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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

viernes, 31 de mayo de 2019

“Ora:cle” de kevin o'donnell jr




Kevin O'Donnell Jr. supone para mi un enigma. La colección de ciencia ficción de Ultramar publicó dos novelas suyas. Las dos novelas fueron bien recibidas, a juzgar por lo que he podido leer en las reseñas, pero nunca más se volvió a saber de él en España. Es un autor al que nunca se menciona en ningún artículo sobre la ciencia ficción que he encontrado por internet y a lo largo de los años he acabado encontrando muchos. Su entrada en la wikipedia es bastante somera, no se menciona, por ejemplo, cuales son los temas que solía tratar o cuales son sus obras mas famosas. Ninguna de sus novelas ha merecido su propia entrada en la wikipedia. Parece un escritor de ciencia ficción de escasa influencia que no pasó a la historia del género. ¿Qué pudo llevar entonces a Domingo Santos a publicar dos de sus obras? Sospecho que debió de tener un gran éxito, probablemente este “Ora:cle” que estoy reseñando, lo que animó a publicar una novela suya anterior, pero que su tirón popular no acabó de cuajar. O quizá, simplemente, a Domingo Santos le gustaron esas dos novelas.

“Ora:cle” se publicó originalmente en 1984, tenebrosa fecha. El mismo año que se publicó “Neuromante”. El año de la pesadilla Orwelliana, William Gibson y Kevin O'Donnell Jr escribieron sus propios vaticinios. “Ora:cle” sorprende por su fuerza visionaria y su ingenuidad. Presenta un mundo hiperconectado, con unas redes de comunicación asombrosas, con una población dependiente de la tecnología, adicta a la información instantánea, con un alto nivel cultural, desinterés por las cuestiones graves, beligerante para causas intrascendentes, con pereza crónica para las importantes y que jamás abandona los edificios en que reside. Toda la novela transcurre en un mismo edificio y la mayor parte de ella en el mismo apartamento.

El protagonista de la novela, Ael Elochenta (los nombre de los personajes son códigos de números y letras con significado) es un erudito de historia oriental, felizmente casado y apasionado de la jardinería. No es un paria ni un rebelde, es lo más opuesto a lo que solemos encontrar en las novelas de ciencia ficción y es sintomático de la novela. “Ora:cle” es principalmente una sátira, una sátira amable en la que el autor creó un “presente exacerbado” exagerando las tendencias del momento en que la escribió. Unas exageraciones que se han convertido en buena parte de nuestra vida. Sin embargo, no es una obra tecnófoba. Policías y médicos trabajan principalmente a través de robots que dirigen por control remoto y las relaciones que no incumben a los vecinos se hacen a distancia, pero nunca parece que las relaciones se hayan vuelto frías y deshumanizadas por ello. Los personajes no parecen alienados, más bien parecen demasiado humanos, con tendencia a creerse el centro del mundo. A lo largo de la obra hay incluso una revolución que luego se devora a si misma, todo ello sin salir de casa y casi sin violencia.

En el lado ingenuo, bueno, ese aislamiento ha sido impuesto por el gobierno, por problemas con el anhídrido carbónico, en vez de por los propios hábitos de la población. Es un futuro ultra cercano, y sin embargo existe una base en la Luna, los vuelos espaciales son habituales, las compras que se hacen por el equivalente a internet, en vez de llegar casa por mensajero se teletransportan… y la tierra está cohabitada por unos alienígenas con aspecto de pterodáctilo que se niegan a comunicarse con los humanos, excepto para matar a todo aquel que pillan fuera de su casa. Situación interesante pero que no encaja mucho con el tono del resto de la obra.

La narración en tercera persona se complementa con extractos de los titulares de los servicios de noticias a los que tan adictos son los protagonistas, que ayudan a construir mejor el escenario de este mundo futuro y constituyen una especie de microrelatos que transcurren paralelos al devenir de Ael Elochenta . Funcionan bien, pero la letanía de que si quiere saber más pulse aquí y le descontaremos el pago de la cuenta bancaria, termina haciéndose un poco pesada.

