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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

viernes, 27 de febrero de 2015

“Las astillas de Yavé” de Rodolfo Martínez

Me da la sensación de que esta reseña me va a llevar un cierto tiempo, así que iremos por partes. Empecemos por el típico texto introductorio, una respetable tradición de obligado cumplimiento. A fin de cuentas, cuando empecé a leer reseñas lo que quería era hacerme una idea del argumento de la novela, porque, seamos francos, nunca me ha importado una opinión que no sea la mía.

“Viola Mercante, "Uve", antigua policía y ahora detective privada; seductora, bisexual y deslenguada. El padre Tomás Ardente, jesuita joven y atractivo que trabaja en la parroquia de San Andrés, un barrio pobre que es un reducto de la inmigración latinoamericana y de la violencia. La vida de ambos se cruzará cuando el padre Ardente le encargue a Uve investigar la Iglesia del Dios Primigenio, una secta de origen estadounidense, no especialmente proselitista y en apariencia inofensiva , que ha levantado sus sospechas por dos motivos: apenas hay referencias sobre ella en ninguna parte y, desde su llegada al barrio, la criminalidad ha descendido de manera sorprendente.
Uve moviliza a su ex novio y, sin embargo, mejor amigo, un friqui entrado en la cuarentena y genio de la informática, quien le confirma que apenas hay datos de esta iglesia. Sus otras fuentes, el policía Morales y Alberto el Retrepao (un personaje casi marginal y su contacto en la calle), le corroboran con su poca información lo que cada vez resulta más evidente: están sucediendo cosas muy extrañas... La ciudad, y en concreto la población del barrio, está como apática y sumisa. Todo ello parece relacionado, además, con unas pequeñas muñecas protectoras que venden los artesanos andinos en los puestos ambulantes.
Y así, poco a poco, sin apenas darse cuenta, Uve va cayendo en lo que parece una trampa urdida desde los más altos estamentos eclesiásticos que pondrá en peligro, no sólo sus vidas, sino todo lo que nos habían contado.”

¿Les parece poco currado? Efectivamente, lo acabo de copiar de la entrada del libro en amazon. Cumplida ya esta honorable tradición, adoptaré un tono más personal y empezaré con mis tonterías: Durante la lectura de esa novela, me he dado cuenta de que Rodolfo Martínez, o sus personajes muy a menudo dicen una cosa para  a continuación rebatirla o decir la contraria. No sé si es exactamente el recurso literario llamado contraposición, tengo el instituto un poco olvidado y aquello me sonaba más al contraste ir y venir, cosas así. Sea el recurso literario que sea, lo emplea a menudo, a veces para exponer las dudas de sus personajes, sus contradicciones, otras para dar más fuerza a la idea que está a punto de explicar: exponiendo primero la tesis contraria para, a continuación, rebatirla. Creo que es algo que está muy metido en su modo de expresarse, que no aparece sólo en sus libros sino también en sus introducciones, comentarios, post de opinión, etc. Revisándome el comienzo del libro, he encontrado los siguientes antes de que me aburriera y dejara de buscar:

“Ser detective es una mierda. Bueno, vale, en realidad no es tan malo y el mundo está lleno de cosas peores.”

“Así que no podía quejarme. Pero, de todas formas, lo hacía.”

“No lo habría querido de otra manera. Bueno, a veces sí, para que engañarnos.”

“Parte del decorado, pero sin demasiada importancia. Sólo que la tenía.”

“El muerto, simplemente, no contaba. Pero era mentira. Contaba.”

“He hecho el trabajo que nadie mas quería hacer, pero debía ser hecho. Ad maiorem Dei Gloriam. O quizá no.”

No parece algo demasiado importante y no lo es. O quizá si.

El problema es que fue como esas canciones que se te meten en la cabeza y luego no puedes dejar de repetir el estribillo, aunque maldita la gracia que te hacen. Durante la primera parte de la novela, fue como si tuviera un enanito encima del hombro, que cada vez que leía una frase apostillaba: “O no” “O tal vez todo lo contrario”. Lo peor de todo es que en más ocasiones de lo esperable, el enanito cabrón tenía razón, me entraba la risa floja y perdía la concentración.

En fin, paranoias mías, pero ¿si no las suelto en mi blog, dónde voy a soltarlas?

Vayamos con la estructura de la novela.

Los capítulos normales se intercalan con entradas del blog de “Iván el terrible”, donde básicamente, se estudian los orígenes del cristianismo, junto con recortes de prensa, cartas o incluso fragmentos de chats, donde se proporciona información adicional al lector que acabará siendo de importancia.

