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No creo en la crítica objetiva. Sólo conozco una o dos personas a las que le interesan mis opiniones. y a veces creo que lo hacen por cortesia.

lunes, 4 de abril de 2011

"El vagabundo armado" de Seabury Quinn



Los pulps apestan.

Lapidaria afirmación transcrita como si fuera una verdad incontestable a pesar de no apoyarse en hechos, ni en argumentos lógicos.

Pero es lo que me hace sentir la lectura de este libro. Y no es la primera vez que me ocurre. A pesar de sus innegables defectos, he disfrutado como un vellaco con la lectura de H. P. Lovecraft y Robert E. Howard. Y todavia lo hago. El tercer mosquetero del pulp, Clark Ashton Smith, por el contrario, no me va mucho, pero lo único suyo que he leido es Averoigne, y en su propio prólogo decian que era de lo peor que había escrito, así que algún día le daré otra oportunidad. Incluso he disfrutado bastante con Abraham Merritt. Edgar Rice Burroughs se acaba haciendo pesado, esas interminables historias sobre un tipo que persigue a los que han raptado a su novia, pero es tolerable en pequeñas dosis, por su inventiva mas que nada. Desconozco por completo a Sax Rohmer, jamás he podido encontrar un libro suyo, pero las críticas son muy malas.

Y para de contar.

Han sido un total de 6 autores, de los cuales de momento, solo salvaria a dos, de entre una multitud de tal vez cientos que poblaron las revistas de la época. Otorgaron entretenimiento y evasión durante una época en la que hacia mas falta que nunca. Dieron forma a los mitos del subconsciente colectivo de la humanidad del siglo XX (y el XXI), crearon un nuevo adjetivo, y sus personajes y situaciones están revestidos de una pátina de encanto nostálgico, que Holywood intenta aprovechar una y otra vez.

Lo lógico sería que semejante pléyade estuviera llena de joyas por redescubrir, aunque solo fuera por la cantidad, pero mi experiencia es que en cuanto te sales del loco de Providence o del zumbado texano, lo único que encuentras es el aburrimiento. Será que la literatura popular envejece muy mal, pero aunque sea de agradecer la rápidez con la que transcurren sus argumentos, al lector del siglo XXI le resulta muy dificil disfrutarla. O al menos a este lector en particular.

Seabury Quinn, lógicamente, no me ha impresionado en este primer contacto. Y parece ser que en su dia fue uno de los mas populares y mas prolíficos. Tal vez sus detectives de lo sobrenatural sean mejores que las aventuras de Carlos de la muerte, pero no seré yo quien se embarque en ellas, despues de esto. La acción transcurre en pleno siglo de oro español. Reinado de Felipe III. Tenemos a un joven de padres ingleses, criado por musulmanes, que después de la muerte de su padre adoptivo ha de huir de su tio, recala en españa y despues de varias aventuras acaba al mando de una cuadrilla de mercenarios. Los relatos están escritos en primera persona. El narrador se expresa siempre con una arrogancia, una seguirdad en su propia superioridad, y un desprecio tal hacia los infieles y sobre todo a los españoles (pelayos), que puede resultar gracioso. Además, muy pronto se atavía con una capa de piel de tigre que le dá una apariencia bastante ridicula.

El problema es que nunca hay auténtica emoción. Las aventuras que le ocurren a Carlos de la muerte, mas que tópicas son anécdoticas. Armado con su superior intelecto y habilidad con las armas, nunca parece estar en un verdadero apuro, solventa los duelos con facilidad absurda, sus enemigos parecen caer en sus trampas a posta, y sus trampas no son particularmente brillantes. Si un heroe se mide por la calidad de sus enemigos, Carlos de la muerte sería mas bien un oficinistas. Traidores y cobardes, ninguno de ellos tiene una personalidad interesante, ni su derrota supone un reto. Para colmo, momentos sentimentales salpican cada relato que a dia de hoy resultan de una gazmoñería insoportable, y los personajes de expresan de un modo discursivo, idéntico al del narrador, que además de resultar irreal hace que la lectura resulte mas trabajosa.

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