Buscar este blog

No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

domingo, 24 de noviembre de 2019

“Camino desolación” de Ian McDonald



Después de completar la lectura de la trilogía lunática de Ian McDonald, supe que no volvería a leer novela suya en mi idioma, a menos que transcurriese en el mismo universo, lo que sospecho que ocurrirá dentro de poco, con la publicación de una novelette a doble espacio, con una letra inmensa. Pero Ian McDonald llevaba años escribiendo, antes de dedicarse a organizar culebrones en nuestro satélite y tiene tres novelas publicadas en nuestro idioma. Sus novelas sobre la India y Brasil no acaban de llamarme la atención, pero la obra que nos ocupa era harina de otro costal.

“Camino desolación” en una novela peculiar. Novela de novelas, historias dentro de historias, historias que se entrecruzan y contienen a otras historias, pero que acaban confluyendo, como ríos en el mar, una especie de “Mil y una noches” marciana, aunque la obra con la que más se la compara es con “Cien años de Soledad” de Gabriel García Márquez. 

Han pasado muchos años desde que leí la magna obra del nobel colombiano. Me gustó tanto y es una obra tan distinta a las lecturas que suelen gustarme, que siempre me ha dado miedo volver a leerla. Por lo que recuerdo de ella, existen numerosos paralelismos con “Camino desolación”, en el argumento y el contenido.

“Camino desolación” cuenta la historia de un pueblo del desierto de un Marte terraformado. Nacimiento, crecimiento, auge, declive y destrucción. Empieza cuando un viajero, obsesionado con los viajes en el tiempo, al estropearse su vehículo, se ve obligado a asentarse en un pequeño vergel construido por una máquina terraformadora moribunda, junto a una vía de tren. El azar irá trayendo a otros colonos a este pueblecito insignificante, cada cual con sus particularidades, sus pasados y, con el tiempo, sus rivalidades. Los primeros capítulos glosan la historia de cada uno de estos peculiares personajes. El tono en el que están escritos es particular, como si fueran leyendas o cuentos de hadas. Es el futuro lejano, contado como si fuera un pasado legendario, desde un futuro todavía más lejano.

Los personajes adoran a santas que parecen inteligencias artificiales y a ángeles que parecen robots, o, al menos, humanos sintéticos. Saben, o intuyen, que hay explicaciones tecnológicas para los prodigios que encuentran en su vida cotidiana, pero también que son incapaces de entenderlas y las toman como milagros cotidianos. Lo mismo debe hacer el lector, aunque haya momentos que desafíen su “suspensión de incredulidad”, como ese fantasma que es llamado como testigo en el juicio de su asesinato, o el hombre que es capaz de herir y matar con su sarcasmo.

El hilo de la narración se enreda y desenreda. Prácticamente todo lo que puede ocurrir en una novela, ocurre en “Camino desolación”. Hay muchos personajes y muchas veces no parece que interaccionen entre ellos, o las peripecias de alguno resultan particularmente delirantes, asemejándose a tomaduras de pelo. Durante buena parte de la obra, parece que no haya ningún objetivo, o que la trama no vaya a ningún lado, sin embargo acaba haciéndolo y sus innumerables personajes acaban enfrentando todos un destino singular, no justo, pero si apropiado. La prosa de Ian McDonald se las arregla para mantener el interés durante los momentos más flojos de la obra, siendo a veces intimista, otras poética, irónica en ocasiones y otras más bien chapucera. Siendo el aspecto más atractivo de la novela, puede llegar a ser su peor enemigo, por lo caótica que resulta. La mayor parte del tiempo, escribe al estilo de los cuentos de hadas, pero luego se detiene a contarnos una huelga y sus consecuencias, de un modo que parece una novela histórica situada a comienzos del siglo XX. Curiosamente, el único momento en que llegó a fatigarme fue la transcripción de una épica batalla, con abundante utilización de gadgets tecnológicos y maquinaria militar. Estoy seguro de que hay lectores que buscan precisamente esos momentos en sus lecturas y que fueron los que los aficionaron a la ciencia ficción, pero, en mi caso, empiezan a resultarme pesados.