Cada capítulo empieza con unas cuantas frases extraídas del mismo, a modo de título, a las que les iremos encontrando el sentido al leerlo. Continúan con Uve huyendo por una ciudad fría, solitaria y abandonada, de un enemigo al que las más de las veces sólo se intuye, en la forma de las famosas muñequitas mencionadas en la introducción. A continuación, se prosigue con la historia allá donde se dejase en el capítulo anterior. Aparentemente, tenemos dos líneas argumentales paralelas, destinadas a confluir en el clímax de la novela. Esto es lo que menos me ha gustado de todo el libro.

La verdad es que tenía mucha curiosidad por saber que era lo que iba a ocurrir, cómo demonios iba a acabar Uve metida en semejante berenjenal, así cómo que prodigio dejaría desierta la Ciudad… Algo debí olerme, cuando apenas quedaban cuarenta páginas para acabar y, efectivamente, los acontecimientos se precipitaban hacia su desenlace, pero la Ciudad no sólo seguía llena de gente, sino que sus calles se volvían a llenar, tras haber quedado desiertas en el nudo de la novela. No diré mucho para no divulgar spoilers, algo que no sé si conseguiré evitar más adelante, pero si diré que, aquellos que se muriesen de curiosidad por ver cómo la trama principal se transformaba en la trama secundaria, se llevarán una decepción sólo comparable a la del final de “Perdidos”. Que digo, a la de toda la temporada final de “Battlestar Galactica”.

De hecho, tal vez debería olvidarme de los spoilers y avisar de que, en el fondo, no confluyen, así que olvídense de ello, y disfruten la novela por el resto de sus méritos, que los tiene.

A menos, claro está, que “Las astillas de Yavé” ofrezca una doble lectura en la que yo no haya caído y su conclusión sea mucho más terrible y solipsista de lo que parece. No lo creo, y si tuviera cabeza para este tipo de dobles lecturas, no habría dejado de leer a Gene Wolfe.

También, me temo, que la narración sufre algunos altibajos de ritmo, o al menos tiene un bajón gordo, cuando llevas dos terceras partes de la novela. Hasta ahí todo ha ido muy bien, las cosas se han ido acelerando progresivamente, todo está de lo más emocionante. Y entonces, los buenos ganan.

Esa es prácticamente la sensación que te produce. Hasta ahora, podemos decir que los protagonistas se encontraban atrapados entre dos amenazas, las dos bastante terribles, supuestamente, pero sólo una de ellas se había mostrado como un peligro activo. La otra, que por cierto da nombre a la novela, como que permanece latente, sin resultar abiertamente hostil. Entonces, aparentemente, la amenaza principal queda derrotada. Uno tiene la sensación de que ya se ha acabado todo. ¿Qué hacen entonces nuestros héroes? Primero nos dan un montón de explicaciones sobre la participación en este medio-desenlace de aquellos personajes secundarios no han aparecido hasta el final, cuál séptimo de caballería. Son explicaciones necesarias para entender globalmente la historia, el tipo de cosas que te suelen poner en el capítulo final para dejar los cabos sueltos bien atados. El problema es que lo que hicieron esos personajes no es demasiado interesante, gran parte de ello se podía intuir, y que la historia no se ha terminado todavía.

Más que nada, estas explicaciones, estorban, aunque no seré yo el que explique como habrían podido evitarse.

Los protagonistas se preparan para ir a por la segunda amenaza, a pesar de que, por terrible que sea, no parece muy urgente. Hablan de sus cosas y explican sus planes. Bueno, esta pausa antes del combate final para explicar como habrá de librarse, es algo muy extendido en la ficción. Aparece, mismamente, en el interludio en las lunas de Yavín de “La guerra de las galaxias”. Estoy seguro que en muchos sitios más. Pero, por frecuente que sea, no tiene porqué gustarme. Yo soy partidaria de que la parte final de una historia debe ser un crescendo continuo que mantenga cautiva la imaginación del espectador o lector hasta el final. Estas pausas le hacen desconectar, son como un jarro de agua fría que apacigua sus ánimos, que hay que volver a levantar, con gran esfuerzo a lo largo del final.

En el caso que nos ocupa, esa sensación se vio acrecentada por la esperable aparición de un personaje del que se habla bastante en la novela, pero que no aparece hasta el final. Lo malo es que cuando aparece, le da por explicar al público la situación, y repite todo lo que éste ya sabe. Creo que en todo su discurso no hay una sola migaja de información nueva. Repite punto por punto todo lo que ya se ha expuesto. A ver, no se hace aburrido, ni demasiado largo, porque no se enrolla indebidamente, pero todo lo que no suma resta y las reiteraciones restan bastante.

