018

“Tiempo de cambios” de Robert Silverberg


Esta vez, si que he conseguido la edición de la Factoría, correspondiente a la imagen con la que ilustro el post.

“Tiempo de cambios” está ubicada en una colonia humana de un remoto futuro. Por motivos religiosos, su sociedad considera un pecado la introspección, que lleva a la autocompasión, y prohíbe a sus miembros compartir sus sentimientos con otras personas, salvo los drenadores, una especie de confesores y el hermano y la hermana vincular. No está permitido hablar de los propios sentimientos con los amigos íntimos, ni siquiera con la pareja y utilizar los pronombres de primera persona “Yo”, “mi”, se considera una obscenidad.

El libro está escrito como la autobiografía de un antiguo aristócrata que terminó enfrentándose a este estado de cosas, escrita mientras espera, escondido, su detención.

El personaje principal está muy bien definido, tanto en su comportamiento como en su voz. No es que se nos cuente que es un antiguo privilegiado, orgulloso y de gran cultura, sino que se comporta y habla como un antiguo privilegiado, orgulloso y de gran cultura. No clava tanto al resto de los personajes, entre otras cosas porque sólo los conocemos a través de la voz de Kinnal Darival, pero también resultan convincentes.

Sobre el escenario no estoy tan seguro aunque he leído a otros blogueros comentar lo bien construido que está el mundo en el que transcurre la acción. Silverberg describe cuidadosamente su geografía, pero no entra demasiado en demasiados detalles sobre su paisaje, su flora y su fauna, salvo puntualmente. Tampoco da demasiados detalles sobre la tecnología de la que disponen sus habitantes, la arquitectura o las costumbres y ninguno sobre el vestuario.

Esto, en general, es bueno. Silverberg sólo da la información que hace falta para entender la historia y sólo la da cuando hace falta. No abruma al lector con ese exceso de información tan habitual en la literatura fantástica, en la que el autor parece empeñado en compartir con sus lectores la procedencia y manufacturación de cada uno de los ladrillos de cada casa con la que se encuentra su protagonista. Si describe una catedral, es porque en ella ocurrirán cosas importantes, si describe un rito, es porque será vital para el protagonista.

Con ello la narración gana en dinamismo, pero, ¡ay!, algo de exotismo si que se pierde.

Por otro lado, a la hora de describir la geografía del mundo de la historia, Silverberg hace algo que cada vez me gusta menos, nos da una pormenorizada descripción, bastante al comienzo de la historia. Podría parecer algo muy sensato, como describir la nave espacial en la que transcurre una novela en su primer capítulo y tal vez lo sea para mentes más jóvenes y espabiladas que la mia. Hacer estas descripciones tan al comienzo, tienen el efecto de que, cuando el protagonista se mueve al área descrita, el autor cuenta con que el lector recordará punto por punto cada detalle de la descripción, cuando, si el número de páginas que han pasado desde la descripción es grande, la cruda realidad será que los habrá olvidado por completo.

Si claro, siempre se puede ir hacia atrás y releer estas descripciones, pero eso es más complicado de lo que parece, si uno lee en el metro o el autobús. Y como uses un libro electrónico, ni te cuento. En mi opinión, lo mejor es hacer unas descripciones generales de los lugares, al comienzo y luego detallarlas en profundidad cuando llegue el momento de vistarlas.

Por lo demás, el uso de la primera persona obliga a forzar un poco la “suspensión de incredulidad”, aunque eso es algo normal. Silverberg lo justifica haciendo que Kinnal reflexione al comienzo del libro sobre que no sabe quien será el destinatario final del mismo, pero es evidente que debe estar pensado para los habitantes de su mundo, para los cuales resultaría innecesaria la información que da sobre el mismo. De igual modo, es inverosímil que un fugitivo que no sabe cuanto tiempo puede quedarle antes de ser descubierto, desperdicie ese tiempo y un buen montón de páginas en contar sus dudas sobre si podrá o no terminar su manifiesto antes de ser detenido, o la pesadilla que tuvo la noche anterior.

