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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

sábado, 10 de mayo de 2014

Philip Marlowe y Raymond Chandler



Recientemente, he concluido la lectura del gigantesco volumen “Todo Marlowe” que, como su nombre indica, contiene todas las historias que Raymond Chandler escribió protagonizadas por el mítico detective. Se ha dicho a menudo que, si bien Dashiell Hammett fue el creador del género negro, Raymond Chandler fue quien lo desarrolló. En efecto, la mayoría de los detectives privados que vinieron después, estaban cortado por el mismo patrón que Marlowe. Todos bebían demasiado, eran melancólicos, narraban sus aventuras en primera persona con gran ironía y aprovechaban la menor ocasión para desvariar sobre los asuntos más variados y peregrinos.

Todo aficionado al cine negro tiene su propio Marlowe favorito. Lo crean o no, Juan Carlos Planells se decantaba por Elliot Gould. Carlos Boyero por Humphrey Bogart y Robert Mitchum. El propio Chandler se lo imaginaba como a Cary Grant, y aunque en su juventud, por ejemplo en “Luna nueva”, hubiera sido una elección absurda, el Grant maduro con las sienes plateadas habría quedado bastante bien. Lo crean o no, mi elección favorita es James Gardner, a quien considero un actor a reivindicar, aunque la suya no sea la mejor de las películas que se han hecho de Marlowe, si bien ostente el logro de arrojar a Bruce Lee por un balcón.

La obra de Chandler es idolatrada casi unánimemente. Son fans suyos gente como el ya mencionado Carlos Boyero, Rosa Montero, Soledad Puertolas, Rodolfo Martínez y un largo etcétera. Tal vez por estar tan altas las expectativas, al principio se me resistió. Expondré mis razones:

Los argumentos de Chandler suelen ser, de puro enrevesados, delirantes. Al final, consigue que Marlowe mas o menos ate todos los cabos sueltos que se han ido largando a lo largo de sus historias, pero si las estudias con detenimiento, dichas explicaciones son a menudo muy poco creíbles, como tampoco lo son la cantidad tan grande de coincidencias que las salpican y las situaciones resueltas de modo improvisado, tal vez incluso chapucero, aunque nada de ello te suele importar mientras las estás leyendo.

Es famoso el dicho de Chandler que dice algo así como, “Cuando no sepas como hacer avanzar la historia, haz que uno de los personajes apunte al protagonista con un arma”. Chandler utiliza bastante este truco para mantener el interés, eso no me molesta, pero tiene otros vicios que si lo hacen, a saber, las descripciones excesivamente pormenorizadas. Probablemente para alcanzar el número de páginas que haga posible la publicación de la obra como novela, Marlowe nos cuenta absolutamente todo lo que ve. Detalla con profundidad los itinerarios que sigue para llegar a cualquier parte, para, a continuación, detallar con el máximo detalle las casas y las habitaciones en las que entra y el vestuario de las personas con las que habla. A menudo notaba como la vista se me iba, cruzando líneas y líneas, esperando que terminara de describir las cosas.

El tema del vestuario es peculiar, porque el lenguaje y el conocimiento demostrados, parecen dignos de un cronista de la alta sociedad, oficio que aparentemente desprecia y que, además, es digno de afeminados. Nadie es perfecto y, repartidos por las novelas de Marlowe se encuentran varios comentarios homófobos que, si hubieran sido publicados hoy, le habrían valido muchos problemas a Chandler.

Un último comentario al respecto. No sé si será cosa de la traducción, pero se emplea mucho el material “piel de cerdo”. No es que tenga nada que objetar, probablemente de eso exactamente se trate, pero es una denominación tan carente de glamour que no puede menos que extrañarme. Entiendo que una dama de la alta sociedad utilice unos guantes de cuero. Comprendo que utilice unos guantes de piel. Pero ¿unos guantes de piel de cerdo? Suena poco refinado.

