"Memory wire" de Robert Charles Wislon



En un remoto rincón del rio Amazonas, se descubre un yacimiento de piedras de origen alienígena (a partir de aquí me referiré a ellas como oneiroliths, no sé como demonios traducirlo). Las piedras, los oneiroliths, son fáciles de replicar y contienen información histórica y científica de sus creadores, pero también afectan a las personas que las tocan, despertando en ellas recuerdos perdidos o suprimidos o incluso haciéndoselo a las personas con las que permanecen en contacto. Cuando corre el rumor de que se ha encontrado un nuevo tipo de piedra, cuyo funcionamiento parece más eficaz, más puro, un antiguo investigador de estos objetos, devenido en líder de un culto místico a los oneiroliths organiza una operación de contrabando para obtener una de estas piedras.

Un grupo de 3 personas es enviado a Brasil, formado por Byron, un exmilitar dedicado al tráfico de oneiroliths, Teresa, una joven artista reactiva a los oneiroliths, con un largo historial de adicción a las drogas, que no recuerda nada de su vida anterior a los 11 años, cuando fue encontrada entre los supervivientes de un terrible incendio y Ray Keller, un antiguo compañero de pelotón de Byron que ahora es un “ángel” que deberá grabar un reportaje sobre la búsqueda. Los ángeles son personas cuyos cerebros han sido conectados a una unidad de memoria implantada en su cuerpo, en la que quedan grabados todos sus recuerdos e impresiones sensoriales. A menudo esta cirugía cerebral provoca secuelas cerebrales que son incrementadas por el condicionamiento psíquico al que se someten durante su entrenamiento: los ángeles se adiestran para abstraerse del mundo que les rodean, considerándose a ellos mismos sólo una cámara, un registro ambulante de hechos de los que no forman parte. El propio Byron fue el ángel de su pelotón durante la guerra (la caja negra que registra todo lo que pudiera ir mal) pero se hizo retirar el implante en un esforzado afán por reintegrarse en la especie humana. Por el contrario, Ray se lo acaba de reinsertar, en un intento de abstraerse de sus traumáticos recuerdos de la guerra.

La expedición no tarda en llamar la atención de un agente de inteligencia, Oberg, psicopático y paranoide, obsesionado con que los oneiroliths son una contaminación perniciosa para la especie humana.

Robert Charles Wilson realmente sabe como contar una historia. “Memory wire” es una lectura absorbente, que más que leer se devora, una magnífica demostración de oficio narrativo. Su ritmo es excelente, sabe tomarse sus pausas para profundizar en cada personaje y en el ambiente, pero, a la vez, se asegura de que siempre estén pasando cosas y que cada cosa ocurra justo en el momento adecuado, de modo que cada capítulo hace que la historia avance un poco más, dejándote intrigado y con ganas de saber que más va a ocurrir. Pero si funciona tan rematadamente bien, es por el oficio del autor, no por su contenido en sí. No hay en ella nada que sea demasiado original, demasiado complicado, o que llame especialmente la atención de los aficionados a la ciencia ficción.

Siendo atrozmente condescendiente, esta seria una novela que recomendaría a alguien al que no le guste la ciencia ficción. No para que vea lo que se está perdiendo, si no porque es una novela que sería capaz de entender sin problemas.

Se supone que la información obtenida de los oneiroliths ha llevado a la creación de nuevas tecnologías y avances científicos, pero, si es así, apenas han tenido efecto en la sociedad, porque el futuro cercano que se nos plantea es casi indistinguible del mundo actual. ¿Qué las agencias de inteligencia reclutan y adiestran a batallones de enfermos mentales para utilizarlos en sus operaciones más sucias? No creo que esté demostrado, pero es una leyenda urbana muy difundida. Los “ángeles” si, están fuera de las capacidades de la tecnología actual, por poco, pero si le quitas su misticismo zen, Keller podría ser sustituido por camarógrafo que se esconde detrás de su objetivo para no relacionarse con el mundo real, ni sus recuerdos. ¿A qué podemos agarrarnos los fanáticos de la ciencia ficción, entonces? Hay una sucinta descripción de unos extraterrestres interesantes, obsesionados con los recuerdos, e incapaces de negarse u ocultarse algo a sí mismos y en la última página una bella reflexión sobre como los recuerdos componen nuestro mundo y si nuestros cerebros contienen los recuerdos o están contenidos en ellos. Todo ello dura unos poco párrafos, que quedarían muy bien en la contraportada.

Y también hay una comunidad de desplazados que viven en barcas (los floats)

Olvidémonos de la ciencia ficción. ¿Y del resto de virtudes que pueblan la literatura, en general? ¿Qué hay de los personajes?

Los personajes están más trabajados de la media, lo que no quita que Oberg sea un tópico ambulante y que Wilson abuse (otra vez) del recurso del trauma. Tanto Keller como Teresa están marcados por las tragedias de su pasado, recordado o no. Me fastidia mucho frivolizar con las adversidades de otras personas, aunque sean de ficción, pero parece que Wilson define a nueve de cada diez de sus personajes en base a un complejo de culpabilidad provocado por un trauma, igualito que la mayoría de los personajes de Stallone. Me parece una visión muy limitada de la naturaleza humana.

Lo episódico de la narración, avanzando a saltos entre los momentos importantes, agiliza la lectura, al coste de eliminar la evolución de los personajes. El lector no contempla como sus relaciones van cambiando poco a poco, si no que, de golpe, las encuentra cambiadas: Teresa y Keller se acaban de conocer, cortamos a un capítulo de Oberg y cuando los volvemos a encontrar, ya se están acostando juntos. (Si quieren considerarlo un spoiler me disculpo, pero vamos, la mujer que no puede recordar su pasado y el hombre que quiere olvidarlo, creo que está claro desde el comienzo que están hechos el uno para el otro) Este modo de narrar hace que el libro sea más corto y se lea más deprisa, pero mata el interés de las relaciones entre los personajes, puesto que apenas les vemos relacionarse. 

Por todo lo dicho, el tratamiento de personajes no me parece particularmente interesante, aunque es cierto que al final mejora muchísimo, cuando, tratando de negar sus recuerdos, cada uno se hunde en su infierno personal, Teresa en las drogas y Keller en la mesa de montaje.

Así las cosas, no puedo decir que el tratamiento de personajes sea excepcional. ¿El estilo? Bastante bueno. Tal vez sean alucinaciones mías, pero, con esto de leer en inglés, en algunas y muy contadas ocasiones el ritmo de la prosa de Wilson resultaba casi musical. Pero ya digo que era en muy pocas ocasiones, el resto del tiempo era simplemente eficiente.

¿La peripecia? Por muy bien dosificada que esté la información y muy bien pillado que esté el pulso al relato, no deja de ser un poco rutinaria. Oberg nunca llega a resultar un auténtico desafío y los protagonistas no se ven metidos en aprietos realmente serios hasta casi el final. El clímax de la novela si, es conmovedor y emocionante, a pesar de algunos recursos muy manidos para darle emoción y suspense. Cosas del estilo de: el malo dispara una pistola … justo antes de que el capítulo se acabe. A continuación, cambiamos de perspectiva a otro personaje, que se lanza con todas sus fuerzas contra una puerta … justo antes de que el capítulo se acabe. Nuevo cambio de perspectiva … Y así … Ya me entienden.

En fin, el problema de “Memory wire” no está tanto en lo que da como en lo que promete. La sinopsis podría crear unas altas expectativas en los lectores, que quedarán defraudados, si buscan algo aparte de un entretenimiento inteligente.

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