Estas licencias son habituales en la novelas narradas en primera persona y las considero carentes de importancia.

Pero si que me hubiera gustado un poco más de elipsis. Silverberg cuenta todo lo que le ocurrió a su protagonista y cuando digo todo quiero decir TODO. En una novela es normal que, si un personaje tiene que emprender un viaje por barco y en ese viaje no le va a ocurrir nada vital, pasemos de un capítulo que termina con la decisión de emprender el viaje a otro que empieza con el desembarco. En esta novela, Silverberg no osaría hacer tal cosa. Tendría que contarnos como fletó el barco, lo aprovisionó, se despidió de sus conocidos, embarcó y lo que pensó durante cada uno de los días del viaje. Y, en realidad, lo hace.

No es tan grave como parece, aunque no los pase por alto, Silverberg tiene el cuidado de no dedicar demasiado tiempo a los acontecimientos irrelevantes en la vida de su personaje y su dominio del lenguaje consigue que sean amenos, pero el caso es que la vida de Kinnal comienza a ponerse interesante cuando ya casi ha pasado la mitad del libro. Hubiera deseado una mayor capacidad de síntesis. Es triste encontrar que a una novela le sobran páginas, cuando ni siquiera es demasiado larga.

Las novelas de Robert Silverberg resultan siempre muy fáciles de leer y esta no es una excepción. Me ha resultado una lectura amena, en ocasiones muy brillante. Una vez las cosas se ponen en marcha, discurren hasta su trágico final con la precisión de una tragedia griega. No ha despertado en mi el mismo entusiasmo que en otros, no me parece una obra maestra, pero si que es una muy buena obra.

No he acabado todavía con “Tiempo de cambios”, aún hay cosas de esta novela que quiero comentar, pero hasta ahora he intentado ser más o menos imparcial, juzgar las formas no el contenido y no hacer interpretaciones. Eso lo dejo para el próximo post. 

jueves, 16 de agosto de 2018

“Uno” de Nieves Delgado


Se trata de un relato estructurado en tres frentes. Primero, tenemos unos capítulos en cursiva que disertan sobre diversas particularidades de la ciencia, la realidad y la mente humana. Segundo, tenemos unos capítulos muy breves en los que se nos presentan a diversas personas que formaran parte del grupo de control del proyecto “Uno”, que nunca se nos dice que es exactamente, pero se insinúa. Finalmente tenemos la historia de Sasha, que afronta la irreversible enfermedad de su madre, en los días previos a que el proyecto “Uno” lo cambie todo.

Me ha gustado mucho esta novelita, que en mi opinión, funciona a la perfección. Las pequeñas conferencias, a modo de interludios, son interesantes y la parte mas humana de la historia está a la altura. Si en mi reseña de “36” me quejaba de su falta de melodrama, en “Uno” esto se compensa con creces. No es sólo que la historia de Sasha sea conmovedora, sino que los múltiples personajes que aparecen y desaparecen están definidos con mimo, cuidado y concisión. Me parece increíble la facilidad con la que Nieves Delgado crea un plantel de secundarios tan atractivos, sobre todo teniendo en cuenta el poco espacio que ocupan en la trama.

La historia tiene un remate como es debido, aunque yo me quede mordiéndome las uñas por la frustración de no saber más de como será el mundo después del arranque proyecto “Uno”, pero eso es un problema mio y de mi curiosidad, pues, aunque en sus escasas páginas, “Uno” trata innumerables temas, no se trata de una novela sobre como se produce un cambio en el mundo, sino sobre como los seres humanos reaccionan ante la inminencia de ese cambio.