Los mayores peros que se le pueden poner a la novela es que los personajes son demasiado caricaturescos (quizá sea intencionado) y que ocurren muchas, muchas cosas. Lo que por un lado es bueno, porque impide el aburrimiento, pero por otro, el interminable desfile de acontecimientos acaba aturdiendo, si la lectura se prolonga durante mucho tiempo. Eso no quita que sea una obra amena y divertida, no de echar carcajadas, pero si de mantener la sonrisa pegada a la cara y que plantea bastantes interrogantes inquietantes a la mente del lector.

viernes, 24 de mayo de 2019

“La costilla de Dios y otros relatos del final” de Miguel Santander


Esta antología se compone de los siguientes escritos:

La costilla de Dios

Novela corta que da título al libro. En un mundo devastado, la humanidad está dividida en pequeñas comunidades, cada una de las cuales adora a su “Dios” particular, construido a partir de órganos de sus feligreses. Uno de estos dioses, recién nacido y ya adulto, explora su entorno y busca respuestas a las preguntas que se hace sobre si mismo. La premisa de partida es alucinante, la novela es, como poco, entretenida y tiene algunas sorpresas y al menos un recurso estilístico interesante: el narrador siempre habla del protagonista como de “Él”, a fin de cuentas es Dios.

Apocalipsis

Pequeña historia de uno de los participantes en un tratamiento experimental de parkinson. Para mi gusto, Miguel Santander no es un buen corredor de distancias cortas.

Eva

Entrelaza dos historias paralelas que transcurren en diferente líneas temporales, la de una mujer que asiste a la tragedia del fracaso de los intentos de sus hijos por concebir su propia descendencia y la de un experimento secreto llevado a cabo sobre niños. Muy buena historia.

Anomalía

Las conversaciones entre un físico y su psiquiatra revelan un terrible secreto sobre la naturaleza del universo. Leyendo el resto de relatos, a veces he lamentado que, tratándose de un astro físico, que debe tener unos conocimientos científicos que al escritor de ciencia ficción común le costaría mucho obtener y todavía más, comprender, no tire más de su saber profesional en sus relatos. Aquí lo hace, pero el resultando no me parece demasiado brillante, la física sirve de sustento a una historia mil veces leída. Es corto, cuanto menos.

El gen olvidado

Gran vuelta de tuerca al clásico tema del enfermo criogenizado que despierta en un lejano futuro. Cuanto menos revele del argumento mejor. Me ha gustado mucho.

La ultima huella.

Historia de la primera mujer en colonizar Marte. Es dramática, pero su drama no llega a afectarme.

Fin

El más breve de todos los cuentos. Sorprendente que tan pocas páginas puedan cabrearme tanto. El cuento parte de una premisa idéntica a la del cuento del mismo título de Fredric Brown, incluido en “Luna de miel en el infierno y otros cuentos de marcianos”, sólo que este último es todavía más breve y, a su modo, una genialidad. Cuando se me pasó el cabreo, racionalicé que tampoco es una idea tan original, más bien es una chorrada y lo digo sin ánimo de ofender a nadie, los cuentos de género fantástico a menudo son auténticas chorradas y benditas sean, cuando están bien ejecutadas. Honestamente, no creo que Miguel Santander haya plagiado a Fredric Brown, aunque fue lo primero que cruzó por mi cabeza. Debió ser un caso de evolución convergente. Podríamos decir que las mentes enfermas piensan igual. Pero la versión de Fredric Brown me gustó mucho más. Y que cabreo cogí leyéndolo.

Miguel Santander parece muy interesado por la religión y no acabo de tener claro su punto de vista, si la deplora o la considera algo consustancial al ser humano.

Si tuviera que hacer una valoración general, diría que es una colección de relatos interesante. La palabra que viene a mi boca para definir el estilo de Miguel Santander es “eficiente”. Sus historias no están mal escritas pero no destacan por su brillantez literaria, ni creo que lo pretendan, aunque ya digo que malas no son. La fuerza está en los argumentos. Algunos son más atractivos que otros. Ya he dicho que “La costilla de Dios”, “Eva” y “El gen olvidado” me han gustado mucho. Lástima de “Fin”.

 

miércoles, 15 de mayo de 2019

Los hijos del odio y otros cuentos de weird detectives ( Los detectives de Robert E. Howard 3)


Con este libro concluye la recopilación de los relatos de detectives de Robert E. Howard.