De modo que tenemos un hiato, un paréntesis un parón en la acción, que pierde bastante interés, antes de que remonte para el final.

Finalmente, señalaré que siempre he pensado que Rodolfo Martínez se mueve en el límite de la credibilidad con sus referencias a la cultura popular. En esta obra casi todos los personajes pueden estar influidos por Iván, el informático friqui de turno (¿se escribe friqui o friki? ¿Es una palabra admitida por la RAE? Estoy divagando.), pero hasta el momento en que Uve sale del armario y confiesa que Iván sacó de ella la friqui que llevaba dentro, sus conocimientos en tal materia me parecían un poco exagerados. Aún así, en el mundo de la Ciudad, todas las personas conocen la obra de H.P. Lovecraft y saben que el tuerto director de SHIELD es un hombre blanco de pelo canoso y no un negro con la cabeza rapada.

Uve no parece un gran detective. Sus métodos de investigación consisten en preguntar a sus contactos y esperar sus respuestas mientras se dedica a llevar el papeleo de su agencia, darse atracones a la hora de comer, ir al gimnasio y salir de marcha los sábados por la noche, algo por otra parte bastante habitual al comienzo de las novelas policíacas. Lo que sí es, es un grandísimo personaje. Rodolfo Martínez logra imponer a la voz de su narradora un tono muy personal, irónico y vitalista. También, supongo, que muy femenino; según  relata en los agradecimientos, un comité formado por tres mujeres dictaminó que su modo de hablar resultaba creíble como mujer. Desde mi desconocimiento masculino, no haré comentarios al respecto, puesto que carezco de perspectiva. Qué demonios, si que los haré. A mí también me convenció y hay que reconocer el talento, no es un logro pequeño narrar una novela completa desde el punto de vista de una persona del sexo contrario, y que convenza a los miembros de dicho sexo.

Femenina o no, Uve también es simpática, y resulta muy fácil encariñarse de ella.

En cambio, encontré que el estilo de las cartas o diarios personales, era muy parecido, pese a pertenecer a personajes diferentes. Encontré que, por escrito, el padre Kovacs y Taira empleaban un lenguaje muy similar, aunque esto es muy subjetivo.

La tesis principal del libro, el secreto, la revelación, es un gran hallazgo. Una idea muy impactante y muy bien expuesta, desarrollada de tal modo que resulta casi creíble, a pesar de tratarse de una novela fantástica, con yinns de por medio. Es el tipo de cosas que te hacen reflexionar y darle vueltas a la cabeza un buen rato. Fascinante e inquietante a partes iguales. Junto con el personaje de Uve, me parece uno de los tres grandes hallazgos de la novela.

El tercero, es por supuesto, la habilidad literaria de su autor. Su uso del lenguaje, engañosamente sencillo, tan transparente como eficaz. La facilidad con la que se introduce en las cabezas de sus personajes, sobre todo en sus momentos bajos. La habilidad con la que guía el timón de la narración de escena en escena. La dosificación de la acción y la información, de modo cada escena y cada capítulo jamás tienen una palabra de más y dejan al lector suspirando por el siguiente. El modo en que más que leer, este libro se devora. El modo en que los diálogos se integran en lo narrado. Tengo un amigo que diría que, en esta novela, la mayor parte del tiempo, lo único que se hace es hablar y hablar. Puede ser cierto, ¿y qué? El caso es que funciona. En los mejores momentos estás prendado de sus conversaciones. Recuerdo especialmente el fragmento en que Iván recuerda los acontecimientos de cierta noche. Se crean muchas expectativas, demasiadas, en mi opinión, tirando de trucos burdos como el legendario “no me lo cuentes ahora, cuéntamelo dentro de un par de páginas” Al final de dicho relato, como en los peores capítulos de “Expediente X” prácticamente no se ha añadido ninguna información nueva. Sin embargo, a pesar de la traición de las expectativas, el relato me tuvo prendado hasta que acabó. Magia, oficio, trucos de trilero que desarrolla un escritor con oficio.

Se puede hablar mucho de qué es lo que hace que una novela funcione, se podrían trazar muchas reglas a seguir, sin embargo el caso es que independientemente de ellas, las novelas funcionan o no funcionan. Definir en qué consiste exactamente la magia de la escritura de un autor es una tarea demencial. El caso es que Rodolfo Martínez ha pulido ya sus armas en un buen puñado de narraciones, es un escritor en pleno dominio de su oficio, y sus historias funcionan.

PD: Transcurrida una semana desde la finalización de la lectura de esta novela, mi situación laboral no ha experimentado cambio alguno. ¿Será este el final del terrible influjo laboral de la obra de Rodolfo Martínez?

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