Otra opinión, junto a la de otras novedades de cerbero, aquí.

jueves, 9 de agosto de 2018

“El mar de hierro” de China Miéville


Si hay algo que se le da bien a China Miéville es la construcción de escenarios, tan imaginativos como detallados. Demasiado detallados incluso. En ésta, su segunda incursión en la literatura destinada a un público juvenil, vuelve a dar en la diana, creando un mundo insólito y sorprendente, una Tierra enteramente recubierta por vías de ferrocarril, que transcurren paralelas, se cruzan, se descruzan y tejen una maraña imposible, con los escasos espacios de tierra existentes entre las vías ocupados por una fauna monstruosa y hostil, que acechan a sus presas enterradas bajo el suelo, cómo si se tratara de gusanos de Arrakis.

La novela está narrada con un estilo sencillo, de un modo semi coloquial, en el que el narrador omnisciente a menudo abandona su misión de transcribir los acontecimientos para encararse con el lector, al que trata de tu a tu y con el que entabla un ficticio diálogo, en capítulos de pequeña extensión que, al comienzo del libro, se utilizan para añadir más información de ambientación y, al final, para disertar sobre las cuestiones más peregrinas, el arte de contar historias, por ejemplo, y sobre todo, para poner de los nervios al lector, interrumpiendo el relato en los momentos de mayor emoción.

En el fondo, para lo que sirven estos capítulos es para rellenar las transiciones entre los capítulos más largos. Son un artificio tan curioso como innecesario, como la peculiar grafía de la conjunción “y” que aparece siempre en negrita y que tarda bastante en explicarse.

En este ambiente, Miéville rinde homenaje a sus escritores favoritos, en una historia llena de guiños a Herman Melville, los hermanos Strugatsky, Robert Louis Stevenson y probablemente bastantes más, que no he pillado.

Así que tenemos a un protagonista adolescente e ingenuo, Sham,que viaja como aprendiz de médico en el Medos, un tren caza topos, que persigue toporribles, liderado por una capitán manca, obsesionada con atrapar a un inmenso toporrible blanco. Los esfuerzos de Sham por comunicar sus hallazgos en un pecio descarrilado a una pareja de huérfanos, le pondrán en el punto de mira de piratas y militares corruptos, arrastrándole a un sin fin de peligros.

He encontrado esta novela deliciosa, pero no puedo resistirme a pensar que tal vez Mieville debería haberle dado un par de vueltas más a la historia en su cabeza rapada. Hay un momento en que la trama se bifurca en dos, pero en una de ellas, a pesar de varios encuentros peligrosos, no ocurre nada significativo, permaneciendo sus personajes en reserva, hasta que llega el momento de volver a unificar las tramas. Hasta el autor debió de darse cuenta, porque el narrador bromea bastante con ello.

Los personajes son, quizá, lo más flojo de la novela. Excesivamente sencillos y estereotipados. Las motivaciones de la tripulación del Medos no me parecen muy creíbles, ni siquiera en medio de una novela tan increíble como esta. Me cuesta creer que un grupo de personas posea un compañerismo tan fuerte que les lleve a los extremos a los que ellos llegan para proteger a uno de los suyos, al que no conocen mucho y que tampoco está demasiado interesado en su compañía, dicho sea de paso.

Si bien durante la primera mitad de la novela el ritmo es más pausado y sosegado, en la segunda se acelera de un modo prodigioso. Me resultó prácticamente imposible dejar de leer cuando a las desventuras de Sham se suceden todo tipo de combates, persecuciones y enfrentamientos con bestias gigantes.

El final puede resultar un poco anti climático, sobre todo cuando ha venido precedido de un emocionantísimo combate a tres bandas de los que hacen época, pero, para ser justos, ese final es una chaladura descomunal, una de esas locuras tan gordas que te hacen pensar: “esto sólo se le podía haber ocurrido a China Mieville”. En cierto modo, compensa el anti clímax. Tampoco está tan mal.