Ian McDonald escribe a su aire, sin preocuparse por los convencionalismos. O inventándoselo todo sobre la marcha, que quizá sea decir lo mismo. Transcribiendo al papel lo primero que pasa por su cabeza. A veces se detienen en detalles aparentemente insignificantes, pormenorizadas descripciones de lugares que nunca se visitan y hay muchas enumeraciones. La enumeración es un recurso estilístico que hay que manejar con mucho cuidado. Requiere inventiva y un amplio vocabulario y no hay que repetirlo demasiado, pues pierde el efecto sorpresa y se hace pesado. Yo incluso recomendaría utilizarlo una sola vez por novela. A Ian McDonald le sobran inventiva y vocabulario, pero hay demasiadas enumeraciones en este libro.

La lectura de “Camino desolación” es una experiencia desconcertante, no apta para todos los paladares, a pesar de su desbordante imaginación y su innegable calidad literaria. Un castillo de naipes, que a pesar de todo, se sostiene en pie. Una novela extremadamente irregular, pero tan personal e irrepetible que parece increíble que no haya generado su propio culto dentro del famdom, que se pase las horas muertas discutiendo por Internet los detalles más triviales de la trama y añorando una adaptación televisiva que los defraude.

sábado, 16 de noviembre de 2019

“La otra sombra de la Tierra” de Robert Silverberg


Enigmático título e impactante portada, que poco tienen que ver con el contenido de esta antología de relatos.

Se ha dicho que las antologías son, forzosamente, irregulares. Siempre unos cuentos van a ser mejor que otros. Si su valor se mediera por el mejor de sus cuentos, diría que “La otra sombra de la Tierra” es una antología excelente. Con todo, es bastante recomendable, porque el contenido de sus relatos se mueve entre lo meramente entretenido y lo excelente. Y ser entretenido no es poco.

Los que considero excelentes son:

“Ver al hombre invisible”

Cuenta la historia de un hombre que es condenado por un delito muy poco definido, algo así como no ser lo bastante empático. Su pena consiste en llevar una marca en la frente que obliga a todas las demás personas a fingir que no existe. Escalofriante imaginar el tipo de sociedad que mantiene a la población tan aterrorizada como para participar de este castigo colectivo y en lo desmedido del castigo para una falta tan inocua, puesto que una apendicitis lo convierte en una sentencia de muerte. La soledad y el aislamiento son temas recurrentes a lo largo del volumen. Es un relato conmovedor, pero no puedo evitar quejarme de la falta de detalles en la evolución psicológica del protagonista. Pienso que hubiera sido más eficaz si Silverberg hubiera ido describiendo cuales son exactamente las pequeñas cosas nacidas de la convivencia, cuya ausencia acaba provocando el desplome del protagonista.

“El día en que desapareció el pasado”

Un terrorista vierten en el servicio de agua corriente de Nueva York un cóctel de drogas que provoca daños aleatorios en la memoria. Idea terriblemente impactante. La única pega al relato, es que es demasiado breve. Esta idea pedía una novela.

“La canción que cantó el zombie”

Interpretes de música fallecidos son reanimados para actuar en conciertos, en actuaciones técnicamente intachables, pero carentes de alma. Es una colaboración con Harlan Ellison. Si la cuento como suya, con esta historia he leído 5 de ese autor y en 3 de ellas se trata el tema de la eutanasia. Eso no quita que sea buena.

Un punto por debajo de la excelencia, se encuentra “Los colmillos de los árboles”, sobre un granjero que se ve en la necesidad de sacrificar a los animales que cría, a pesar de ser consciente de que tienen personalidades. Sumamente inquietante, aunque, para un lector moderno, lo más inquietante sea la fijación sexual del protagonista con su sobrina de quince años.

De entre los demás

“Moscas” cuenta la historia de un astronauta reconstruido por alienígenas que regresa a la Tierra, tema que Silverberg trató, de forma ligeramente más positiva en su novela “Espinas”. Casi es un relato de terror, pero me ha parecido más forzado.

“Hacia la estrella oscura” sorprendentemente irónico y con una carga de profunda mala leche, que, a pesar de todo, me parece que dice algo muy humano y poco agradable.

“El poder oculto” es otra reflexión sobre el aislamiento. Un hombre con poderes psíquicos tiene que vivir durante cinco años en un planeta en el que los psíquicos son condenados a la hoguera. Funciona bastante bien pero la conclusión y la justificación de la historia no acaban de convencerme.

“Ismael enamorado” un delfín enamorado de una humana. Creo que podría haber sido mucho mejor si el autor se lo hubiera tomado más en serio. Creo que Silverberg pretendía ser divertido y no le salió bien.