Incluso a través de la traducción, no se puede negar que hay algo mágico en la prosa de Chandler. Su mezcla de ironía y lirismo es arrebatadora. Quizá sea el propio lenguaje y no sus enrevesados argumentos los que nos hacen pasar hoja tras hoja. Sin embargo, tal vez debido a que soy un lector muy rápido, eso hace que me canse muy deprisa de un autor, el exceso de personalidad acabó empachándome, por que mantiene siempre el mismo registro, independientemente de las circunstancias que ocurran, siempre igual a si mismo a lo largo de toda la novela. Cuando empecé “El sueño eterno”, disfrutaba de cada salida de tono de Marlowe. Cuando la acabé, estaba deseando estrangularlo. Marlowe es siempre taaaan ingenioso. Al principio, disfrutaba de su ingenio, de sus réplicas aceradas. Al final, deseaba que, por una vez en la vida, contestara con un monosílabo. ¿Es que siempre tenía que hacerse el gracioso? ¿No podía desperdiciar una sola oportunidad de hacerse el listillo?

Quizá “El sueño eterno” no sea la mejor novela para empezar. El problema es que la sombra de la inolvidable película de Howard Hawks planea por encima de ella. Es una buena novela, pero es que la película es una obra maestra, pero como adaptación es muy mala, puesto que no mantiene el tono ni la personalidad del libro. Y es, en nueve décimas partes, una comedia romántica, que mata toda posibilidad de continuación, porque cualquier persona con dos dedos de frente se habría casado con una chica tan encantadora como la Vivian Sternwood  interpretada por Laurent Bacall (Bogart, por ejemplo, lo hizo), que además de guapa, maja y simpática es una rica heredera y felizmente casado y con el porvenir resuelto, no hay quien se ponga a resolver casos. Que decepción descubrir que en la novela su personaje es mucho menos interesante, y que Marlowe y ella no llegan demasiado lejos.

La parte romántica de sus aventuras ha sido tremendamente exagerada en las mejores adaptaciones. El Marlowe real no es un seductor encantador que salta sobre toda mujer que se ponga en su radio de alcance. Bueno, quizá si lo sea en su última novela, pero en las demás, es un solitario misántropo desengañado de todo, que bebe a todas horas y cuya idea del tiempo libre es jugar al ajedrez consigo mismo, intentando encontrar finales distintos a las partidas legendarias de los grandes maestros. Marlowe se escuda tras su integridad para apartarse de un mundo que no está a su altura moral. Es extraño que consiga clientes, por lo altivo que se muestra con ellos, cuando los entrevista por primera vez, son sus clientes los que tienen que demostrar que son dignos de que él trabaje para ellos

Dicho esto, parece que el personaje se me atragantó y así fue en un principio, pero la cosa pronto cambió, porque todo lo dicho no niega que su integridad es auténtica. La mayor aspiración de Marlowe, es ganarse la vida honradamente. Altivo frente los grandes, es amable y humano con los pequeños, con humildes ascensoristas, secretarias o taxistas con buen fondo. Está sólo, tremendamente sólo. A veces acepta un caso, simplemente porque no tiene otra cosa que hacer. Aunque jamás encubriría a un asesino, su profesionalidad le lleva a meterse en líos increíbles para proteger a sus clientes, por los que afronta todo tipo de penalidades, por las que quizá no cobre.

Marlowe es, además un quijote. Una y otra vez, sin motivos claros, se empeña en ayudar a personas a las que, ni le unen lazos personales, ni son sus clientes, ni se lo han pedido, pero él es así. Un rufián acusado del asesinato de su esposa, un borracho al que recoge del suelo, una mujer a la que su cliente no explica porqué quiere que le siga, son causas suficientes para que blanda su lanza y espolee a su Rocinante.

En pocas palabras, Marlowe se acaba haciendo un hueco en tu corazón, y no es la única virtud de estos libros. Los personajes que los cruzan, sobre todo los secundarios, están llenos de autenticidad. Hay una gran descripción de ambientes. Los diálogos son obras maestras dignas de un marco o un pedestal. El sentido del ritmo con el que se dosifica la intriga y la trama es ejemplar. Creo que ya he dicho bastante sobre la prosa. Poca gente puede decir las cosas tan claras como Chandler. “Adiós muñeca”, “La dama del lago”, “La venta alta”, son grandes novelas, pero es que “El largo adiós” es una auténtica obra maestra, y no me importa que todavía no tenga absolutamente claro si Terry Lenox asesinó o no a su mujer. La lectura de las historias de Marlowe debería ser para todo lector una etapa en la vida, una cita a la que hay que acudir inevitablemente, si puede ser antes mejor que después.

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