De los relatos aquí contenidos, dos están protagonizados por la pareja de detectives privados formada por Butch Gorman y Brent Kirby. Uno, “Lágrimas escarlata” está protagonizado en solitario por Brent Kirby, aunque en realidad es una reedición, escrita por Lin Carter, de la segunda de sus aventuras, que da título a la antología. Otro de los relatos “Los huéspedes de la habitación maldita” está protagonizada por un nuevo detective, Butch Cronin, una especie de Steve Harrison reconvertido en detective después de haber abandonado la policía.

En el resto de los relatos, no hay detectives, propiamente dichos, salvo un personaje secundario en “Zarpas negras”. El veterano lector de Robert E. Howard se llevará la desagradable sorpresa de encontrar que entre ellos se encuentra incluido “El ídolo de bronce” ¡Otra vez! Uno de los relatos incluidos en más antología del autor, y eso que no se trata de uno de los mejores. Curiosamente, hasta lo he leído en cómic, convertido en relato de Conan el bárbaro, a pesar de que, trasladado a una prehistoria de ficción, pierde toda su gracia. Y siempre me resulto ridículo eso de unos adoradores del demonio que veneran a un pavo real.

Con algunas variaciones, casi todos los relatos siguen un mismo esquema, el personaje principal se ve mezclado en la venganza que una tenebrosa secta extranjera viene a cobrarse contra algún tipo de conocido, generalmente desagradable.

La excepción es el ya citado “Los huéspedes de la habitación maldita” que empieza con un caso de mendigos desaparecidos, continua con una historia de falso culpable y termina con una especie de secta de cuyos rituales es mejor no hablar. Probablemente sea el mejor relato del volumen.

Los cuentos de Butch Gorman y Brent Kirby son historias similares, centradas en asedios a modernas mansiones, narrados con buen ritmo y algo olvidables.

“Zarpas negras”, “Huracán negro” y “Los demonios del lago tenebroso” (que no del lago negro, si me permiten el chascarrillo a costa de la falta de variedad en los adjetivos utilizado por el escritor texano) son relatos típicos del autor, empiezan de un modo impactante y luego van subiendo la intriga y la emoción hasta llegar a un desenlace emocionante en que todo se resuelve a hostias, en medio de un sacrificio humano, un asesinato ritual o algo parecido. “Huracán negro” es el que más me ha gustado porque tienen momentos de intriga y suspense realmente buenos. En todos ellos, empero, hay un cierto sadismo que no había encontrado hasta hora en la obra de Howard, un refocilarse en los tormentos que los malvados aplican o pretender aplicar a sus víctimas. Además los cachivaches y trajes que emplean los malvados pueden resultar algo ridículos.

Finalmente “Lágrimas escarlata”. Como ya dije, escrito en realidad por Lin Carter. Su inclusión es lógica, cómo también lo fue de la de “La guerra del opio del Tong negro” en el volumen anterior, para completar la antología de todos los relatos de Butch Gorman y Brent Kirby, pero, una vez más, vuelve a parecerme el más flojo el único relato que en realidad no ha sido escrito por Robert E. Howard. Su estilo efectivo y efectista debería ser fácil de imitar, pero habitualmente los imitadores no logran producir obras de calidad. Por algo será.

Con las desigualdades comentadas, concluyo que se trata de un puñado de relatos emocionantes, que complacerá sin duda a los fans del autor.

viernes, 10 de mayo de 2019

“El secreto de la tumba y otros casos de Steve Harrison” (Los detectives de Robert E. Howard 2)


Este segundo número de la zona criminal de la colección “Los libros de Barsoom” recoge el resto de los casos del aguerrido Steve Harrison. Tras un primer relato en todo similar a los del volumen anterior, el tono de los cuentos da un giro de 180 grados, abandonando el barrio del east river, con sus misteriosas sectas chinas y sus templos y mazmorras escondidos en el subsuelo de los bajos fondos, a historias más siniestras, cercanas al género de terror.

El cambio le sienta de maravilla a las aventuras de Steve Harrison que incluso parece más inteligente y menos racista. La atmósfera se convierte en el verdadero protagonista de la narración y Rober E. Howard tenía un talento único para generar atmósferas siniestras y climas de tensión y amenaza. A ello se le añaden sus otras virtudes de narrador nato: comienzos impactantes, giros atractivos y un ritmo enloquecedor.

Con estos mimbres, el escritor texano confecciona tres pequeñas joyas: “La morada de la sospecha” que destaca por su ambiente de sospecha y paranoia, aunque la conclusión no esté a la altura, “Fauces doradas”, un prodigio de atmósfera y suspense y “Las ratas del cementerio”, a todos los efectos, una obra maestra.