En fin, podríamos decir que “El mar de hierro” es una carta de amor a la literatura clásica de aventuras, pasada por el peculiar filtro de la mentalidad de China Miéville. Mucho más fácil de leer que otras obras de su autor, supuestamente mayores. Muy agradable y muy entretenida, cómo suelen ser sus historias cuando no se deja llevar por su ambición. Con algunos curiosos toques de humor y algunas sorpresas espléndidas. La imaginación de este hombre es prodigiosa. Y nosotros que la sigamos disfrutando.

domingo, 5 de agosto de 2018

“Wolfgang Stark, el último templario” por Alexis Brito Delgado


 

Mi interés por esta obra se despertó al leer esta reseña en el sitio de la novela anti histórica. Alexis Brito Delgado es un autor que desconocía. Al parecer, la mayor parte de sus obras están protagonizadas por miembros de la misma familia: los Stark. En esta ocasión, narra las aventuras Wolfgang Stark, primogénito de un pequeño noble germano que renunció a sus títulos y propiedades para unirse a la orden del Temple. Superviviente de la detención de sus hermanos, vaga por la Europa de la época, ganándose la vida como mercenario, dándose de bruces continuamente con lo sobrenatural.

Atormentado por la culpa del superviviente, la destrucción de sus objetivos y la pérdida de sus ideales, Wolfgang Stark es un magnífico personaje. El estilo con el que se narran sus hazañas ha despertado en mi recuerdos del de Robert E. Howard. Es por eso que este nombre va a aparecer continuamente en la reseña. Me disculpo anticipadamente por ello, pues tendría que valorar el libro por sus propios méritos, no comparándolos con los de ningún otro autor, pero es que, en ocasiones, me parecía estar leyendo al autor texano en vez de al tinerfeño, para lo bueno y para lo mano. Ambos autores comparten la capacidad de captar la atención del lector, van directos al grano, hacen un buen uso de la elipsis y escriben las escenas de acción con notable ritmo. Por otro lado, los demás personajes resultan por lo general bastante simplistas y los argumentos, muy convencionales. Gran parte de los capítulos de “Wolfgang Stark, el último templario” constan únicamente de una pelea o una escena de acción.

Este es un libro que engaña, porque se vende como una novela, cuando en realidad es una antología de relatos. Según he leído en otra reseña, es una recopilación de relatos aparecidos originalmente en el sitio web del autor. Yo diría más, alguno de ellos no parecen relatos, sino bocetos de relatos, apuntes de escenas que surgieron de la cabeza del autor, pero que este no fue capaz de desarrollar lo suficiente como para incluirlas en una historia. El ejemplo paradigmático para mí, es el capítulo I de “La tierra del pecado”, titulado “La torre del nigromante”, en el que, sin comerlo ni beberlo, Wolfgang Stark aparece de repente ejerciendo de Indiana Jones, recuperando el símbolo de Baphomet de una fortaleza situada en las montañas escandinavas, sin que sepamos como ha llegado allí, ni porque, ni que ha ocurrido entre el capítulo anterior y este.

(A Robert E. Howard también le pasaban estas cosas, basta con mirar los fragmentos inconclusos del ciclo de Solomon Kane)

Lo peor no es eso, sino que, como los relatos no fueron pensados para ser leídos uno a continuación de otro, son pródigos en reiteraciones que acaban volviéndose muy molestas. Como en aquellos viejos cómics de la marvel en los que el narrador nos repetía una y otra vez en cada número el origen de los poderes del protagonista, Brito Delgado nos repite continuamente la triste historia de su caballero y lo fastidiado que este se encuentra. Sus tribulaciones no son cosa de risa y no se las deseo a nadie, pero de tanto repetirlas, Wolfgang Stark acaba volviéndose antipático, por llorica y auto compasivo.

Súmese una sobre adjetivación rutinaria que, en vez de enriquecer la expresión, la empobrece y que, en esta obra al menos, Brito Delgado no está a la altura de su colega del siglo pasado en cuanto a capacidad de generar suspense, atmósferas e incluso algún que otro giro inesperado y obtendremos un resultado que no puedo recomendar a ningún lector.