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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

sábado, 16 de agosto de 2014

"El barco de la muerte" de William Clark Russell



El Barco de la Muerte narra las increíbles peripecias de un joven marinero inglés que, tras caer accidentalmente al mar durante una travesía cerca del Cabo de Buena Esperanza, a finales del siglo XVIII, y después de ser abandonado por sus compañeros, espantados ante la repentina aparición del legendario barco fantasma «El Holandés Errante», es recogido finalmente por su espectral tripulación. A bordo del siniestro navío se encontrará con el infortunado capitán Vanderdecken, que ignora que su travesía dura ya más de ciento cincuenta años, y se enamorará de Imogene, una compañera de cautividad, con la que planea fugarse.


Todo lo anterior figura en la contraportada del libro, así que no se me quejen de spoilers. Este es un libro hijo de otra era, de otras convenciones sociales y otros modos de pensar, y eso se deja notar demasiado. Las novelas populares de aventuras, de terror, de fantasía puede que sean las que mejor reflejan el espíritu de una era, puesto que son una plasmación de sus miedos y prejuicios, pero también son las que peor aguantan el paso del tiempo, si es que no hay una mano maestra detrás. Mientras que Robert Louis Stevenson puede ser tan disfrutado hoy como el día que se publicó, este libro ha sido un auténtico dolor.

Sus problemas principales son tres:

Uno: el uso y abuso de términos náuticos es tal que páginas y páginas pueden resultar incomprensibles. Al final aparece un diccionario de términos marineros que el lector puede consultar, así pues, puede elegir entre interrumpir la lectura dos veces por frase para ir a consultarlo, o ignorar olímpicamente párrafos y párrafos, puede que incluso páginas.

Dos: Los personajes carecen de personalidad. No existen personajes dignos de tal nombre, excepto tal vez el capitán Vanderdecken, y este porque es un personaje oscuro y enigmático. No hay el menor apunte psicológico o de carácter. La empatía con cualquiera de ellos es imposible. Esto puede ser intencionado en el caso de los fantasmas, pero no en el del narrador, Geoffrey Fenton, ni en el de su amada. Dicho personaje, Imogene, es literalmente insoportable, porque cada vez que aparece el relato se ve dominado por la cursilería más atroz. Fenton emprende mojigatos discursos en los que la pone como ejemplo de lo que debía ser el ideal de mujer de la época, tan alejado del actual. Todo es compasión, lágrimas, dulzura y castidad. La historia de amor es tan gélida como el ambiente en el barco maldito, un mero pretexto que pretende la implicación sentimental del lector sin conseguirlo.

Tres: Las descripciones del cielo, del mar y del horizonte. Algunas son preciosas, pero son eternas y repetitivas. Hay como dos o tres descripciones de estas por capítulo, pueden durar varios párrafos y no son capítulos largos. Uno acaba hasta las narices de montañas de espuma, las nubes, la luz de la luna y del sol saliendo o poniéndose.

Si todo es tan malo ¿cómo es que acabe sus cuatrocientas y pico páginas? Bueno, cómo ya dije, algunas de sus descripciones son preciosas, tal vez lo sean todas, si uno no se cansara de ellos. La descripción del barco fantasma y de la tripulación es fascinante, esos cuerpos animados por la maldición que apenas guardan un resto de vida y que simulan lánguidamente las acciones de las almas que los poseyeron, ignorantes de su propio destino, que creen llevar sólo algunas semanas en el mar y que se apresuran a ignorar todas las evidencias en contra. Aunque, por desgracia, esto tampoco esta libre de reiteraciones y las características de los tripulantes se repiten una y otra vez.

En fin, la atmósfera de fatalismo y condenación está muy lograda. Entre tanta descripción repetitiva se representa una historia atractiva cuyo ritmo no decae. En todos los capítulos ocurre algo que la hace avanzar, y que, por cierto, viene anunciado en los títulos de cada uno. No puedo evitar pensar en aquellas deleznables ediciones de los clásicos ilustrados con los que una generación aprendió a amar la literatura, en las que la narración era interrumpida cada cuatro páginas por un dibujo o una página de cómic. Los milagros de la tijera hacían que aquellos volúmenes tuvieran siempre el mismo número de páginas, si acaso menos, pero nunca más, a fuerza de eliminar todo lo que se considerara inconveniente o superfluo. Tal vez a esta novela le hubiera convenido una edición de ese tipo, porque, de quitarse un par de cientos de páginas de morralla, lo que hubiera quedado podría haber sido una buena historia.

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