Por supuesto, mis comentarios elogiosos deben tomarse con la misma distancia con la que uno debe tomarse estos relatos. Me explico, los tiempos han cambiado y lo mismo las convenciones de los géneros, que, por otro lado, Rober E. Howard no estaba intentando transcender. Por poner un ejemplo, en la actualidad, que un asesino se disfrace de fantasma para cometer sus crímenes es algo digno de Scooby Doo, que no encontraremos más que en ficción destinada a un público infantil, y ya me extraña. Cuando Robert E. Howard escribió estos relatos, eran las reglas del juego con las que se jugaba en la revistas criminales, lo que los lectores estaban esperando.

Para disfrutar de estos relatos hay que hacer un esfuerzo de distanciamiento y aceptar estos lugares comunes, en vez de burlarse de lo ridículos que resultan a un lector moderno. Si se hace así, “El secreto de la tumba y otros casos de Steve Harrison” resulta un libro muy disfrutable, aunque el conjunto final queda algo deslucido por la inclusión de “La guerra del opio del Tong negro” un pastiche de Robert M. Price, protagonizado también por Steve Harrison, en el que incluso se hacen referencia a Solomon Kane. Comprendo perfectamente su inclusión, a fin de disponer de una colección completa de todos los relatos protagonizados por Steve Harrison, pero su calidad resulta muy inferior a la del resto del volumen.

Y el trabajo del variopinto equipo de ilustradores no se puede comparar con el de G. Duncan Eagleson. 

miércoles, 1 de mayo de 2019

“El señor de la muerte y otros casos de Steve Harrison” (Los detectives de Robert E. Howard 1)


Reseñar este libro me crea un problema. Todo lo que pueda decir coincidirá con la introducción de Javier Jiménez Barco. Aún así, lo intentaré aunque poco pueda aportar. Los cuentos de misterio eran muy populares a comienzos del siglo pasado. Robert E. Howard escribía para revistas populares y, aunque era un escritor vocacional, lo hacía con el sano propósito de ganarse la vida, lo que le llevó a intentar escribir este tipo de cuentos, aunque ni le gustaban ni se le daban bien.

El más prolífico de sus detectives fue Steve Harrison, un policía de una ciudad innominada, que podría ser San Francisco, que patrulla en solitario el barrio del East River, una zona poblada por orientales, principalmente chinos, aunque Howard meta en el mismo saco a árabes o indios, a los que impone las leyes del hombre blanco.

El racismo consustancial a todas las obras de Howard es más acusado que nunca en estos relatos.

El libro se compone de 5 cuentos. El primero, “El tacón de plata” es un relato policíaco al uso, en el que no paran de amontonarse cadáveres. Howard se nota incómodo con esta trama, a la que le cuesta dar sentido y Harrison no se muestra como un cerebro demasiado brillante, siendo sus especulaciones y deducciones bastante retorcidas e inverosímiles. Así y todo es una buena presentación del personaje y su ritmo es impecable.

En los demás relatos, Howard consigue llevar a Harrison al terreno que le es más cómodo. Crea una némesis para Harrison, “El señor de la muerte” del título, una especie de Fu Manchu, que gobierna en secreto el East River, barrio cuyas profundidades Howard siembra de mazmorras, palacios y templos ocultos. Si yo hubiera leído a Sax Rohmer, diría que es una gran influencia en estos relatos. Harrison resuelve los casos más con sus puños que con su cerebro y sucumbe a menudo al frenesí berseker de los personajes howardianos. Además, su creador le hace arrastrarse a menudo por oscuros callejones y pasadizos secretos y hay que decir que Howard es para mí el autor que mejor narra como pasean sus héroes por sitios oscuros.

Resulta un libro entretenido, pero a pesar de todo, me ha gustado menos que otras obras del autor. El genio para la creación de atmósferas de Howard no brilla a la altura acostumbrada. La grandilocuencia de algunos diálogos resulta muy impostada en un entorno moderno, igual que la costumbre de sus personajes de decir en voz alta lo que hacen, han hecho o piensan hacer.

Eso sí, merecen destacarse las ilustraciones de G. Duncan Eagleson, a mi entender magníficas y apropiadas.