“Algo salvaje anda suelto”. Menciono en último lugar el primero de los relatos. Parece casi una historia de terror de los años cincuenta, con un monstruo extraterrestre suelto por la Tierra. Lo original es que el monstruo es un ser benevolente, llegado accidentalmente a nuestro planeta y todas las muertes que causa las provoca involuntariamente, al tratar de encontrar ayuda para volver a casa. Otra vez el tema del aislamiento y la soledad. Puro entretenimiento. Me gusta mucho la filosofía del cuento, pero siempre sospecharé que, a pesar del benevolente final, después de que el telón del relato cayera, el alienígena acabó en una mesa de vivisecciones.

El conjunto es bastante atractivo. No es la mejor antología del mundo, ni la mejor que haya leído. Ni siquiera es la mejor que he leído en, pongamos, los últimos diez años. Pero es una buena antología y un buen libro. 

viernes, 8 de noviembre de 2019

“Guerreros de la tormenta” de Bernard Cornwell



Después de un largo parón, he decidido reanudar la lectura de las andanzas de Uthred de Bebbanburg. Reconozco que mi interés se ha visto reavivado en parte por la adaptación televisiva, que, aunque no excepcional, es una serie bastante buena, a pesar de lo blandito y guaperas que me resulta Alexander Dreymon.
El descanso le ha sentado bien a la lectura. Todas las virtudes de la saga siguen estando aquí. Estilo sencillo y eficaz, personajes carismáticos, gran sentido del ritmo y la narración, batallas magistralmente contadas y algún que otro momento de humor descacharrante.

En esta ocasión, Uthred se enfrenta a un nuevo caudillo norteño, llegado desde Irlanda y además, hermano de su yerno. En este enfrentamiento, la habilidad estratégica y la capacidad de predecir los movimientos del enemigo serán tan vitales como los muros de escudos y el dominio de la espada.

Es una lectura amena y emocionante, que más que leer se devora. Su único problema, del que estos años de descanso me han librado, es que es una obra muy similar a todas las anteriores entregas de la saga del sajón, aunque eso sí, un par de personajes que circulan por ella desde sus comienzos encuentran su final y el desenlace parece preparar el escenario para un acontecimiento vital, que los seguidores de la saga llevamos esperando desde su comienzo.

sábado, 2 de noviembre de 2019

“Rumbo a Bizancio” de Robert Silverberg




Nueva novela corta de Robert Silverberg. En España fue publicada dentro de la breve colección “El doble de ciencia ficción”, junto con “Bailando en el aire” de Nancy Kress, autora a la que la lectura de “Una luz extraña” parece haber apagado mis ganas de conocer más a fondo.

“Rumbo a Bizancio” propone un extraño escenario: un lejano futuro en el que la humanidad, ya inmortal vive una ociosa vida de turista en vacaciones perpetuas, visitando las reconstrucciones de ciudades de la antigüedad que construyen para ella sus máquinas todopoderosas. En las reconstrucciones de estas ciudades se mezcla el mito y la realidad, pudiendo encontrarse quimeras o esfinges por las calles de Alejandría. Siempre hay cinco ciudades, ni más de menos. y cada vez que se construye una nueva, otra es demolida. En este escenario se encuentra un hombre del siglo XX, sin saber como ha llegado allí. La novela consiste en sus vagabundeos y su historia de amor con una de nuestros descendientes.

Silverberg vertebra un mundo imaginaria en torno a la excursiones organizadas. El tipo de cosas por las que trabajamos todo el año para disfrutar/sufrir durante unas pocas semanas. No se si considerar este futuro una utopía o una distopía. Parece un lugar agradable, y no estaría mal pasar en él una larga temporada, pero creo que me volvería loco si estuviera condenado a hacer turismo y nada más por toda la eternidad, por muy hermosos o fascinantes que fueran los lugares que visitara. En cualquier caso, las ciudades y monumentos que Silverberg describe en esta breve obra si que lo son. Las revelaciones sobre la naturaleza del protagonista y de su amada, sin ser excesivamente novedosas, son interesantes y coherentes con el resto del relato, que avanza suave y sutilmente, sin que el lector apenas se dé cuenta, hasta una conclusión lógica e inevitable.

Sabe a poco, es verdad, aunque siempre es mejor quedarse con ganas de más que quedar aburrido. Tal vez algunas descripciones sean demasiado prolíficas y tal vez se podría haber intentado dotar a los personajes de más trasfondo, pero, esto último, eso habría sido a costa de sacrificar su legibilidad.

Así se hace, señor Silverberg.